Archivo de la categoría "Narrativa"

PEDACITO DE CIELO

8 de Noviembre, 2008

“Por los días benditos que
subsidiaron mi yo profundo”

Hace mucho tiempo atrás, cuando solo tenia 7 años ,murió, la hermana menor de mi abuela Elisa (mi abuela materna) después de meses de tratamiento , el cáncer pudo mas que los cuidados y las oraciones suplicantes de mi abuela y de todos en la casa materna nuestra nana predilecta moría , tan bonita , tan trabajadora (como dice mi madre ) y nadie podía hacer nada, recuerdo este hecho por que es uno de los mas tristes de mi niñez …bueno como decía ;ella se encontraba muy enferma y necesitaba muchos cuidados así que mis padres decidieron traerla a nuestra casa donde estaría mejor cuidada a demás seria mas difícil transportarla desde su pueblo ya que necesitaba muchos chequeos , así que se quedo en casa algo de 3 o 4 meses no lo se bien , un día , recuerdo claramente que todos en casa estuvieron contentos parecía que se pondría bien su semblante era bueno , su piel rosadita y sus ojos vivos , “algún milagro” (es normal creer en milagros en mi casa) .
Un día de ese tiempo cuando nadie se lo esperaba (por que particularmente pensé adueñarme de la nana quitándosela para siempre a mis otros primos…que la querían también)…Ella insistió, mucho en ir a su pueblo alegando que quería ver su casa, sus animales y a su hermano, así que la llevaron. No lo vi. pero me imagino que se llenaba en el corazón todas las descripciones del camino, las casas de adobes y tejas , la laguna con gaviotas , la tierra colorada y los millones de surcos que pueblan las chacras de la comunidad , los lugareños que siempre pasan por los caminos llevando los ganados a los limites del pueblo , llegando casi a Jauja , tal ves estaría divisando las flores que como guerreras atrevidas suelen ponerse en el limite de las chacras y la carretera polvorienta especialmente en esos meses ……me la imagino yéndose feliz , sonriendo, hablando de que sembrar para la siguiente temporada , de lo lindo que se encuentra la sementera , un enero perfecto para salir al campo y mucho mejor si se vuelve a casa!!!!! ……..

No logre adueñarme de la tía Irene por que ella nunca volvió a nuestra casa, murió al día siguiente de su partida…….se fue a morirse allá a su pueblo, en su casa, con el corazón satisfecho, y el ritual cumplido de su alma andina.

Pero ¿saben? cuando vaya al pueblo a visitar a mi abuela, tendré el suficiente valor y entrare a su casa (ahora abandonada ), se que la veré y estará intacta como ahora mismo, tal ves me sirva un café de cebada con panes serranos calientes …como antes… y si tengo suerte hasta me ofrezca un carnero recién nacido de regalo como en mi niñez, se que dirá como siempre que me parezco mucho a mi bis abuela…ire tan solo para corroborar que LO QUE MAS AMAS DE ALGUIEN NUNCA MUERE!
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Las tres en el reloj de la torre

21 de Octubre, 2008

No era el reloj de la torre el que, con su ritmo acompasado, rompía la suave letanía de la noche, sino aquél otro que con una cadencia letal vacila unos segundos antes de asestar la puñalada mortal; un híbrido de metal y cadenas que restaura la paz una vez dominada toda pasión. Un simple añadido a la pulsera de oro del ladrón que durante la nocturnidad se permite el lujo de abarcar con su musculoso brazo el horizonte que marca el arco de una venganza violenta y metálica, al compás de los violines de la sinrazón, con el beneplácito de una situación dada: es un tunante que durante la secuela psicológica de una fórmula matemática ha dado a luz ese sentido de la pluralidad aritmética que elabora en la mente la solución de todos los problemas mundanos, permitiendo de este modo tan fútil el sentimiento desgraciado de una infeliz decisión; esto es, devorar con la carne y el hueso de un cuchillo la carne y hueso de un mortal, en la comunión morganática de la sangre con el cáliz. Porque ese recipiente vedado al cristiano no puede ser sino la misma boca del inmortal que vaga errante en la confesión de una falta que no puede ser devorada más que por sí misma, al no encontrar sentido a la queja que ningún ser humano puede conocer más que a través de la revelación de ese secreto imperecedero: el oscuro devenir del alma a través de los siglos de una humanidad condenada a perecer, en el mismo modus operandi del nacimiento en una matriz indigna del organismo oculto entre úlceras de estómago, vómitos y espasmos involuntarios, donde la fe resulta ser la herramienta de trabajo de unos padres que moderan con su inteligencia supina el buen comportamiento de un feligrés, ese retoño que a los treinta y tres años y tres días será la mitad de hombre en la duplicación de unos instintos animales vagamente relacionados con la ocasión que se le presenta en forma de pastor alcoholizado por el tinto de su propia
cosecha.
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daltónico de palabra

27 de Septiembre, 2008

Me aburre mucho; siempre es lo mismo. Trabajando medio mes para recoger patatas, y luego a hacer cola en el INEM hasta que encuentren algún trabajo basura que encaje con mi perfil. Resulta que un licenciado en Filología Española es todo lo que los agricultores desean; debe ser para que me lleve bien con los tubérculos. El caso es que mis riñones en eso de la elasticidad y la flexión ya han dicho basta, que no se agachan más o tendré lumbalgias prematuras; esto si que es chantaje y lo demás son tonterías. Que no es la primera vez que me dan trabajos de acopiar cosas del suelo, que antes fueron tomates, previamente hortalizas, y precedentemente verduras. Si digo yo, no me llamarán para recopilar almendras o naranjas, que por lo menos no tendría que doblarme, que ya parezco contorsionista de la soltura con la que lo hago. Creo que el jefe de la recolección de verduras quedó muy contento con mi servicio, y me recomendó a otros cultivadores… Salí de la carrera después de cinco años con ganas de comerme el mundo, y claro, lo que los demás ya cansados hacían en dos horas, yo lo hacía en una; hasta que vi dónde me estaba metiendo, y que los dolores que por la noche me despiezaban, no me iban a llevar por mucho que me esforzara hasta un sillón de la RAE. Ni aunque rogara incansable al bueno de Lázaro Carreter. Si lo sé, lo hago mal, para que se olviden de mí. Era yo como el Jack Custock de las zanahorias, y hasta un día unos musulmanes muy simpáticos que trabajaban conmigo me hicieron una foto al lado de mi último montoncito arrancado. Ya veía mi imagen publicada en la portada de todos los periódicos, como empleado del mes, y que al lado en negrita pusiera: “Alejandro Cornejo, el hombre que susurraba a las hortalizas”. Sería en Jara y Sedal, por supuesto, o alguna revista técnica y específica en cultivos y siembras.
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Relato ”UN SEÑOR DE GRIS”

30 de Mayo, 2008

*Son RELATOS:

“Durante el viaje se canta y charlotea;
los islotes están frente a la costa,
más allá de la Isla, y el viaje es largo”.
Knut Hamsun.

