Saga

16 de Septiembre, 2007

I: La runa

Oimar era el rey de Midgard por aquellos tiempos, y estaba completamente loco. Era gordo y bajito, y un guerrero pésimo. Su locura llegó a tal punto, que creyó que estaba emparentado con Odín, dios de la sabiduría y la guerra, pues él se creía un sabio y guerrero excepcional. Por culpa de esto, Oimar creyó tener poder divino para hacer todo lo que quisiera, y profanó varios templos del dios Thor.


La mayor afición de Oimar era buscar reliquias y presentarlas a Odín en los templos, como una especie de sacrificio. Puesto que algunas reliquias habían caído en manos de los enemigos, el rey loco enviaba tropas a por ellas. Se perdieron muchas vidas por la locura del rey, y no era posible una rebelión, pues los hersires (generales de las incursiones y tropas nórdicas) con más poder le seguían y se mantenían leales. La gente pensaba: “deben de estar tan locos como el rey para seguirle”, y siempre rezaban a cualquier otro dios menos a Odín, pues creían que él había poseído al rey.


Los hersires se llamaban Hassel Haar, Thrüm Kramm, Iofur Lyson y Syle, el cual no tenía apellidos, se le conocía únicamente por su nombre y casi siempre estaba de mal humor.


Una semana después del nombramiento de Iofur, en una choza hecha con madera y paja en el techo, entraban los primeros rayos del sol, los cuales eran recibidos con desprecio por alguien que no había podido dormir en casi toda la noche, un joven llamado Harald. Hambriento y con legañas, se levanta con dificultad de la cama y grita:-”¡Turk!¿Está el desayuno?¡Estoy hambriento!- y en ese momento se escucha una vocecilla que es de Turk, el criado de Harald (Harald es un guerrero, y los guerreros de prestigio recibían criados de parte de los hersires a los que servían)- ¡Estoy preparándolo, señor!
La madera de la cama crujió un poco cuando Harald se puso de rodillas sobre ella, como quejándose por el peso de éste.


Harald es un tipo alto, con barba corta y pelo ligeramente largo, con bastante puntería en el tiro con arco y ballesta y destreza en el manejo de la espada.
-”¿Carne de buey? mmmh…ya comí carne de buey ayer…pero aún me apetece. Gracias, Turk.”- Dice Harald, mirando la mesa, donde Turk está poniendo los filetes.
- “Si no llego pronto al castro, Kramm se tirará de los pelos de la barba. Sería mejor que no tuviera barba, con la armadura de hersir que tiene, y la barba la tapa toda…”- decía Harald a Turk, el cual intentó sin éxito contener una carcajada.-”Iofur apenas puede sostener la espada, debe ser el hersir más joven que tenemos aquí…por favor…¿a eso le llamas hersir, Oimar?- Turk intentó tomar una postura seria, pero se notaba que se estaba partiendo de risa: “¡Señor, por favor, que es un hersir!”

En el castro había una multitud gigantesca de hombres armados, todos detrás de su hersir correspondiente. Entre los hersires, Kramm estaba realmente enfadado.
-”¿Donde demonios está Harald? Nos advirtieron que esta reunión era importante y que ningún soldado podía faltar, y él sin embargo no aparece…esta juventud…seguro que se ha entretenido con Turk, haciendo chistes malos sobre mi barba…”
En ese momento la cháchara que mantenían todos (todos menos Syle) se cortó de inmediato, e intentaron adoptar una buena posición en el menor tiempo posible. Oimar había llegado. Vestido raramente, con un manto de color verde chillón y una espada que, al parecer, le pesaba mucho, se presentó andando con largas zancadas y sin decir una palabra.


En ese momento, se abrió la puerta con estrépito, pues ya todos habían tomado un silencio sepulcral, y toda la gente, incluso Oimar, se llevó un gran susto. Entonces entró Harald, algo avergonzado, y miró fijamente a todos los hersires.


Hassel Haar tenía un bigote largo que le tapaba un poco la boca, por lo que a veces era difícil saber si estaba sonriendo o estaba terriblemente enfadado. Tenía el pelo un poco largo y muy liso. Thrüm Kramm era alto y con una barba que le tapaba la hermosa armadura de hersir, y era calvo. Solía llevar casi siempre casco para ocultar ese defecto. En esa ocasión no lo llevaba. Iofur Lyson era muy joven, flaco y parecía que su armadura le estaba algo grande. Tenía unos pelillos en la barbilla a los que les faltaba mucho para ser una barba, y era ligeramente más bajo que Harald. Syle era el que tenía el aspecto más inquietante. Tenía un pelo rubio pálido alisado hacia atrás, con dos finos mechones que le caían sobre la frente. Tenía la cara también pálida, y tenía una cicatriz atravesándole el ojo izquierdo, y, como siempre, estaba de muy mal humor. En ese momento miraba con odio a Harald, que ya tomaba asiento, lo más lejos posible de Kramm.

-”Guerreros, tiempos oscuros recorren Midgard, pues los enemigos que tenemos por estas tierras se han hecho ya con la gran mayoría, por no decir todas, de las reliquias caídas del eterno Asgard, residencia de los dioses.”- dijo Oimar, con una voz firme y fuerte- “Pero, afortunadamente, Odín nos es propicio y nos venera.
Me han hablado de la existencia de la poderosa runa Thurisaz, la cual, tiempo atrás, había venerado a los gigantes.”- en ese momento, las palabras de Oimar fueron interrumpidas por un grito de Iofur Lyson, el cual, resoplando, dijo:-”¡¿ESTÁ AQUÍ?! ¡¡¿ESTÁ AQUÍ ESA MALDITA RUNA?!!”-durante esas palabras, Iofur se convirtió en el centro de la atención, y todos lo miraban como si acabara de volverse loco. -”¡Lyson, compórtese, o será castigado severamente…!”- no pudo terminar la palabra, porque Lyson, como si Oimar no estuviera allí, siguió gritando:-”¡¡ENTIÉNDANLO!! ¡¡SI LOS GIGANTES SABEN QUE LA RUNA ESTÁ AQUÍ, TODOS MORIREMOS!!”- entonces, irrumpiendo verdaderamente enojado, Oimar dijo:-”¡¡LA RUNA NO ESTÁ AQUÍ, PERO IREMOS A COGERLA, Y NI USTED NI NADIE PODRÁ IMPEDIRLO!!”- entonces, el pánico se reflejó en todos los soldados, y todo quedó en silencio.

II: Consecuencias.

Los gigantes eran la más problemática y peligrosa raza cerca de Midgard, y vivían en las montañas, generalmente en los bosques, y nadie había salido nunca vivo de un encuentro con un gigante. La runa Thurisaz era su mayor y único tesoro, y les subía la moral hasta tal punto que aumentaba su fuerza y volvía a los gigantes completamente indestructibles. Por suerte, los gigantes decidieron no utilizarla más para las guerras sin sentido.-”Nosotros esperaremos el Ragnarok, (fin del mundo) y nos levantaremos con la runa en alto, para unirnos a la batalla”- fueron las palabras de Nübg, rey de los gigantes.
Ni el más idiota de nuestros enemigos querría arrebatar tal runa a los gigantes, pues sería el fin de Midgard y toda la raza humana.

