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	<title>Leer Gratis &#187; Policíaca</title>
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	<description>Espacio dedicado a los autores noveles que desean publicar en Internet su obra y así ponerla a disposición de cientos de lectores. Anímate y envíanos tu obra!</description>
	<lastBuildDate>Tue, 25 Oct 2011 21:22:16 +0000</lastBuildDate>
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		<title>La inquietante sonrisa de un niño</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Apr 2011 20:29:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alfonso Quiroz Hernández</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[niño]]></category>
		<category><![CDATA[pandilla]]></category>

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		<description><![CDATA[- Mi hijo no debe llorar. Intentó detener aquella catarata, pero el líquido se abrió paso hasta llegar a los pies de Jack Seis dedos. Dos zancadas le bastaron para cruzar el zigzagueo de orina y pararse frente a su hijo. - Mis cigarros no los traes, mi dinero tampoco. Eres una calamidad. Simón ya [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>- Mi hijo no debe llorar.</p>
<p>Intentó detener aquella catarata, pero el líquido se abrió paso hasta llegar a los pies de Jack Seis dedos. Dos zancadas le bastaron para cruzar el zigzagueo de orina y pararse frente a su hijo.</p>
<p>- Mis cigarros no los traes, mi dinero tampoco. Eres una calamidad.</p>
<p>Simón ya conocía el “modus operandi” de su padre. No debía llorar ni orinarse, pero a sus siete años era imposible no temer.</p>
<p>- Eres como tu madre, débil como una perra.</p>
<p>Jack Seis dedos con una impresionante cachetada le limpió las lágrimas, incluso las que estaban por venir.</p>
<p>- Habla, ¡y deja de gemir!</p>
<p>Simón temblaba, corría evitando las pozas de agua, con firmeza sostenía tanto el dinero bajo el cinturón de vaquero, como los revólveres de plástico. Un juguete así le daba cierta seguridad en un barrio como ese, aunque sólo fuera ilusoria. Si no era la pandilla, sería su padre quien desatara la frustración acumulada. Pero, aún así, con esa ira y su indiferencia, era su padre. El único nexo con la raíz, con ese símbolo de pertenencia. Lo admiraba, quería ser como él; seguro, frío, con el aura de hielo que sólo se ve en los héroes del cinematógrafo.</p>
<p><span id="more-2797"></span></p>
<p>No debía tardarse y para no cometer errores repetía una y otra vez la marca de cigarrillos. Pero al doblar la esquina se encontró con la tropa del barrio. El Gordo Harry le cerró el paso, Simón retrocedió, pero tres de ellos le quitaron el dinero. Entre risas y burlas lo empujaron, lo botaron y escupieron, pero Simón se incorporó. Con cierto aire de dignidad pandillera llevó sus manos a las pistolas de plástico. Quiso desenfundar, pero aunque eran sólo un juguete, no poseía la sangre fría de su padre. Huyó secándose las lágrimas después que el Gordo Harry lo golpeara. Un pequeño mensaje para su padre.</p>
<p>Jack Seis dedos cogió la chaqueta de cuero, se calzó la manopla y antes de dar el portazo, dijo:</p>
<p>- Debiste defenderte, no mereces llamarte mi hijo. A lo mejor nunca lo fuiste, ella era una ramera.</p>
<p>Simón miró la foto de su madre, intentó traer algún recuerdo, pero su memoria no poseía otra imagen. Lloró un par de horas. Buscó sus pistolas de plástico y luego de jugar tuvo una idea. Saldría en busca del Gordo Harry, le demostraría a su padre que era de la peor calaña. Aunque Harry le matara a golpes, lo enfrentaría y desenfundaría sus pistolas. Cogió su cinturón de juguete, lo abrochó y salió.</p>
<p>Fuera del bar, Simón se escondió hasta que vio llegar al Gordo Harry.</p>
<p>- Miren muchachos, el hijo del ahora Cuatro dedos Jack.</p>
<p>Harry rió, extrajo del cinturón un pequeño bulto. Lo abrió y tiró en el callejón varios trozos de carne.</p>
<p>- Llévaselo a tu padre. Que conserve sus dedos, nadie se mete con el Gordo Harry.</p>
<p>Fue en ese instante que Simón se incorporó. Llevó sus manos al cinto de plástico y con aire a lo Clint Eastwood desenfundó sus pistolas similar a como lo mostraban en televisión.</p>
<p>El Gordo Harry rió al ver a ese muchacho esquelético, sin miramientos se burló mientras calzaba la manopla.</p>
<p>Simón disparó y el tiro dio en plena barriga, el proyectil despedazó la grasa y la camisa se tornó rojiza. La segunda bala penetró la rótula destruyendo algunos trozos de hueso. Incrédulo, Harry cayó de rodillas. La tercera, entró en el cráneo, le voló parte del parietal y los sesos cayeron al pavimento. Con el cuarto tiro mató a uno de su pandilla, la bala entró en el pecho haciendo estallar el corazón. Y con el quinto hirió de muerte a su guardaespaldas, el tiro expuso el globo ocular y la sangre quedó como una estela al momento de caer. El resto de la pandilla huyó.</p>
<p>Al otro día, la policía introdujo a Jack Seis dedos en la patrulla, aún sangraba su mano. Simón jugaba en la puerta mientras, en el interior de la casa, un oficial sacaba las armas de Jack envueltas en un plástico. De seguro le darían veinte años por los tres asesinatos.</p>
<p>Simón cantaba, despreocupadamente extrajo de su bolsillo la foto de su madre y sonrió. Al doblar la patrulla por el callejón, lo último que Jack vio de su hijo fue una inquietante sonrisa seguida de una mirada de hielo similar a la suya.</p>
<p>is licensed under a Creative Commons Atribución 2.0 Chile License.</p>
<p>This post was submitted by Alfonso Quiroz Hernández.</p>]]></content:encoded>
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		<title>Pesadilla de una noche de verano</title>
		<link>http://relatos.leergratis.com/pesadilla-de-una-noche-de-verano.html</link>
		<comments>http://relatos.leergratis.com/pesadilla-de-una-noche-de-verano.html#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 11 Apr 2011 20:17:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Diego Ventosa Díaz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Policiaco]]></category>
		<category><![CDATA[secuestro]]></category>

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		<description><![CDATA[Caía la noche en un pueblo castellano. Era verano y hacía mucho calor, ese día incluso más de lo normal. El cielo estaba despejado y la luz de la luna llena entraba por la ventana de la casa de Diana, que se encontraba a solas en su habitación probándose ropa frente a un espejo. Diana [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Caía la noche en un pueblo castellano. Era verano y hacía mucho calor, ese día incluso más de lo normal. El cielo estaba despejado y la luz de la luna llena entraba por la ventana de la casa de Diana, que se encontraba a solas en su habitación probándose ropa frente a un espejo. Diana era una guapa muchacha, de dieciocho años, tampoco muy alta, de mediana estatura pero con un cuerpo privilegiado que volvía loco a todos los mozos. Todo ello se unía a su preciosa carita: boca pequeña de labios tentadores,  nariz  pequeñita y perfecta, ojazos negros, cejas finas y arqueadas, y pelo moreno largo y liso.<br />
Estábamos a víspera de San Roque, el día más importante para todos en el pueblo, y la joven, que había sido elegida reina de las fiestas, estaba probándose el vestido que mañana luciría en la procesión, el desfile de peñas y la corrida de toros. El vestido era muy elegante, de color oscuro, con falda corta y bastante escotado por delante y por detrás. Sobre él, llevaba puesto en diagonal la banda rojigualda con los colores de la bandera de España, que la acreditaba el título de reina de ese año. Los zapatos eran unos stilettos, de tacón alto, de color negro y con punta. El pelo lo llevaba recogido con una peineta, dejándose flequillo hacía un lado, que le caía por encima del ojo izquierdo, casi tapándolo. Sobre la peineta llevaba una mantilla que caía por detrás de la espalda,  y para terminar unos pendientes hacían juego con el color del vestido. Aquel conjunto y el bonito peinado, unidos a su belleza, no le podían quedar mejor.<br />
La chica se miraba una y otra vez al espejo, pensando en que diría la gente del pueblo cuando la viera: sus amigas,  su novio Rafa, todos los tíos a los que volvía locos o todas sus enemigas a las que mataba de envidia. Mucha gente calificaba a Diana de bastante pija, creída, chula y arrogante, pero nadie dudaba de que era la más guapa de todo el pueblo.<br />
Antes de quitarse el vestido, echó mano de una cámara de fotos y se hizo unas cuantas para subirlas al tuenti, para etiquetar a todo el mundo, como siempre que subía una foto suya otras veces, vestida con diferentes modelitos, y seguir batiendo récords en comentarios y visitas de su perfil. Le encantaba la popularidad.<br />
Se hizo un poco más tarde, las doce y media pasadas. Diana apagó el ordenador, se quitó el vestido y lo dejó en una silla preparado para mañana. Antes de quitarse la ropa bajó la persiana y se aseguró de que no hubiera ningún chico escondido que estuviera espiándola detrás de la ventana, pues ya había pillado a más de uno en otra ocasión.<br />
Como hacía mucho calor, ni siquiera se puso el pijama, se acostó en tanga y sujetador para dormir más fresquita. No dijo “Buenas noches” ni se despidió de nadie, entre otras cosas porque estaba sola en casa. Su padre, Manuel Barroso, era guardia civil y se encontraba trabajando esa noche. Su madre, Ángela García, se había tenido que ir con la abuela y el abuelo a Madrid, por una enfermedad grave que había padecido hace poco este último.</p>
<p><span id="more-2654"></span><br />
Poco a poco la muchacha se fue durmiendo, hasta que quedó soñando profundamente. Posiblemente estaría soñando con el gran día que la esperaba, que comenzaba con los encierros bien prontito, en los que corrían varías peñas entre las que estaba Rafa, su novio. Después se celebraría la misa, la procesión de San Roque, la corrida ya por la tarde, el desfile de peñas, la gran verbena por la noche&#8230;<br />
Pero para todo aquello aún faltaban bastantes horas de noche que dormir.<br />
Ahora el reloj que había encima de la mesilla marcaba casi las tres de la mañana, Diana seguía durmiendo, todo estaba en silencio, ni siquiera se oía la suave respiración de la chica. De pronto se oyó un ruido que procedía de la ventana del salón, la que daba a la calle, pero aquello no inmutó lo más mínimo el sueño de la joven. Seguidamente, unos pasos avanzaron por el pasillo hasta que dos personas se plantaron en la habitación de Diana. Aquellas personas desconocidas tenían más o menos la misma estatura que Diana, iban vestidas con ropa deportiva, llevaban capucha y tenían la cara tapada con una especie de máscara parecida a las del carnaval veneciano. Sin dudarlo un momento se abalanzaron sobre la cama donde estaba Diana, que se despertó de golpe por el sobresalto y se llevó un gran susto. Lo primero que la chica hizo nada más abrir los ojos fue lanzar un grito de terror al ver aquellos extraños sobre ella. Rápidamente uno de ellos le tapó la boca con la mano para silenciarla mientras el otro la ataba de pies y manos. Cuando terminaron de inmovilizarla, la amordazaron definitivamente con una tira de cinta aislante gris, apretándosela bien fuerte sobre la boca, para evitar que alguien pudiera oírla gritar. Diana se revolvía en la cama, intentando desatarse inútilmente, mientras emitía sonidos ahogados muy débiles. No podía  pedir ayuda, estaba muy nerviosa, y tenía mucho miedo después del gran susto que la habían dado los dos intrusos.<br />
Los dos encapuchados la cogieron mientras seguía revolviéndose, y la llevaron hasta un Renault Megane plateado que estaba en la puerta de su casa. La introdujeron en el maletero y escaparon de allí a toda velocidad.<br />