UN SEÑOR DE GRIS

Ahogó el temblor de la noche con otro trago, pero las rayas del paso cebra bailaron como las teclas de un acordeón. Casi al final trastabilló con el borde de la acera y, sin caer, consiguió abrazarse a la farola salvadora que salió a su encuentro. No había tráfico ni gente paseando a aquellas horas. Algunas estrellas parpadeaban, pero hacía tiempo que había dejado de mirar hacia arriba. Divisó la silueta metalizada de la estatua a la entrada del parque, tras el seto contiguo estaba su campamento, aunque ya no recordaba desde cuándo. Dirigió sus pasos tambaleantes hacia la escultura y por fin se sentó a sus pies, aliviado de haber llegado con la botella intacta. Aquella no era su ciudad, pero hacía tantos años que vivía allí que ya no quería acordarse de la otra casa que perdió, ni de su esposa, ni del trabajo. Aunque quizás no fuera ese el orden y primero le abandonó ella y luego se entregó a beber sin cuidado… Sólo a él se lo había contado todo, al paciente personaje de aquella estatua desconocida, venerada en su silencio, pero también por ello confiable.
A veces le parecía estar hablando a voz en grito, pero lo cierto es que mantenía una conversación interior consigo mismo, hablaba y se hablaba, sin orientación, para volver al comienzo de una rueda donde resultaba imposible discernir el final. Por eso bebía, para dejar de escuchar la continua perorata, para evitar descubrir que su sordera venía de adentro. Podía estar durante horas contando sus penas a aquella estatua aunque sólo la estuviera mirando, pero ella le escuchaba atenta, sin perder detalle, condoliente y seria, prestándole el mínimo honor merecido. Incluso después, a lo largo de la jornada, sin importar por dónde vagaran sus pasos, la tenía presente y comentaba sus devaneos, para luego de regreso retomar el asunto con un familiar: “…Ya te dije, amigo, que no era ese el camino, pero aquí hemos llegado”.
Apuró un trago más, apoyado de espaldas a la estatua con las piernas estiradas hacia el seto, antes de guardar la botella bajo el gabán. Eran muchas voces las que se agolpaban en su cabeza mareándole, pero un sexto sentido le advirtió que aquellas que vociferaban con estridencia venían del exterior… Fue ese mismo sentido el que le despertó de repente a una realidad olvidada, sabía que corría peligro, se lo habían contado en las calles del centro, donde seguir viviendo así para algunos de los que conocía se había convertido en un infierno. A su amigo Jonás le quitaron de en medio el pasado invierno, mientras dormía envuelto entre cartones…
-¿…Qué te dije, amigo? –increpó a la estatua, reclinándose resignado a sus pies, incapaz de mover un músculo.
Las voces aumentaron el tono agresivo a medida que se aproximaban y ahora sumaban a los improperios el ruido de porras y cadenas… Todo le daba vueltas demasiado aprisa para entender o para tratar de hablar.
Cuando regresó del fondo de la noche lo hizo poco a poco siguiendo el rastro de una pregunta:
-¿Está usted bien, oiga…?
A su alrededor las sirenas luminosas de las ambulancias anunciaban una mañana distinta. El agente volvió a preguntarle, en cuclillas junto a él, mientras otros policías examinaban el resto de los cuerpos diseminados por el parque. Uno de los inspectores se acercó a ellos, observó las huellas de sangre que salpicaban las botas y el sable de la estatua del Libertador…
-No ha podido ser él, está como una cuba…-explicó el agente.
-Todos presentan herida de arma blanca, muertos, no ha quedado ni uno… ¡Vaya refriega! ¿Puede respondernos?
-¿…Oiga, qué ha pasado aquí?
-…Ellos vinieron a por mí, no les hice nada. Venían a por mí y un señor de gris les atacó, yo no les había hecho nada, nada…
-¿…señor de gris?-los policías cruzaron sus miradas. El pestilente olor a alcohol les obligaba a echarse atrás.
-Vamos, oiga. No puede quedarse ahí, necesita asearse y tendrá que responder algunas preguntas para nuestro informe, vamos…
El vagabundo a duras penas se incorporó apoyándose en el pedestal de la escultura al tiempo que balbuceaba un sentido: “…Gracias, amigo!”. El inspector le escrutó con detenimiento. A veces hablaba tan alto que no sabía si lo que se decía a sí mismo lo escuchaban los demás… Mientras se dirigía al furgón, acompañado por los agentes, volteó la mirada hacia atrás para despedirse de su hogar. La estatua custodiaba la entrada al parque, callada y firme, imperturbable al silencio en medio de la soledad.

El autor.
tamargoluis@yahoo.es

*”Es una Colección de Cuadernos con Corazón”, de Luis Tamargo.-

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Beatrice

28 de Mayo, 2008

Soy un convencido de que las fechas son lo de menos, que festejar los aniversarios, cumpleaños y demás es sólo una forma hipócrita de purgar la culpa de ignorar el resto del año eso mismo que hoy recordamos. Sin embargo esa noche salí a la calle a recorrer los mismos lugares por los que andábamos juntos, seguir los mismos pasos de aquellas caminatas que emprendíamos en otras épocas, quizás más jodidas que éstas, pero definitivamente más felices.

Mis pasos me llevaron hacia La Paz. El viejo bar de Corrientes y Uruguay ya no es lo que era, ahora está muy arreglado y modernito, si hasta parece del Primer Mundo. Entré y pedí un capuchino y un tostado de miga, lo de siempre. Tomé el primer sorbo, cerré los ojos saboreando la espuma que lentamente se deshacía dentro de mi boca, y entonces sentí su mano sobre mi hombro. No quería abrir los ojos. Sentía su perfume inconfundible, su suave tacto acariciando mi viejo y gastado perramus, su mirada que ya buscaba la mía, sentía todo, pero me negaba a abrir los ojos y descubrir mi error. Cuando finalmente lo hice, ella ya había tomado su lugar frente a mí en la mesa.
-Cómo te pegó el tiempo, querido. Me acuerdo de ese joven y aguerrido militante de izquierda de los setenta y no puedo creer que sea el mismo que estoy viendo… Esa melena negra y tupida que era la envidia de más de uno…
-Hoy son dos pelos locos y encima con canas. En realidad probé un par de cosas para tratar de conservar ese símbolo de virilidad que era mi pelo, pero al final terminé aceptando que una pelada bien llevada puede causar el mismo efecto en las mujeres. Claro, cambiando el target. Vos en cambio estás igual, tan linda como la última vez que nos vimos.
-Obvio, nene, ¿qué esperabas? ¿Qué envejeciera y me convirtiera en una vieja decrépita? No, gracias. Por suerte estoy más allá de eso.
-¿Eso quiere decir que yo sí soy un viejo decrépito?
-A buen entendedor…
Estar de nuevo con Beatriz después de veinticinco años era algo mágico. Ella también tomó un capuchino, pero después comprendimos que ésta era una noche especial y pedimos una botella de Legui toda para nosotros, que nos volvíamos a ver atravesando un cuarto de siglo, olvidándonos de lo que pasó en el medio, salteándonos un bache de milenio a milenio lleno de tantas cosas vividas y no.
-¿Y, me vas a contar algo?- le pregunté.- ¿Cómo es allá? ¿Saben algo de todo lo que pasa por acá o sencillamente no les importa?
-Todo se sabe, y cómo duele. A veces pienso en todo lo que queríamos hacer en aquellas épocas, y veo en lo que vino a parar, y siento que algo se me raja adentro. Tanta lucha, tantos muertos, y la Argentina se convirtió en esto. Pero no quiero hablar más de eso. Sabés, irse es tan difícil. Acá dejás todo, los afectos, las costumbres, el mate. Allá es mejor, seguramente, pero nunca dejás de extrañar todo lo que quedó acá. Armando, esta noche es para vos. No hables más y vámonos. Sabés a donde quiero ir.
En Buenos Aires había comenzado a llover. Una fina y delicada llovizna que resaltaba las luces de los faroles y los teatros contra el asfalto mojado. Siempre habíamos dicho que cuando llueve la ciudad potencia su belleza. No llevábamos paraguas ni, lo necesitábamos. Apenas enfundados en nuestros desactualizados pilotos rumbeamos Corrientes abajo, para el lado del Obelisco. No dijimos una palabra durante todo el camino, sabíamos bien a dónde íbamos y cómo llegar. Después de cruzar la 9 de Julio seguimos por Diagonal hasta Maipú, y después Chacabuco. El hotel seguía estando donde siempre, Chacabuco entre Estados Unidos y Carlos Calvo. Había cambiado, como La Paz, pero seguía siendo el mismo hotel. Antes de entrar nos besamos largo rato bajo la lluvia.