Oimar dijo que partirían mañana al santuario de Nübg para robar la reliquia los ejércitos de Syle, Kramm y Haar.
-”Que Odín os acompañe, fue lo que nos dijo”- decía Harald, enojado-”tendría que venir él, con su medio cerebro y con su espada a decirle a un gigante: oye, no opongas resistencia y dame la reliquia, o te mataré con esta cosa larga que tengo aquí”-
-”¡Cállate, imbécil, o haré que tu siervo, ese tal Turk, acabe criando malvas”- gritó Syle, con furia poco sorprendente en él.
-”Perdona, Syle, pero yo le concedí ese siervo y solo yo tengo autoridad para retirárselo.”- dijo Kramm, que se adelantó unos cuantos pasos para encontrarse con Syle cara a cara.
-”Callaos los dos. Los gigantes pueden oírnos, y no dudarán un momento en matarnos si descubren nuestra misión.”- dijo Haar, que era el único que había tenido el detalle de decir algo responsable.

Estaban al pie de la montaña Huru, donde vivía el rey de los gigantes y guardaban la reliquia. La ascensión era difícil, pues o algún soldado torpe tropezaba, o bien creía haber visto un gigante. Era el miedo provocado por la runa Thurisaz. Incluso Harald se paraba a veces, como si hubiera visto un gigante, y esto ocurría cuanto más alto estaban.
“Nos matarán” pensaban todos.
Al fin llegaron al final de la montaña, donde había un gigantesco desfiladero. Los hombres, salvo los hersires, que estaban hablando entre ellos, se sentaron aliviados.
Un soldado, de repente, gritó:-”¡Un gigante!¡me ha visto!¡viene hacia aquí!¡socorro!”- Haar se giró, y le dijo:-”¡Drode!¡no corras así!¡te caerás!¡¡NO!!”
El grito de Haar fue en vano. Mientras corría hacia el borde del inmenso desfiladero, notaba como se le ponía el bello de punta.
Drode, con un chillido desgarrador, calló.

-”¡Que muerte tan horrible!¡morirá atravesado por las afiladas rocas!¡él…!”- Decía Thürn, aterrado por el eco del grito, que resonaba en toda la montaña.
Entonces le interrumpió Haar:- “Silencio. La runa Thurisaz está aquí. No hay duda.”
Tenía razón. La runa se hizo visible cuando subieron un poco más. La runa estaba enfrente de lo que parecía un trono hecho con rocas y barro.
Afortunadamente, el rey no estaba.
Harald subió y la miró fijamente, como esperando que ella le dijera lo peligrosa que podía llegar a ser.
-”La llevaré yo”- Dijo, casi sin pensarlo.
La bajada de la montaña fue más fácil, pues, pasado el desfiladero, se podía descender dando pequeños saltos.
-”Harald, ven aquí”- le dijo Thürn cuando ya estaban al pie de la montaña -”¿No te parece extraño? Una montaña que se supone está plagada de gigantes, y vamos y resulta que no hay ni uno… ¡Harald! Harald, ¿que te pasa?”- Al principio, Harald no sabía a qué se refería, pero luego se dio cuenta: A sus espaldas, la runa se movía como si estuviera viva. Luego se le cayó.
Casi al mismo tiempo que esto ocurría, se oyó un rugido infrahumano, que acabó en una carcajada maníaca, proveniente del pico de la montaña Huru.
En la runa, que tras esto se había convertido en el centro de toda la atención, aparecieron palabras talladas: “PREPARAOS PARA SUFRIR LAS CONSECUENCIAS”

III: La historia de Iofur.

Aquella noche, Harald no durmió. No podía. Daba miedo pensar que el rey se sentía satisfecho al lado de su motivo de destrucción. La runa Thurisaz se encontraba en el castro, y todos esperaban que al día siguiente estuviera en llamas.
De repente se oyeron fuertes golpes en la puerta de Harald, el cual despertó a Turk aunque no sabía exactamente porqué. “Instinto, supongo”.
Fueron lentamente hacia la puerta, que temblaba como si fuera a venirse abajo. La abrieron.
Era Iofur. Se derrumbó de inmediato ante Harald y Turk, los cuales estaban confusos y algo enfadados.
-”Señor, ¡está borracho!”- dijo Turk, al que casi se le salían los ojos de las órbitas -”¿Que hacemos con él?”
-”Cuando se espabile le interrogaremos.”- Respondió Harald, no menos impresionado que Turk -”Haz el favor de preparar té. Esto durará toda la noche.”

Pasaron varios minutos que parecieron alargarse como horas.
Harald estaba nervioso, mirando fijamente el fuego de la chimenea, y Turk fingía hacer té. Al fin, Iofur habló:-”La…runa…imbécil…”- Tras estas palabras, tanto Harald como Turk se volvieron hacia él.
-”¿Donde estoy?”
-”Lyson, ¿qué ha pasado? Apareciste en la puerta de mi casa…”- Harald decidió no comentar que estaba borracho.
-”Harald, ¿eres tu, verdad? Me alegro que tu me hayas encontrado…me duele…la barriga…te lo explicaré todo ahora…creo…creo que voy a vomitar.”
Y lo hizo. Pero no le dio tiempo a llegar a la letrina y vomitó en el fuego, el cual se apagó de inmediato. No era un espectáculo agradable.
Como era de noche, tras esto la casa quedó a oscuras.
-”¡Oh, mierda!”- Gritó Harald.
-”¡Si, ha sido repugnante, pero cuida tu lenguaje ante un hersir, Harald!”- Le regañó Turk.
Harald se disculpó ante Iofur.
-”Bueno, salgamos fuera y vallamos a tu casa, Lyson, y allí podrás explicarnos todo esto.”

La casa de Iofur no estaba muy lejos de la de Harald, así que no hubo problemas para llegar (salvo que tuvieron que parar varias veces para que Iofur vomitara).
Pues bien, esta se parecía mucho a la de Harald, pero sólo por fuera, por dentro estaba adornada con escudos y espadas de oro, y ésta tenía el fuego en la chimenea bastante débil, así que Turk decidió poner más leña. La casa estaba perfumada con una especie de incienso. En pocas palabras, la casa de Harald era una vulgar chabola comparada con ésta.
“Vaya con Lyson.”- pensó Harald -”No se puede negar que sabe vivir bien”
Le dejaron sentado en una silla, y él parecía ansioso de contar su historia (más bien ansioso de poder contarla rápido y acostarse).
-”Amigos míos, sentaos en estas sillas y escuchadme. Pero tenéis que jurar que no se lo contaréis a nadie. Y menos a Syle. A él nunca se lo cuentes.”
Entonces, como si nunca hubiera dicho tales palabras, empezó su historia.
-”Yo era el hijo de un simple granjero de una aldea llamada Mu, al otro lado de las montañas de Huru. Mi hermano era un explorador que se encontró una extraña roca en la cantera. Tenía unos símbolos grabados…mi pobre hermano no reconoció la letra de los gigantes, y se llevó la roca aunque no sabía exactamente porqué.
El jefe de la aldea estaba muy orgulloso de aquella roca, pues algo en ella había despertado en él cierto interés por los gigantes. Dos semanas después, en la cima de la montaña Huru, se oyó lo que nunca esperábamos oír: el grito de guerra de Nübg, rey de los gigantes de las montañas.
Bajaron a centenares de las montañas y la mayoría se agruparon en la cantera, luego, llegaron y destrozaron Mu.
Yo sobreviví. Y más que eso, con sólo catorce años, allí en la cantera, conseguí matar al hijo de Nübg, y huir antes de que me vieran.
Vi como mataban a mi familia, y a mis amigos. El jefe fue el primero en caer, y encontraron en su casa la roca. La runa Thurisaz. Corrí. Corrí todo lo que pude para huir de las ruinas de Mu, y de unos recuerdos que acabarían por destrozarme la cordura.
Llegué así a Midgard, donde me encontré a su rey, Oimar. Le conté lo que había pasado e insistió en nombrarme hersir. Por supuesto, me negué. Pero el insistió y acabé aceptando. El mismo día que me nombraron hersir, los gigantes firmaron la alianza con los humanos con la condición de no tocar la runa Thurisaz.
Yo no acudí a la celebración por el simple hecho de que tenía miedo.”- entonces, bostezó y dijo: -”No quiero recordar mas, Harald. Hazme un favor y llévame a la cama. Tú y Turk podéis iros. Si mañana Oimar pregunta por mi, dile, Harald, que estoy enfermo. Adiós.”
Tras acostar a Iofur, Harald y Turk salieron de la casa. Ya era de día.
Entonces Harald pensó en las palabras de Iofur:”…No se lo contéis a nadie. Y menos a Syle. A el nunca se lo cuentes”

