Por
Marcelo Ferrando Castro, en 6 de febrero de 2010
... en los anchurosos patios, alrededor de inmensas hogueras y diseminados sin orden ni concierto, se veia una abigarrada multitud de pajes, soldados, ballesteros y gente menuda, que estos aderezando sus corceles y sus armas y disponiendolos para el combate; aquellos saludando con gritos o blasfemias las inesperadas vueltas de la fortuna, personificada en los dados del cubilete; los otros repitiendo en coro el refran de un Romance de guerra que entonaba un juglar, acompanado de la guzla; los de mas alla comprando a un romero conchas, cruces y cintas tocadas en el sepulcro de santiago, o riendo con locas carcajadas de los chistes de un bufon, o ensayando en los clarines el aire belico para entrar en la pelea, propio de sus senores, o refiriendo antiguas historias de caballerias o aventuras de amor, o milagros recientemente acaecidos, formaban un infernal y atronador conjunto, imposible de pintar con palabras...