Hicimos el amor tres veces, toda una hazaña después de los cincuenta. Casi no hablamos. Era, sencillamente, algo que nos debíamos y nos estábamos cobrando. Cuando la lujuria se estaba apagando, finalmente hablé.
-Te fuiste muy de golpe. Un día estabas, y al otro nadie sabía nada de vos. Para cuando llegaron las noticias ya estaba desesperado, y cuando me enteré fue peor. Ni siquiera pudimos despedirnos.
-Sabíamos en lo que nos metíamos, Armando. Conocíamos los riesgos, y los aceptamos. Lo mío fue una cagada, pero sabés que no fui la única. Miles se fueron conmigo. Y la mayoría no volvió más.
-Pero ahora estás acá, y quisiera que esta noche dure para siempre.
-Pero no va a ser así. No nos queda mucho de esta noche para disfrutar, así que lo mejor será que la aprovechemos al máximo. Abrazame, Armando. Te amo.
-Te amo, Bea. Nunca dejé de amarte.

Esa noche no dormimos. Era tan fuerte la sensación de volver a sentir su piel, su pelo, su voz, su aliento, que no quise que el sueño me la arrebatara. Recién al mediodía aceptamos que nuestra noche había acabado, y salimos del hotel. Sin soltarnos, nos preparamos para la despedida.
-Es duro dejarte ir otra vez. Fue mucho tiempo sin vos.
-También es duro para mí, pero así debe ser. No escribo las reglas. De todos modos, supongo que puedo esperar una visita tuya en estos días.
-¿Estás en el lugar de siempre?
-En el lugar de siempre.
-Contá con eso, entonces. ¿Querés que te acerque en un taxi?
-No, es mejor que vuelva sola. No es por vos, volví exclusivamente para verte. Pero creo que para los dos es mejor que me vuelva sola.
-Nunca te olvidé –dije, y le paré un taxi.
-Ni yo.
Se fue.

Al día siguiente era domingo. Me levanté temprano, sabía que tenía que visitarla. Me vestí lo mejor que pude y caminé hasta Combate de los Pozos para tomar el 50. Me bajé en Avenida del Trabajo y Varela y empecé a desandar las cuadras que me llevaban hacia ella. Paré en una florería, compré flores, siempre le gustaron las rosas blancas. Entré y me pregunté si iba a recordar cómo se llegaba hasta ella. Entonces vi el panteón de la Marina Mercante y recordé. Conté cinco filas y cuatro hileras y llegué a su tumba. Dejé las rosas y me puse a llorar.

Elena Beatriz Damiani fue secuestrada en su casa por un grupo parapolicial el 23 de julio de 1977. Su cuerpo fue encontrado tres semanas después en un descampado en Ingeniero Budge. Su pareja, Armando Forcino, fue el encargado de reconocer el cuerpo en la Morgue Judicial de Lomas de Zamora.

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Fin de semana (una historia que podria ser real)

27 de Mayo, 2008

Recién a las tres de la madrugada, cuando los buitres, lobos y perros salen a vagar, la fiesta encendió en fulgores, la música expandía su sinfonía melódica hasta el rincón mas extremo de la ingente habitacional, las moléculas ardían y los mortales saltaban, la fiesta era perfecta. Amigos, conocidos, buenos y malos, todos fundidos en la misma hoguera musical, y es que todo estaba girando de las mil y una noches: era una maravilla. Observaba a mi derecha, a un lado del bar, en ese pequeño rincón oscuro, como Luis, más conocido como lucho, besaba a una chica, sus labios resbalaban de tal manera que parecía de éxtasis infinito, un beso de dioses así lo bautizamos los espectadores del alrededor. Diez minutos mas tarde ambos compartían parejas distintas. Pero las costumbres no entraban aquí, la moral era más que una norma para el bien común, era una atadura para la diversión. Derecha, izquierda, arriba, en todas partes, la diversión continuaba sin traba, veía gente extraña, viejos, adultos, que se acercaban y se inmiscuían en los lúgubres pasillos del local. Extraños eran aquellos que no se detenían, en transe se transformaban, la metamorfosis del placer personalizada ante mis ojos, entraban y salían del baño, como roedores en pleno apogeo constitucional.

-¡ si en el baño! – Cintia me avisaba que me querían ver.
-¡ ¿Quién es?!
-¡ no lo se!
Me dirigí hacia el lugar, me sorprendía ver tantas botellas de agua mineral, y recordaba las noticias, al tipo de cabellera ultra ordenada y limpia, hablando de la brutalidad de los jóvenes para absorber el trago, el alcohol. Si solo vivieran sus cándidas pupilas el espectáculo mineral del cual yo me alimentaba. Pero me sentía maduro, capacitado, fuerte, un ser superior, un cruel tomador.
Al llegar al baño, espere un rato; segundos después un tipo alto, de cabellera larga, ojos saltones nariz achatada y aspecto fétido se me acerco. Sus pasos no existían, parecía acariciar el suelo, o mas bien flotar por sobre el.

-¡¿soy novato pirgüín?!- me decía el sujeto
-¡novato! ¿de que?- exacto, esa era la respuesta. Yo, un cruel tomador ¿un novato?, cualquier cosa, pero eso no.
-¡del happie hour po!, de la hora feliz
-¡ ¿que es eso?!.
Si, vo soy novato- su rostro parecía sarcástico, burlón. El altar visual lo poseía el, me dominaba, no comprendía lo que me decía, me sentía mal. Continuó –
-¡viejo la droguita del futuro! “the best of the best” en el mundo loco- no comprendía nada. Hizo un gesto de extrañeza y se precipito- oferta para el novato, solo por tu condición de weon, a solo nueve Lucas!!

A duras penas descifre lo que bajo códigos me parecía hablar, y por fin comprendí lo que trataba a hacer llegar a mí con poca lucidez mollera de entonces, si, era aquella pildorilla azul, de la cual tanto hablaban y prevenían en la tela, la famosa droga del amor, o mas conocida como éxtasis, -”simples alarmismos de moralistas, o mejor dicho viejos amargados, que cuyas juventudes la vivieron oprimidos por ser sometidos a un sistema rígido y conservador”- me decía a mi mismo, como ya preparándome para aceptarla sin remordimiento; y así fue, por solo nueva Lucas accedí a aventurarme y sumergirme en nuevas sensaciones, sucumbí sin ejercer resistencia a su oferta, tratando de persuadirlo y fingiendo ser un entendido en la materia, le dije al tipo;

-“sorry Loco no te había cachado, ya weon dame una dosis”- el sujeto tragándose mi farsa afirmación señalo diciendo;
-“chuta loco, que te costo cachar el mote”-yo en tono mas agreste le respondí- “lo que pasa socio es que el copete durmió mi neuronas, y por eso ando medio lenteja, pero pa` na loco, si me entiendo en el materia”- se realizo la transacción, y se esfumo dejando su fétida esencia plasmada en la ya degradante atmósfera, coji una botella vacía que encontré a mano, la llene de agua y por fin la digerí, al principio fue como digerir una aspirina, pero al cabo de un rato, sentí las mejores sensaciones de mi vida, el resto es historia, aquel encuentro directo con la sustancia azul marcaría mi vida para siempre.