IV: La maldición Thusiraz.

A Harold le dieron ganas de enviar a Turk para decir que él también estaba enfermo. Tenía muchísimo sueño. No había podido dormir en toda la noche gracias a Iofur. Claro está que no podía culparle; le daba pena. El relato que aquella noche le contó le caló muy hondo. Casi todo tenía sentido ya, salvo el miedo de Iofur a Syle. Como Iofur dijo, no volvió al castro. Harald se lo comunicó a Raknison, el huscarle que se encargaba de la guardia del rey.
Pronto, Harald pudo advertir que cosas extrañas pasaban en Midgard.La gente andaba de aquí para allá, nerviosos, agitados, con miedo. Miedo provocado por algo…que no podía ser otra cosa que la runa Thusiraz.
Hasta Turk había sido afectado por esta especie de plaga. Sólo un puñado de hombres no habían sido afectados: Kramm, Haar, Syle, Raknison, el soldado Tanjar, Harald, y, por supuesto, Oimar.

Iofur no volvió a salir de su casa. Tapó las ventanas y dejó el jardín abandonado. Cualquiera diría que allí no vivía nadie. Pero…¿y si era verdad? Esta pregunta asaltó de pronto a Harald, que iba al mercado, ya que Turk se negaba a ir.
Lo soltó todo y fue corriendo a casa de Iofur. Era difícil avanzar por el lugar, ahora que las calles se habían convertido en peligrosos nidos de criminales de todo tipo. Ya no se podía ir por la noche. La niebla que inundaba el lugar no le permitió a Harald ver con claridad, pero llegó.
-”¡Iofur!¡Iofur!¡Abre de una maldita vez!”- No recibió la respuesta esperada. Se pudo escuchar una cuerda, según dedujo Harald por el chirriar, colgada a una especie de cadena. -”¡NO, IMBÉCIL!”- Y tiró la puerta abajo. Lo que vio entonces le heló la sangre: Iofur, colgando de una cadena pegada al techo. El hedor que había allí indicó que llevaba varios días así. -”No…”- Fue lo único que pudo decir entonces Harald.

La gente de Midgard empezó a creer que los que no habían sido afectados por la maldición eran herejes y traidores. Pronto estos sentimientos no hicieron nada más para ocultarse. Aunque ellos no eran conscientes de sus actos, pronto empezaron a desobedecer tanto a Oimar como a los hersires, a partes iguales. Y empezaron a perseguirles. Y también Tanjar, Raknison y Harald fueron blancos de la implacable furia de un pueblo destrozado.


Unos días después del suicidio de Iofur, el poblado de Midgard salió a la calle con antorchas y picas, dispuestos a echar las casas de los hersires abajo. Naturalmente, el rey salió en su defensa. Oimar y el resto estaban en las puertas de la casa de Haar.
-”¡Gente de Midgard!¡Poned fin a esta guerra sin sentido!¡Dejad el fuego, la violencia y la furia de lado!¡Hablaremos esto como gente civilizada!”- Decía Oimar con voz temblorosa, pues el estaba tan aterrado como ratón lo estaría frente a una manada de gatos salvajes. A esto, el que parecía ser el jefe de la rebelión (pues tenía la cara tapada como si fuera un bandido), respondió: -”¡Si tu intentas recurrir a las frases civilizadas, nosotros tendremos que recurrir a la política de las armas!¡Yo debo ser el rey de Midgard para poder tomar el mundo con la reliquia de Thusiraz!”-
-”¡Tus palabras no tienen sentido, cobarde que no muestra su rostro!¡La runa es un sacrificio a Odín!¡¡¡LA RUNA ES MÍA!!!¡¡¡SOY SU DUEÑO!!!”
El nerviosismo recorría el cuerpo de Harald, por no hablar de las caras de terror que observaban continuamente al histérico Oimar (tanto campesinos como hersires y soldados). Entonces, el miedo se apoderó de los ciudadanos, y, incluido el jefe, todos huyeron a sus hogares. Oimar se dio la vuelta lentamente hacia Raknison, y le dijo:
-”Llama al resto de lo huscarles. Que empiecen a montar guardia en el castro. Los soldados Tanjar y Harald se reunirán con el resto de los hersires en la plaza de Odín. Esperadme allí. Este problema hay que solucionarlo ya.”
Sí, pensó Harald. Ojalá.

La plaza de Odín había sido destrozada por el populacho de Midgard. Las plantas estaban destrozadas, a la estatua de Odín le faltaba un dedo y media pierna, y las verjas que la rodeaban estaban dobladas y deformadas. Tanjar y Haar habían sido los primeros en llegar. Cuando apareció, Haar desenfundó la espada.
-”¡Quien anda ahí! ¿Eh? Ah, eres tú. Me habías asustado.”
-”Pensad bien en lo que está pasando. No tenemos porqué obedecer ya a Oimar. ¡Está completamente loco! Lo que tenemos que hacer es devolver la runa a sus dueños, los gigantes.”
-”EN PRIMER LUGAR,- dijo Syle, que apareció por el mismo camino que Harald había seguido, sorprendiendo a todos. -”El nombre del rey no debe ser mencionado. Y EN SEGUNDO, los huscarles y yo jamás os dejaremos hacer tal cosa. Ahora y siempre seguiremos las instrucciones del rey.”
Tanjar estaba observando boquiabierto esta escena, como si no tuviera nada que objetar.
Minutos después de estas palabras, apareció Kramm.
-”Dejad de gritar, panda de asnos. Creo que ya sois mayorcitos como para saber que no hay que armar mucho jaleo o nos descubrirán. Oimar iba detrás mía, pero parece que se le ha olvidado su espada en el castro, y tuvo que volver.”
Entonces Tanjar, por primera vez, habló:-”¡¿QUÉ?! ¡¿LO HAS DEJADO IR SOLO?! ¡¿TE DAS CUENTA DE LO QUE PUEDE PASAR?!
A Kramm se le pudo notar un temblor en el labio. No podía creer la gigantesca estupidez que había cometido enviándolo sólo, con una ciudad entera que lo odia a muerte…
-”Al castro. Ahora.”

