Te vas
Y así, sin más, me dices que te vas.
Me lo dices en este amanecer plomizo y brumoso, como de otoño a pesar de ser primavera. Me lo lanzas a bocajarro, mientras el alba se cuela furtiva por la ventana.
Me lo dices con voz baja pero certera y convincente.
Te vas, que ironía, sin tan siquiera soltar mi mano que mantienes, como cada amanecer, fuertemente asida.
Te vas.
No hay motivos, ni razones, ni explicaciones por tu parte.
El suelo se abre bajo mis pies que parece querer tragarme por entre sus gruesas grietas hacia un abismo inimaginable.
No soy capaz de pronunciar palabras. El loco de mi corazón se ha hecho dueño de mi garganta y la oprime como un psicópata al compás de sus latidos. Un agua cristalina comienza a emanar de mis ojos mientras tú te desatas de mi mano y te levantas.
Con movimientos relajados abres el armario (nuestro armario) y comienzas la tarea de sacar tus pertenencias: tu ropa interior; tus jeans gastados y rotos que tantos deseos provocan en mí; el polo de Ralph Lauren que te regalé en tu cumpleaños arañando entre mis ahorros; tu libro favorito de adolescente y que a veces leíamos juntos en la noche…
Mientras te observo hacer se me va desgarrando el alma. Junto con las cosas que te llevas, también te llevas una parte de mí. Te llevas nuestros sentimientos tantas madrugadas compartidos, nuestras promesas de un amor eterno cuando bajo la luna nos bañábamos en la charca, nuestros proyectos de entregarnos el uno al otro incondicionalmente.
Te llevas nuestro pasado, nuestro presente, nuestro futuro.
Me dejas huérfana de sentimientos compartidos, solitaria para regalar caricias, muda para gritar “te amo”
Te vas.
Un pétreo beso en el umbral. Un “adiós, cuídate”. Y el golpe seco de la puerta al cerrarse.
Fuera parece que el día también se siente abandonado y comienza a llover lágrimas finas y tenues. Tal vez lágrimas de amor. O de desamor. O puede que de dolor.
Miro tras la ventana y te veo caminar bajo la lluvia camino del coche. Estoy derrotada y una pena atroz me atraviesa el alma. Siento un impulso irrefrenable de gritar “¡no te vayas, no me dejes, vuelve!” Sin embargo y sin saber porque motivo me doy la vuelta y apoyo mi espalda en el frío y húmedo cristal. Y ningún sonido sale de mi boca ni ninguna súplica de mi corazón.
Te dejo ir.
El amor, como tantas veces nos dijimos, es libre e incondicional.
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