Cuando abrieron de nuevo la puerta del maletero, sacaron a Diana y la llevaron  a un pajar abandonado que se encontraba en el campo, cerca de la dehesa, a varios kilómetros del pueblo. La chica seguía muy nerviosa, no sabía quien eran aquellas personas que la acababan de raptar, ni tampoco lo que querían hacer con ella. Aquello no era un sueño, era una pesadilla, y no estaba soñando, era real.<br />
La sentaron sobre un colchón que hacía de sofá. Uno de los encapuchados se marchó del pajar y no le volvió a ver más. El otro, se quedó mirándola en silencio un rato. El miedo y el nerviosismo volvió a apoderarse de Diana cuando el enmascarado mostró un cuchillo de grandes dimensiones. Se acercó hasta la joven y la miró a los ojos. La mirada de Diana mostraba mucho miedo, y empezó a llorar, las lágrimas empezaron a caer por su mejilla. Le puso el cuchillo entre el vientre y los pechos, sus pulsaciones aumentaron más todavía, respiraba agitadamente. El cuchillo ahora se posó sobre su cuello, se hundió despacio unos milímetros en la piel pero sin llegar a clavarse, Diana iba a explotar, no lo soportó, se desmayó de horror.<br />
Cuando la víctima cayó sobre el colchón con los ojos cerrados, el que se asustó fue la persona encapuchada, que creía que había matado a Diana.<br />
- ¡Joder! ¿Pero que la ha pasado? Si no la he llegado a cortar con el cuchillo&#8230; ¡Joder! – dijo con preocupación, y después llamó a su acompañante con el móvil. – ¡Escucha Sandra, ven enseguida, creo que me la he cargado, joder joder joder, rápido tía!<br />
Se quitó la máscara y se vio a una chica joven. Se trataba de Estela, de veinte años, de pelo rubio un poco rizado, enemiga a muerte de Diana, a la que no podía ver desde que esta le robó a su ex-novio, Rafa, a parte de antiguos roces entre sus peñas y demás rivalidades.<br />
Estela desató rápidamente a Diana y le quitó la mordaza, colocándola tumbada boca arriba en el colchón. No respiraba, no la oía el pulso, no sabía que la había pasado.<br />
- ¡Diana despierta, despierta! – la decía continuamente mientras trataba de reanimarla, pero la chica seguía sin conocimiento.<br />
En poco tiempo apareció Sandra, la otra chica que había participado en el macabro secuestro. Sandra tenía veinte años, amiga incondicional de Estela, era de mediana estatura, pelo castaño oscuro y llevaba gafas. Estaba en la misma peña que Estela, y tenía también mucha manía a Diana por diversas putaditas que esta le había hecho<br />
- ¿Qué pasa? – dijo Sandra a Estela. &#8211; ¿Qué la has hecho? ¡Te dije que no te pasaras tía!<br />
- ¡Si no la he hecho nada! Solamente la puse el cuchillo en el cuello para asustarla, te juro que ni la corté, no tiene siquiera sangre. A esta le ha dado un yuyu, un infarto o yo que sé.<br />
- A ver, déjame ver – y se acercó hasta Diana. – ¡Es que como se te ocurre! Como la haya pasado algo de verdad nos vamos a cagar.<br />
- Que no tía, se tiene que despertar, no puede ser&#8230;<br />
- ¿Pero la has tomado el pulso? ¿Respira?<br />
- Si, pero nada, no sé si está desmayada o muerta.<br />
- ¿Qué hacemos ahora eh?&#8230; Hay que decírselo a la policía. Vamos al cuartelillo de la guardia civil inmediatamente.<br />
- ¡De eso nada, que además allí trabaja el padre de Diana! ¿Y que decimos, haber?<br />
- Pues la verdad, que quisimos gastarle una “bromita pesada” a la reina de las fiestas, y que no queríamos matarla, que solo íbamos a asustarla un poco,  y que fue un accidente.<br />
- Ya, menuda bromita, como que se lo van a  creer ¡No te jode!<br />
- ¿Se te ocurre a ti algo mejor listilla? Te recuerdo que todo esto se te ocurrió a ti, y que tú has sido la que la has puesto el cuchillo. No sé que la has hecho tía, pero te has pasao.<br />
- Me da igual, ¿qué pasa, que tu ahora no has hecho nada o qué? Yo a ti te recuerdo que sigues siendo cómplice de secuestro y asesinato.<br />
- ¡Todavía no estamos seguras de que este muerta, hay que decírselo a la guardia civil!<br />
- Que no, que no, de ninguna manera, si nos arriesgamos a que lo esté nos van a llevar a la cárcel. Hay que esconder el cuerpo o deshacerse de él.<br />
- ¿Pero estás loca? ¿Tu sabes lo que estás diciendo?<br />
- Perfectamente. Es lo mejor, a ver tía piensa un poco, si no hay pruebas nadie sabrá nada. Nosotras estábamos durmiendo la noche que desapareció. La policía nunca sabrá quien lo hizo ni donde está el cuerpo, igual que la Madeleine esa o la Marta del Castillo.<br />
Sandra estaba muy asustada, solamente pensar que ella podía ser una asesina le horrorizaba. Miró otra vez el cuerpo de Diana sobre el colchón, con los ojos cerrados. Pensó que hacer por un momento. Estela estaba esperando a que aceptara su plan.<br />
- Bueno, qué&#8230; – le dijo Estela a Sandra, pero esta no respondió y lo que hizo fue coger el móvil para avisar a la guardia civil.- ¡Ni se te ocurra hacer eso!<br />
Estela se abalanzó sobre Sandra y las dos empezaron a forcejear por el teléfono móvil. Después de unos segundos de pelea, Estela pudo quitarle el móvil a Sandra y evitó que llamara a la guardia civil.<br />
- ¡Devuélveme el móvil, es mío! – le gritó Sandra, y llena de rabia cogió el cuchillo para obligar a Estela que le devolviera su teléfono móvil.<br />
- ¡Estate quieta y devuélveme eso! – la ordenó Estela.<br />
- Dame tú primero el móvil y te devuelvo el cuchillo.<br />
- ¡Ni hablar! – y lo que hizo Estela ahora fue forcejear con Sandra para intentar arrebatarla el cuchillo. En la pelea por coger el cuchillo a Sandra se le escapó sin querer el arma blanca, al dar un tirón de fuerza, y le cortó la yugular a Estela. Sandra no fue consciente de lo que había hecho, la sangre empezó a salir a borbotones por el cuello de su amiga que cayó al suelo desangrada, muriendo en el acto. Nada pudo hacer Sandra horrorizada y muy nerviosa, que tiró el cuchillo al suelo, y sin coger ni siquiera el móvil por el que segundos antes se estaba peleando, salió corriendo del pajar para olvidar aquel desagradable espectáculo. Ya no quería avisar a la guardia civil, tan solo quería escapar, escapar muy lejos de allí, cuanto antes&#8230;<br />
- Ahora si que la he cagado del todo&#8230; – decía Sandra llorando mientras arrancaba el Renault Megane que tenía aparcado a la puerta del pajar y huía de allí a toda velocidad.</p>
<p>***</p>
<p>Estaba amaneciendo, serían las siete de la mañana más o menos. Diana abrió los ojos y enseguida reconoció las paredes del pajar donde horas antes la habían llevado los dos secuestradores. La diferencia es que ahora había algo más de luz, se oían ya a algunos pájaros cantar en el exterior, estaba desatada y tumbada boca arriba en el colchón. Se incorporó y comprobó que ya no había ningún enmascarado en el pajar, parecía que este se había ido y la había dejado libre. Pero no iba a quedarse tan tranquila porque lo que vio en el suelo, a escasos metros del colchón donde estaba ella, le congeló la sangre. Era el cadáver de Estela, su peor enemiga, tirado en el suelo y encharcado de sangre por todos los lados. Debería alegrarse, porque Estela y ella se odiaban a muerte, pero aquello era demasiado fuerte, no podría deseárselo a nadie. No entendía nada, pensó que lo más seguro es que fuera otra víctima de sus raptores. Por un momento estuvo a punto de volver a desmayarse ante la horrenda visión del cuerpo, pero aguantó, y cogiendo el teléfono móvil que había en el suelo, salió del pajar.<br />
Ya afuera, Diana llamó inmediatamente a su padre.<br />
- ¿Quién es? – preguntó el guardia civil, pues no conocía aquel número de teléfono.<br />
- Papá, soy yo, Diana, es que este móvil no es mío, ha ocurrido algo horrible, no te lo puedo explicar ahora&#8230;<br />
- Tranquila cariño, ¿Estás bien? ¿Dónde estás?<br />
- Si, afortunadamente estoy bien, estoy en el pajar abandonado este que esta cerca de la dehesa. Ven rápido por favor&#8230; ¡Ah! Y necesito ropa. Pasa por casa y coge de mi armario una camiseta amarilla clarita, unos pantalones vaqueros de esos que tengo cortitos y las zapatillas rojas, unas de lona que no tienen cordones.<br />
- Vale hija, te prometo que voy volando, no tardo.<br />
Diana estuvo esperando a su padre sentada en una especie de poyo que había a la puerta del pajar, mientras cotilleaba el teléfono móvil que había encontrado. No sabía de quien era, aunque suponía que podría ser de Estela. De todas formas tampoco se atrevió a cotillear mucho, le daba cosa estar curioseando por capricho algo que podía ser de una persona muerta.<br />
La espera se hizo eterna, mientras recordaba todo lo ocurrido aquella noche de película de terror: desconocidos secuestrándola en su habitación, el filo de un cuchillo en su cuello y el descubrimiento del cadáver de Estela. Después de más de diez minutos de impaciencia, por fin apareció a lo lejos el todoterreno de la guardia civil, con su padre Manuel y el agente de este, Roberto. Diana corrió hasta el coche y el padre se bajó atónito cuando la vio así.<br />
- Pero&#8230; – dijo el padre sorprendido.<br />
- Papá, papá – dijo Diana llorando mientras se abrazaba con él.<br />
- Tranquila tranquila, vamos, tranquilízale y dime que ha pasado. ¿Qué haces en ropa interior?<br />
- Por eso te había dicho que me trajeras la ropa. ¿La has traido?<br />
- Sí, está dentro del coche. Entra y vístete, nosotros te esperamos.<br />
Una vez vestida, Diana explicó a su padre y a Roberto con todo detalle lo que la había ocurrido aquella noche. Mientras lo iba explicando, les llevó dentro del pajar para que vieran el cuerpo de Estela.<br />
- &#8230; entonces me llevaron hasta el pajar, aunque como era de noche y tenía mucho miedo no sabía ni donde estaba. – explicó Diana. – Aquí dentro uno de los encapuchados me amenazó con el cuchillo y me desmayé de los nervios, te juro que pensé que ya me iba a matar. Cuando me desperté hace media hora, encontré a Estela muerta a mi lado&#8230;<br />
Los dos guardias civiles no dijeron nada. No daban crédito a lo que Diana contaba, nunca en sus años de servicio había ocurrido algo así en el pueblo. Se limitaron a observar en silencio el cadáver de la víctima y a asimilar lo que se les venía encima. Tras un rato de meditación, Manuel dio las siguientes ordenes:<br />
- No toquéis nada. A ti Diana, te llevaré ahora mismo a casa, que supongo que necesitas descansar. Avisaré al alcalde y a los padres de Estela, y se suspenderán las fiestas de San Roque por supuesto. También hay que llamar a la policía nacional y acordonar la zona. Roberto, tú los avisas y te quedas esperando hasta que yo vuelva. ¿De acuerdo?<br />
Caía la noche en un pueblo castellano. Era verano y hacía mucho calor, ese día incluso más de lo normal. El cielo estaba despejado y la luz de la luna llena entraba por la ventana de la casa de Diana, que se encontraba a solas en su habitación probándose ropa frente a un espejo. Diana era una guapa muchacha, de dieciocho años, tampoco muy alta, de mediana estatura pero con un cuerpo privilegiado que volvía loco a todos los mozos. Todo ello se unía a su preciosa carita: boca pequeña de labios tentadores,  nariz  pequeñita y perfecta, ojazos negros, cejas finas y arqueadas, y pelo moreno largo y liso.<br />
Estábamos a víspera de San Roque, el día más importante para todos en el pueblo, y la joven, que había sido elegida reina de las fiestas, estaba probándose el vestido que mañana luciría en la procesión, el desfile de peñas y la corrida de toros. El vestido era muy elegante, de color oscuro, con falda corta y bastante escotado por delante y por detrás. Sobre él, llevaba puesto en diagonal la banda rojigualda con los colores de la bandera de España, que la acreditaba el título de reina de ese año. Los zapatos eran unos stilettos, de tacón alto, de color negro y con punta. El pelo lo llevaba recogido con una peineta, dejándose flequillo hacía un lado, que le caía por encima del ojo izquierdo, casi tapándolo. Sobre la peineta llevaba una mantilla que caía por detrás de la espalda,  y para terminar unos pendientes hacían juego con el color del vestido. Aquel conjunto y el bonito peinado, unidos a su belleza, no le podían quedar mejor.<br />