V: Traición.

Correr. Era lo único que importaba ahora. Correr. Si Oimar había muerto, los huscarles no tardarían mucho en rebelarse, y destrozarían Midgard. Los huscarles eran belicosos por naturaleza, y ardían en deseos de una batalla desde que en el reinado de Eomir se prohibió que los huscarles fueran a la batalla, y que fueran exclusibamente la guardia del rey. Desde entonces, los huscarles que se rebelaban pasaban a ser mercenarios que servían a los jarls (condes, duques) que mejor pagaban.

Raknison tampoco era muy de fiar, que digamos. Era el jefe de los huscarles, y apareció en Midgard de repente, sin aviso. Se ganó la confianza de Oimar y le demostró sus dotes como luchador, y lo nombró huscarle. Pero ahora a nadie le importaba eso. Ya estaban llegando al Castro, con dificultad, pues iban por el bosque, pero rápidamente. Pronto, sus peores pesadillas se hicieron realidad. El castro estaba envuelto en llamas.
Los rebeldes habían vuelto. Estaban alrededor del castro, y tenían a Oimar atado, con todo el aspecto de haber recibido una buena paliza. Y los huscarles no parecían tener ninguna intención de detenerlos. El jefe de los rebeldes, el de la cara tapada, estaba en el centro de toda esa gente, y sostenía la daga del rey.
-”¡Os avisamos!¡Ahora es demasiado tarde!¡Los huscarles están de nuestro lado!¡Ejecutaremos a Oimar!”
Sin embargo, antes de que Harald y el resto pudieran contestarle, un hombre irrumpió en la conversación.
-”¡No! ¡Primero tenemos que interrogarle!¡No hemos encontrado la runa!
-”¡Ah! Ya me olvidaba. Entonces matadlos. Pero despertad a esa foca de Oimar. Que lo vea todo…”
Todo se puso en movimiento. Harald desenvainó la espada, pero entonces recordó que se enfrentaba a los que siempre intentaba proteger. El pueblo de Midgard.
Decidió huir. El resto también siguió su ejemplo, y fueron tras él.

Tras una larga carrera, Harald encontró un claro en el bosque y se quedó en él a descansar. El resto se había separado de él. No se lo podía creer. Y pensar que gente como Kramm o Syle apoyaban en todo a Oimar… Sólo Iofur se quejó cuando en el castro se acepto esa loca idea de robar el tesoro de los gigantes. Significaba la guerra. La muerte. El Ragnarok. Entonces se le ocurrió una idea. No parecía que aún le estuvieran persiguiendo… por lo tanto, estarían persiguiendo a los demás. Tenía una oportunidad. Rescatar a Oimar de los rebeldes y preguntarle dónde estaba la runa. Había que ir hacia ese lugar y cogerla. El plan no era muy seguro, porque, después, ¿que harían con la runa? ¿Destruirla? Sólo enfurecerían más a los gigantes. No estaba muy convencido con el plan, pero pensaba ponerlo en práctica. Se levantó con decisión y salió corriendo hacia el castro.
Con la persecución, había muy poca gente vigilando a Oimar. Había un rebelde que más que una persona parecía un saco de músculos y dos huscarles. Estaban despreocupados, charlando, pues les parecía imposible que alguien fuera a rescatar a Oimar. Un plan de locos. Y eso era.
Harald apareció de entre los árboles, con la espada en mano, y ellos no se habían dado cuenta. Avanzó silenciosamente hacia el rebelde. Aún no se habían dado cuenta. Luego, con la hoja de la espada plana, le golpeó en la cabeza. Ya se habían dado cuenta.

VI: Cinco inocentes.

Los dos huscarles se levantaron, sobresaltados. Ninguno de los dos se esperaba eso, pero estaban preparados. La naturaleza del guerrero profesional.
Un movimiento erróneo y Harald estaba muerto. Los dos desenvainaron casi a la vez. Harald dijo:

-”Venid, adelante. Yo os enseñaré”-
Harald se había dado cuenta de que si Raknison no había sido afectado por la maldición, el resto de los huscarles tampoco. Estos eran traidores de verdad. El resto no sabían lo que hacían, simplemente.

El primero atacó con un mandoble y Harald lo esquivó fácilmente, al mismo tiempo que le destrozaba la armadura con un fuerte golpe de espada. Mientras este se reponía, el otro fue hacia Harald, gritando. El golpe del huscarle fue demasiado fuerte, hasta tal punto que hizo que la espada de Harald cayera al suelo.
Al mismo tiempo, el otro ya se había levantado, y el rebelde ya se había recuperado del golpe de Harald. Este había agarrado a Harald por los brazos para que no pudiera escapar. Estaba perdido. “Lo siento, Oimar, esta vez no podré salvarte el pellejo…” Pensó Harald.

Pero ocurrió algo que no se esperaba. Dos flechas, casi a la vez, salieron del bosque y les dieron a los huscarles en el cuello. Esto distrajo al rebelde, y soltó a Harald, oportunidad que el aprovechó para darle un puñetazo. Pensó que esto lo pararía, pero el rebelde soltó una risita y murmuró:”Verás, mamón. Te voy a enseñar.”
Muerto. Otra flecha. En el cuello. Sea quien sea el arquero que se escondía en el bosque, iba a recibir una buena. El rebelde no sabía lo que hacía. Los huscarles si, pero el no. Era inocente.
-”¡Sal de ahí, cerdo cobarde!”-Gritó Harald al lugar de donde venían las flechas.
-”Tranquilo, Harald, no saldré. No quisiera que vieras quien soy.”
-”¿¡A que has venido!?”
-”A lo mismo que tu, Harald. Llámame Einheniar. Tengo un contacto que mañana por la noche estará en la plaza de Odín. Te dará la información que necesitas para detener esto.”
-”¿¡Quién demonios eres!? ¿¡Como sabes mi nombre!?”
-”Harald, ¿de verdad crees que voy a responder? Tú eliges. A la plaza de Odín ya no va nadie. Si tú vas, te encontrarás con mi contacto. Él te reconocerá a ti. Te lo aseguro.”
-”¡Eh! ¡Vuelve aquí!”
Pero no obtuvo respuesta. Sea quien sea ese Einheniar, se había ido. Los Einheniars eran los guerreros más valientes que, ya muertos, eran seleccionados por las Valkirias y enviados a Asgard, la residencia de los dioses, con Odín. La leyenda decía que ellos lucharían en el Ragnarok. A lo mejor era uno de esos motes extraños que se habían buscado ya tantos bandidos y mercenarios famosos…
Entonces escuchó una voz conocida. Oimar estaba despierto, y parecía delirar. Tenía fiebre. La mayor suerte que tendría sería encontrar a un curandero que no le odiase a muerte.
De repente, interrumpiendo sus pensamientos, salió Syle del bosque, un poco más a la izquierda de donde había oído la voz.
-”Apártate, Harald. Kramm podrá curarlo, y yo sé donde está.”
-”¿Dónde está todo el mundo? ¿Y donde has estado tú?”
-”He dado un rodeo al castro, para asegurarme de que no existía una trampa.”
-”¿Y bien?”
-”Eran tres. Les maté.”
“¿Huscarles?”
-”NO. Rebeldes. Y ahora CIERRA ESA BOCAZA. Me estoy empezando a cansar de este interrogatorio.”-Dijo Syle, mientras agarraba la empuñadura de su espada.
Otra vez. Ese día habían muerto cinco personas inocentes. Era demasiado. Syle ya se había llevado a Oimar, y Harald tenía ganas de ir a su casa… a dormir….y que Turk le preparase jabalí asado, como tantas mañanas…Midgard nunca volvería a ser la misma.

