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A sangre fría

28 de Octubre, 2008

A SANGRE FRÍA
© OSCAR SALATINO

El día era insoportablemente caluroso, y el efecto invernadero se hacía sentir con demasiada intensidad para ignorarlo. La ignorancia y la insensible estupidez de aquellos que continuaban talando la selva amazónica con el pretexto de abrir caminos para la civilización estaban consiguiendo exactamente todo lo contrario y nos estaban destruyendo a todos.
Los gobiernos títeres del hemisferio sur continuaban demasiado inmersos en sus propios y pecuniarios interés para ocuparse de la ecología y ni siquiera pensaban en sus descendientes, ya que estos hijos y nietos de la corrupción ni siquiera tendrían oportunidad de poder disfrutar de tan mal habido dinero.
Aquel día llevaba mi chaqueta en la mano, pues ya no soportaba su peso sobre mi cuerpo. Me desempeñaba en una repartición estatal, y no era bien visto que fuera a trabajar sin ella, aunque la temperatura rondara los 40 grados centígrados, algo que ni siquiera los vetustos equipos de aire acondicionado conseguían mitigar medianamente.
Cuando abrí la puerta del departamento me recibió la vaharada de calor sofocante. No podía quejarme, y si lo hacía para que alguien se apiadara de mí tampoco serviría de nada pues vivía sola. Aquellas que viven solas me van a comprender sin más explicaciones.
Dejé la chaqueta en el perchero y mientras me dirigía al dormitorio, tan minúsculo como el resto del departamento, me quité la blusa empapada en transpiración que se me pegaba al cuerpo. Buscando un poco de aire abrí la ventana que daba casi sobre la medianera del edificio vecino, un edificio un poco más viejo que el que yo habitaba, es decir con una antigüedad que rondaba siete décadas.
El reflejo del sol sobre la pared no alcanzó a deslumbrarme porque en el apuro por sacarme la ropa, aún conservaba puestos los anteojos de sol, unas gafas que habían conocido mejores épocas y que tendrían que continuar desempeñando su función hasta tanto y cuanto pudiera reemplazarlas por algunas mas modernas. Pero ahora eso podía esperar, tenía otras urgencias para cubrir y las gafas no representaban ninguna prioridad.
Terminada la aliviante tarea de desvestirme, acomodé la ropa que me tenía que volver a poner al otro día y enfilé hacia el cuarto de baño. Las cañerías comenzaron a dejar a escuchar su característico crujido cuando abrí las llaves del agua. El chorrito marrón fue desapareciendo para dar paso a otro chorrito agonizante pero esa vez de agua limpia. Mientras aguardaba a que la bañera se llenara, tenía tiempo suficiente para prepararme un café y aproveché plenamente aquellos segundos de paz.
Volví con el jarro de café al baño, el agua había llegado a un nivel bastante aceptable. El agua parecía tan caliente como el resto del ambiente, pero unos segundos después comencé a sentir el alivio que tanto había buscado. La verdad que después de un día tan difícil como el que había pasado, necesitaba ese descanso como algo impensable. Dejé el jarro sobre el borde de la bañera y traté de relajarme, y después de unos minutos lo conseguí aunque a medias. El primer sorbo me supo a gloria y después de la primer pitada al cigarrillo me supo todavía mucho mejor.
Extendí el brazo izquierdo para encender la radio y la melodía de un programa de música tranquila inundó el ambiente. Todo parecía de maravillas y disfruté los siguientes minutos de mi tan preciada soledad, hasta que lo vi asomándose a la ventana.
El odio, uno tan recalcitrante que bastaba para encenderme la sangre a niveles insospechados hizo presa en mi. Traté de ignorarlo, pero sus ojos parecían fijos en los míos atento a cada uno de mis movimientos. Siempre odié a los mirones y ese era uno de los más persistentes.
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El abogado

22 de Mayo, 2008

El Abogado

Después de un largo juicio en la corte, Javier García tomó su portafolio de piel y se dirigió al acusado, - Pronto podrás regresar a tu hogar y disfrutar de tu libertad- dijo Javier despidiéndose de Pedro, quien había sido acusado por asesinar a su ex suegra, pero gracias al buen trabajo de Javier y a la falta de pruebas había sido declarado como inocente.

Javier regresó a su departamento en el quinto piso del edificio llamado Las Perlas,-éste era grande y lujoso ubicado en la 2ª sección de Polanco en la calle Séneca, donde solía hacer grandes reuniones y festejar sus asesinatos con sus amigos los cuales no sabían exactamente que era lo que festejaba. Él solía decirles: “Por seguir viviendo, celebremos”- Llamó a Andrea, su novia desde hace ya casi un año, su confidente y la única que sabia lo que “celebraba”.

Andrea era alta, delgada y de tez bronceada, se dedicaba al modelaje; la había conocido gracias a su mejor amigo Andrés en uno de sus festejos llevados a cabo en el departamento número 13 del edificio Las Perlas.

Ya en la línea: -hoy tendré un día fenomenal, pues después de haber ganado un juicio como el excelente abogado que soy, celebraré contigo en un lindo bar, y, ¿por que no? Asesinar.