La chica se miraba una y otra vez al espejo, pensando en que diría la gente del pueblo cuando la viera: sus amigas,  su novio Rafa, todos los tíos a los que volvía locos o todas sus enemigas a las que mataba de envidia. Mucha gente calificaba a Diana de bastante pija, creída, chula y arrogante, pero nadie dudaba de que era la más guapa de todo el pueblo.<br />
Antes de quitarse el vestido, echó mano de una cámara de fotos y se hizo unas cuantas para subirlas al tuenti, para etiquetar a todo el mundo, como siempre que subía una foto suya otras veces, vestida con diferentes modelitos, y seguir batiendo récords en comentarios y visitas de su perfil. Le encantaba la popularidad.<br />
Se hizo un poco más tarde, las doce y media pasadas. Diana apagó el ordenador, se quitó el vestido y lo dejó en una silla preparado para mañana. Antes de quitarse la ropa bajó la persiana y se aseguró de que no hubiera ningún chico escondido que estuviera espiándola detrás de la ventana, pues ya había pillado a más de uno en otra ocasión.<br />
Como hacía mucho calor, ni siquiera se puso el pijama, se acostó en tanga y sujetador para dormir más fresquita. No dijo “Buenas noches” ni se despidió de nadie, entre otras cosas porque estaba sola en casa. Su padre, Manuel Barroso, era guardia civil y se encontraba trabajando esa noche. Su madre, Ángela García, se había tenido que ir con la abuela y el abuelo a Madrid, por una enfermedad grave que había padecido hace poco este último.<br />
Poco a poco la muchacha se fue durmiendo, hasta que quedó soñando profundamente. Posiblemente estaría soñando con el gran día que la esperaba, que comenzaba con los encierros bien prontito, en los que corrían varías peñas entre las que estaba Rafa, su novio. Después se celebraría la misa, la procesión de San Roque, la corrida ya por la tarde, el desfile de peñas, la gran verbena por la noche&#8230;<br />
Pero para todo aquello aún faltaban bastantes horas de noche que dormir.<br />
Ahora el reloj que había encima de la mesilla marcaba casi las tres de la mañana, Diana seguía durmiendo, todo estaba en silencio, ni siquiera se oía la suave respiración de la chica. De pronto se oyó un ruido que procedía de la ventana del salón, la que daba a la calle, pero aquello no inmutó lo más mínimo el sueño de la joven. Seguidamente, unos pasos avanzaron por el pasillo hasta que dos personas se plantaron en la habitación de Diana. Aquellas personas desconocidas tenían más o menos la misma estatura que Diana, iban vestidas con ropa deportiva, llevaban capucha y tenían la cara tapada con una especie de máscara parecida a las del carnaval veneciano. Sin dudarlo un momento se abalanzaron sobre la cama donde estaba Diana, que se despertó de golpe por el sobresalto y se llevó un gran susto. Lo primero que la chica hizo nada más abrir los ojos fue lanzar un grito de terror al ver aquellos extraños sobre ella. Rápidamente uno de ellos le tapó la boca con la mano para silenciarla mientras el otro la ataba de pies y manos. Cuando terminaron de inmovilizarla, la amordazaron definitivamente con una tira de cinta aislante gris, apretándosela bien fuerte sobre la boca, para evitar que alguien pudiera oírla gritar. Diana se revolvía en la cama, intentando desatarse inútilmente, mientras emitía sonidos ahogados muy débiles. No podía  pedir ayuda, estaba muy nerviosa, y tenía mucho miedo después del gran susto que la habían dado los dos intrusos.<br />
Los dos encapuchados la cogieron mientras seguía revolviéndose, y la llevaron hasta un Renault Megane plateado que estaba en la puerta de su casa. La introdujeron en el maletero y escaparon de allí a toda velocidad.<br />
Cuando abrieron de nuevo la puerta del maletero, sacaron a Diana y la llevaron  a un pajar abandonado que se encontraba en el campo, cerca de la dehesa, a varios kilómetros del pueblo. La chica seguía muy nerviosa, no sabía quien eran aquellas personas que la acababan de raptar, ni tampoco lo que querían hacer con ella. Aquello no era un sueño, era una pesadilla, y no estaba soñando, era real.<br />
La sentaron sobre un colchón que hacía de sofá. Uno de los encapuchados se marchó del pajar y no le volvió a ver más. El otro, se quedó mirándola en silencio un rato. El miedo y el nerviosismo volvió a apoderarse de Diana cuando el enmascarado mostró un cuchillo de grandes dimensiones. Se acercó hasta la joven y la miró a los ojos. La mirada de Diana mostraba mucho miedo, y empezó a llorar, las lágrimas empezaron a caer por su mejilla. Le puso el cuchillo entre el vientre y los pechos, sus pulsaciones aumentaron más todavía, respiraba agitadamente. El cuchillo ahora se posó sobre su cuello, se hundió despacio unos milímetros en la piel pero sin llegar a clavarse, Diana iba a explotar, no lo soportó, se desmayó de horror.<br />
Cuando la víctima cayó sobre el colchón con los ojos cerrados, el que se asustó fue la persona encapuchada, que creía que había matado a Diana.<br />
- ¡Joder! ¿Pero que la ha pasado? Si no la he llegado a cortar con el cuchillo&#8230; ¡Joder! – dijo con preocupación, y después llamó a su acompañante con el móvil. – ¡Escucha Sandra, ven enseguida, creo que me la he cargado, joder joder joder, rápido tía!<br />
Se quitó la máscara y se vio a una chica joven. Se trataba de Estela, de veinte años, de pelo rubio un poco rizado, enemiga a muerte de Diana, a la que no podía ver desde que esta le robó a su ex-novio, Rafa, a parte de antiguos roces entre sus peñas y demás rivalidades.<br />
Estela desató rápidamente a Diana y le quitó la mordaza, colocándola tumbada boca arriba en el colchón. No respiraba, no la oía el pulso, no sabía que la había pasado.<br />
- ¡Diana despierta, despierta! – la decía continuamente mientras trataba de reanimarla, pero la chica seguía sin conocimiento.<br />
En poco tiempo apareció Sandra, la otra chica que había participado en el macabro secuestro. Sandra tenía veinte años, amiga incondicional de Estela, era de mediana estatura, pelo castaño oscuro y llevaba gafas. Estaba en la misma peña que Estela, y tenía también mucha manía a Diana por diversas putaditas que esta le había hecho<br />
- ¿Qué pasa? – dijo Sandra a Estela. &#8211; ¿Qué la has hecho? ¡Te dije que no te pasaras tía!<br />
- ¡Si no la he hecho nada! Solamente la puse el cuchillo en el cuello para asustarla, te juro que ni la corté, no tiene siquiera sangre. A esta le ha dado un yuyu, un infarto o yo que sé.<br />
- A ver, déjame ver – y se acercó hasta Diana. – ¡Es que como se te ocurre! Como la haya pasado algo de verdad nos vamos a cagar.<br />
- Que no tía, se tiene que despertar, no puede ser&#8230;<br />
- ¿Pero la has tomado el pulso? ¿Respira?<br />
- Si, pero nada, no sé si está desmayada o muerta.<br />
- ¿Qué hacemos ahora eh?&#8230; Hay que decírselo a la policía. Vamos al cuartelillo de la guardia civil inmediatamente.<br />
- ¡De eso nada, que además allí trabaja el padre de Diana! ¿Y que decimos, haber?<br />
- Pues la verdad, que quisimos gastarle una “bromita pesada” a la reina de las fiestas, y que no queríamos matarla, que solo íbamos a asustarla un poco,  y que fue un accidente.<br />
- Ya, menuda bromita, como que se lo van a  creer ¡No te jode!<br />
- ¿Se te ocurre a ti algo mejor listilla? Te recuerdo que todo esto se te ocurrió a ti, y que tú has sido la que la has puesto el cuchillo. No sé que la has hecho tía, pero te has pasao.<br />
- Me da igual, ¿qué pasa, que tu ahora no has hecho nada o qué? Yo a ti te recuerdo que sigues siendo cómplice de secuestro y asesinato.<br />
- ¡Todavía no estamos seguras de que este muerta, hay que decírselo a la guardia civil!<br />
- Que no, que no, de ninguna manera, si nos arriesgamos a que lo esté nos van a llevar a la cárcel. Hay que esconder el cuerpo o deshacerse de él.<br />
- ¿Pero estás loca? ¿Tu sabes lo que estás diciendo?<br />
- Perfectamente. Es lo mejor, a ver tía piensa un poco, si no hay pruebas nadie sabrá nada. Nosotras estábamos durmiendo la noche que desapareció. La policía nunca sabrá quien lo hizo ni donde está el cuerpo, igual que la Madeleine esa o la Marta del Castillo.<br />
Sandra estaba muy asustada, solamente pensar que ella podía ser una asesina le horrorizaba. Miró otra vez el cuerpo de Diana sobre el colchón, con los ojos cerrados. Pensó que hacer por un momento. Estela estaba esperando a que aceptara su plan.<br />
- Bueno, qué&#8230; – le dijo Estela a Sandra, pero esta no respondió y lo que hizo fue coger el móvil para avisar a la guardia civil.- ¡Ni se te ocurra hacer eso!<br />
Estela se abalanzó sobre Sandra y las dos empezaron a forcejear por el teléfono móvil. Después de unos segundos de pelea, Estela pudo quitarle el móvil a Sandra y evitó que llamara a la guardia civil.<br />
- ¡Devuélveme el móvil, es mío! – le gritó Sandra, y llena de rabia cogió el cuchillo para obligar a Estela que le devolviera su teléfono móvil.<br />
- ¡Estate quieta y devuélveme eso! – la ordenó Estela.<br />
- Dame tú primero el móvil y te devuelvo el cuchillo.<br />
- ¡Ni hablar! – y lo que hizo Estela ahora fue forcejear con Sandra para intentar arrebatarla el cuchillo. En la pelea por coger el cuchillo a Sandra se le escapó sin querer el arma blanca, al dar un tirón de fuerza, y le cortó la yugular a Estela. Sandra no fue consciente de lo que había hecho, la sangre empezó a salir a borbotones por el cuello de su amiga que cayó al suelo desangrada, muriendo en el acto. Nada pudo hacer Sandra horrorizada y muy nerviosa, que tiró el cuchillo al suelo, y sin coger ni siquiera el móvil por el que segundos antes se estaba peleando, salió corriendo del pajar para olvidar aquel desagradable espectáculo. Ya no quería avisar a la guardia civil, tan solo quería escapar, escapar muy lejos de allí, cuanto antes&#8230;<br />
- Ahora si que la he cagado del todo&#8230; – decía Sandra llorando mientras arrancaba el Renault Megane que tenía aparcado a la puerta del pajar y huía de allí a toda velocidad.</p>
<p>***</p>
<p>Estaba amaneciendo, serían las siete de la mañana más o menos. Diana abrió los ojos y enseguida reconoció las paredes del pajar donde horas antes la habían llevado los dos secuestradores. La diferencia es que ahora había algo más de luz, se oían ya a algunos pájaros cantar en el exterior, estaba desatada y tumbada boca arriba en el colchón. Se incorporó y comprobó que ya no había ningún enmascarado en el pajar, parecía que este se había ido y la había dejado libre. Pero no iba a quedarse tan tranquila porque lo que vio en el suelo, a escasos metros del colchón donde estaba ella, le congeló la sangre. Era el cadáver de Estela, su peor enemiga, tirado en el suelo y encharcado de sangre por todos los lados. Debería alegrarse, porque Estela y ella se odiaban a muerte, pero aquello era demasiado fuerte, no podría deseárselo a nadie. No entendía nada, pensó que lo más seguro es que fuera otra víctima de sus raptores. Por un momento estuvo a punto de volver a desmayarse ante la horrenda visión del cuerpo, pero aguantó, y cogiendo el teléfono móvil que había en el suelo, salió del pajar.<br />
Ya afuera, Diana llamó inmediatamente a su padre.<br />
- ¿Quién es? – preguntó el guardia civil, pues no conocía aquel número de teléfono.<br />
- Papá, soy yo, Diana, es que este móvil no es mío, ha ocurrido algo horrible, no te lo puedo explicar ahora&#8230;<br />
