ROQUE CONTRA LA SOLEDAD
Aquel día, Roque, el avezado marinero, salió a la calle con los aparejos necesarios
para llevar a cabo sus faenas pesqueras portándolos debajo del brazo derecho, cual
rudo marino, y se dirigió hacia la pequeña lanchita de color azul y “bautizada” con el
nombre de “Lucita” en honor de su difunta esposa y con la que cada día se hacía a la
mar con el fin de pescar sardinas, tarea a la que se dedicaba desde los nueve años
cuando aprendió este duro oficio de su padre, quien le había enseñado todo sobre la vida
de los marineros y la mejor forma de realizar su trabajo.
Se avecinaba una tormenta, y él lo sabía. La superficie del mar se oscurecía por
momentos, las nubes amenazaban lluvia, y el olor salino cada vez era más fuerte.
Roque, como buen conocedor del mar sabía que no tardaría más de dos horas en
producirse un gran temporal, pero tan solo necesitaba llegar hasta donde había dejado
las redes el día anterior con el fin de recogerlas. Tardaría menos de una hora en realizar
satisfactoriamente la tarea.
Durante esta jornada, Roque se dio cuenta de que el trabajo se hacía cada vez más
duro para él conforme iban transcurriendo los años; ya no era joven como demostraba
su cabello ralo y blanco. El traspasar los sesenta le había supuesto una considerable
merma de energía, y un incremento en sus sentimientos de soledad. La vida no había
sido demasiado benevolente con él, el “golpe” más duro se lo dio cuando le “arrancó” a
su amada Lucita. El resto de su familia se fue muriendo poco a poco, y el único hijo que
tenía se fue al extranjero siendo muy joven y con la intención de “hacer las américas”.
Roque era consciente de que aquellas “américas” hacía muchos años que no se
alcanzaban aunque se trabajase duramente. La emigración había cambiado mucho en los
últimos tiempos. De todas formas, su hijo no podía quejarse, ya que le había ido
bastante bien en la vida como emigrante y, cada año, con motivo de las fiestas de San
Ciprián, regresaba a la “Península de la Paz”, en donde, con su padre, paseaba por las
pintorescas calles de este entrañable pueblecito de pescadores. Se empapaba del aroma
del mar y conversaba largamente con su padre al que quería llevar con él, y a lo que el
marinero le respondía una y otra vez “el próximo año veremos lo que ocurre”.
Roque, durante casi un mes que venía su hijo, era completamente feliz; la casa se
llenaba con la presencia de los únicos seres queridos que le quedaban; las cantarinas y
dulces risas de sus nietos resonaban entre las frías paredes de la sombría casa en la que
Roque quería pasar los últimos años de su vida, viviendo, quizás un poco, de aquellos
recuerdos que pasaban a identificarse con su presente.
El marino, cada año, cuando su hijo dejaba San Cirpián, a finales del mes de julio,
lloraba amargas lágrimas “de sangre”, perdía un poco de su, ya de por sí desgastada,
vitalidad, de sus ansias de vivir. Tenía que acarrear encima de sus enjutos hombros una
dura tristeza que no conseguía paliar con nada. Era como si cada vez su debilitado
corazón se fuese haciendo más pequeño, como si en él no cupiese ya ningún recuerdo
más.
Estas fiestas del Carmen habían sido especialmente alegres para él; la familia se había
reunido como de costumbre, como todos los años por las mismas fechas, y la felicidad
de todos era palpable en el ambiente, rebosaba por todos los rincones de la casa
familiar; los niños gustaban de subir al desván, lleno de recuerdos, donde siempre
encontraban objetos desvencijados con los que jugar. Roque, reía; les contaba aventuras
marinas que dejaban a los pequeños con la boca abierta y llenos de entusiasmo. ¡Era
feliz con los suyos en casa!. Pero la alegría duraba muy poco. Después de todo este
jolgorio, de todo este goce completo, a Roque le iba a resultar muy duro reencontrarse
de nuevo con los largos “brazos” de la soledad con la que vivía los once largos y
difíciles meses restantes del año. El aislamiento con los suyos le deprimía enormemente
y le suponía un desinterés total por la vida diaria.
Poco a poco, durante este mes de julio, casi inconscientemente había ido madurando
una pequeña semilla que sin darse cuenta había germinado en el interior de su mente.
¡No quería continuar viviendo solo!. A Roque el trabajo ya no le satisfacía, no le
entretenía, vivía de sus recuerdos pensando en la felicidad de antaño. Cada día
recordaba más a la madre de su hijo, aquella dulce compañera que le hizo tan feliz
y que una desgraciada enfermedad le arrebató. Siempre tenía la casa caliente, con olor
de hogar y ¡cómo preparaba las sardinas que él pescaba!. Siempre que pensaba en ella
sus ojos se llenaban de lágrimas recordando que habían disfrutado poco el uno del otro.
La vida de los marineros es dura y ella lo comprendía. Aprovecharon mucho el tiempo
que estuvieron juntos, pero a Roque no le llegaba. Le parecía poco y su tristeza por la
pérdida del ser querido cada vez era mayor.
Por eso, aquel día, fiesta mayor de San Ciprián en honor a la Virgen del Carmen,
patrona de los marineros, Roque se levantó tan temprano, cogió todos los aparejos
marinos necesarios para que cuando su familia se levantase no sospechase nada y echó a
caminar hacia su lancha “Lucita”, escolta de las sardinas que él pescaba; compañera de
largos días de faenas pesqueras. Ese día del Carmen la rutina diaria quedó interrumpida
porque Roque no se hizo a la mar como cada día, sino que, sobre el suelo de su pequeña
embarcación estiró una manta de lino que había heredado de su abuela y que su mujer
había guardado con gran empeño, se acostó sobre ella en el suelo de la lancha y allí
mirando el amanecer, sintiendo el olor del mar que tanto le gustaba y con el suave run-
rún de las olas marinas se durmió plácidamente.
Pasaban las horas y, como no regresaba a casa, su hijo le fue a buscar al puerto donde
siempre atracaba. Roque, permanecía en la embarcación acostado y frío: Ya no vivía;
había intentado luchar contra la soledad, pero ésta le había rendido bruscamente. Roque
no quería seguir viviendo sin disfrutar de su familia, y ni su más fiel amigo, el mar,
había podido consolarle.
El año que viene, su hijo, cuando regrese de vacaciones, se acercará al puerto de San
Ciprián a enseñarles a los nietos de Roque la lancha “Lucita”, cuyo color y su casco
estarán más deteriorados por el paso del tiempo, pero con ella su abuelo había vivido
una existencia feliz , y, como símbolo de ello, en su embarcación había querido morir.
Amor Zedave
This post was submitted by Rosamaría Fidalgo Vérez.

Añadir a Del.Icio.Us


1 Comentario en “ROQUE CONTRA LA SOLEDAD”
mecpareca muy bien te felicito por cultivar la cultura de escribir espero que lo sigas haciendo………!!!!!!xfelicidades, Dios te bendiga