Un regalo de Felicidad
En medio del humo de los carros, la gente que viene y va a paso rápido. Las grandes tiendas con amplios vídriales, Sofía caminaba de la mano de Bruno.
Caminemos más rápido que no vamos a llegar, le decía, mientras andaba por las amplias calles del Centro de Lima. A su paso hermosas decoraciones de navidad se habrían ante ellos, grandes edificios adornados de bellas guirnaldas. Un enorme árbol en medio del parque detiene su recorrido, llamándoles la atención, la combinación de luces y colores; bellos lazos rojos colgaban de las ramas, así como, bolas verdes, amarillas y azul adornaban la inmensa arboleda; muñecos de Ángeles, papa noeles y botas completaban la decoración haciendo del simple árbol todo un espectáculo.
“Es hermoso” gritaba Bruno, mientras Sofía le jalaba la mano para apurar el paso. Llevaba unas zapatillas de tela, obsequio de su tía, un short, deshilachado por el mucho uso; además un polo con el logo de Sodimac cubría su delgado cuerpo. Sofía era una niña responsable, se hacia cargo de la casa mientras su madre salía al trabajo. Te pareces a tu padre que en paz descanse, repetía su madre, con obvias razones, la pequeña tenía el cabello largo y lacio y una mirada grande y penetrante.
Estoy cansado, exclama Brunito mientras se coje las rodillas de tanto caminar. De pronto. Dos grandes ojos se abren y el semblante de cansancio se convierte en sorpresa y alegría. Por más de 10 segundo esos ojos brillosos se posan en la vitrina sin poder despegarse, como si lo encontrado representara todo el oro del mundo, los pequeños dedos de Bruno tocaron el enorme vidrio. Cada vez más el rostro se acercaba, para querer ver de cerca aquella reliquia encontrada, quizás con la intención de guardarla en su memoria para que perdure toda la eternidad.
-¿Qué miras, Brunito?- ese carro, responde como extasiado. Era un hermoso convertible rojo con atributos sorprendentes: las puertas se habrían así como las ventanas, el carro tenia brillo propio.- ¿te gusta?- vuelve a preguntar su hermana- me encanta-.
Bruno tiene 5 años, a su corta edad conoció lo que es ser pobre. Se parece a su abuelo, recalca su mamá, es que tienen los mismos ojos grandes y expresivos, los labios gruesos y rojos, la piel color capulí y el cabello azabache.
Vámonos de una vez, insiste. Bruno no reclama pero en su rostro se observa la tristeza y con una media vuelta sigue su camino. La calle se convertía cada vez más abrumadora, la congestión aumentaba, la bulla del tránsito se hacia más intensa pero esto pasaba desapercibido por Sofía que en medio del camino ingresaba cada vez más en sus pensamientos.
-Pobre mi hermano, jamás lo he visto tan sorprendido por un juguete, el sabe que no se lo podemos dar, por eso no me dice nada, lo quiero y deseo lo mejor para él. Como hacer. Se lo regalaré, se lo regalaré, se lo regalaré- repetía Sofía constantemente - ¿Pero como?, ya veré- concluyó.
Toda la noche los pensamientos no la dejaron descansar, el recuerdo de su hermano observando el carro daba vueltas en su cabeza, muy temprano cuando en vez de cacarear el gallo, se escuchó el ruido de los pitos de los carros que la hizo levantarse junto con su madre. Como todos los días, Ana se despidió dejándole todas las recomendaciones del día: un beso y las palabras –Voy a volver los más pronto que pueda- es el ritual que sellaba la mañana.
Sofía salió, en busca de trabajo, dejando a su hermano con una tía cercana. Con espíritu optimista y a sus 9 años recorrió panaderías, restaurantes, bodegas y centros comerciales. Decepcionada por su mala suerte regresó hacia su casa con los ánimos en los suelos; cuando pensaba que todo había terminado, una idea ilumino su camino –venderé caramelos- pensó.
Sofía a un carro, luego a otro y a otro no podía creer que en sus manos tuviera un nuevo sol, la alegría que la embargaba era inmensa. Solo tengo que juntar 8 soles y le compro el carro, pensaba mientras buscaba otra combi en donde subir.
Recolectó los 4 soles y se compró una bolsa de caramelos, pudo constatar lo agotador que es el trabajo, llevaba dos horas subiendo a los carros y ya sentía el cansancio abrumador, eso no la hizo desmayar.