- Tranquila cariño, ¿Estás bien? ¿Dónde estás?<br />
- Si, afortunadamente estoy bien, estoy en el pajar abandonado este que esta cerca de la dehesa. Ven rápido por favor&#8230; ¡Ah! Y necesito ropa. Pasa por casa y coge de mi armario una camiseta amarilla clarita, unos pantalones vaqueros de esos que tengo cortitos y las zapatillas rojas, unas de lona que no tienen cordones.<br />
- Vale hija, te prometo que voy volando, no tardo.<br />
Diana estuvo esperando a su padre sentada en una especie de poyo que había a la puerta del pajar, mientras cotilleaba el teléfono móvil que había encontrado. No sabía de quien era, aunque suponía que podría ser de Estela. De todas formas tampoco se atrevió a cotillear mucho, le daba cosa estar curioseando por capricho algo que podía ser de una persona muerta.<br />
La espera se hizo eterna, mientras recordaba todo lo ocurrido aquella noche de película de terror: desconocidos secuestrándola en su habitación, el filo de un cuchillo en su cuello y el descubrimiento del cadáver de Estela. Después de más de diez minutos de impaciencia, por fin apareció a lo lejos el todoterreno de la guardia civil, con su padre Manuel y el agente de este, Roberto. Diana corrió hasta el coche y el padre se bajó atónito cuando la vio así.<br />
- Pero&#8230; – dijo el padre sorprendido.<br />
- Papá, papá – dijo Diana llorando mientras se abrazaba con él.<br />
- Tranquila tranquila, vamos, tranquilízale y dime que ha pasado. ¿Qué haces en ropa interior?<br />
- Por eso te había dicho que me trajeras la ropa. ¿La has traido?<br />
- Sí, está dentro del coche. Entra y vístete, nosotros te esperamos.<br />
Una vez vestida, Diana explicó a su padre y a Roberto con todo detalle lo que la había ocurrido aquella noche. Mientras lo iba explicando, les llevó dentro del pajar para que vieran el cuerpo de Estela.<br />
- &#8230; entonces me llevaron hasta el pajar, aunque como era de noche y tenía mucho miedo no sabía ni donde estaba. – explicó Diana. – Aquí dentro uno de los encapuchados me amenazó con el cuchillo y me desmayé de los nervios, te juro que pensé que ya me iba a matar. Cuando me desperté hace media hora, encontré a Estela muerta a mi lado&#8230;<br />
Los dos guardias civiles no dijeron nada. No daban crédito a lo que Diana contaba, nunca en sus años de servicio había ocurrido algo así en el pueblo. Se limitaron a observar en silencio el cadáver de la víctima y a asimilar lo que se les venía encima. Tras un rato de meditación, Manuel dio las siguientes ordenes:<br />
- No toquéis nada. A ti Diana, te llevaré ahora mismo a casa, que supongo que necesitas descansar. Avisaré al alcalde y a los padres de Estela, y se suspenderán las fiestas de San Roque por supuesto. También hay que llamar a la policía nacional y acordonar la zona. Roberto, tú los avisas y te quedas esperando hasta que yo vuelva. ¿De acuerdo?</p>
<p>This post was submitted by Diego Ventosa Díaz.</p>]]></content:encoded>
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		<title>El Maletín – Capitulo Único</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Apr 2011 20:16:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mario Badilla</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
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		<description><![CDATA[Este es un extracto de una novela que todavía no he concluido: …. La luz de aquella lámpara parpadeaba continuamente, lucia borrosa, creando una sensación de penumbra. Aquella oficina totalmente desordenada y sucia parecía un chiquero, cubierto de telarañas. En el piso húmedo y frio un grupo de polvorientas carpetas le servían de cama. Sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este es un extracto de una novela que todavía no he concluido:<br />
…. La luz de aquella lámpara parpadeaba continuamente,  lucia borrosa, creando una sensación de penumbra. Aquella oficina totalmente desordenada y sucia parecía un chiquero, cubierto de telarañas. En el piso húmedo y frio un grupo de polvorientas carpetas le servían de cama.<br />
Sus ojos parpadeantes seguían el ritmo de aquella borrosa luz, lentamente su cuerpo inerte regresaba  a la vida, primero sus temblorosas manos  absorbían el calor matutino y sobresalían lánguidamente al lado de la gabardina que le servía de cobija. Igual que todos los días, a duras penas se incorporo, entonces, busco la botella de ron  que era como su ángel de la guarda. Desesperadamente, tomo un par de sorbos y sintió un calor ardiente pasar por su garganta.<br />
Tomo una silla y se sentó precipitadamente, observo fijamente su escritorio y vio aquel fajo de billetes verdes que tanto le había costado obtener, abrió una gaveta y saco temblorosamente un vistoso maletín de cuero crudo y una pistola.  Ese maletín había sido su compañero de andanzas desde que en sus años mozos, sus padres se lo regalaron cuando salió de la faculta de derecho. Años pasados, años que el prefería no recordar. Seguidamente introdujo el dinero dentro del maletín.<br />
Se incorporo repentinamente, sin prestar mucha atención a su entorno, empujo la puerta y salió. Camino unos metros y entro en el sucio ascensor, marco su destino, fue cuando vio una pequeña araña posarse en el tablero, sin mucho afán la mato.  Uno segundos después se abrió el ascensor.  Entonces, un anciano gentilmente lo saludo, sin embargo, el no respondió y con una ademan de desprecio salió del edificio.<br />
Una muchedumbre de personas caminaban por la avenida. Sin embargo el atravesó aquel grupo de gente y rápidamente se perdió al doblar la esquina.<br />
La luz del sol comenzó a  salir desplazando la penumbra de aquel lote baldío,  en un rincón sobresalían unas pocas latas oxidadas y se podía observar un bulto sombrío y gris, cubierto por un pedazo de lona.  Parecía inmóvil e inerte, no obstante las apariencias engañan, lentamente mostro signos de vida, lánguidamente un par de toscas manos sobresalieron en uno de sus lados.  Entonces un hombre se incorporo ruidosamente, sacudiendo sus harapientas ropas, emitió un prolongado y notorio bostezo. El era alto, en algún momento fue fornido y fuerte pero ahora se mostraba seco y estéril, posiblemente debido al crack, tenía una tez blanca y curtida que refleja sus hábitos violentos.</p>
<p><span id="more-2648"></span><br />
Aquel lote inhóspito, cubierto de maleza, parecía un pedazo de selva incrustada en al ciudad. En sus interiores crecían a la libre todo tipo de plantas y arbustos.  De alguna manera recordaba los inicios del viejo San José, los lados de ese lote eran un par de paredes de ladrillo anaranjado, cubiertas por enredaderas, se levantaban como testigos mudos del pasar de los años, la  parte trasera de ese lote era una pared de concreto macizo, posiblemente parte de algún edificio recién construido. La parte delantera del lote estaba conformada por una fachada de latas de zinc.  Convenientemente  una de las latas podía moverse para facilitar la salida y el ingreso de su inquilino. Aquel bribón utilizaba ese lote como la guarida para sus andanzas. En el ajetreo de la ciudad, este personaje pasaba inadvertido.<br />
Cuando concluyo su prolongado bostezo, sacudió nuevamente sus ropas, fue ahí cuando lo noto, un pequeño alacrán caminaba sobre su solapa, sin mucho esfuerzo de un manotazo lo sacudió.  El sintió la necesidad matutina de satisfacer su vicio, miro al cielo vio una bandada de pericos pasar ruidosamente, el sol calentaba, el cielo se mostraba azul y pacifico, no obstante para el, esto no significaba nada, lo único que le importaba era satisfacer su necesidad.<br />
Fue en este momento, que su rostro mostro una cruda mueca que en otros tiempos parecería una sonrisa, camino rápidamente sobre la maleza y salió a la calle.<br />
Una muchedumbre de personas caminaba por la calle, algunos se hicieron a un lado cuando lo vieron salir, otros lo dejaron pasar inadvertido.  Camino desesperadamente por aquella calle, en medio del transito, atreves de los puestos de venta callejera.  Algunos vendedores lo miraban con recelo haciendo a un lado sus productos y pertenencias.  Eso a el no le importaba, estaba acostumbrado, ni siguiera su propia familia lo quería tratar.<br />
Fue en ese instante que lo vio pasar, era un hombre mayor, pelo canoso, vestido con un traje entero gris algo sucio, caminaba erráticamente y sus manos temblaban. En su mano derecha tenia un maletín de cuero crudo, era bonito y parecía de mucho valor.<br />
No obstante esa mirada no paso desapercibida para el dueño del maletín, quien también observo detenidamente a aquel bribón.<br />
Fue así como paso, los dos se vieron fijamente, como cuando al gato ve a la presa, eran miradas fijas distantes de la muchedumbre.<br />
Inmediatamente, sus manos dejaron de temblar, su pulso se acelero y su andar se volvió mas rápido y menos errático, tomo el maletín con más firmeza,   cruzo la calle miro de reojo y siguió caminando en línea recta a lo largo de la calle, la calzada era irregular  y estaba en una pendiente, sin embargo esto no lo detuvo.<br />
Su mirada se poso en aquel maletín fijamente y trato de seguir a su dueño deicidamente a lo largo de la calle, noto que caminaba más rápidamente, pero eso no le importo, solo quería tomar el maletín correr a la casa de empeño y sacarle el mejor provecho. Metió su mano en su harapiento abrigo y saco una filosa navaja.<br />
La persecución fue incesante habían caminado como diez cuadras, la muchedumbre había quedado atrás, la calle se mostraba solitaria, De vez en cuando pasaba algún vehículo o algún paisano entraba o salía de alguna casa, pero nada más.<br />
En ese momento volvió a cruzar la calle y volvió a ver de reojo, lo noto, todavía lo venia siguiendo. Metió su otra mano en el bolsillo y saco su pistola, fue ahí cuando doblo la esquina.<br />
Se escucho únicamente un disparo, luego un breve silencio.<br />
La policía acordono la escena, una pequeña muchedumbre se acerco a mirar, no falto una que otra cámara de TV de algún noticiero.<br />
El sol estaba fijo en el cenit, era el fin de una mañana de verano, Sin embargo, ninguno de los dos sintió calor, sus miradas estaban fijas observando el cielo.  Otra bandada de pericos pasó volando ruidosamente, no obstante ninguno de los dos la escucho.  A un lado un bonito maletín estaba tirado sin nada en el interior, no muy lejos una pistola algo ensangrentada, del otro lado un cuchillo lleno de sangre.<br />
Los dos estaban tendidos a un lado de la calle, uno al lado del otro.  En el centro de la calle estaba una ambulancia, un paramédico conversaban con dos policías.  Otros dos policías vigilaban la escena esperado a los Inspectores del Poder Judicial.<br />
Lo inspectores llegaron una media hora después, fue ahí donde lo reconocieron….</p>
<p>This post was submitted by Mario Badilla.</p>]]></content:encoded>
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		<title>Emilia Intriga en quintay</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Nov 2009 21:50:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Maria</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
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		<description><![CDATA[Emilia va de viaje asia quintay en un autobus va intentando no quedarce dormida porke la semana anterior habia tenido muchas pruebas y estaba cansada no vio mnisiquiera quien eran sus compañeros de viaje cuando tubo que bajarce del autobus al pararce se dio cuenta que atras de ella se paro un chico lo encontro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Emilia va de viaje asia quintay en un autobus va intentando no quedarce<br />
dormida porke la semana anterior habia tenido muchas pruebas y estaba cansada<br />
no vio mnisiquiera quien eran sus compañeros de viaje cuando tubo que<br />
