Viento
Autor: Julian Rodriguez
Eternamente desconcertado,
era una extraña dimensión,
lentamente caminando,
ante mi vista el verde y el azul vestido de oscuro,
era el cielo y la tierra de un fortuito anochecer.
Yo observaba con destreza,
cada árbol y hoja caer,
por el singular viento dorado,
siendo calido más no gélido,
rozando mi cabello en una fina sensación.
Simplemente caminaba,
entre senderos cubiertos por sombra de cada árbol colosal.
Sin saber el porqué,
siguiendo una renta en mí conciencia,
no estando seguro aun de esta.
De repente distorsión,
respecto a la basta variación;
de bosque a un llano de colinas,
de subidas y grandes bajadas.
Haya abajo un campo iluminado,
cubierto por flores purpúreas,
y en todo su centro,
una luz blanquecina llamando mi atención.
Precipitándome allí,
halle ante mí una mujer,
recostada sobre el pastizal,
en todo su esplendor y belleza, desnuda completamente,
petrificada sin moverse,
despertando en mí emociones.
Quedando yo enamorado,
observo su belleza y cada característica de ella.
Su cuerpo frágil de fogoso brillo sin igual,
con sus curvas y estribaciones de una mujer ideal.
Su piel terciopelo y de inexplicable suavidad,
sus pechos despertando en mí la frivolidad lujuriosa,
pero seria esta mi perdición al pensar en eso,
pues esta mujer no merece aquello.
Es pálida como la luna,
sin embargo resalta su cabello negro,
que me encierra en un cubículo,
donde para mi y mis adentros,
ella es la única luz en toda esa penumbra de dolor.
Y sus labios abultados,
rojos cubiertos de sensualidad,
me llenan de deseo,
por eso en el momento le doy un beso, un largo beso,
que aunque ella no lo sienta, yo si lo siento.
Como quisiera ver sus ojos,
pero no puedo,
y solo mi contento,
es con mis brazos conservar su cuerpo.
De improvisto el clima cambia,
y se aproximan relámpagos cayendo.
Es el miedo de momento, cuando dejo caer su cuerpo,
y de pie junto a ella,
presencio horrenda escena.
Cuando arriba de su abdomen,
violentamente una penetrante hendidura va apareciendo,
y de ella brota sangre púrpura,
como las flores y la noche.
Al mismo tiempo convulsiones,
perdiendo también su cabello;
su cuerpo se torna desnutrido,
al igual que sus labios resecos.
En un agonizante grito abre sus ojos,
sin pupila alguna,
pero en mi ser sintiendo que me observa diciendo algo,
como mensaje sobre el viento,
“¿Has bailado de noche con el diablo?”.
Irrumpiendo de esta manera,
su cuerpo se va desmoronando con aquel viento,
quedando yo solo, solo, completamente solo,
ante un mar de decepciones,
en el basto territorio ahora muerto.