VII: Las tres pruebas.

Turk estaba enfermo. Esa mañana no se había levantado de la cama, y Harald no pensaba despertarle. Salió a la calle y fue al castro. Había una reunión. No podía creer que, en su estado, Oimar aun tuviera fuerzas para convocar una reunión. En domingo el mercado siempre cerraba, pero esta vez sería por otras razones. Midgard se había convertido en un loco país en el que había enemistad incluso entre las familias. La maldición Thusiraz había cambiado. Del miedo, a la furia. De la furia, a la enfermedad. Sólo faltaba la muerte. Hacia meses que Oimar había ordenado el robo de la reliquia Thusiraz, y todos los que ahora ven en lo que se ha convertido Midgard se preguntan:”¿Por qué?”

La ciudad estaba completamente dividida; los rebeldes, los traidores, y la resistencia de Midgard, nombre que dio Oimar a los hombres que unió para acabar con tanta destrucción. Curioso, pues es la destrucción que el mismo causó. ¿Qué horrible maldición encerraba la runa Thusiraz? ¿Cómo los gigantes habían conseguido tanto poder? ¿Tan poderosa era la runa? Las respuestas se encontraban en un edificio con más de cien años, construido con madera, acero y esfuerzo. La gran biblioteca de Midgard. Allí se podía encontrar cualquier cosa, por muy complicada y rebuscada que fuera, allí se encontraban las respuestas de todos los enigmas. Harald marchó hacia la gran biblioteca en cuanto se dio cuenta de esto. Muchos de los libros tenían más años incluso que Midgard, y ninguno de ellos eran copias, lo que los hacían muy especiales. Decidió que no sería buena idea preguntarle al bibliotecario sobre Thusiraz, bastante asustado estaba ya. Caminó Harald a través del laberinto formado por estanterías, buscando cualquier libro que pueda ayudarle, y, finalmente, lo encontró. Seguramente el más polvoriento de todos los libros: Ygramull Thusiraz. Lo abrió y se sentó en el suelo para leerlo.


Thusiraz era un mago y un hechicero que sembró el terror por todas las tierras nórdicas durante un tiempo, protegido por una alianza con los gigantes, lo que le permitió destruir poderosos liderazgos, como el de Rasthürn y el de Chideros, en las que, sobre sus ruinas, se construyeron ciudades como Jert, Mu, y Midgard. Hoy aun se dejan al descubierto entre el arado huesos y escudos rotos. Los gigantes pidieron su recompensa a Ygramull Thusiraz, y él les entregó una runa capaz de absorber el miedo que él provocó en su tiempo y crear la locura y el terror de los hombres. Pero lo peor era que causaba adicción, que los pueblos se pelearían por tenerla en sus manos. La runa desataría a modo de maldición todo el miedo que tiene dentro. El rey de los gigantes, Nübg, aceptó con gusto el regalo y se fué con sus hordas de gigantes a las montañas de Huru. Se decía que Thusiraz creó su guarida en el pie de estas mismas montañas, y que, a partir de ese día, nadie supo nada de él, y de su extraña runa. El anciano se encerró en su cueva y la hechizó con tres pruebas que sólo él sabía pasar con éxito: Fuerza, Voluntad, y Valor. Los grandes caballeros de las tierras nórdicas siempre intentaron pasar estas pruebas, pero a la primera, desaparecían sin dejar rastro. La leyenda se convirtió en mito, y el mito en cuentos para asustar a los niños, y así se enterró el recuerdo de Ygramull Thusiraz.


Dispuesto a pasar al segundo capítulo, Harald pasó la página. Antes de todo esto, Thusiraz estaba solo, y su único objetivo era dominar las tierras nórdicas, que aun no habían oído hablar de él. Nadie sabe cuando nació, ni donde, pues los magos son casi inmortales, y la edad solo les pesa cuando su magia se deteriora y estropea, hasta que se acaba. Entonces el mago muere, convertido en polvo, una semana después de perder sus poderes. Sin embargo, los secretos de la hechicería habían sido desvelados ya a Thusiraz, y por eso es capaz de vivir durante muchos años. Las tres pruebas de las que se hablaron en el otro capitulo eran los tres hechizos más importantes, que ni el más poderoso hechicero conoce aun. Hoy, Hykrion Haar, el único mago que consiguió rivalizar con Thusiraz, nos revela el poder de estos poderosísimos hechizos.
Fuerza: La primera prueba de la guarida de Ygramull Thusiraz en las montañas. Consiste en enfrentarse al poder que más temen y derrotarle. La batalla transcurrirá en nuestra mente, por tanto no derrotaremos a nuestros males, si no que demostraremos que podemos derrotarles. Sin embargo, aun en vuestra mente, la bestia puede acabar con usted, y usted sentir el dolor.
Voluntad: La segunda prueba por afrontar. Se encontrará usted con una puerta, a medio metro de usted, pero el camino se alargará millas y millas hasta la puerta, y cada vez le costará más avanzar. Depende de su fuerza de voluntad poder pasar esta prueba, y nunca debe pararse, o la puerta desaparecerá y jamás podrá salir usted de este estado en trance.
Valor: La última y la más horrorosa prueba. La sala en la que entre a través de la puerta estará completamente a oscuras, y todos sus males, todos sus miedos, se juntarán en uno, el cual tiene la misión de impedir que usted avance por medio del terror. Nunca debe mirarle a la cara. Es solo una ilusión, por tanto que puede avanzar sin luchar, pero es muy difícil acordarse. A esta prueba se le llama “La prueba de Loki”.
Hikrion Haar.
Harald cerró el libro rápidamente, y se quedó atónito. No pudo evitar continuar leyendo. Y de pronto recordó una palabra. “Einheniar”. ¡Tenía que encontrarse con el contacto en la plaza de Odín! Salió corriendo de la biblioteca. Era casi de noche. Ahora sabía el poder de la runa Thusiraz y tenía que encontrarla.

VIII: El contacto.

