Un loco anda suelto

28 de Septiembre, 2007

En un pueblo más bien tranquilo al norte de los Estados Unidos, una familia corrientita vivía e un chalet respetable sin el más mínimo sobresalto, aunque iría a ocurrir cierta cosa que ahora voy a relatar la cual alteraría bruscamente aquella situación de placidez.
Un día de agosto, ya habiendo entrado el verano en toda su plenitud, la madre y el padre de dicha familia deciden hacer una escapada ellos solos como si de una segunda luna de miel se tratase, durmiendo en hoteles por el camino, haciendo turismo…El caso es que estarían fuera un largo e inolvidable fin de semana y dejaron a su hijo John (que por cierto tenía ya 15 años) solo en casa.

Todo iba normal, los padres ya se habían puesto en camino el viernes por la noche sobre las 10, la hora que tenían prevista. Esa noche John vió un poco la tele, como era de costumbre, y enseguida se fue a la cama tambaleándose y chocándose unas cuantas veces con las puertas por aquel inaguantable sueño. El siguiente día, transcurrió normal, hasta aquel miserable momento por la noche que puso la tele. Al instante salió el informativo, que avisaba a toda la población de aquel pueblo de la siguiente noticia:”Queremos avisar a todos los que vivan o estén en este pueblo, que un loco se ha escapado del único manicomio de por aquí cerca (esto es, a unos 200 metros de donde vivía John) y que por motivos de seguridad, cierren todas las ventanas y todas las puertas de toda la casa con pestillo. Y sobre todo, lo más importante, no pierdan la calma puesto que la policía ya está haciendo su trabajo y buscando a este sospechoso”.

John, al oír esto, saltó del sofá sobresaltado, con cierta preocupación y con mucho miedo. Cerró todas las ventanas y puertas de la casa en menos de un minuto. Él sabía que cuando le entrara miedo por algo, lo mejor que podía hacer era irse a la cama y procurar dormir cuanto antes. Y así lo hizo, pero decidió llevarse a su perro Hugo (este era como uno más de la familia, pues todos le tenían mucho aprecio) consigo y con el siguiente propósito: pondría al perro debajo de la cama, y si por la noche se despertaba, pondría la mano debajo de la cama. Si su perro se la lamía, querría decir que los dos estaban bien, pero de lo contrario…
John se quedó dormido bastante rápido, pero su perro Hugo se quedó despierto (puesto que este perro solía quedarse por las noches vigilando la casa).

A la una John abrió un poco los ojos, y seguidamente puso la mano debajo de la cama. Hugo tardó unos segundos en lamer su mano pero al final lo hizo y John se quedó dormido otra vez. A las cinco de la mañana más de lo mismo, se despertó, puso la mano y también se la lamió.
Pero a las nueve de la mañana, cuando ya se iba a levantar, se quedó de piedra cuando vio a su perro degollado y puesto en la pared de enfrente con la sangre de este: “Los locos también sabemos lamer”.

Autor: Iñigo

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