Ya han pasado cuatro años desde aquella extraña noche, aquel sorbo que guardaba bajo si, una pildorilla estéticamente agradable a la vista, fue el precursor de lo que luego se me avecinaría, mis días, tardes y noches, fueron atestadas y saturadas hasta el cansancio con excesos, no solo el cigarro y las drogas minaban mi capital humano, sino que eran agravadas drásticamente por la droga, pase a ser un dependiente de aquella, en especial del espécimen azul, perdí la senda de la vida, me deje guiar como burdo ganado a un matadero, fui hipnotizado por las bohemias luces de colores, y un ambiente que decía ser el correcto para llegar a la plenitud del espíritu, que cuya filosofía de vida, solo se reducía en nueve letras -“diversión”- me convertí en un ser que viajaba a la deriva de un mar caótico y revoltoso, incapaz de asomarme a la orilla y ver por mis propios ojos la envergadura de los acontecimientos, estuve bajo los efectos de un alucinógeno que perdía temporalidad y pasaba a ser un todo en todo momento, me sacudía y me dejaba arrastrar por una ola, aquella ola que simplemente eran las mayorías absorbentes, me decían y le inculcaban a mi frágil mollera conceptos banales que llegando a la materia gris de un ser verdaderamente pesante, no entraban, pero que atravesaba y pasaba en banda a aquellos que de la ola formaban, aquellos que pertenecían al vulgo nocturno, lo peor de todo, es que aquel canceroso y destructivo ritmo de vida, era sublime, suave e indoloro que pintarrajeado con colores chillones y llamativas estridencias lograba silenciosamente incrustarse en frágiles criterios sin coladores morales, la moral, si, aquella moral era una atadura para la diversión, repudiaba cualquier sistema o norma que restringiera mi tan venerada entretención, la iglesia cristiana era ante mis ojos el peor enemigo a mi esencia ya infectada, la atacaba siempre y cuando podía, con no mas argumentos que la mas pura blasfemia, un día, como de rutina ya en mi vida, me introduje en mi residencia ya patentada, la discoteca, como era de costumbre bebí en exceso, cada día para mi era una nueva oportunidad de auto superación, que consistía en ir subiendo siempre las dosis de mis vicios, bebí en exceso, y como hace cuatro años atrás, cogi la píldora azul, y la hice pasearse por mi traquea, pero esta vez, me encontraba yo bailando con dos bellas muchachas, con similares condiciones de vida que la mía, aquella noche, mas que una dosis tenia en los bolsillos, y para impresionarlas con una gran hazaña para que luego corriesen a contarle a los demás, y así a mi de elogios me llenasen, trague todas las que pude de una vez, dejándolas impactadas de la admiración, treinta minutos mas tarde, una valisa de color rojo retumbaba en mis pupilas y escuche que un fuerte sonido de sirena, me decía que me llevaban en una ambulancia de urgencia hacia la UTI, me diagnosticaron sobrecalentamiento corporal y deshidratación severa, y entre delirio escuchaba a los médicos murmurar que era casi inexorable mi salvación, y así fue, bajo un gran ventanal en el que resaltaba una hermosa luna llena, perdí la vida, morí en la madrugada de un día sábado, afortunadamente puedo contar este relato, para quizás sirva de mensaje a la juventud, que segadas por el libertinaje, pierden las rindas de su espíritu, el como yo pueda relatar el acontecimiento que marcara mi vida para luego llevársela, se la dejo a la imaginación del lector.

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buscando una vida mejor

25 de Mayo, 2008

Vivir es complicado.
cada paso se hace largo,
y cada camino estrecho y oscuro.
las mentiras se hacen verdade mientras duermes.
lo inexistente se vuelve posible y tangible con un suspiro.
buscando lo imposible consigo ver lo invisible.
si el suelo es lo unico que me mantiene de pie,
los sueños son lo unico que me mantienen despierta.

las cargas son muy pesadas, y las fuerzas pocas.
los ojos fragiles ante cualquier imagen o recuerdo.
el dolor es sobrecogedor.
con cada caida un llanto, y con cada despertar una esperanza.

cada dia es una pena que aliviar,cada minuto eterno,cada pensamiento una pregunta a la que responder y cada locura un arrepentimiento.
cadafrase una confusion;”y todas las cosas son preoblemas”

HE ME AQUI ELIXIR.
HAZME REIR SIN GANAS, PERO HAZME REIR.
TIENDE ANTE MI UN VELO DE HUMO;
PARA QUE ATRAVEZ DE EL, PUEDA VER CALLES DE ORO Y MARES DE CRISTAL
DALE PAZ A MI ALMA CON UN GOCE MOMENTANEO.
DEJAME VER EL MUNDO QUE A OTROS YA LES PERTENECE.

hoy me quedo con lo amargo de lo dulce que fue un dia, con el sabor de lo perdido; y nunca logrado.
con un oceano por distancia.

un “jake mate” a mi suerte, y todo se desmoronó.
felicidad anciada hasta con l ultimo centimetro de mi ser.
miseria incrustada por los obstaculos de la vida.
¿odiar?
no, pues no hay motivos sufientes.
buscando sentido a esta vida.
simlpemente,buscando una vida mejor.

saira.

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Hombre del olvido

23 de Mayo, 2008

Guillermo Canales Justo

2004

Para ti que tanto te quiero.

Leslie

“El olvido es el cese de seguir viviendo”