Al llegar a la plaza de Odín ya se había hecho de noche. Creyendo haber llegado demasiado tarde, se sentó en un banco, (de los que aún quedaban en pie) y suspiró.
-”Bienvenido. Soy el contacto entre tu, Harald, y el Einheniar.”
-”¡Mi madre, que me has asustado!” -Dijo Harald- “¿Dónde estás? ¿Serás tan amable de decirme quien eres?
-”Por supuesto.” -Y una figura envuelta en mantos salió detrás de la destrozada estatua de Odín.- “Soy Tanjar.”
-”¿¡QUEEEE!? Cada vez entiendo menos de esta locura, Tanjar. ¿¡Que tienes que ver tu con ese tal Einheniar!? ¿¡Y que pinto yo en todo esto?”
-”Calma, Harald. Estas cosas es mejor que nunca las sepas. Además, mi jefe me paga bien, y no tengo que matar a nadie.”
-”Bueno, me dijo que tu sabías como acabar con todo esto. Venga, suéltalo.”
-”La verdad, Harald, es que tu eres la llave de todo esto. No me mires así. En serio, tu eres la única esperanza. Los hersires, por mucho que hayan dicho, están de parte de Oimar, y eso ya no lo cambia nadie. Los huscarles, a los cuales maldigo, son traidores y están de parte de los rebeldes, los que te buscan por toda la ciudad. Mi jefe sabe muchas cosas, como por ejemplo, el lugar donde está la runa. Tienes que llevarla a Thusiraz, y obligarle a que anule el anuncio. Que no me mires así. La runa está escondida en la cantera de las ruinas de Mu. La cantera es un fácil acceso hasta la guarida de Thusiraz.”
-”Pero…pero… ¿Porqué yo?”
-”Sencillo. Todos los soldados siguen a sus hersires, y tu eres el único que hace oídos sordos de las órdenes de Kramm, el cual está hecho una fiera, que valiente eres.”
-”¿Y tu? ¿Tu que haces?”
-”Yo me…he ido del lado de Haar. Pero sigo trabajando para el Einheniar, y este prefiere mantenerse al margen.”
-”Genial. El estúpido de tu jefe me manda a la muerte, y prefiere mantenerse al margen, ¿no?”
-”Quizá debí decirte esto antes. Ha enviado contigo al más poderoso de los magos, Hikrion Haar.”
Harald se enmudeció.
-”Normal que te pongas así, Harald.”
-”Tu…¿tu sabes quien es tu jefe?”
-”Si. Siento que tengas tan poco tiempo para prepararte para tal viaje, pero partes mañana.”
Algo se movió entre las matas. Harald desenfundó rápidamente y fue a ver. No había nadie, pero si Harald se hubiera quedado un poco mas de tiempo, habría oído una carcajada escalofriante y escasa de humor.

IX: Sombras del pasado.

Desde la llegada de la runa a Midgard, todo ocurría muy rápido y sin avisar. Esto no le gustaba a Harald. No le gustaba nada ser “la única esperanza” de algo, y menos del mundo, que es lo que estaba en juego. Pero por poco que le gustase, no iba a quedarse de brazos cruzados, y estaba dispuesto a atravesar las montañas Huru, pasar las tres pruebas, y pegarle una buena zurra a Ygramull Thusiraz. No le faltará compañía, no, pues le acompañará el mayor mago de todos los tiempos, que llegó a Midgard por la noche, y bajo un hechizo de invisibilidad.


Harald ni siquiera desayunó. Turk estaba enfermo, y él tardaba mucho en hacerse el desayuno. Tendría que encontrarse con Hikrion en la cantera de Mu. El equipaje era más bien ligero: comida, agua, espada, escudo y casco. El casco de Harald era el típico de los soldados de gran prestigio. Era de metal, y estaba decorado con bronce. No se lo ponía mucho, porque el casco no permitía que se viera la cara, y esto resultaba pesado. Aun así, era bastante resistente y tenía gran visibilidad, y a veces era útil que no te vieran la cara. Se lo regaló Kramm hace unos años…Harald se dio cuenta de que echaba de menos a su hersir, Thrüm Kramm. También echaba de menos los días de paz, el bromear con su amigo Turk, las fiestas en el castro después de una batalla, las mujeres riéndose cuando Harald les echaba algún que otro piropo, (razón por la que casi siempre llegaba tarde a las reuniones)…Entonces pasó por la cabeza de Harald las palabras que ya no podría quitarse de la cabeza nunca más, las palabras que le asaltaron el día en el que murieron cinco personas inocentes: Midgard nunca volvería a ser la misma.


Esto es lo que Harald pensaba mientras caminaba, casi involuntariamente, hacia lo que quedaba de Mu. Empezó a ver entonces las granjas (destrozadas) de la aldea, y recordó a Iofur Lyson contando su trágica historia. Cómo su aldea y su familia fueron unos de los primeros en sufrir la maldición Thusiraz, que estaba unida a la locura de los gigantes. Recordó el terror y la furia que sintió cuando vio a Lyson ahorcado en su propia casa. Siguió andando, pero más decidido. Estaba perdiendo el tiempo. Estaba perdiendo el tiempo con…sombras del pasado. Mejor olvidarse. Ahora mismo estaba atravesando las ruinas de Mu, la cantera se erguía ante él. Entonces se encontró con Hikrion. Era alto, y su barba le llegaba al cuello. Cuando se acercó mas, pudo distinguir su cara: era exacta a la de Hassel, salvo por las arrugas. Llevaba una larga capa de color azul marino, de modo que no se podía saber que ropa llevaba.
-”Hola, Harald”- Dijo, con voz suave -”¿Preparado?”

X: El pasaje a la cueva.

