Texto Surrealista

2 de Abril, 2008

¡Hola! Acabo de salir de debajo de mi cama. He estado tomando unas cervezas con la señora Pelusa y con el señor Ácaro. La verdad es que son muy majos y me llevo muy bien con ellos. Debajo de mi cama se me pasa el tiempo muy rápido. Tras la primera cerveza, la conversación empezó a ser bastante fluida.

El señor Ácaro es un hombre sabio. No tardó en arrancarme las primeras risas. Y después de las primeras, llegaron las segundas hasta que yo y la señora Pelusa nos convertimos en una carcajada misma. Pasado un rato, ya me dolían todos los huesos del cuerpo de reirme. La señora Pelusa se pidió otra jarra de cerveza mientras que el señor Ácaro todavía iba por la segunda. Una vez que conseguí pararme de reir, decidí aprovechar el segundo de silencio que se produjo para hacer un comentario relacionado con los modales en la mesa. Ácaro y Pelusa se me quedaron mirando fijamente con gesto de sorpresa. Reconozco que quizá esta salida mía pudo catalogarse de impropia. No obstante, decidí seguir con el tema de conversación que yo había encauzado. Noté cómo sus caras cambiaban a un gesto enjuto mientras me seguían mirando atónitos. No cabe duda de que en el fondo de sus miradas, había cierta curiosidad hacia mi tema de conversación. -”He inventado unas nuevas reglas para mantener los modales frente a la mesa”- dije yo. Pelusa y Ácaro se miraron entre sí con cara de admiración.
El techo de aquel espacio delimitado por las tablas del somier se quedaba estrecho para tan gran conversación. -” ¿Y en qué consiste?”-dijo la señora Pelusa. “Pues en una serie de normas que se deben aplicar cuando uno se sienta a la mesa a comer para quedar bien con el resto de comensales”- contesté yo. Pelusa y Ácaro soltaron una estruendosa carcajada que yo utilicé como desencadenante para empezar a exponerles mis normas a la mesa. Así que con voz decidida empecé a citarles mis normas:
” Os voy a citar las 10 normas que forman mi precepto . La primera norma que uno debe cumplir al sentarse a la mesa a comer, es la de sentarse el primero y no esperar a nadie. Sobre todo, si a la comida asisten damas. La segunda es, claro está, empezar a comer antes que nadie ya que por algo nos hemos sentado primero. Sería un malgasto de fuerzas por nuestra parte el habernos sentado los primeros para después no empezar a comer los primeros. La tercera norma depende del restaurante o casa donde comamos. Cuanto más lujoso sea el sitio, más palanquearemos y más sorberemos la sopa. La cuarta norma es rodearnos de todos los trocitos de pan que podamos. Es interesante hacerlos muy pequeños y esparcirlos por todo nuestro territorio en la mesa (el territorio que nos pertenence en una mesa abarca desde la cuchara del comensal vecino que se sienta a nuestra izquierda hasta el tenedor del comensal vecino que se sienta a nuestra derecha). La quinta norma es eructar (def.: Expeler con ruido por la boca los gases del estómago) todo lo que podamos y más. Esto nos ayuda a establecer una jerarquía en la mesa. La sexta sería comer todo cuanto se pueda con las manos para así evitar el desgaste de la cubertería. Sobre todo con alimentos como croquetas, calamares, patatas fritas, embutidos… La séptima norma a seguir para ser el perfecto comensal es la de hablar con el comensal que tenemos más próximo mientras engullimos como animales. De esta forma es prácticmante imposible de evitar que un trozo de nuestro bolo alimenticio acabe en la cara o en algún lugar recóndito de éste. La octava regla sería la de intentar comer más que nadie los platos que se ponen en el centro de la mesa para compartir. La novena norma es que nunca debemos usar la servilleta. Para eso está el mantel o en su defecto, las mangas de la camisa. Por último, la décima regla es, como no podía ser de otro modo, la de levantarse de la mesa el primero y a poder ser dejar que otros paguen la cuenta en el caso de ser un restaurante. Si es en casa de alguien, será a otro quien le toque recoger la mesa y fregar los platos”
Una vez expuse esto, la señora Pelusa y el señor Ácaro seguían mirándome con los ojos muy abiertos, sin pestañear apenas y en silencio. Bebí mi cerveza, me despedí de ellos, pagué y me marché de debajo de la cama. Lo curioso es que todavía no he encontrado la otra zapatilla. Tendré que seguir buscando.

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