Desde el momento en que abrió los ojos para recibir esa enorme cantidad de luz diáfana e intransigente, aquel recién nacido se enamoró de ella, amó su imagen más que a los sentimientos y amó también la forma más que a las propias palabras, a primera vista, eso no le preocupaba en demasía. Era la primera y última vez que tendría recuerdo de sí mismo. En su nacimiento todo fue un enrevesado sistema de porquerías, primero se parió su alma que se infectó de la pestilencia de la horrible soledad, que es la causa temible de la peor muerte. El olvido. Fue traído a este lugar de esterilidad por las piernas y la cintura, luego el tórax y los brazos; después habrían de conocerse los ojos más negros y tristes que hayan acaecido jamás, pegados a una cabeza limpia de manera no natural pero tampoco artificial. Su tez, morena verdosa, un poco enfermiza, reflejaba la mala salud del niño, que pequeño pero de orejas grandes proporcionadas al tamaño de su cráneo, le proveían de una fealdad llamativa e inquisitiva, que invitaban a cualquiera a no dejar de verlo hasta enamorársele.
La sensación del movimiento lo invadía, la libertad, más de lo que hubiera podido imaginar, una vida desde el latir de su corazón inocente, hasta el latir imaginario pero corrompido del mundo. Apenas y podía comprender nada, tal vez ni eso, y ya le recorría un pensamiento “vivir para morir, morir para ser prueba de vida”.
El día que nació, doce de la tarde exactamente, todo el pueblo de Teotlán salía a refrescarse con el viento frío y el sol en lo más alto de todo lo que se vislumbraba en el cielo. La gente se predisponía a una brillantez terrenal típica del lugar, pero fue sorprendida por una densa niebla que no se apartaría en mucho tiempo. Teotlán se llenaba de chillidos, de una nueva voz viva y saludable. El nacimiento acontecía del ser que habría de vivir (o morir) para siempre por el mundo y para el, él que no importando lo que hiciera no haría nada, el que no existiría nunca, el que debió no nacer.
-Adián se llamará –dijo su padre – en un tono tan solemne, que nadie nunca se atrevió a preguntar por que del nombre ese, que obviamente no tenía ningún sentido, sólo era el nombre repetido del padre con una “D” entre la “A” y la ”I”. El padre de Adián era un hombre admirable en Teotlán, capaz de construir el mundo una y media veces sólo por conseguir lo que deseaba, su afán solía estar en que algún día encontraría la vida y abandonaría la muerte para no volver nunca más. Su nombre, Aián. Por supuesto para él tampoco significaba nada el nombre de su hijo, le habría dado igual llamarlo así que con otro nombre cualquiera, mas el destino es escrito de manera que aunque uno quiera cambiarlo y lo desvíe, este se regresa al mismo lugar, nadie puede hacer nada para evadirlo y menos transformarlo, y aún si Aián lo hubiera intentado no habría podido por que Aián era un ser que no era nada, pues en Teotlán nadie lo es, solo Adián, él si era diferente, tanto que terminó por parecerse a todos, con sus hermosos ojos negros fulgurosos, y se diría extraños por el parecido con el gris, cabello de materia etérea y brillante con su piel morena y suave. El pudo ser bien, una bendición para el pueblo.
La vida caminaba, y aunque el tiempo no existía como ahora lo conocemos, Adián crecía tanto como su fulgor en los ojos, ahora más enigmáticos que nunca, delicados amuletos que despertaban siempre la curiosidad de los ancianos. Decían con clara conciencia de lo que hablaban, que eran los ojos del olvido, que más de una vez habían visto a los hombres hundirse en sus tumbas con ese color en el rostro, sepultados para siempre en ningún recuerdo, pues ellos los veían azules como el óbito. Por eso lo llamaban así, con ese apodo que nadie lograba recordar más de cinco minutos, se iba de entre sus labios para escaparse con el viento. Al final solo le nombraban Adián. Era extraño ver un niño así, tan falto de inquietud y lleno de experiencia para los asuntos de los grandes.
Adián cumplió ocho años y desarrolló la personalidad solitaria característica de los genios, de los locos, aprendiendo a ver tras la gente, sus sombras y defectos, quitándoselos a ellos para sí mismo, y después sentirse culpable, sólo para que cada sensación nueva aumentara su regocijo, el amor por la belleza de la imperfección. Se dio cuenta por razón propia, que la leche azucarada no le gustaba, y el café sabía tan amargo como la tierra amarilla de los jardines, y no comprendía que la gente mayor, amarga ya de por sí, lo bebiera, que las piernas de las mujeres maduras provocaban pensamientos malos, como de los que platicaban y practicaban los jóvenes del campo con las doncellas atrás de los magueyes.
Él nunca dormía por las noches, dibujaba sentado frente a las paredes y lo sorprendía el despertar de la aurora con el olor a tierra mojada que penetraba de las calles en su habitación a través de un pasillo de piedras calizas, aquellas que serán testigos eternos de su vida, las únicas que no podrían dejar de pensar en él. La casa de la familia de Adián era funesta, irreal de un modo u otro, por donde se le viera estaba llena de calandrias que daban un aspecto melancólico a la edificación, las ventanas pintadas de blanco, asemejaban una cárcel de santos y mártires enloquecidos de tanto mirar el cielo a través de un techo roto de madera, las losas de los pisos, medio cuarteadas más por el desuso que por el andar de sus dueños, las paredes despintadas, manchadas de la nostalgia del pasado que en ese presente ya no se sentía, el patio y sus jardines enormes para jugar a las escondidillas y matar palomas a resorterazos como los de antaño, ahora nada más daba para sembrar unas cuantas rosas de doña Isabel (como las llegó a llamar su madre en los tiempos del climaterio) y encubrir la miseria con el pasto verde, eso sí. Esto sin embargo, a Adián no le molestaba mucho, él nunca fue un niño travieso, era mejor dicho, taciturno, de tendencia vana. Para él todo el pueblo estaba en ruinas, desolado, como si un tren de desventura hubiera arrasado con cada casa y a la suya la hubiera dejado en pie como castigo de haberlo traído hasta aquí. Una de las tantas mañanas en que Adián se alumbraba con piedras del solar, sintió el aire pesado, como sueño, que primero se recargaba en su cabeza y luego bajaba por la traquea y el esófago para apretujarle el estómago y el corazón, que le agitaba las piernas y lo mismo le acaloraba para después congelarlo. Algo le llamaba afuera. Salió a la calle como un grito, tropezando con las piedras, encontrando entre la neblina eterna lo que le causaba aquella pesada premonición.
Ahí estaba frente a la luz perpleja, yaciendo en el llano, una montaña de piedra hecha hombre. Esculpida por las manos de la tierra, usando viento y marea como mejores cinceles. Adián estaba fascinado ante la estatua de pelo tejido que se levantaba sobre él, cuyo corazón estaba clavado a su pecho de roca maciza, tenía el rostro agrietado y los brazos caídos, entonaba en los ojos, una individual indiferencia marcada y obligada. Las palabras que precedieron al asombro estupefacto de Adián se oyeron como un murmullo de hojas.
–Es el hombre del olvido-.dijo. Autómata.
Al descubrir en la base de granito volcánico la inscripción de caligrafía excelente que decía:
“Por encima de lo que se encuentra en la cabeza, que no aprietan con fuerza los recuerdos trémulos y distantes, algo se estira hasta el cielo sin expresión alguna, con pensamiento ninguno. ¿Qué es? Solo se rumora que es el hombre del olvido”.
Los ancianos se reunieron alrededor de la piedra, que en su llegada no hizo ruido alguno ni dejó que el silencio se sintiera. La “endemoniada” escultura se erguía ante un pueblo curioso cuyo frente miraba a los viejos discutir y observar. Viéndola bien, estaba vieja y gastada, un poco ennegrecida por el polvo y la neblina que de tan húmeda le crecían plantas marinas. La estatua, de humano solo tenía el rostro pues lo demás era una mezcla de objetos sin tiempo ni espacio no inventados en aquella época. El pueblo entero vino a verlo, desde los esclavos niños de la ciénaga donde no había amos ni que hacer, hasta los viejos sabios que no tenían a quien aconsejar, que se dieron a la tarea de averiguar lo que se suponía era aquella efigie. Todos daban sus conjeturas y deducciones, más todas eran infundadas e irreales, como la escultura misma, de lo único que estaban seguros era de que nadie escuchó su llegada, y tampoco sabían cuando iba a irse. Adián estaba azorado nunca en su vida había visto a alguien así con ese tono de cabello, esas manos gruesas, el pecho fuerte y los ojos tristes, una combinación que sólo cabían en la descripción de una única persona en la tierra pero todavía no sabía cuál, se paso toda la tarde frente al hombre, lo copio, hizo como que platicaba de cosas con el, de construcción de casas con jade y paja, de aves, de su sueño de tener un perro y llamarlo como el quisiera no como todos le dijeran, no como su madre le dijera, descansaba en él, luchaba contra él, contra sus propios demonios y los de él, pensaba en sus sueños y los de él, hasta que un día temió terminar por ser él y se marchó por el camino de terracería que más tarde le conduciría al pasillo de piedras calizas de su casa, donde entro tiritando de frío y una vez más, de olvido, pues en ese tiempo en que estuvo ausente nadie preguntó por el, tomó la leche sin azúcar de la alacena y la entibió aprovechando la lumbre para calentarse de igual manera, se dirigió a su cama, se sentó entonces en el borde hasta que el sueño lo durmió. Ese letargo en que permaneció lo apartó por completo de la realidad lo sumergió en un estado de coma muy profundo, pero a la vez muy racional, o por lo menos lo suficiente para permitirse el lujo de darse cuenta de que estaba dormido.