bajarce del autobus al pararce se dio cuenta que atras de ella se paro un chico<br />
lo encontro raro porke nunka nadie se bajaba con ella se bajo del auto bus y el<br />
tambien se bajo<br />
*emilia= como te llamas ?<br />
el le respondio muy subemente diego<br />
ella le pregunto asia adonde iva y el le apunto con el dedo hacia adelante de el<br />
*emilia= asia quintay o a tunquen?<br />
a quintay en ese momento diego cruzo corriendo la calle y ella igual<br />
estaba su padre al frente y lo abrazo se subio al auto y partieron<br />
*emilia= porque no lo llevamos va a quintay !-apuntando a diego<br />
el papa dise dile ke suba<br />
Diego se sako la mochila y subio muy rapido emilia y su papa le empesaron a preguntar cosas<br />
pero no keria reponder hasta ke le preguntaron y tu ke estudias?<br />
diego= arqueologia<br />
papa= entonces te debe interezar mucho lo que esta pasando<br />
en quintay ya que se encontraron muchos objetos y cadaveres de gente de la antiguedad<br />
diego= si por eso es por lo que vengo mi profesor tambien biene pero llega como en una semana<br />
mas&#8230;<br />
estaban hablando cuando derrepente se ve una hermosa playa y todos kedan impactados<br />
papa= llegamos<br />
emilia= diego y tu donde alojaras?<br />
diego= nose, don&#8230;(no me acuerdo del apellido) me puede dejar en ese negocio<br />
diego se baja y emilia y su papa se van</p>
<p>es lo unico que tengo por el momento</p>
<p>This post was submitted by Maria.</p>]]></content:encoded>
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		<title>El editor, tercera parte</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2009 05:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
		<category><![CDATA[cuento negro]]></category>
		<category><![CDATA[cuento policial]]></category>
		<category><![CDATA[novela negra]]></category>

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		<description><![CDATA[La época del destape coincidió con el descubrimiento de la sexualidad en Federico, aunque quizá sería más apropiado hablar de redescubrimiento o de conciencia de una sospecha. En la escuela era un tema de conversación habitual. Una vez, uno de los más pequeños de su curso le preguntó durante la clase: “¿Qué se hace?”. Federico [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La época del destape coincidió con el descubrimiento de la sexualidad en Federico, aunque quizá sería más apropiado hablar de redescubrimiento o de conciencia de una sospecha. En la escuela era un tema de conversación habitual. Una vez, uno de los más pequeños de su curso le preguntó durante la clase: “¿Qué se hace?”. Federico no entendió nada, pues como chico aplicado estaba enfrascado en las explicaciones del profesor, que hablaba sobre un tema sorprendente: los parásitos. Por lo visto existían seres que poblaban los cuerpos de los animales, incluidos los humanos. La tenia parecía repugnante, pero sobre todo daba miedo. Los piojos habitaban y se reproducían en el cabello. Estos los conocía por propia experiencia. La sarna era verdaderamente inquietante. Los ácaros cavaban infinidad de túneles debajo de la epidermis o en ella, quién recuerda, y se reproducían con miles de huevos que producían un efecto tóxico en la piel. Los afectados se rascaban sin parar, como en los chistes de sarnosos de la abuela “cachas”, y esto, a su vez, generaba un enrojecimiento e irritación dérmica. Dios mío, centenares, puede que miles de bichos diminutos habitando tu cuerpo, como nosotros habitábamos el mundo. ¿Quién nos podía asegurar que nosotros no éramos ácaros viviendo como eternidad un tiempo ínfimo? El compañero volvió a insistir, ahora con mayor elocuencia: “¿Qué se hace, se mea dentro?” Federico se quedó atónito. ¡Qué ingenuo!, pensó, su cuerpo de niño aún no había descubierto los placeres de la manivela y de la polea, dos artilugios que con sospechosa coincidencia se explicaban en los cursos de física a los pre-adolescentes. Fricción, resistencia, energía, calor, conceptos que aportaban más dudas que raciocinio sobre la hidraúlica de las erecciones y del deseo. “¡Cómo mees dentro vas a coger una enfermedad incurable!” llegó a responder Federico, sin saber muy bien si tal cosa era real o un simple invento. “Los orines, cuando se juntan con los de ella, producen llagas en los labios y manchas en el cuerpo. Se llama el mal francés o sílifis”, llegó a decir imitando la cara de convicción de su padre y la prosodia del maestro. El pobre compañero se quedó atónito, hasta el punto que pasó toda la clase hundido en el ensimismamiento. Y es que los franceses eran muy malos. Sobre todo las francesas, que no paraban de follar en todo el día, como lo demostraban las mil versiones de Enmanuelle que empezaron a proyectarse en los cines por aquel tiempo. Su padre se había tirado unas cuantas, no emmanuelles, claro, sino francesas, o al menos se jactaba de ello entre caña y caña en el barrio. Pero las putas no eran para casarse. Dónde estuviese una buena española con la pata quebrada y atada a la cama que no le diesen una gabacha, con su lengua altiva y su capacidad de prescindir de ti en cualquier momento o de convertirte en uno más de sus cómplices sexuales. En aquel tiempo, las mujeres francesas daban miedo por libres, altivas y folladoras sin complejos.<br />
<span id="more-930"></span><br />
El Federico colegial era un niño instruido y empollón. Se lo tomaba en serio. Mientras otros chavales mataban el tiempo con las cosas más inverosímiles, él leía libros, sobre todo de aventuras. A diferencia de otros niños no conoció a Sandokán y al Corsario Negro en la pantalla del televisor, sino en las novelas que devoraba por las noches construyendo un universo de héroes tan intrépidos como castos. Eso era algo que no cuadraba. Cómo era posible que el Corsario Negro no se tirase nunca a su amada, al menos antes de enterarse que era la hija del villano de Maracaibo, aquel que había asesinado en Italia con vileza a su padre, el Señor de Ventimiglia, y en el Caribe a sus hermanos, el Corsario Rojo y el Corsario Verde. Sandokán también era un enigma erótico. Acaso mataba tantos tigres para saciar sus deseos contenidos. Igual no tenía polla, o huevos. Fuese lo que fuese, algo extraño había en aquella castidad. Federico nunca se preguntó si todos eran maricas. Parecían tan valerosos y machos, y la imagen de los homosexuales en aquella época era tan falsa como afeminada, que esa idea nunca pasó por su cabeza. Un marica era un hombre blando y sentimental, cobarde y asustadizo. Vamos, la antítesis de los iconos del orgullo gay y su conocida inclinación por la musculatura, los bigotes, los cráneos bien rasurados y los camioneros. Incluso el grupo Village People, que se hizo famoso por aquel entonces con canciones machaconas y saltarinas, había pasado por ser la representación más clara del macho heterosexual con aquellos disfraces de hombres del pueblo: el policía, el obrero, el indio, el cow-boy y&#8230; ya quién recuerda. Los que querían ser más machos que nadie los imitaban en la vestimenta y bailaban sus canciones con demostraciones de fuerza bruta y grandes saltos. Todo aquello era una divertida ceremonia de la confusión donde la ignorancia convertía a los exaltados machos en seguidores entusiastas del orgullo gay.</p>
<p>Su afición por la lectura le sirvió en la adolescencia para guardar el equilibrio. Con el albor de la juventud llega la búsqueda del riesgo y de la identidad, ya se sabe. Esta aventura puede ser peligrosa si en tu barrio la heroína es un producto tan común como la coca-cola y levantar cabinas telefónicas o carteras se convierte en un acto habitual y heroico entre tus siblings. El problema no es reventar cabinas, mangar artículos en las tiendas o pasar y fumar chocolate, ni siquiera inyectarte en el antebrazo esa mierda blanca que no tiene nada de heroína. Ajax, puro ajax. El asunto, como bien olfateo Federico, es el círculo de talego, exclusión y muerte que se abre con estas transgresiones. Por un rebote del destino acabas en la trena con el ano desgarrado, un sidazo y el cerebro tan agujereado como las venas. Encima tendrás que sufrir a los educadores sociales y psicólogos con su limitada visión del mundo afirmando que todo está en tu interior, que eres un enfermo que ellos van curar con un poco de esfuerzo por tu parte. Probablemente te despertarás por las mañanas pensando que tú eras sólo un crío que quería volar y ser valiente, vivir de prisa y sentir la emoción del peligro. Acaso no se trataba de eso. Acaso los héroes del momento no vivían deprisa-deprisa. Dónde estaba el error, dónde la culpa. Dime que todo es un sueño, dime que todo es un sueño. Dime que despertaré siendo otro, con un pasado de amnésico. Dime que todo comenzará otra vez en el instituto, antes del primer pico, antes de la primera detención, antes de la primera valentonada.</p>
<p>Federico estuvo a un tris de acabar en el talego. Aún recordaba con un respingo de miedo aquella tarde de primavera del 79 cuando se infiltró con Manel, Toni y Fabi en La Mina para comprar costo al pormayor. Allí contactaron con dos tipos llamados El Fofó y El Juri, dos veinteañeros que habían sido ya carne de trena, o al menos lo aparentaban muy bien, pues se jactaban de conocer la cárcel Modelo como la palma de la mano. “El kie de la siete no paraba de joderme, hasta que le agarré por los huevos en la ducha y le metí el jabón en la boca. Te vas a follar a tu puta madre, cabrón. Le dije que yo era colega del Rubio de Badía y los Medina y se achantó como un marica”. Con toda probabilidad el que chupó el jabón fue otro, si es que hubo jabón, pues por aquella época los cines proyectaban La fuga de Alcatraz con la conocida escena de Clint Eastwood introduciendo con gesto testosterónico una pastilla de jabón por la boca de un rompeculos de talego. El que alardeaba y fantaseaba era el Fofó. Su supuesto interlocutor, el Juri, aunque éste no abría la boca, quizá para no mostrar la voz aguda e incomprensible que se desveló más tarde.</p>
<p>El Fofó debía su alias a su parecido físico con el famoso payaso televisivo de la época: cabello rizado a lo Mikel Jackson en sus tiempos de niño negro, pero en este caso de color rojizo, nariz de porra, cara pecosa, mirada espabilada, acento andaluzado postizo y olor a chabola y pobreza. Del Juri poco se podía decir, pues su nombre no aludía a ningún personaje de éxito. Sus bíceps voluminosos eran sus señas más distintivas. Más bien parecía el acólito retrasado del Fofó, su ejecutor sin cerebro.</p>
<p>Poco importaba que los alardes del Fofó fuesen realidad o fábula, que hubiese estado en La Modelo o hubiese soñado la escena de la pastilla de jabón. Lo inquietante era su identificación con los personajes del ambiente carcelario. El trapicheo, la delincuencia y la violencia eran ya parte de su mundo imaginario. Los llevaba inscritos en el cuerpo, en la voz, en las poses y en los gestos, como quien habla con total naturalidad una lengua porque es la suya, la de siempre, y por eso no se cuestiona qué está diciendo, ni muestra un ápice de extrañamiento, de artificio o de esfuerzo. Esta naturalidad fue la que aterrorizó a Federico.</p>
<p>Todo había empezado como un juego. Manel, Toni , Fabi y él pondrían un talego cado uno para comprar veinticinco gramos de chocolate. El negocio estaba en la reventa. Añadiendo un poco de starlux, de veinticinco gramos de costo podías cortar hasta dieciséis barritas de talego cada una, treinta y dos de medio talego. Habías puesto un billete verde y conseguías cuatro, o tres, o dos, si una parte te la fumabas. Ese era el motivo de que estuviesen en aquel almacén de La Mina con El Fofó y el Juri. La cuestión era hacer la transacción y salir cuanto antes. El peligro previsto que los carcelarios se quedasen con la guita y el costo. “Venga pringaos dadnos los talegos e iros a tomar el cola-cao de mamá”, podía decir el Fofó en cualquier momento. El Juri, probablemente, pegaría primero y hablaría después, si es que hablaba. Pero lo que sucedió fue el peligro no previsto.</p>
