La luz de la vela se está consumiendo poco a poco y puede que perezca
antes de que acabe mi relato. Apenas puedo descifrar mi escritura entrecortada
y he de suponer que la culpa es de este dichoso temblequeo fruto del pánico que
corroe todo mi cuerpo. Hace solo unas horas que me encuentro en la misma
posición, agazapado, escondido bajo mi escritorio. La situación que me ha
llevado hasta aquí es de lo más irónica.
Procedo de buena familia inglesa, bastante acomodada y me trasladé a
Arkham hace tres años para acabar mis estudios en la facultad de ciencias de
Miskatonic. Siempre me han dado la misma habitación, la número seis de la
segunda planta, por lo que se me hace más cómoda la estancia aquí. Me siento
como en casa y entretengo mis horas muertas observando a mi vecino por una
apertura de la pared producida por la humedad.
Los pasados años fueron más aburridos, pero el nuevo inquilino tiene
algo que lo hace misterioso. Su aspecto es peculiar, viste con traje de
chaqueta y estudia filología, lo sé porque he visto sus apuntes sobre la
estantería. Y allí fue donde vi esos tomos de portada carcomida en cuyo lateral
venían títulos indescifrables por la rareza del idioma.
Soy poco docto en estos temas pues estudio ciencias, así que los copié
y los mandé traducir a un buen amigo mío. El libro de los esplendores es uno
de ellos, y el otro, el que más usaba se llama Dogma y ritual de la alta
magia. Los busqué por las bibliotecas y al no hallar rastro alguno, los
encargué a las librerías más caras de la zona y ninguna dio con ellos a pesar
de la importante cantidad de dinero que ofrecí por esos ejemplares.
Con lo que mi curiosidad me llevó a vigilar a mi vecino durante más
horas por aquel agujero de la pared. Se pasaba las noches en vela, comentando
frases ininteligibles de esos libros bajo la mustia luz del candil, y por el
día descansaba. Con lo que me era fácil observarlo en su vigilia ya que todas
las mañanas estaba ocupado con mis clases en Miskatonic.
Pero anoche sucedió algo extraño, ese chico tenía una mueca en su cara
en forma de triunfo, sonreía como si hubiera encontrado la respuesta al
acertijo y aquellas palabras, que eran las mismas de las noches anteriores
sonaron diferentes, guturales y sobrenaturales, las oí claramente por toda mi
habitación, en mi interior… un viento helado entró por la ventana que la
había dejado abierta, apagando la luz de mi vela. Temí encenderla y que pudiera
sorprenderme, pues la apertura de la pared no era demasiado pequeña y él ya
había apagado la luz del candil. Así que me dispuse a acostarme.
Esta mañana no estaba en su habitación y me extrañé pero seguidamente
tuve que marchar a la universidad para tomar mis clases.
A las ocho ya había anochecido y yo estaba de vuelta en mi estancia,
deseando observar a mi vecino, encendí la vela y cerré la ventana con los
postigos, eché la llave de la puerta tras haber ordenado a la señora Boltzman,
la casera, que nadie me molestase.
Entusiasmado miré por el agujero y cual fue mi sorpresa que en su lugar
había un ojo que me observaba. Un ojo amarillento, extremadamente grande, con
dos pupilas y un iris enrojecido. De él salían pequeñas pústulas de las que
emergía un líquido grisáceo que comenzó a caer por la pared de mi habitación
mientras aquel enorme ojo pestañeante me seguía observando. Mis músculos se
contrajeron, no pude gritar, ni siquiera lo intenté, estaba demasiado
atemorizado para pensar. La señora Boltzman no vendría, no me molestaría hasta
la mañana siguiente que vendría a despertarme y nadie vivía en la segunda
planta salvo mi vecino y yo. Estábamos solos, ese abominable ser de dimensiones
desconocidas, ese ser indescriptible del cual solo se veía su enorme ojo y yo.
El líquido era demasiado viscoso para filtrarse y desprendía un olor putrefacto
que me embriagaba, era el olor del miedo. Formó un charco en el suelo que cada
vez se acercaba más a mis pies. Sufrí un escalofrío horrible al pensar en el
tacto de aquel líquido lacrimal y me escondí bajo mi escritorio, el único lugar
de mi habitación desde donde no veo esa imagen que me vigila. Pero se que está
ahí, lo oigo respirar…
…¡Fui yo quien pronunció aquellas palabras!, las recité anoche, yo. Y ahora
ese ser tras el agujero agonizante espera mis órdenes.
Hoda