En sus delirantes sueños alcanzó a escuchar una vocecita inhóspita para cualquiera, que a el, mas bien le causaba una especie de narcolepsia.
-¿Está bien?-dijo la vocecita-. Preguntando a alguien
-Si-contestó una voz madura y tranquila-pero necesita descansar-.
Después de un silencio de trasiego de cosas, en su frente se juntó la sensación más bella que jamás sintió, sentía, ni sentiría nunca, únicamente aquella vez en que creyó hacerlo. Era esa una mano de otro mundo, de un universo lejano y desconocido, que sin embargo, cabía todo en una caricia. Adián alucinó en su entelequia sobre una joven de tez muy blanca, como la nieve, que resaltaba de entre pequeños puntitos cafés que eran sus lunares, y se miró saltando de uno a otro para colgarse de los cabellos de barro pulcro, y la forma jovial de su cuerpo adolescente le enternecía hasta los huesos mas duros de su anatomía inerme, pero lo que lo hizo voltearse en el tiempo creciendo diez años en diez segundos, fueron aquellos ojos de virgen sexuada y otoñal, capacitados de una verdad no descrita y bañados de un amor desconocido todavía, mas guardado para él. Se soñó tomado de su mano, se pensó acariciándole el cabello de barro y hasta se vio confundido con ella en una maraña de cuerpos desnudos en el acto ritual inventado para los amantes. El sexo. Encendido por la aparición seráfica abrió los ojos pensando que era un sueño, pero ella seguía ahí con su respiración de vapor de plata.
-Leida-murmuró él.
-Sabes mi nombre-respiró ella.
Y no se escuchó nada más.
Leida era una joven noble, divertida e inteligente, hubiera dado su corazón por cualquiera y si hubiera llegado a amar a alguien en su vida, como toda mujer, se hubiera entregado al amor incontenible del conocimiento del otro como a uno mismo. Y no hubiera muerto de desesperanza, no hubiera huido por el camino de lo irrecordable, dejando atrás todo vestigio de si, yéndose sin llevarse consigo misma. Leida tenía la irreverencia, la rebeldía para no consagrarse a su destino, para renegar de sí y ser feliz, pero el día que tocó la faz de un niño que se transformó en hombre en un instante, marcó su miseria destruyendo la poca esperanza de vencer.
Adián se había enamorado de Leida mucho antes de conocerla, así que cuando la descubrió no la soltó jamás de sus manos y trato de enamorarla con los métodos más ridículos conjeturados hasta entonces, la evocaba con el pensamiento, la besaba en el aire, esperando su contestación aparentemente de forma telepática, por que en los ratos de contacto esporádico, no hacía mas que hablar de la vida que no conocía y, que un día esperaba hacerlo pues ese era el deseo de su padre. A Leida le aburrían esas cosas pero hubiera podido escuchar cualquier clase de obscenidades sin inspiración con tal de estar con Adián, este por el contrario vivía con su amor ensimismado, guardado para sí, para que nadie, nunca lo conociera y lo desnudara para siempre ante el resto del pequeño pero cruel mundo. Las pláticas y jugueteos con Leida ocuparon todo el tiempo de Adián y de un momento a otro se convirtieron de abrazos tiernos en amatorias inverosímiles para dos jóvenes de edad tan prematura. Desde entonces se escondían como los gusanos de la tierra, aprovechaban cada instante, por que sabían que aquello que tenían, que todos en cierto momento poseyeron, sería irrepetible y solo se daba una oportunidad para cada persona de la tierra, aunque para muchos, ni eso, pues estaban condenados a creer que el amor verdadero, era el que estaba hecho de infidelidades y encuentros puramente físicos, pero ellos dos, tan lejanos de los pensamientos de los condenados, no se molestaron en pensar a los dieciséis, en algo que no valiera la pena como el amorío. Esa ilusión de invulnerabilidad contra el infinito no duró mucho, Leida se dio cuenta que los mimos que proporcionaba no eran para Adián, sino para socavar su propia soledad, de modo que no amaba al muchacho de los ojos más negros y tristes en que hubiera podido pensar… se amaba ella. Tomó sus cosas y se fue, dejando todo lo que pudiera recordarle que fuera ella, todo dejó, que se olvidó llevarse consigo a un lugar de puritanismo oprobioso extremo, del cual no pensaba salir jamás, para no volver a estar nunca, al alcance de Adián.
Después de ese fatídico día, Adián no estaría ya conciente de sí mismo, como si fuera coetáneo del universo, no, no era cierto debía ser una patética mentira, su musa, su ninfa, su nereida, no había escapado, era demasiado prosaico para que fuera verdad, el era prosaico, ella no. Se sentó a descansar, en la saliente del techo de su casa, y el tiempo no lo tocó por respeto y por lástima, hizo una tregua, para que disfrutara su dolor y este no se le olvidase o se le fuera también. Y todo ello tan punzante, era igual de hermoso que los besos de su Leida, las gotas de la lluvia, sus lágrimas palpitantes, el viento su soplido, el tufo de su somnolencia, la noche, sus brazos, y al amanecer, sus ojos parecían fusionarse en el sol.
Los días pasaban y pasaban y Adián en el techo con la tarde, imaginaba que estaba con Leida; se preguntaba hasta donde llegaba su amor, cuál sería la medida exacta, que tiempo abarcaba una magnitud más grande que la vida, por que él estaba seguro que el amor es más largo y más ancho que la vida de uno, de modo que para abarcar el grueso, el amor deben vivirlo dos, y la longitud, se ajusta por lo menos a varias decenas de vidas, ¿donde inicia el amor?, ¿es un lugar?, ¿existe?, que difuso todo aquello de su mente, tenía que saberlo y para eso no podía morir, no podía dejar que le pasara lo que a todos nos acontece posterior a la esperanza; resignación.
Una noche de tantas en que se encontraba despierto, pensó para sí en su pueblo, aquel recinto que le había deparado la vida para morir, pensó entonces en morir, aunque luego se acordó que en cierta forma, ya estaba muerto, e imagino que sí tal vez ese deseo de pasar del estado vivo al exánime solo encuentra saciedad en la muerte, podría encontrar el sosiego a su muerte, encontrando la gracia de la ánima, y vivir como su padre y anteriormente su abuelo Aid lo quisieron, salió sobresaltado de su cama por el eterno pasillo de piedras calizas y halló un Teotlán completamente disímil al hasta entonces recordado, cayó en la cuenta que su enamoramiento duró mucho más de lo que él hubiera supuesto, y aunque tenía un poco de la razón que siempre le faltó, y Teotlán había cambiado, también pasaba que el que veía era otro Teotlán anacrónico a él, perdido por la línea de la secuencia lógica de los hechos, y que solitariamente aparecía por las madrugadas en que nadie podía descubrirlo. Se puso a meditar el por que de aquel espejismo grosero que hacía ver un pueblo ruinoso, convertirse en una comarca de esplendor suficiente, para deslumbrar a un conquistador romano de la época de oro, con sus maravillosas riquezas que no se pueden contabilizar a simple vista, y fue cuando comenzó la lluvia de hojas del cielo, empezó una por una, y después de uno o dos minutos ya caían a centenares, lo cubrían todo, como la nieve cubre los techos de las mansiones del norte, caían y caían, sin cesar, cubrieron los zapatos de Adián, que sin perturbarse por la escena de fantasía que aparecía ante sus ojos, agarró una de las hojas y la miró detalladamente, era una hoja antigua, decorada a conciencia con tintas especiales, sus adornos evocaban sirenas, ninfas y seres mitológicos, pero ya en el centro, a manera de poema, escrito en prosa, declaraba las bellezas de un pueblo llamado San José del Agua Linda, y luego lo describía como un lugar lleno de valles y montes que lo encerraban, y según se decía en el escrito ninguna penalidad podía salir ni entrar de él, que la pobreza no existía, por que tampoco la riqueza, denunciaba que el mal no se había inventado ni conocido todavía ahí, aunque el bien era confundido con la inocencia. Que los hijos nacían mas bien por costumbre que por amor, los árboles se erguían en lo más alto y eran el único cielo comprendido, pues no tenían necesidad de inventarse uno inalcanzable para las almas de los difuntos, todos ellos se iban al infierno por inocentes, su dios, era ese dios sin nombre que no se acuerda de nadie, despreocupado por contestar las oraciones de sus bestias que mugen todo el rato por su dolor y no hacen nada para remediarlo ellos mismos, que esa forma tan distintiva de los hombres que se conoce vulgarmente como cariño, querencia o amor, sólo era destinada a los más brillantes seres, capaces de usarlo con sabiduría pues, cuando en un tiempo fue concedido a todos ese privilegio, muchos fueron los que perecieron a tan grande conocimiento, y este pueblo comprendido entre La Veracruz y San Luís, al norte de Hidalgo está totalmente exento de la crítica inefable de los hombres completamente vivos, de esos hombres que dieron todo por lo que más amaban, excepto, lo que más amaban.