Cuando partieron de Mu, Harald acribilló a preguntas a Hikrion.
-”¿Donde estabas?”
-”Estaba en Jart, y me llegó el mensajero. Acepté sin dudar esta…horrible misión.”
-”¿Que sabes de Midgard?”
-”Sé que desde que le robasteis la runa Thusiraz a Nübg, vuestro poblado se ha ido a pique. Para Jart, esto es motivo de preocupación. Unas semanas después de que me enterase de lo que la maldición había hecho con Midgard, me llegó el mensajero. Ah, por cierto, se que vuestro rey no esta loco. Está completamente cuerdo.”
Harald se quedó tan alelado con esa respuesta que por poco tropieza.
-”¿Como sabes eso? Y… ¿como sabes que tienes razón?”
-”El pobre hombre esta hipnotizado, y de una manera brutal. Deben de ser por lo menos cuatro años de su vida, borrados.”
Harald le iba a hacer otra pregunta, pero antes de empezarla, se vieron rodeados de gigantes.
-”¡Han venido! ¡¿Como sabían que teníamos la runa?!”- Decía Harald, mientras desenfundaba su espada.
-”Esta raza de gigantes esta completamente poseída por la runa. Solo viven para ella, y ella les atrae.”
Eran cinco, y los habían rodeado en el montañoso sendero.
Tres se lanzaron a por Hikrion, el cual, sacó de su manto una vara de mediano tamaño y empezó a pronunciar palabras de idiomas desconocidos en Harald. Los otros dos iban a por Harald, el cual, cogió su escudo y se dispuso a pelear. Un gigante cogió un pedrusco del suelo y se lo tiró a Harald, mientras el otro arrancaba la rama de un árbol. El pedrusco fue esquivado, pero para ello Harald tuvo que tirarse al suelo. El otro, con su garrote, se lanzó contra Harald, que conseguía esquivar sus golpes rodando. Al otro gigante le gustó la idea y arrancó otra rama. Mientras ocurría todo esto, Hikrion había acabado ya con un gigante, mientras retenía a otros dos con una especie de rayo de luz. Harald, tomando ejemplo, se levantó y le clavó al gigante la espada en el pecho. Este se retorció hasta caer al suelo, mientras el otro, furioso, se disponía a lanzar el garrote, que fue fácilmente esquivado con un salto. Sin embargo, el lanzamiento le distrajo y otro gigante, mucho más alto, y salido de la nada, golpeó a Harald y le lanzó a través de un precipicio conocido. El acantilado donde el soldado Drode, del ejército de Haar, saltó empujado por la locura. Hikrion estaba solo. Durante la caída, a Harald se le aparecieron imágenes. No era su imaginación, era… ¿un hechizo?
Sin que el se hubiera dado cuenta, estaba tocando suelo sólido. Estaba en una habitación grandísima, entera blanca. En sus manos había una espada con la hoja azul. Entonces escuchó algo. Silbidos. ¡Una serpiente! Mejor dicho, un monstruo. Ante el se erguía una serpiente gigantesca, con dientes gigantescos y manchados de veneno. Desde pequeño, Harald odiaba a las serpientes. La espada que llevaba en sus manos brilló y lanzó un rayo azul a la serpiente. Esta se enfureció, pero no caía. Harald corrió alrededor suya, mientras esta se lanzaba hacia el. Se detuvo y le lanzó otro rayo. Bah. En el caso, como si le hubiera escupido. Siguió corriendo por esa habitación que no acababa nunca, pensando en huir, pero se detuvo. Sus instintos de soldado le decían que tenía que buscar su punto débil. Le lanzó un rayo en la cabeza, y tuvo el mismo efecto que el resto de sus ataques. La serpiente se abalanzó hacia Harald, pero este la esquivó. Clavó sus colmillos en el blanco suelo, y parecía que no podía salir. Su oportunidad. Por miedo que le diera esa serpiente, tenía que acabar con ella. Se subió a su cabeza, y le disparó a los ojos. Como respuesta, la serpiente arrancó con increíble fuerza sus colmillos del suelo, lanzando a Harald por los aires. Esa no era la respuesta. Antes de poder levantarse, la serpiente mordió a Harald, metiéndolo en el interior de su boca. Allí terminaba la cosa. Por suerte, no le había clavado sus colmillos venenosos, y solo pretendía tragárselo. Con un grito, Harald disparó a la garganta de la bestia. Le vomitó y murió. Ese rayo le había destrozado por dentro. La sala blanca desapareció, y en su lugar se vio ante una puerta. Vale, ahora si que no entendía nada. Miró hacia atrás y vio a Hikrion.
-”Harald, acabas de pasar la prueba de la fuerza.”
-”¿Cómo estás aquí? ¿Qué pasó con los gigantes? ¿Como he llegado a este lugar?”
-”Acabé con los gigantes, salvo uno. A ese solo lo dejé aturdido. Era Nübg, el rey de los gigantes. No me extraña que te venciera. No sabes cuanto trabajo me costó neutralizarle. El precipicio, en verdad, no existe. Es la puerta a la guarida de Thusiraz. Eso significa que Drode todavía puede estar vivo.”
-”¿Como sabes eso?”
-”¿El qué?”
-”Lo de Drode.”
-”Te lo explicaré cuando pases la puerta. Esta es la prueba de la voluntad. Tienes que…”
-”No te gastes, la conozco.”
-”¿Leíste el libro?”
-”Sí”
-”Vaya, creía que habían sido quemados. A Ygramull no le gusta que exista información sobre su guarida. Hace cuatro meses, los libros de la gran biblioteca de Jart ardieron. Supongo que sabrás que esta prueba es horrible. Adelante, pasa.
-”Pero…”- No pudo acabar la frase, porque Hikrion le empujó hacia la puerta. Al tocar el pomo, el camino se alargó. Más. Más todavía. Harald pensó que lo mejor sería caminar. El terreno que pisaba era llano, sin piedras. Era arena. Estaba en un desierto. Llevaba dos horas caminando sin descanso. No podía parar, o se quedaría allí para siempre. Pero hacía mucho viento, y el andaba a contracorriente.
-”Si…no…Si no sudase…tanto…”- Farfullaba Harald, arrastrándose. Seis horas. Y a cada paso que daba, el hambre, la sed y el calor aumentaban más. “Se acabó”, se dijo a si mismo. Y cayó al suelo. “Pero no puedo…quedarme…sentado…por…por mucho que quiera…todo Midgard depende de mi…todo el mundo depende de mi…” Y se levantó. Y ya no había arena. No había rastro del cansancio, el hambre, y la sed. Sólo estaba él, ante la puerta. Y podía abrirla. Al otro lado se encontró con Hikrion.
-”Bien hecho, Harald. Descansa.”
-”¿Porqué tu no haces las pruebas?”
-”Porque ya las hice una vez, y no tengo porqué repetirlas.”
-”Tu…¿has estado antes aquí?”
-”No, pero él me lanzó esos hechizos cuando luché contra él.”
-”¿Y me puedes explicar lo de Drode?”
-”Lo se porque el Einheniar me lo dijo.”
-”¿Que relación tienes tu con ese tal Einheniar?”
-”Casi nada. Es Hassel, mi hijo.”

XI: La prueba de Loki.

La sala que había tras la puerta era muy oscura, y había una línea que la dividía.
-”Ahora, atención.”- Decía Hikrion -”Pasa la línea, y tus peores y más profundos y antiguos miedos tomarán forma. Nunca le mires a la cara. Te volverías loco. Cuanto más cerca estés de él, más crecerá tu miedo.”
Entonces Harald se fijó por primera vez en lo que había debajo del manto de Hikrion. La espada azul.
-”¡Hikrion, explícame esto!”- Dijo, mirando fijamente la espada -”¡Es la espada que tenía en la mano en la primera prueba!”
-”Calma, Harald. Esta es la espada Thusiraz. Se la robé en nuestro primer encuentro, y me fue muy útil en la prueba del valor. Esta espada es mágica, porque se puede utilizar contra los hechizos. Te la lancé cuando vi que caías por el acantilado.”
-”¿Qué?”
-”Harald, basta de tonterías. Prepárate, porque vas a cruzar la línea. No lleves armas. Es solo una ilusión, ¿entiendes?”
Y dicho esto, empujó a Harald al otro lado de la línea. Da comienzo la prueba de Loki. Ya no oía la voz de Hikrion. Pero si veía. Veía ojos en la oscuridad, mirándole fijamente. Parecían moverse… ¡Unirse! Aterrado, Harald intentó avanzar corriendo. Ahora que lo pensaba, eran cinco pares de ojos los que le observaban. Entonces se acordó de los cinco inocentes que murieron aquel día…Siguió avanzando. Y cuanto más avanzaba, más oscuro se hacía. Los ojos se juntaron en un par. Harald se tapó los ojos, aterrorizado. Empezó a correr, pero gritando. Cuanto mas cerca estaba de la puerta de salida, que estaba ricamente adornada con oro y plata, más imágenes terribles se le aparecían en la mente. Llegó a la puerta, casi llorando. La abrió y entro dentro rápidamente. Hikrion estaba allí, mirándolo.
-”Tranquilo, hijo. Todo ha pasado ya.”
Segundos después, Harald ya había recobrado su antiguo valor y empezó a buscar a Thusiraz.
La sala en la que se encontraban era grande, con una chimenea en el centro y mullidos cojines. Estaba perfumada, y decorada con objetos de oro. Una figura salió detrás de la chimenea, lentamente. Ygramull Thusiraz. Era calvo, y más pálido que una sábana. Era mucho más bajo que Hikrion.
-”¿Que te trae por aquí, Hikrion?”- Dijo lentamente, con una voz llena de odio. -”¿Y ese? ¿Te has vuelto tan viejo que necesitas guardaespaldas?
-”Hemos venido”- Dijo Hikrion, antes de que Harald pudiera responder a ese insulto. -”a obligarte a retirar el hechizo de un artefacto que embrujaste hace muchos, muchos años. La runa.”
-”¿Y perder el control de una de las razas de gigantes más poderosas de la tierra? ¡¡NUNCA!! ¡Antes me verás morir, Hikrion!”
-”Exacto.”
Hikrion sacó de su manto la espada azul y se la pasó a Harald. Thusiraz cogió una vara del mismo tamaño que la de Hikrion.
-”¡Prometego!”- Gritó Thusiraz, agitando la vara alrededor suya. Segundos después, una esfera de fuego le envolvía. Harald, nervioso, lanzó varios rayos a Ygramull, con la esperanza de que alguno hiciera efecto. Y lo hizo: El fuego que envolvía a Thusiraz devolvió los disparos con el doble de fuerza. Uno de ellos dio en el techo de piedra, y este empezó a derrumbarse. Hikrion, mientras tanto, había estado preparando un potente hechizo.
-”¡Demunor Ygramull, so indeseable!”
Un destello blanco y luminoso absorvió la protección de fuego que tenía Thusiraz y le lanzó al suelo. Mientras tanto, Harald disparaba a los pedruscos que caían del techo.
-”¡Date prisa, Hikrion! ¡Esto se derrumba!”
Hikrion intentó partir la vara de Ygramull, pero este le lanzó por los aires.
-”¡¡Estáis perdidos!!”
Pero ocurrió algo inesperado. Drode, por detrás, derramó sobre su cabeza una poción verdosa. Ygramull empezó a gemir y se derrumbó.
-”¡Harald, recoge a Hikrion, yo llevaré a este idiota!”
Sin ánimo de hacer preguntas, Harald obedeció y salió rápidamente de la lujosa habitación, seguido por Drode. Sin embargo, se detuvo, dejando caer a Ygramull, y comenzó a chillar.
-”Drode… ¿Qué te pasa?”
No pudo responder.
Harald, rápidamente, recogió también a Ygramull y les llevó fuera.
Desde el borde del acantilado se podía ver como se derrumbaba todo…