-Amigos caramelos, cómprenme caramelos a 10 céntimos cinco por cincuenta, por favor es para un regalo de navidad, ayúdenme-, repetía a cada combi en el que subía. Al bajar las zapatillas de tela que llevaba se rompieron. -Que pena- exclamó y continuó con su trabajo.
El mismo discurso dijo en el último carro que subió, pero esta vez lo expresó con tanto entusiasmo que le faltaron caramelos para dar. Al bajar del carro se encontraba a dos cuadras de su casa, caminó a paso lento agotada por las 4 horas de trabajo pero con el espíritu dichoso de haber conseguido los 8 soles para el regalo. El corazón le palpitaba a mil por hora mañana por la mañana le compraría el gran convertible rojo.
El sol reemplazó en esplendor a la luna, el día había comenzado y Sofía se levanto con una gran sonrisa, cogió sus zapatillas de tela, remendadas por su madre, y preparó el desayuno, despidió a su madre y apenas ella doblo la cuadra Sofía corrió hacia la tienda que tenía el preciado convertible. Esquivo carros y personas, habría corrido más de 20 cuadras y aún le faltaban 10 más, el corazón le empezó a palpitar. Cuando faltando 5 cuadras para llegar, la luz verde la detuvo por unos instantes y momentos antes de cruzar la calle, ocurrió lo nunca pensable, lo inimaginable.
Un hombre de aspecto terrible, ojos que inspiraban temor, y una nariz larga y grande observó a la pequeña y se acercó a ella. La levantó por los aires, la sacudió como a un estropajo, lo primero que cayo de su bolsillo fue la bolsa en donde guardaba el dinero para el regalo, al tocar el suelo las monedas sonaron.
El grandulón soltó a Sofía. Con una rapidez inimaginable cogió la bolsa llena de monedas y corrió hacia el callejón. La mirada de la pequeña Sofía se llenó de lágrimas hasta tal punto de no dejarla observar la desgracia, la caída estrepitosa le causó moretones en las rodillas y codos; pero esto no era sentido por la niña sólo percibía la desgracia de no tener el dinero para comprarle el convertible rojo a su hermano.
Con los ojos rojos de tanto llorar, se puso de pie y dio media vuelta hacia su casa. Cogiaba de un pie, mientras que con la mano derecha se sobaba el hombro adolorido, el rostro adquirió la forma de la tristeza y la ropa que la cubría era gris como sus sueños.
Por un instante su mente quedó en blanco, estaba allí, en medio de la calle caminando hacia su casa con la cabeza gacha y a paso lento.
Volteando a la derecha llegó al parque de por su casa el único lugar que tenía acera en todo el vecindario. Se recostó en el gran monumento al bombero, junto sus piernas y se cubrió el rostro con las manos, las lagrimas recorrían su rostro y los ojos hinchados de tanto llorar se cerraron para olvidar, a lo lejos unos villancicos llenaban el lugar de espíritu navideño.
Serán mis pensamientos pensó la pequeña, y continuó en la misma postura, pero los cánticos se hacían cada vez mas fuertes y se mezclaban con risas y festejos, Feliz Navidad, Feliz Navidad, gritaba la voz de papa Noel. Sofía abrió los ojos llorosos y observó la algarabía que acompañaba el lugar, un grupo de jóvenes habían convertido el parque en fiesta y llenado de regalos, chocolates y panetones el lugar. Un enorme papa Noel bailaba acompañado de dos jovencitas que le seguían el paso.
Feliz Navidad, se escuchaba una y otra vez, Las manitas de Sofía limpiaron su rostro y de tanta alegría comenzó a reír, se puso de pie y en esos instantes una jovencita de aspecto dulce se acercó con un obsequio para ella. Los ojos de Sofía comenzaron a brillar como antes, el dolor se desvaneció he ingresó la esperanza, sin más tiempo que esperar abrió el obsequio y la sorpresa que se llevó fue inmensa, un hermoso convertible rojo se escurría en medio de los papeles de regalo, la respuesta fue inmediata, una enorme sonrisa y los ojos otra vez llorosos pero de alegría inundaron a la niña.
Sofía corrió como nunca antes lo había hecho pero esta vez en busca de su hermano quien se quedó jugando en casa, abrió la puerta de un tirón, corrió hacia la habitación, se acercó a Brunito lo abrazó y le dio el regalo. El pequeño acarició el juguete y con una amplia sonrisa salió de la casa en busca de su amigo para jugar.
Autor: Natali Florian

