Un par de monedas
Ya viene tu padre…murmuro mi madre mientras apresuraba sus movimientos con los platos en la mesa.
Escuché el tintineo que delataba la presencia de aquel hombre a quien admiraba tanto. Conforme se acercaba a la entrada de nuestro hogar, el ruido de sus pesados pies y las piezas metálicas de su bolsillo se hacían más remarcados, y no esperé más; corrí hacia él y me abracé de su pierna. Me encantaba que caminara conmigo colgado como mono mientras le decía con cariño “Ya llegaste papito”. Hombre fuerte y serio, perdía su apariencia cansada y dolorosa cuando me miraba con una sonrisa de orgullo y amor paterno. Me depositaba con cuidado junto a él y acto seguido, hurgaba con su mano el bolsillo derecho de un viejo y raído pantalón de mezclilla (de trabajo decía él) para extraer un par de monedas pequeñas y plateadas que me ofrecía con la condición de “no compres cochinadillas”. Yo amaba a ese viejo, y no por las monedas que no valían sino tan sólo la ilusión de poseer algo que mi padre me ofreciera con gusto. Él laboraba en una planta fundidora de metal, “Separo el metal” me explicaba cuando mi mente infantil le cuestionaba el porqué todas las mañanas nos abandonaba a mi madre y a mi. Para mi fortuna siempre regresaba puntual a la hora en que mi madre servía la mesa, sudoroso y cansado, hambriento de pan y de cariño mío y de mi madre.
Así fue siempre desde que recuerdo, y así continuó algún tiempo más, hasta que un día el viejo no fue a trabajar. Toda la mañana no habló, se le notaba preocupado y nervioso, tal vez triste.
No quiso comer esa tarde y platicaba muy bajo con mi madre, casi con susurros. En la noche, un vehículo lo esperó fuera de la casa. Nos brindó un beso tierno y dirigiéndose a mí me obsequió un par de moneditas y luego me habló de este modo: “Cuida mucho a tu madre, compórtate y nos vamos a ver dentro de una año”…y mi papá se marchó.
“Va pal’ otro lado” me decía mi madre cuando oprimía fuertemente mi mano con la suya. “Dios me lo cuide” sollozó.
Un año, un día, un minuto, ¿Qué es el tiempo para un niño? Esperé fiel al día siguiente. Un sonido de sus pasos, el cascabelear de su llavero, las monedas de su bolsillo, un anuncio de llegada de mi madre, pero no sucedió. Ni al día siguiente, ni los otras días. Ni los otros meses… ni los otros años…
Ni mi fiel espera, ni mi llanto, ni el llanto de mi madre lo trajeron de vuelta a casa.
Mas de treinta años hace ya que ocurrió aquel suceso. Casi no recuerdo los detalles de su rostro, ni como escuchaba su voz, más sin embargo, la nostalgia no me permite olvidar el ruido de las monedas en su viejo y raído pantalón (de trabajo decía él), aún lo espero, y también, aún guardo en el bolsillo derecho, un par de monedas pequeñas, plateadas y muy, muy ruidosas.
Donde quiera que te encuentres, cielo o tierra, Dios te bendiga padre.
—Dedicado a todos los que buscan el sueño americano y que por una u otra razón no pueden regresar con sus seres queridos—
RG

