Por
Marcelo Ferrando Castro, en 29 de diciembre de 2009
...de renglones cruzados. aurora esta en santander.
— oye — me dijo cesar tras de contarme muchas cosas —. es horrible mi situacion. yo que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su amor, y ya menos que nunca. yo leo esas cartas llenas de ternura, de confianzas dulcisimas, y pienso, a pesar mio, que aunque asi deben ser las que dicta el corazon de una mujer enamorada, asi pueden ser tambien las que dirige el miedo de una pobre nina a quien le guarda el tesoro de su honra.
— que entrego por amor.
— ¡y que puede obligarla a mentir en el olvido! ¡oh, si asi fuera, si ella me hubiese olvidado, cuanto me estaria ofendiendo al creer que yo no seria capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra escondida felicidad, que no tienen valor para mi de prendas de venganza contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la unica mujer que he querido y querre con toda mi alma, aun ante la confesion de su olvido... y si me ama — continuo cesar exaltado—, yo quiero saberlo. pero como, dios mio, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar una mujer... ¡y no son bastantes!
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— yo deje a cesar por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y enamorada nina que asi se ha hecho la esclava de un loco.
porque no me cabe duda que cesar tiene una locura no estudiada en los libros todavia....