Adián levantó la vista de la hoja, sin haber comprendido totalmente lo escrito, miró de reojo los demás papeles y las calles, y pensó:
-Ese pueblo no se llama San José del Agua Linda, se llama Teotlán.
Entreverado recorrió las calles todavía influenciadas por la oscuridad, solo la luna menguante daba un ligero resquicio de luz al pueblo, el cielo tranquilo plagado de una alfombra finísima de algodón, los árboles lejos y cerca parecidos a llamaradas negras. Espectral armonía de belleza lóbrega. Cada cosa, ruido, brizna, le conjeturaba un sentimiento raro, nuevo que no conocía, tal vez miedo o solo nostalgia, quizá amargura.
Se acordó de su abuelo, nunca lo conoció, pero su padre le había hablado tanto de él que era como si pudieran platicar, se inventó un recuerdo de un hombre encanecido y arrugado de la cara, cansado de descansar tanto en su lecho de muerte, llevando el secreto de su sonrisa sana a los difuntos antiguos.
-Tienes algo en el cuerpo – le decía – se te agota, es vida, a mí me agarro del brazo estando dormido para despertarme en el regazo de mi Ariadna. No tiene continuación conocida, se acaba y ya, ¿Quieres conservarla? ¿Sí? Pues hay que pelear hasta perderla.
Todo eso escuchó cuando lo sorprendió una luz del alba, mirando a su alrededor, vio los girasoles mecidos por el viento bañados de rocío. Decidió irse de Teotlán.
El camino de regreso fue largo, a cada paso que daba, el día lo devolvía dos, sus meditaciones lo unían a la tierra. Llego a su casa, observó a sus padres parados frente a su puerta, de alguna manera ellos sabían lo que pensaba hacer, lo intentarían detener, a su padre lo confrontaría, mas a su madre Viviana ¿Cómo? La quería tanto, hubiera muerto por evitarle una lágrima, no podría verla, es mejor morir rápido, pensó. Entró por un pasillo tropezando con las piedras, jaló una bolsa a manera de mochila y la eterna pluma de su abuelo, besó en la frente a su madre sin tocarla y sobre todo sin verla a los ojos, Aián intentó detenerlo del brazo pero su hijo se zafó para siempre de la vida que le otorgó en un pasado no tan lejano a modo debió haber sido, Adián marcho entonces entre la lluvia que comenzaba a caer como en todos los amaneceres. Se creyó por un momento que sus padres suspiraban un adiós, pero nadie estaba cerca para que existiera aquel susurro. Bajo la lluvia Adián únicamente pensaba encontrar su amor extraviado y la locura perdida de un abuelo condenado al olvido.
No supo donde comenzar, y se sentaba después de vagar por las calles de los pueblos vecinos a Teotlán, nunca recordó los nombres de aquellas comarcas y solo se guiaba para reconocerlas de la forma de las avenidas, que unas eran circulares en el pueblo del norte, triangulares en el sur cuadradas al oeste, y enmarañadas en el este, se descansaba para comer en las fondas de San Lorenzo Camotal todos los días posibles, le parecía que hubiera nacido ahí y había regresado de un viaje muy largo, entonces comenzó a recordar un amor viejo que tuvo antes de nacer en una vida pasada, se acordó de ella, tan parecida a Leida, de la misma blancura de su rostro, de los ojos de lluvia remojando la tierra, de la voz de canario, conocía cada cosa que veía de pronto y le brotaron recuerdos, de cuando murió y renació, y se dio cuenta en ese instante que la imagen grabada en su cabeza de esa mujer que se llamaba Leida, permanecería desecha como fotografía empapada, por que él nunca la amó, se resistió por un momento a aquella revelación, pero se dejó vencer al evocar el pasado cuando le preguntó a Leida si creía en el destino y ella le contesto que no, que el destino se lo inventa uno mientras toma sus decisiones, Adián respiró profundo para no replicar, quería creerle, y luego dijo:
- Tal vez el destino no es lo que viene, sino lo que ya pasó.
No se oyó nada más, por lo menos en su mente, pues la memoria se le había borrado contra su voluntad, eso fue lo que más le molesto, tomó su morral a manera de mochila y salió corriendo por un impulso parecido a los de antaño con la estatua, no sabía que esperar, mucho menos si realmente estaría algo ahí fuera de lo común. Vio lo que no quería, lo que no podía reconocer, fue cuando se preguntó como demonios se encontraba ahí, si Teotlán estaba rodeado de montes y sierra no podían existir pueblos circundantes y el tiempo que vivía parecía diferente al de su origen. No pudo pensar mucho en ello, el objeto perdido que buscaba lo llamó como siempre, entonces comprendió que mientras el mundo entero seguía un tiempo lineal, él iba saltando de suceso en suceso las vidas de otros, de sus ancestros, de su descendencia, no era Adián, era Aid, Aián cualquiera menos él mismo y comprendió entonces que tendría que seguir buscando, mas que para descubrir y revelar para perderse también con lo extraviado huir y no volver nunca más.
Una lágrima rodó por su mejilla, la primera y esperaba la última, nunca nadie lo vio llorar antes, en ese momento no fue la excepción, lloraba por su derrota, por ser un fracaso, frente a su pueblo de nuevo danzando de tiempo en tiempo, el pueblo de su padre y de su abuelo el escondido entre cerros y montañas. A veces pensaba en si como el fugitivo, que bajo la densa niebla notó de nuevo, que la verdad le caía en pedazos del cielo, lo perseguido era inencontrable, por lo menos para él, no sería revelada la realidad por completo en toda su vida, dejó la intención de seguir amando a un fantasma, pretender olvidarla, lo que significaba morir. Se quedó inmóvil, mirando el horizonte, ya era un hombre con su pelo tejido, su corazón clavado a su pecho, semejaba que lo sostenía solamente un hilo, tenía el rostro agrietado y los brazos caídos, sus ojos parecían entonar, una individual indiferencia marcada y obligada. Era una escultura cincelada por viento y marea.
Una morena de ojos verdes iba cruzando las calles, con un aire de sol oscuro y maligno, tomaba las frutas de los puestos mercantes en la avenida y parecía robarles la vida o la poca restante dentro de ellas por que se marchitaban entre sus manos comparadas con sus labios tiernos y brillantes, respiraba de las flores del parque y estas se abrían como para mirarla mejor y de un modo más erótico, alzó la mano, una mariposa se posó en ella y se sacudió las pequeñas escamitas imbricadas, decidió que su ultima morada quedara en los cabellos de Abril, que era el nombre de aquella muchacha de nariz respingada, de facciones Europeas y de orejas grandes, Abril por supuesto estaba de acuerdo, colocó a la mariposa sobre sí y le dejó exhalar el último aliento, la levo por todo el camino real hasta tirarla por accidente al ver ante ella los ojos más negros posados en la faz de la tierra: los de Adián. Abril no era mujer de presentimientos, era natural como la inocencia pura que tiene conciencia de lo perverso, creía que lo malo existía por la sola coexistencia del bien, nunca miraba a los ojos a la gente extraña ni se paraba a contemplar a los hombres como en ese momento lo hacia con Adián.
Adián permanecía quieto, silente sin articular pensamiento cierto, tan solo una pregunta ¿estaba vivo? Y se preguntó eternamente aquello hasta que abril lo abrazo un día de tantos en que lo vio llorar en la penumbra del atardecer lluvioso. Abril llegó a Teotlán de la manera en que un naufrago lo hace en una isla desierta, su maleta era una sonrisa llena de alegría, no se supo de donde había venido en absoluto, pues no hablaba con nadie de ese asunto, no porque le molestara, sino porque mas bien ni ella lo sabia, existía solo por una cosa, esa por la que todos venimos al mundo, esa obsesiva compulsión de buscar a alguien que nos devuelva la otra mitad de nosotros mismos, y que casi nadie logra encontrar.
Definitivamente -Adián lo pensó- la vida es una historia, repetida mil veces.