<p>El Fofó era un joven ávido por mostrarse y demostrarse. No tenía suficiente con fanfarronear, necesitaba acción. Después de compartir varios porros y una cervezas quería llevarlos de excursión, levantar un carro e irse de fiesta con ellos. “Vamos al Dragón Rojo, al Dragón Rojo”, decía insistentemente aludiendo a una discoteca de la periferia barcelonesa conocida por sus broncas y sus mujeres rápidas. Es así como Federico vio poco tiempo después su cara de fumado reflejada en la luna de un SIMCA 1200. El Fofó, con una palanca en la mano, un porro en la boca y un cocktail variado de estupefacientes en los bolsillos, intentaba forzar la puerta. El Juri vigilaba un poco más distante. Manel, Toni y Fabi se desternillaban de risa como idiotas. En ese momento el Juri emitió un gritito agudo, sólo comprensible por el Fofó que repitió al tiempo “La bofia”. Todos se agacharon con rapidez tras el SIMCA mientras una patrulla de policía se acercaba. Todavía no era el momento de salir corriendo. El coche de la pasma iba despacio, apatrullando la ciudad como diría años más tarde El Fari en sus canciones, y eso era un signo de que no habían recibido ninguna llamada de alerta de los vecinos. Sólo había que esperar que continuasen su camino o se desviasen por alguna calle próxima.</p>
<p>Federico se vio por un momento en la comisaría explicando que él no era un socio del Fofó, que iba al instituto y que incluso sacaba buenas notas, que todo era para fumarse unos porros gratis con los colegas. Se vio en la trena con una pastilla de jabón en la boca y una poya enorme en el culo. Sabía que por poco que la pasma viese la cara del Fofó o del Juri serían registrados y detenidos. Para colmo el Fofó no paraba de hablar. Repetía con media sonrisa y nerviosismo “Es el Cabo García. Es el Cabo García”.</p>
<p>Por lo visto, el cabo en cuestión era, a pesar de su oficio, un hombre honrado, que había regañado con moralinas al Fofó en su primera detención a los catorce años “Como te vea hacer el mangui otra vez, chaval, te pego dos hostias y te rompo los dientes. Vaya carrera llevas. Como sigas así vas a acabar en la cárcel de puta de toda la purria. Métetelo en la cabeza hijo. Búscate un trabajo”. El viejo había continuado con sus discursos en las detenciones siguientes, levantando promesas incumplidas del Fofó. Probablemente lo que más asustaba al pelirrojo carcelario era la cara de desaprobación del Cabo García. Un policía tiene que ser un hijo de puta, así te vas jodido a la trena pero entero por dentro. Un bofia bonachón, en cambio, te rompe los esquemas, pues te recuerda las promesas que hiciste en un momento liminal, antes de volver de nuevo a tu mundo, a un mundo que ya no sabes cómo cambiar, pues él está en tu cuerpo como tu cuerpo está en él. Por fortuna la patrulla desapareció en una bocacalle. Manel, Toni y Fabi volvieron a reír como gilipollas. El Fofó volvió a accionar la palanca. En un gesto automático por contenido Federico giró sobre sí mismo y empezó a andar en dirección contraria, desoyó las peticiones de sus colegas, no contesto, ni miró atrás. Cuando alcanzó la esquina empezó a correr llorando de rabia y miedo. Estuvo media hora corriendo. Ya no volvió a ver a Toni o a Fabi, menos aún al Fofó y al Juri. Sólo vio a Manel muchos años después arrastrando su cuerpo de yonki por Las Ramblas, con veinte kilos menos, la piel amarilla por la hepatitis y una compañera cadavérica que parecía haberse metido toda la producción turca de heroína en las venas. “No me volviste a llamar capullo, no me llamaste”, fueron las únicas palabras de Manel. La lectura, el poder de la lectura. La lectura es lo único que salvó a Federico de no convertirse en Manel o en cualquiera de los muchos otros que acabaron paseando sus cuerpos de yonkis por el casco antiguo o los pasadizos del talego. La lectura fue la artimaña que le permitió ser sin ser y así resguardarse.</p>
<p>Mediante la lectura, Federico serenó la sensación de omnipotencia que casi siempre acompaña a la primera juventud. El precio había sido el miedo. Con los años nos hacemos miedosos. Cuanto más viejos más cobardes. Un viejo es alguien que ha huido de su propia vitalidad con el éxito suficiente para seguir existiendo. Es evidente que hay excepciones, pero con frecuencia para llegar a viejo tienes que ser o suficientemente egoísta o estar suficientemente muerto. Esto es conocido en la cultura popular con el dicho “los mejores mueren jóvenes”, y ya lo hicieron consciente de la manera más desagradable posible los estrambóticos punkies británicos hace unas décadas. Hay que ser lo bastante egoísta para no desgastarse o lo bastante muerto para no arriesgarse. Leer. Leer y observar la vida. Leer y juzgar, para que en el ser sin ser uno aprenda a protegerse de los otros y de sí mismo, sobre todo de sí mismo. Federico lo sabía bien. Se había salvado de la trena y del caballo, pero había desarrollado a partir de ese momento un temor a la vida proporcional a su miedo a la muerte. De ahí la sensación de tedio que le inundaba constantemente. De ahí, también, su miedo a reconocer que su relación con Laura era ya un recuerdo. De ahí su temor a decir con valentía a sus compañeros de trabajo con una montera sobre la cabeza “El fútbol es una mierda. A mí me gustan los toros. Qué coño pasa”. De ahí su pánico a escribir.</p>
<p>No todos los que amamos la lectura escribimos bien. Eso es una evidencia conocida. Quizá cuanto más lees más te alejas de la escritura, al menos de tu estilo innato y salvaje. Para escribir bien no basta el talento o la habilidad con el lenguaje. Se necesitan corazón y tripas, hígado y sufrimiento. Por eso muchos escritores se abstienen de leer mientras escriben. Buscan el estilo propio que sólo surge de una memoria no contaminada, de una memoria empatizada en el cuerpo, no sólo en el cerebro. Federico era consciente de esto.. En su adolescencia había escrito poemas inundados de gerundios, incluso un amago de cuento o relato breve. Eran tan malos, unos y otro, que no lo intentó hasta años más tarde, cuando utilizó la escritura para superar un fracaso amoroso, o quizá deberíamos decir un encoñamiento frustrado.</p>
<p>Con Ana, mujer de belleza extraña y cabello corto, había conocido un placer sexual que aún recordaban sus testículos. Se pasaba el día en la cama con ella, lamiendo su clítoris y sus labios, sus diferentes labios. Ella le enseñó que el sexo no es cosa de empujar, sino de cocinar con cuidado y reposo, prolongando el placer e introduciendo los ingredientes en el momento oportuno, ni antes ni después. Al punto, como la pasta y el arroz. Se habían follado en los sitios más dispares, como casi todos los enamorados-encoñados. Leían juntos los trópicos de Henry Miller y después trataban de emular las escenas. El se sentaba en el metro y ella en su falda, con el vestido hippy levantado con cierto disimulo y sin bragas. Se quedaban acoplados durante todo el trayecto, de principio a fin, hasta que por efectos de la excitación tántrica llegaban al orgasmo, a veces juntos, a veces separados. Ella se la chupaba constantemente. Nunca más tendría una hembra tan predispuesta y hábil en esta práctica. Le encantaba sentir la lengua de Ana en la epidermis de sus testículos y en el glande. Ella no tenía reparos. Pero todo acabó cuando Ana hizo de la cocaína su razón de existencia. Se metía gramos completos cada noche, luego cada tarde, después cada mañana. La dulce cocainómana desapareció en Brasil, probablemente persiguiendo a ritmo de samba, o de Bossa nova, su música preferida, una poya grande y una ralla tan larga como el litoral de este país-continente.</p>
<p>La desaparición de Ana le provocó una compulsión narrativa sin precedentes. Ya que estoy jodido, por lo menos voy a escribir. De esta forma me saco la mierda que tengo dentro y de paso me convierto en un novelista de éxito, pensó para sí. En menos de dos meses acabó un manuscrito que tituló Algún día moriremos en Brasil, plagado de epítetos y frases subordinadas; uno de esos textos que te obligan a detenerte en cada párrafo para destilar el mensaje escondido en los múltiples ornamentos. Cierto que aquélla era época de discursos alambicados, pues vestía el modelo afrancesado de pensamiento, con sus lacanes, sus altusers y sus fucoles. No estaba permitido reconocer que no entendías algunos pasajes de indudable retorcimiento, pues el riesgo era quedar como un imbécil. En cambio, aparentar que comprendías a estos autores en su completud, insinuar que eras capaz de descifrar los recovecos estilísticos más obscuros, te otorgaba un aire envidiable de intelectual, aunque muchos de aquellos pasajes no los entendiesen ni sus propios autores, pues con toda probabilidad habían sido producto de una ilusión puntual del lenguaje, de una chispa enigmática para el propio creador pero a la vez atrayente en su dimensión evocativa y sonora. Quién no ha sentido esta chispa con mayor o menor calado, con mayor o menor éxito. “Soy la hostia, soy la hostia. Tengo unas ideas acojonantes”. No se trataba de quitar mérito a los fucoles, altusers y lacanes, sino de afirmar en los casos flagrantes que el emperador estaba desnudo o semidesnudo, o simplemente mal vestido. Pero ya se sabe que sólo los niños y los locos pueden hacer algo así, pues no saben jugar al ser sin ser, o son, o no son.</p>
<p>Algún día moriremos en Brasil recaló en varias editoriales. Lo más probable es que sus revisores no pasaran de la primera página. Menos mal que se envió bajo pseudónimo, pues las carambolas o el propio inconsciente, -quién sabe si tienen razón los psicoanalistas al afirmar que nuestras decisiones e itinerarios biográficos no son tan fortuitos- le llevaron a formar parte del gremio editorial poco tiempo después. Aquel manuscrito era verdaderamente mediocre y hubiese socavado su prestigio, más aún cuando la moda del alambique francés ya era una antigualla y había sido sustituida con éxito por el pensamiento plano o, lo que es lo mismo, por el pensamiento elaborado con la mínima actividad cerebral posible. Eso era lo que vendía. Sólo hacía falta echar un vistazo al estado de cuentas de los famosos televisivos que escribían libros o de Leandro Hull, uno de los atascados de la mañana.</p>
<p>Cada una de las novelas del “atascado” era una reiteración de la anterior. El serial-killer se mostraba como un personaje en apariencia equilibrado, pero loco de atar en su psicopatía cuando algún acontecimiento destartalaba su mundo interior. Un insulto, una decepción o el fantasma de un padre perverso eran de forma habitual las situaciones que disparaban su desequilibrio. A partir de ahí, el asesino en serie comenzaba a sentir un placer orgásmico con el sufrimiento ajeno para acabar poco tiempo más tarde con su pulsión desbocada y un montón de cadáveres en el armario. La pesadilla alarmaba a todo el mundo. La prensa se hacía eco del asunto. La policía detenía y culpaba a inocentes. Todo era un auténtico caos hasta que el inspector Haas, especialista danés en psicópatas, lo acorralaba en alguna fábrica abandonada del Copenhague industrial. La estructura era simple y reiterativa, pero el resultado comercial inmejorable. Incluso la productora de cine hollywoodense de Reginald Brown le había propuesto un guión; sólo tenía que cambiar a Haas por Smith y Copenhague por Los Angeles.</p>
