Un hombre con suerte

El hombre aún permanecía vivo, aunque tenía la cabeza agujereada en la parte superior, como si le hubieran dado con un piolet. El calor de la luz del sol le hizo despertar, mareado y sediento, a penas se pudo poner en pie, y sin duda se encontraba en las entrañas de un frondoso bosque. Se tocó la cabeza y los dedos encontraron una masa pastosa y sanguinolenta, pero no le dolía en exceso. No recordaba nada, ni si quiera su nombre. Avanzó dificultosamente, tenía que llegar a la civilización, y encontrar un médico con urgencia.

Al rato, notó como si le siguieran a una distancia prudencial, pero desde arriba, desde lo alto de los apretados árboles, y tuvo mucho miedo, el cual le hizo avanzar más deprisa, aunque a tumbos. Tuvo suerte de encontrar un pequeño río de cristalinas aguas, y clavando las rodillas sobre pequeñitas piedrecillas, sació su sez. Debía continuar sin demorarse demasiado. Muy poco después volvió a tener suerte, pues encontró un cochinillo asándose a fuego lento, y una bota de vino; se dio un gran festín. Se marchó por si regresaba su dueño, y a la sombra de los árboles hizo la pesada digestión, y se fue recuperando paulatinamente; ya no le dolía la cabeza.

Se hizo de noche, y emprendió la caminata, tras comprobar que no tenía herida alguna sobre su cabeza. Bajando una pronunciada loma, se encontró con una casa de madera, la cual parecía abandonada desde hacía largo tiempo. Antes de nada, llamó a la puerta con los nudillos de la mano.

-¿Hay alguien?

Obtuvo por respuesta el silencio de la noche.

Empujó la puerta, y ésta se abrió mudamente.

Entró, no vio nada, la oscuridad era absoluta. Avanzó unos pocos metros y tropezó contra lo que parecía ser una mesa rectangular. Palpando tocó un interruptor; y una cegadora luz le deslumbró; se llevó las manos al rostro. Tras unos segundos de aclimatación, miró; se encontraba sin lugar a dudas, en la consulta de un médico, pues además del mobiliario, había un esqueleto humano de plástico a tamaño natural, y una percha de pie de la que colgaba una bata blanca, sólo faltaba que apareciera el doctor por la puerta del fondo y se la pusiera, cosa que ocurrió seguidamente. Se trataba de un anciano, un octogenario de largos cabellos color blanco glaciar, casi brillante, y era muy gordo y grande.

-¡Oh! Ha venido usted justo a tiempo -dijo el médico con voz grave-. Siéntese, haga el favor.

-Sí, gracias -se sentó en la mullida silla, cara al médico.

-Tiene suerte de que sea un gran cirujano, aunque retirado hace más de dos décadas.

-En realidad, estoy bastante bien -se sentía inquieto ahí sentado.

-¿Que no le pasa nada? -se arrascó la peluda nariz- Debe ser la fiebre…

-No… yo me… voy, mejor…

-De eso… ¡nada!

A continuación, el matasanos, se levantó con celeridad portando una larga y gruesa correa. Sin que le diera tiempo a reaccionar, el hombre se encontró maniatado, inmovilizado sin remisión.

-No tema ser operado, su miedo es muy normal en estos casos tan puntuales, pero créame si le digo, que a penas notará dolor.

¡No, por favor! ¡Por el amor de Dios!

-Quedará nuevo, sin mácula – el hombre seguía solicitando clemencia, llorando, gimoteando con inusitada desesperación, pero estaba a merced del anciano matasanos – Ahora regreso. Pobrecillo, cuánto debe sufrir… -se iba diciendo mientras desaparecía tras la puerta.

El hombre sentía el corazón cerca de explotar, lo mismo que la cabeza, y sudaba a borbotones. En menos de un eterno minuto, el cirujano regresó con una mano ocupada, portaba un pequeño piolet oxidado. Cuando le vió el hombre, sonriendo con tal instrumento en la mano, intentó tirarse al suelo en su desesperación, pero la silla de operaciones estaba perfectamente anclada al suelo con poderosos tornillos.