Cuando Hikrion despertó, se encontró con Harald, muy serio.
-”No hemos tenido tiempo de hablar, Hikrion. Y yo tengo muchas preguntas que hacerte.”
-”Empieza. Estoy dispuesto a responder.”
-”¿Por qué Drode ha muerto allí abajo?”
-”Ygramull lo secuestró porque era un soldado que recibía ordenes de mi hijo, y estaba planeando una venganza personal contra mi. Seguramente, él creía que lo retendría allí para siempre, así que lo hizo entrar sin pasar las pruebas. Debió romper sus ataduras. Cuando salió, la prueba del valor hizo mella en él.”
-”¿Porqué Hassel no me dijo quién era?
-”¿Conoces a un soldado llamado Tanjar? El y el Einheniar estaban haciendo una investigación confidencial sobre Syle. Han descubierto que era hermano de Iofur.”
Harald palideció.
-”Pero su investigación no va de esos chismorreos, sino de Oimar. Syle lo está hipnotizando. Es su marioneta, y suya fue la idea de robar la runa Thusiraz. El loco es Syle, no Oimar. En Mu, Syle aprendió hipnotismo de forma sobrenatural. Buscaba poder, y siempre creyó que Thusiraz podría dárselo. La encontró en la cantera y la robó. Hipnotizó al rey de Mu para que la aceptara, y ya sabes lo que ocurrió. Su avaricia destruyó Mu, y pretendía repetir la jugada con Midgard. Eso ocurrió hace mucho tiempo, y lleva hipnotizando a Oimar desde entonces.”
-”¿Es eso cierto? ¡Es increíble!”- Iba a continuar la frase, pero un gemido agónico le interrumpió. Ygramull había despertado.
-”¡Ayudadme! ¡La poción que ese estúpido de Drode me hecho me mata poco a poco!”
Hikrion se levantó lentamente y miró a Harald. Harald comprendió lo que quería decir.
-”Tengo la cura, Ygramull. Pero tendrás que destruir la maldición Thusiraz para siempre.”
-”¡Lo haré, pero dadme esa cura!”
-”Primero la runa.”
Harald trajo la runa y la colocó ante Ygramull.

XII: La liberación de Midgard.

-”De…de acuerdo.”
Puso la mano sobre la runa y comenzó a hablar.
-”Gaarahjutt maraajhajutt, lomient luaament.”
En la runa, las palabras que antes estaban escritas desaparecieron hasta que se convirtió en una piedra normal.
-”Ahora cúrame.”
-”No existe cura para ti, maldito loco.”
Dicho esto, Harald clavó en el pecho de Ygramull la espada azul.
-”Hoy comienza una nueva era, Hikrion. Y yo hace días que no como.”
-”Pues vas a tener que esperar. Tu comida debe estar ya en el estómago de Nübg.

La marcha que se recorrió para llegar a Mu fue corta, y más corta todavía el ir de Mu a Midgard, porque Harald estaba corriendo. Llegó a su casa para ver a Turk. No estaba. Se dio cuenta de que todo el mundo estaba en el castro. Había dos hombres con las cabezas apoyadas en el tronco de un árbol, y una gran muchedumbre a su alrededor. Una ejecución. Oimar estaba de pie en un taburete, para que se le viera bien, y los dos hombres que estaban esperando la muerte eran Turk y Syle. Por fin, Harald encontró a Kramm entre todo ese gentío.
-”Kramm, ¿que demonios pasa aquí?”
-”Se ha descubierto que Turk era el jefe de los rebeldes. Si, el hombre enmascarado. Y Syle…”
-”Estaba hipnotizando a Oimar, ¿verdad?”
-”¿Como lo sabes?”
-”Cosas mías.”
-”¿Que vas a hacer, Harald?”
Hikrion entró en escena.
-”¡Oimar, tu no vas a matar a este hombre!”- Dijo, señalando a Turk. -”Entremos en el castro y hablemos. Puedes liberarlo ya. Yo te aseguro que no es ningún criminal.”
-”Sin embargo…”- Dijo Oimar. -”Aun no quiero que acaben con Syle, ese perro que me ha robado casi cinco años de mi vida. Quiero que lo maten cuando yo este presente. Llevadlo al calabozo.
Mientras liberaban a Turk, Harald se hizo una pregunta. ¿Como es que Kramm no le había hecho ninguna pregunta sobre en que lugar había estado todo este tiempo? Entonces Hassel pasó junto a él y le guiñó un ojo. Todo controlado. Sin embargo, algo rompió el silencio. Los soldados que iban a llevar a Syle al calabozo volvieron con varios moratones. Syle se había fugado, y a saber donde estaría ahora. Harald pensó en la cara que pondría Oimar, pero pensó que Hikrion lo encontraría. Porque, ¿que daño nos podía hacer Syle?

Cuando liberaron a Turk, Harald se fue con él a casa, contándole todo lo que había hecho junto a Hikrion. Al día siguiente, volvió a desayunar jabalí, a llegar tarde al castro, y a soportar las broncas de Kramm. Tras unos cuantos días, Midgard volvió a ser la misma.

SAGA.
Pablo Guerrero Rodríguez.

Artículos relacionados

Deje un comentario