<p>El manuscrito de Z parecía una cosa muy diferente a los seriales policíacos de Leandro Hull. Estaba firmado por el propio protagonista con el pseudónimo de Z y hacía tufo a novela psicológica y a paja mental. A pesar de ello no estaba mal escrita, pues enganchaba con su lenguaje simple y sin recovecos y, a la vez, transmitía cierta angustia; la angustia de un hombre acosado y destrozado. Su valor mediático y comercial era imprevisible. María, en su informe de lectora, había hecho mención a ese aspecto. Hasta ahora no se había editado una novela inacabada en donde, mediante una simple dirección de correo electrónico, cualquier lector pudiese continuar la historia y participar en las tribulaciones del protagonista. Incluso podrían organizar una página web y un foro de discusión en Internet con la participación de Z, con lo cual el morbo estaba asegurado. “Evite su suicidio”, “Ofrézcale un consejo”, vislumbró por un momento. No, no –se dijo. No pondría en juego su posición por un texto sin sentido. Definitivamente no, pensó cuando el ritmo cantarín y frío del teléfono inundó el despacho.</p>
<p>-Federico, una mujer que se presenta como Señora Z quiere hablar contigo, ¿te paso la llamada?</p>
<p>Angel Martínez Hernáez</p>
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		<title>El editor, segunda parte</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Aug 2009 05:00:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
		<category><![CDATA[cuento policial cuento negro]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El juego del solitario, incorporado de serie en las versiones de Windows, siempre le dejaba con un regusto de culpabilidad. Además, su práctica en el centro de trabajo no era tan inofensiva. Existían ya algunas sentencias de despido por su uso incontrolado. Uno podía ser un ludópata o un cocainómano y ser considerado simplemente un enfermo. Podía atiborrarse de antidepresivos y ansiolíticos y recibir la actitud condescendiente de sus superiores; incluso podría intercambiar con ellos comentarios sobre los efectos secundarios del prozac, del valium o del lexatin: “A mí me produce por las mañanas sequedad de boca”, “A mí, en cambio, me da estreñimiento”. También uno podía dedicarse a joder al personal. No importaba, seguro que en todas estas situaciones saldría indemne. En cambio, jugar al solitario era una falta grave similar a una agresión física, un hurto o una ausencia prolongada del centro laboral.</p>
<p>Pelársela quedaba fuera de lo imaginable. No se la había pelado nunca en un espacio público y no iba a empezar ahora, con cuarenta y tres años, aunque el recuerdo del último polvo con Laura le provocase un cosquilleo en los testículos. Con toda probabilidad, pensó, el mundo laboral sería más relajado si la gente estuviese bien follada o se masturbase más. Pero el sexo estaba reñido con la competitividad laboral, ya fuese por sublimación o por cualquiera de esos mecanismos enigmáticos que el esoterismo psicoanalítico había profetizado. Quizá por eso los proletarios follaban más que los ejecutivos, siempre cuidando su dieta con yogourts y ensaladas aderezadas con fármacos para la acidez de estómago, la hipertensión, la hipercolesterolemia o el estreñimiento. Los obreros tenían el cuerpo. Esa era su riqueza y su fuerza. Su única riqueza y su única fuerza. La sensación de fatiga en los músculos de los brazos y de las piernas estaba en relación proporcional con la importancia del cuerpo en sus vidas, con la admiración por el fútbol y la fuerza física, con el “Amor de madre” inscrito en el pecho o en los bíceps, con la sexualidad y la capacidad de aguante de carajillos, copas de coñac y cajetillas de tabaco.<br />
<span id="more-927"></span><br />
A Federico sólo le quedaba la opción de la lectura. Era obvio que podía echar una ojeada a cualquier otro manuscrito. Pero qué importaba. Acaso los escritores consagrados enviaban sus textos a una editorial, acaso sus novelas no estaban ya compradas, valoradas, tasadas y promocionadas antes que fuesen escritas o incluso pensadas. Los innumerables manuscritos que llegaban cada día eran simplemente basura. No basura porque todos ellos estuviesen mal escritos o no tuviesen posibilidades comerciales, aunque en la mayoría éste fuese el caso, sino por ser palabras de nadie, palabras sin futuro, palabras sin marca ni apellidos. Las peores provenían de los profesores universitarios. Encumbrados en su tarima, y después de años de cultismos, tecnicismos, adverbios, adjetivos rebuscados y temas sin interés, escribían su primera novela. Con frecuencia rayaban el preciosismo y la banalidad. Los muy idiotas se pensaban que una novela era una tesis, que los lectores estarían obligados a soportar sus bodrios como así lo hacían sus sufridos alumnos. No había autor más pedante, soberbio y mezquino que un profesor universitario. Si era catedrático, aún peor, porque de forma casi invariable su narcisismo le llevaría a no escuchar ni a su madre. A los catedráticos deberían prohibirles escribir novelas.</p>
<p>“Este será tu papel, ser sin ser” volvió a leer, y pensó en el nombre tan ridículo que le legó su padre en un extraño ataque literario. Federico, un nombre para un hombre cuya vida fluye sin sentido. Quizá ése era su destino, ser sin ser. Ser un notario de la literatura, de las novelas que son aceptables o no, un experto en medir su calidad y su impacto en el mercado. En el fondo todo lector sentía ese ser sin ser, pues en la identificación con los personajes de una novela está el ser y también la distancia. Ahí está el placer de saber que tú eres él o ella y que a la vez no lo eres. Así puedes sufrir su destino, compartir sus deseos, alegrías y adversidades y a la vez mantenerte indemne. La única diferencia es que Federico no salía intacto de sus juicios. Sus lecturas, o más bien sus decisiones, suponían éxitos o fracasos en su carrera. Una mala elección podía costarle el puesto y el prestigio profesional, sobre todo si la empresa necesitaba relanzar sus productos para subsistir en el mercado. En cambio, el descubrimiento de un autor de éxito significaba oxígeno para unos meses y, quién sabe, quizá algún emolumento para acabar de pagar el Mantra Aventure.</p>
<p>Muchas veces Federico se sentía como un suicida invirtiendo en valores en los que nadie en su sano juicio arriesgaría un euro, como en bonos de la deuda interna de Camerún o en acciones del Banco de Argentina el día antes del crack financiero en el país del tango. Ahora tenía ante sí un producto de este tipo. Quién se arriesgaría a publicar un relato sobre hombres caídos y mujeres perversas. Quién leería una historia en donde el propio autor te pide que no quedes indemne, que sufras y grites, que le ayudes con tus consejos, que te rebeles con indignación ante su historia porque también puede ser la tuya y, si no, al tiempo.</p>
<p>El perfil del consumidor medio era una mujer de clase media entre treinta y cincuenta años con estudios universitarios que leía en el metro o antes de dormir y que ansiaba un descubrimiento de su sensibilidad interior. Probablemente era una mujer mal follada que en un ejercicio de supervivencia necesitaba establecer distancias con un marido demasiado embrutecido con la televisión, los fondos de inversión y los diarios deportivos. Ella leería El Dios de las pequeñas cosas mientras su compañero practicaba el zapping con ansiedad hasta detenerse en alguna información de importancia: la rodilla de Messi, el próximo derby futbolístico o las lágrimas de algún entrenador despidiéndose de una afición furiosa. Ella sentiría escalofríos de ver su vida reflejada en aquel hombre insensible y transformado. Añoraría los primeros momentos, las largas conversaciones, los paseos prolongados por la playa y el nerviosismo de las primeras aventuras sexuales. Intentaría convencerse con insistencia, aunque sin éxito, que estar mal follada no era el problema, que el mayor obstáculo era el silencio, las conversaciones siempre ahogadas en convenciones aprendidas, el tedio. Él, por su parte, soñaría con la Primitiva, con llegar a ser director ejecutivo de su empresa, con el coche nuevo que prometía una vida de lujuria y despilfarro y con follarse a todas las modelos brasileñas que aparecían en la revista Man. Los dos compartirían sus frustraciones y el paso del tiempo con un lenguaje mudo pero previsible.</p>
<p>A diferencia de muchos hombres, a Federico no le gustaba el fútbol. Ser anti-futbolero era una tradición familiar. Cuando era niño su padre le llevaba a los toros. En su memoria adquirían aún nitidez los rostros de aquellos hombres de las postrimerías del franquismo, con el faria en la boca comentando exaltados las maravillas y carencias del toro y del torero. Pitones afeitados, sol y sombra, toros flojos, ejemplares de bandera, como las buenas hembras, verónicas y olés. Eran hombres que enfatizaban su hombría, en parte por necesidad y en parte porque de eso se trataba. Muchos de ellos, como su padre, habían padecido el hambre de la postguerra y se habían educado en la miseria moral del franquismo. No digas lo que piensas y a la vez piensa muy bien lo que dices. Aprovéchate de los otros; que no te engañen; sé vivo; los amigos no existen. Eran los mismos que arrastraban ahora sus cuerpos de jubilados para revisar el avance de las obras en los barrios; los que votaron a Felipe González después de vitorear a Franco, los que querían a Zapatero y a Aznar y a cualquiera que estuviese en el poder. Siempre habían necesitado un caudillo, pues sus vidas habían sido existencias de huérfanos.</p>
<p>Esos hombres eran un peligro cuando entraban en el comedor de un restaurante. La cultura del hambre se había impregnado en sus piernas, en sus brazos, en sus cuerpos diminutos y famélicos de niños. Ante un plato pagado había que comer hasta el final. Me cagüen la hipertensión y en la diabetes, en el cáncer y en la próstata. Comer es vivir. Come y sálvate. Come antes que otros te nieguen la comida. Come y sobrevive.</p>
<p>Su padre no había podido disfrutar de censor de piedra de las obras públicas. Murió a la edad de cincuenta y cuatro años cuando Federico era un joven de veinte. Siempre había sentido una extraña sensación de admiración y rechazo por las costumbres de su padre. Emigrado a Francia sin instrucción alguna, autodidacto en diferentes oficios, duro y malhablado, había acabado a su pesar de empresario de una pequeña compañía de transportes. Demostraba con sus propias manos cómo debía hacerse el trabajo, igual desmontaba un motor que discutía el precio de un servicio con aire forzado de franqueza y dignidad. Mientras conducía su furgoneta por Barcelona y se cagaba en Dios, en los santos y en todo lo imaginable, escuchaba las canciones de Jorge Cafrune. Las cantinelas evocaban espacios abiertos y libertad, caballos y hembras, soledades y adversidades. “Un rancho, yo quiero un rancho, tener mil ovejas y una decena de caballos”, decía a la hora de la comida o de la cena. Envidiaba a los pastores de ovejas que tras una larga caminata se tiran un pedo en la inmensidad de la llanura, se sientan bajo un árbol y encienden un cigarrillo. Años más tarde, cuando tras su muerte Federico leyó Deseo de ser piel roja de Kafka, recordó a su padre con nostalgia húmeda, pues vislumbró la angustia y los anhelos de este hombre salvaje que quería ser un piel roja y cabalgar por la llanura sin espuelas ni riendas, hasta que no hubiese crines ni caballo, y quizás ni pradera. Vivir hasta la última gota. Vivir hasta el fin. Vivir hasta morir.</p>
