Sándwich a la americana.

10 de Febrero, 2008

Sándwich a la americana: Un cuento que escribí sin pensar que era de humor y después al ver que quienes lo leían reían o sonreían lo catalogué como tal. Es una historia cotidiana que quizás muchos se sensibilicen con ella porque, apartándonos de la parte fantástica, que puede ser una caricatura, nos puede suceder a muchos.

Sándwich a la americana.

…y el ratoncito Pérez se cayó en la olla
por la golosina de una cebolla…

¡Riiiiiingh! Sonó el despertador y Simón Pérez se levantó como movido por un resorte; como si su cuerpo formara parte del aparato mecánico que acababa de sonar. Y tenía que ser así: así se lo había propuesto. Ayer le llamaron la atención por llegar tarde al trabajo. ¡Qué pena pasó! Era la segunda vez que sucedía en el mes y, a decir verdad, no había ocurrido otras veces por pura casualidad porque en muchas ocasiones había llegado a la parada donde el ómnibus recoge al personal de la fábrica ahí-ahí, llegando y pisando, como si estuvieran cronometrados él y el ómnibus. Esto venía sucediendo desde que había reñido con Martina, su mujer, y ésta se había largado para la casa de sus padres. Martina era quien lo llamaba todas las mañanas; pero ahora ella no estaba y sus despertares eran así: el bullicio de los carros y de los transeúntes en la calle y el de sus vecinos más cercanos poco a poco comenzaban a hacerse conscientes. Primero los oía muy lejano como si vinieran de un tren que se acercaba; y cuando el tren pasaba por su lado, entonces distinguía, como si estuvieran en su mismo cuarto, los gritos del vecinito de abajo que lloraba porque lo despertaban temprano para ir a la escuela y los de su acalorada madre que le decía tres buenas palabrotas, la radio de los de al lado, que padecen de sordera, la moto del que vive dos pisos más abajo y… “¡coño, mira qué hora es!”, se levantaba como un bólido y a medio vestir bajaba las escaleras, terminando de abrocharse la portañuela en la parada en el mismo momento que llegaba la guagua. Todo esto traía sus consecuencias: la mitad de la jornada laboral, hasta la hora del almuerzo, se la pasaba hambriento y malhumorado, recordando a Martina y a sus desayunos matinales, “¡maldita la hora en que pelee con ella!”, y además, tenía el cuerpo acostumbrado a botar los desechos del día anterior tan pronto se levantaba, cosa que no podía hacer en la fábrica porque los lugares destinados para esto estaban siempre en tales condiciones que alteraban el proceso de ordena-ejecuto, la orden se daba, pero no se ejecutaba; así que tenía que aguantar las ganas hasta que por la tarde llegara a su casa.

