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El día amanecía hoy una hora más temprano. La luz había convertido en una cebra las sábanas de Adrian hacía tiempo, pero su explosión de enfado no se consumó hasta oir las 40 toneladas de clavos que producían en su cabeza los pitidos del desperador.
Ninguna mañana se sentía de buen humor, pero hoy varias cosas la hacían especialmente detestable. El olor de la botella de whisky a los pies de la cama provocó una angustiosa náusea a Adrian, que trataba de desperezarse. Sentía como si hubiese estado embalado durante 20 años y por fín lo soltasen, no se podía ni tener en pie.
Había quedado a las 9 de la mañana con Jan Krushev para entregar el final de su trabajo. Tan sólo serían unos minutos, largos, fríos y distantes. Luego todo habría acabado, pero Adrian sentía un miedo sordo que se enredaba en sus intestinos. Salió de casa con la contradicción interna de quien espera impaciente en la sala de un dentista.
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