-No, no se mueva tanto, es contraproducente, debe usted permanecer estrictamente muy quietecito.

El hombre cerró ambos ojos con fuerza, y sintió como el doctor le clavaba con inusitada violencia el pequeño piolet; y levantó los párpados cual resorte, los ojos a punto de salir de las órbitas por el dramático dolor causado, oyéndose al mismo tiempo un apagado sollozo gorgoteante. Notó cómo giraba la silla, y luego le tiraba de la cabeza para atrás con brusquedad.

-Tiene muy mala pinta, desde luego -oyó la voz de su torturador- Vamos al asunto.

El hombre semi inconsciente, notaba como el cirujano urgaba en su cerebro con dedos rápidos y ágiles. Tras un cuarto de hora, continuaba siendo manipulado por aquellos veloces dedos incandescentes como el hierro al rojo vivo, como si le estuvieran colocando las neuronas en su sitio con exactitud milimétrica. Ya casi fuera de combate, el hombre sentía en el interior de su cabeza ecos de golpes puntiagudos, como de finísimas agujas martilleantes, como si estuviera una impresora de agujas trabajando a destajo.

El hombre aún estaba vivo , pero con la parte superior de la cabeza, en un casi perfecto círculo de cuatro centímetos de diametro, cosida con hilo para coser ropa, como si le hubieran hundido un pequeño piolet, y le hubieran mal curado, como si le hubiera intervenido un cirujano chapuzas, embriagado, o demasiado viejo, pues le rebosaba una masa pastosa y sanguinolenta; la luz del sol le había despertado, tirado en el interior de un tupido bosque. Se puso en pie, tambaleándose, y se tocó la cabeza y se preocupó, temió por su vida, aunque no le dolía demasiado; sin duda necesitaba un cirujano, el mejor a ser posible, por lo que debía buscar la civilización, pero no recordaba nada, ni si quiera su nombre. Al rato notó como si le siguieran a no mucha distancia, pero desde arriba, desde lo alto de los numerosos árboles, y tuvo más miedo si cabe. No encontró ningún río, ni ningún cochinillo asándose a fuego lento ni ninguna bota de vino, pero sí una casa de madera que parecía abandonada desde hacía décadas. Dudó si entrar, y finalmente entró.

Todo estaba a oscuras, pero tocó un interruptor y una gran luz inundó la estancia y le deslumbró teniendo que taparse los ojos con las manos. Cuando pudo ver, se encontró en lo que parecía la consulta de un médico, pues había un esqueleto humano de plástico a tamaño natural, y una bata blanca colgando de una percha. De la puerta del fondo apareció un viejo de largos cabellos canos, muy gordo y muy grande.

-Doctor, tengo en la cabeza una herida muy fea – le dijo agachando la cabeza para que viera bien el boquete mal cosido.

-¿En la cabeza? – preguntó poniéndose la bata.

-Sí, y ahora me duele muchísimo.

-No tiene nada -dijo mientras apartaba los cabellos de la cabeza con dedos rápidos y ágiles.

-¡Siga buscando, sé que está ahí, una gran herida mal cosida y supurante!

-Tome asiento, señor, y no se preocupe, aún así buscaré mejor, ya soy muy viejo y tengo muy mala vista.

El hombre se sentó, y de inmediato, el doctor sacó de un bolsillo del pantalón una larga y ancha correa, y le inmovilizó de inmediato.

-¡Oiga! ¿Qué va a hacerme?

-Le reitero que no ha de preocuparse, la cabeza la tiene bien, muy bien, pero sin embargo, sus órganos internos necesitan una urgente reparación -se había puesto unas gafas con rayos x – ahora vuelvo, en seguida.

-¡No! ¿A dónde va? -entonces había recuperado la memoria – No … ¡no me haga daño, por el amor de Dios! ¡Se lo suplico! ¡No vuelva a hacerme daño!

Por desgracia ya era demasiado tarde. El viejo cirujano regresó con una marcada risa macabra en su arrugado rostro, portando una oxidada taladradora que aún funcionaba…

16 septiembre 2011 Por José antonio heras vazquez