Aún medio dormido, Pérez encendió la luz de la cocina. Entonces vio como las cucarachas a gran velocidad huían en todas direcciones buscando desesperadamente un escondrijo donde refugiarse de la chancleta que escacha. Eran muchas y estaban en todas partes: en el piso, encima de la mesa, sobre el plato destapado que contenía un gran sándwich, sobre la vajilla sucia que no quiso fregar anoche, en fin, en todas partes. Medio dormido como estaba, Pérez empezó a dar pisotones a diestra y siniestra; pero con tan mala puntería que sólo logró alcanzar a una que se había retrazado en su huída. Quedó aplastadita- aplastadita de tal forma que si no hubiera sido por la pasta viscosa de sus mondongos explotados, se hubiera podido decir que formaba parte del dibujo de la losa del piso. “¡Te jodí, cabrona!”, gritó excitado; pero enseguida sintió nauseas y se fue al baño, asqueado. A Pérez no le caían bien las cucarachas y pienso que él a ellas tampoco. Digo esto porque entre ellos desde hacía tiempo se había entablado una lucha a muerte. Pérez hacía lo imposible por eliminarlas —fumigación, agua hirviente, venenos de todo tipo en forma de polvos o en forma líquida. Lo último que había utilizado era una receta que le dio un amigo: con medio paquetico de ácido bórico, una yema de huevo y puré de papas hacer unas bolitas y regarlas por toda la casa— y ellas por sobrevivir.
En el baño hizo por vomitar, pero no pudo. Se miró en el espejo. ¡Qué feo era acabado de levantarse!, “y pensar que con esta cara llego todos los días al trabajo.” Le dieron deseos de cagar, como cada mañana, y se sentó en el inodoro. Hoy sí podía darse el gustazo, hoy tenía un poco más de tiempo.
Le echó mano a una revista “Bohemia” que tenía por allí con un doble propósito y comenzó a hojearla como todas las personas normales, de atrás para adelante, comenzando por las páginas humorísticas. De pronto, ¿…?, algo pasó por su mente: “¿un sándwich? ¿De dónde habrá salido? Porque, que yo recuerde…uuuh?…uuuh?…no, no lo he comprado, ni mucho menos lo he preparado. ¡Ah!, debe haber sido Martina que lo trajo a escondidas para darme un alegrón. ¡Qué bueno!, son indicios de que quiere la reconciliación.” Una ligera sonrisa alegró la cara de Pérez y se metió de nuevo en la revista. Le gustó mucho una caricatura donde había un hombre entrando por la puerta principal de una casa con un pescado enorme sobre los hombros; de la boca del pescado colgaba una mano con una vara de pescar; en la casa una mujer asombrada preguntaba: ¿y a mi marido dónde lo dejaste? “Las caricaturas mientras más absurdas, mejores”, pensó Pérez y continuó hojeando la revista —y el reloj caminaba—. Encontró la rúbrica Retacitos y leyó: “La buena postura. Mantener una buena postura te ofrecerá un sinnúmero de ventajas…” Se enderezó en su asiento y terminó de leer el articulillo. Al lado de éste había otro más pequeño titulado Para atenuar olores. Se sonrió… entonces un pensamiento súbito lo estremeció: “¡Coño, las llaves…?!” Si, las llaves de la casa las tenía él todas. Cuando Martina se fue le dijo “para aquí no vuelvo más” y tiró las llaves sobre la mesa. Después él las recogió y las guardó pensando “¡ya me las pedirás algún día, socabrona!.” Se levantó rápidamente, se limpió, descargó y salió disparado para comprobar si las llaves de Martina estaban en la casa. Anduvo un buen rato buscándolas —y el reloj caminaba— hasta que , al fin, las encontró en el fondo de una gaveta. “Entonces, ¿quién demonio habrá traído ese sándwich???”, se preguntó Pérez rascándose la cabeza. Tenía que haber sido él, no había otra posibilidad; pero no recordaba ni cómo ni cuándo. Y no era una alucinación porque el sándwich estaba allí imponente, con tremenda personalidad magnética, pidiendo a gritos que le entrasen a mordidas. Era un sándwich a la americana, parecido a esos que llevan de merienda los rastreros que van desde New Jersey a Chicago: dos grandes lascas de jamón, dos lascas de queso amarillo, rebanadas de tomate fresco, lechuga, pepino encurtido y mostaza. Dos tapitas de un pan suave y fresco aprisionaban la apetitosa pornografía.
Pérez miró el reloj… “¡coño, mira que hora es!” Entonces se le tiró al manjar con furia y de unas cuantas dentelladas terminó de engullirse aquel misterioso emparedado sin pensar más en cómo había llegado hasta allí. Corrió rápido a vestirse. Con la portañuela aún sin cerrar quiso abrir la puerta principal de su casa para correr escaleras abajo, como todos los días; pero no pudo hacerlo porque sintió que su enjundia espiritual lo abandonaba y su cuerpo cayó al suelo sin vida. Muerto. Entonces a través de las hendijas de los muebles de la cocina se agitaron alegres y satisfechas numerosas antenitas celebrando la victoria: “¡te jodimos, cabrón!”

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