En la cena, Javier le pidió matrimonio a la gran modelo, - ¡Pero Dios mío! Claro que acepto corazón- sin pensarlo Andrea respondió dándole un beso en la mejilla. Javier era como el hombre que cualquier mujer soñaría, era de tez clara, pelo oscuro, alto, atlético, con un buen trabajo, un buen departamento y muy caballeroso, antes de mencionar lo que aparentaba ó su gran vacío interior.

De regreso, decidió celebrar de una manera muy especial. Lo planeó todo a la perfección, pues después de ser un buen abogado y haber conocido a varios agentes de la criminología, nada le podía salir tan mal.

Se dirigió a un departamento en la avenida Álvaro Obregón ubicada en la Colonia Roma y desde la acera logró ver en la ventana del departamento del cuarto piso a Nancy regando las plantas, la cual había sido su compañera en la facultad de leyes en la UNAM y la había estado observando por casi ya, un año.

Tocó el timbre, -Hola, ¿quien llama?-una voz muy aguda y desagradable contestó por la bocina,-soy Javier, ¿me recuerdas?, tu compañero de clase en la “uni”- dijo Javier con una adrenalina corriendo por sus venas. –¡Wow! Te recuerdo perfectamente, ¡sube!. Al llegar al cuarto piso, fue recibido por una mujer alta, gorda y de aspecto desagradable que le recordó a su tía Gina, la cual, siempre le apretaba los cachetes cuando tenia solo 7 años, pero esta vez no era Gina, sino Nancy. –¡Vaya, pero cuanto tiempo sin vernos!- dijo Nancy con un gran abrazo que casi lo asfixiaba entre sus enormes brazos. Javier se sentó en un sofá de piel de leopardo, -¿quieres algo de tomar?- preguntó Nancy, -Un vaso de agua esta bien, gracias- contestó Javier pensando en lo difícil que sería deshacerse de alguien como Nancy.

Al entrar Nancy a la cocina, Javier sintió gran adrenalina y a la vez melancolía, tomó su navaja y se dirigió cautelosamente hacia Nancy, que servía un vaso de agua mientras cantaba una canción de José José, la tomó rápidamente por los hombros y deslizo fuertemente la navaja contra el cuello de Nancy cortando la vena yugular, Nancy calló desangrándose y murió. Tiró el vaso de agua en su cuello haciendo más tardada la coagulación.

Javier se quitó la ropa para no mancharse de sangre y tomó a Nancy pensando en que valía la pena hacer pesas en el gym (¡pues la mujer pesaba de verdad!), le colocó la navaja en sus manos y la sentó junto al lavaplatos. Limpió cada rincón, conociendo la manera en que los forenses investigaban y no dejo rastro de su identidad, se vistió y salió satisfecho, sin que nadie lo notara, regresó a su casa en su Mustang GT500 rojo pensando en una buena historia que contar en caso de ser entrevistado, era abogado, así que eso era su especialidad.

Una semana después, asesinó a una secretaria del Ministerio Público Sofía Aguilar Cruz envenenándola y tirando su cuerpo en la carretera México- Querétaro. Le cortó las manos, la cabeza y los pies y los enterró a 3 Km. del dicho lugar, pues así el cuerpo no seria reconocido tan fácilmente. Dos días después a un edecán de cerveza Corona a quien le cortó la cabeza y se la envió a su novia como regalo de aniversario junto con una carta. Andrea, fascinada y enamorada de él por ser un gran asesino, se derritió con el presente y así Javier siguió disfrutando de sus audaces planes.

Total: tres personas muertas en un solo mes y nadie había si quiera sospechado de él.
Javier sentía un gran placer el asesinar a las personas, le llenaba el gran vacío que le había dejado la perdida de su padre que había muerto por cirrosis cuando Javier tenía 13 años. Su primer asesinato lo cometió cuando tenía 16 años a una anciana de un rancho en Puebla que le había hecho un comentario desagradable acerca de su padre, simplemente la ahorcó y descubrió que le “llenaba” su vacío. Nadie sospechó, su habilidad parecía un don natural.

Un año después se casó con Andrea en Mazatlán.

Eran las 5am del día quinto del mes de julio y Andrea estaba profundamente dormida, así que Javier decidió salir a caminar en la playa y después ir al spa mientras ella dormía. Tomó su bolígrafo, una libreta con el nombre del hotel en cada hoja y escribió:

“Amor, salí a caminar, no tardo, te espero a las 11am en el
Restaurante Angus donde te espera una sorpresita, ponte linda. Te ama:
Javier”

Javier se bañó, se arregló y salió a caminar.

En la habitación la mano del Sr. Aguilar Cruz logró abrir la cerradura de la habitación 213. Al parecer ya había tenido práctica en esto de las cerraduras pues lo hizo perfecto, -¿y si se trataba de un cerrajero? podrás pensar…- . Contempló a Andrea durmiendo como ángel en el cielo, leyó la nota de Javier que se encontraba en el tocador, tomo una almohada y asfixió a Andrea.

Después de caminar un rato y de ir al spa para recibir a Nancy relajado, fue al Restaurante Angus. Mientras esperaba a Nancy agradeció al director del restaurante que era su amigo desde la infancia y le había rentado el Angus para un lindo y romántico desayuno. Contento tomó asiento en la mesa con velas y platicó con el violinista que tocaría una bella melodía como acompañamiento, esperó a Andrea, esperó y esperó, esperó y esperó…

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