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Desesperacion

14 de Mayo, 2008

El viento impaciente se impacta sobre mi ser,
mientras los recuerdos vuelan a lo lejos,
intento ver oir y sentir aquello que se perdio en el tiempo,
Es una locura el querer vivir aquello que yace sentado en el pasado, el tiempo no retrocede
y mi niñez, juventud y madurez se ha marchado, ahora estoy solo mirando aquello que resta de mi, estoy solo, solo con mis recuerdos, recuerdos que no me pertenecen pues son recuerdos del mundo.

El basto mar intenta calmar mi tristeza, sigo aqui apesar de los milenios, soy testigo de vestigios antiguos, tal parece que soy inmortal y eso es lo que no comprendo, por un momento deseo estar muerto mas aquellos sueños no me dejan caer, dia y noche veo aquello que tu imaginas y lentamente lo intento recrear para sastisfacer mas la locura de este mundo, he trastornado mi ser para que veas lo magnanimo de tu vida tanto asi que ya no hay razon de mi existencia pues creo vivir en ti.

Apesar de las grandes batallas que la humanidad ha tenido, de las religiones que se han creado, de los logros que se han tenido, de los conocimientos que se creen saber profundos nadie es capaz de comprender el porque de la historia; algunas veces me pirdo en los intrincados laberintos que se han creado atraves del tiempo y no se si soy un angel del cielo o del infierno o simplemente un mito o recuerdo que se niega a morir; La esperanza que tengo es que en un mañana no muy lejano comprenda el porque de las cosas mientras seguire aqui observando como los seres humanos se aman, crean, sueñan y se asesinan entre si.

Dios si es que enverdad existes dejame ver tu rostro y dime si estoy vivo, muerto o en verdad no existo, dime, acaso soy invento de un escritor y que solo tengo vida cuando alguien posa sus ojos sobre estas lineas, por favor dime si soy producto de la imaginacion.
Quizas la ùnica verdad es que el mundo existe atraves de las ideas, cada idea crea un mundo distinto, con sus demonios,dioces triunfos y fracasos, y yo quiero crear un mundo lleno de armonia donde por simpre brille la esperanza de un mañana mejor, aquel mañana que se pierde entre la farza del mundo actual, un mundo que se enfoca al YO y solamente YO, es triste pero es la realidad.

Bien recuerdo hace cientos de años se respiraba amor y comprension hoy lo unico que respiras es aire altamente toxico causado por el “Homo Sapient”, jaja!, da risa, dicen ser animales pensantes pero de ello no tienen mas que el nombre de ser asi no destruirian la belleza del planeta, no destruirian la vida que les da la vida, no destruirian al planeta T I E R R A.

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Autor: Mr. Mopez 030107.
Vale_Mopez@hotmail.com
Comalcalco, Tabasco.

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”La Princesa de Letras ”(Por: Samaria Go)

9 de Mayo, 2008

Y de la noche a la mañana se convirtio en lo que hoy es….En un castillo de letras donde los guardias son tinteros y de noche manchas enormes justo antes de comenzar a bailar.Un cuento donde nada esta definido,donde se da cuenta que entre pensamientos se consume previamente .Danzantes sus doncellas oscilan sobre ella , tratando de animar lo animado, la princesa de letras sumergida en ideas , intentando dar razon a la sinrazon.Me gusta creer que atraves del espejo gira hacia la izquierda y deja de ser lo que era antes.

Le gusta volar por la mente, pero no deja de bailar, quiere disimularle a alguien mas que tampoco le importa..pero no lo esta logrando, pues a cada instante muestra lo mucho que quiere y no puede tener.Quiere que aparesca la efimeridad ante lo que siente y la permitan continuar con alguien mas..La princesa de letras eso es….Letras..que se fijan con un momento que dan equilibrio a su destino.Y de noche justo antes de dormir toma de el cielo un par de estrellas, aquellas que parecian las mas lejanas, las coloca sobre su techo camuflajeado de recuerdos, y a la mañana siguiente las deja ir….Pues son demaciado hermosas para guardarlas sin que nadie mas las vea…y como si fueran aves, las deja volar sobre su ventana directo al cielo…donde la princesa de letras sabe que no regresaran , haciendo lo mismo a diario, la princesa de letras descansa sobre su lecho de hojas de papel, tinteros e ideas.
Conserva una rosa deshidratada que inmortalizo su belleza..se da cuenta que todo lo que a vivido a valido la pena y que todo lo que le acontesca luego….depende de ella y de nadie mas.

“La princesa de Letras”
con cariño para mi amigo Josue
Cd juarez chihuahua
angelus134@hotmail.com

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