<p>No ser futbolero tenía algunos inconvenientes. Cómo rompes el hielo en una reunión con otros editores y ejecutivos. Qué bromas les puedes gastar a tus colegas de Madrid si no utilizas la protección de las convenciones aprendidas. No ser futbolero es como no tener raíces ni banderas, te convierte en sospechoso de altivez y de intelectualismo. Si además dices que te gustan los toros, te conviertes en un enigma inquietante, pues puede caer sobre ti la ira de las asociaciones de protectores de animales, con la ultraderechista Brigitte Bardot incluida, por no hablar de las connotaciones machistas y sádicas que tal afición guarda en el imaginario de la gente. Muy a su pesar, y por estos motivos, Federico había renunciado a los toros y se había esforzado en estar al día de las lesiones de los futbolistas mejor pagados, de las alineaciones del Barça y del Madrid y del nombre de los entrenadores. Todo era cuestión de hábito, de aprenderse el papel. Con un poco de esfuerzo uno parecía transmitir convicción con sus palabras y dejaba de ver ridículas las preocupaciones por los ligamentos, los tobillos y las rodillas de aquellos nuevos héroes épicos.</p>
<p>Como una imagen invertida de su padre, su madre había sido una mujer sufridora y católica. Federico nunca dejó de asombrase de cómo, tras tantos años juntos, su madre continuaba escandalizándose con los exabruptos de su marido. ¿Acaso no vives, comes y duermes con él desde hace tanto tiempo? Para cualquier mente racional, la rutina y el asombro parecen ingredientes contradictorios entre sí. Uno puede acostumbrarse a todo, y más aún si se trata de la adversidad. Como es sabido, los convictos se acaban adaptando a la prisión, igual que los locos y los psiquiatras al manicomio. Sin embargo, el asombro de su madre brotaba día a día, con una mezcla de ingenuidad y rabia, como el viajero que espera un cambio en su compañero de andanzas o el domador que observa con disgusto que el potro aún no fue domado, pues sigue reafirmándose obsesivamente en sus saltos. Cuanto más una desea domar, más el otro se niega a ser domado, y en ese forcejeo transcurre la vida hasta que un cáncer te come los huesos. Entonces el juego se acaba y descubres las horas perdidas, las cosas no dichas, las caricias ahogadas.</p>
<p>Su madre murió pocos años después que su marido. La domadora no pudo sobrevivir mucho tiempo a la ausencia de su caballo. Durante sus años de soledad vivió en un movimiento constante. Cuando no estaba en Palma de Mallorca estaba en Galicia o en Portugal o en cualquiera de los múltiples lugares a donde llevan a los viejos a distraerse. En los escasos momentos que pasó en casa la melancolía le transformaba el rostro. Ni la televisión ni las visitas aliviaban su aflicción. Sólo los boleros dibujaban en ella una sonrisa que su mirada denotaba nostálgica. ¿Dónde fue tu potro, mujer? ¿Qué sentido tiene tu vida sin sus salidas de tono y su ateismo? No hay nada ni en Galicia, ni en Palma de Mallorca ni en Benidorm ni siquiera en Portugal que pueda completar su ausencia, pues su vida era ya la tuya, su aliento tu aliento, su mirada tu imagen, su cuerpo tu observador y tu testigo.</p>
<p>Federico no sólo se había criado con su padre y con su madre. También había podido disfrutar de sus dos abuelas. La verdad es que la abuela materna era de plantilla fija en casa, mientras la paterna practicaba la itinerancia. La primera era una mujer del norte, ultracatólica, que rezaba con aparente placer hasta las tres o cuatro de la madrugada cada día. Provenía del carlismo más recalcitrante; ese carlismo que aún muestra su poderosa huella en Navarra, el País Vasco y La Rioja, por mucho que hayan cambiado su nombre y ahora se llame Partido Popular, Partido Riojano, Unión del Pueblo Navarro, Partido Nacionalista Vasco o cualquier otro. Todos a misa. Todos falsos beatos. Todos y todas los primeros en marcar al díscolo con evidente sadismo, ya fuese rojo, republicano, españolista, nacionalista vasco, homosexual, pobre, vago, alcohólico o simplemente inquietase por sus comentarios. Con la entrada de España en la opulencia europea, esas gentes se pasaban la vida bebiendo y comiendo. Sus cuerpos se iban dilatando con los años, por mucho que se disfrazasen con marcas pijas y deportivas. La ropa de fin de semana debía estar perfectamente adaptada a los cánones de la burguesía del norte, igual que el corte del pelo, los zapatos y los accesorios. Los muy capullos te miraban mal si no ibas vestido con su uniforme. Como estuvieses separado o separada, juntada o juntado, divorciado o divorciada te hacían la vida imposible con monsergas tan previsibles como poco reflexionadas. Letanías obsesivas que intentaban insistentemente cerrar una herida, un hueco, un agujero, un vacío innombrable, pero que estaba ahí, imposible de ser dicho. De ahí su insistencia y su refugio en el ser sin ser: “Mira qué fresca, cómo trata a los niños. Ni siquiera cocina. No me extraña que su marido la dejara”. Hablar de sexo los escandalizaba, a no ser que fuese entre hombres intercambiando supuestas hazañas y direcciones de puticlubs. “Oyes, en el puticlú de Nanclares hay unas putas rusas acojonantes” diría un macho a otro mientras tomaba el séptimo txiquito. “No jodas, cuenta, cuenta” diría el otro antes de engullir un pincho de morcilla, de chorizo picante o de cualquier otro producto, preferentemente carnívoro, de la tierra. Los dos saldrían a la calle con las mangas de sus jerseys de lagarto pendiendo sobre los hombros y con miradas demasiado ocupadas en escanear al personal como para avistarse a sí mismos. No mires hacia dentro, no mires hacia dentro que sentirás un extraño horror al vacío que ni las morcillas ni la ropa de lagarto, ni el apartamento, ni siquiera el coche podrán apaciguar. Espérate a mirar. Espera a que todo haya pasado, a que transcurran los días y los años y llegue tu muerte con banderas, lágrimas y sermones en la iglesia. En ese momento descubrirás que Dios es vasco o navarro o riojano, que también viste de lagarto y que todo ha tenido sentido.</p>
<p>La abuela paterna era una castellana que había sufrido tempranamente la ausencia de su marido republicano, fusilado por los fascistas del pueblo. Se había quedado sola y con cinco hijos, que es peor que sola. Rompía todos los moldes del prototipo de abuela, pues sus brazos eran barras de hierro forjado en las faenas del campo y en la adversidad de la pobreza. “Ven aquí Federico, que te echo un pulso”. “Mira esos idiotas jugando a la raqueta. Cómo se nota que no trabajan”. El trabajo era para ella el esfuerzo físico. Lo demás sólo era paseo. Hacer deporte por puro placer era un privilegio de ricos imbéciles, porque a quién se le ocurría salir en calzoncillos a la calle y correr como un poseso en pleno mes de agosto. “Van a coger una insolación”. Sus palabras estaban regadas de modismos arcaicos como “es menester”. Federico escuchaba con curiosidad esta palabra que sólo decía su abuela, la paterna, y que además era una abuela itinerante, no por obligación, sino por convicción. Cuando llevaba tres o cuatro meses en casa, en un momento u otro acababa diciendo: “LLamad a Tarsicio”. Tarsicio, su hijo primogénito, superviviente de la quinta del biberón, de los campos de concentración que los pre-nazis franceses organizaron en Argueles para sus vecinos pobres, quizá para estar a la moda o anticiparse a ella, como los postcarlistas que hoy comen morcillas, beben txiquitos y rezan y engordan. Superviviente también del hambre, de la emigración a Francia, de la clandestinidad del PCE y del PSUC en épocas que no eran de poses fingidas ante un régimen moribundo, en tiempos de ostracismo, de pérdidas cotidianas y esposas quejosas por la falta de alimento para sus hijos. Para la abuela “cachas”, Tarsicio había sido el marido postizo y el padre postizo de sus propios hermanos. Tarsicio llevaba y traía las mulas. Tarsicio los protegía. Tarsicio callaba. Tarsicio apretaba los dientes y aguantaba y aguantaba, para que el estigma de rojo no se transformase en una señal de linchamiento para los gusanos envalentonados por la manada.</p>
<p>Con estas dos abuelas en casa, aunque una fuese nómada, ya podía anticiparse el guirigay. Mientras una rezaba o leía misales, la otra le decía con desparpajo que eso era una pérdida de tiempo, que Dios sólo existía en la imaginación de las beatas. El gesto de escándalo y la sonrisa irónica se repetían diariamente como un código que reproducían sendos hijos que el destino, el amor, el sexo o quién sabe qué había unido. Las trifulcas alcanzaban las cosas más nimias, pues importante es cualquier detalle para quien por edad o por necesidad ha convertido su casa en un mundo, en el mundo. El objeto de deseo podía ser un peine o un frasco de colonia, una horquilla o la atención de un nieto. Daba igual. Lo importante era el conflicto permanente que ofrecía sentido a sus desgracias, a sus pérdidas, a los esfuerzos y ausencias de toda una vida. Quizá por ello cuando la abuela de plantilla fija murió, la de contrato temporal comenzó a sentir su falta. “Yo ya no sirvo pá ná. A ver si me muero de una vez, joder” empezó a decir insistentemente. Ya ni siquiera podía provocar o escandalizar, a no ser que fuese afirmando en público su deseo de desaparecer de una vez de este mundo. Ya no tenía contrincante, ni lazo con el tiempo. Sus expectativas se cumplieron muy pronto una madrugada de otoño. Al morir no vio a Dios, sino a su marido, ya desdibujado en el recuerdo, a su hermano y al bueno de Tarsicio.</p>
<p>Como ya se sabe, con la apertura democrática llegó el destape y la pornografía. Federico tenía sólo once años cuando las primeras revistas se atrevieron a mostrar un coño. Su padre compraba algunos ejemplares y con ansias de provocación los traía a casa. Su madre se escandalizaba. “No mires hijo, no mires las cosas del diablo”. La abuela “cachas” continuaba con la afrenta y decía con una risa no disimulada “Aprende, hijo, lo que es una mujer, que ya te toca”. La abuela beata rasgaba las fotos con saña y las lanzaba al cubo de la basura. Cuántas veces Federico había mirado de refilón aquel cubo con nerviosismo en la boca del estómago y cosquilleo en los testículos. Que se vayan todos a dormir, o a la playa, eso, todos a la playa. Dejadme sólo con este enigma que quiero descifrar. Dejadme regar esas fotos con mi agua de la vida aún inmadura pero densa como el aceite.</p>
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		<title>El editor, primera parte</title>
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		<pubDate>Wed, 26 Aug 2009 05:00:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Angel Martínez Hernáez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[cuento negro]]></category>
		<category><![CDATA[cuento policial]]></category>
		<category><![CDATA[novela negra]]></category>

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		<description><![CDATA[Tras su estancia con Julia en Lisboa, Federico intentó concentrarse en el trabajo. No fue fácil. A sus manos llegaban innumerables manuscritos de baja o nula calidad literaria que él debía evaluar para su publicación. Aquella mañana tenía en su mesa un texto extraño; freak o friki, como dirían sus hijos. María, una de sus [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tras su estancia con Julia en Lisboa, Federico intentó concentrarse en el trabajo. No fue fácil. A sus manos llegaban innumerables manuscritos de baja o nula calidad literaria que él debía evaluar para su publicación. Aquella mañana tenía en su mesa un texto extraño; freak o friki, como dirían sus hijos. María, una de sus mejores colaboradoras, se lo había enviado con el consabido informe: “Temática comercial, aunque con un estilo pobre. No se observa un dominio de las técnicas literarias y su valor narrativo es más que discutible. Otro producto del tipo simulacro de autobiografía”. Era una historia más de las tantas que llegaban a la editorial en los últimos años. En la era de la globalización se consideraba rupturista disolver las fronteras entre realidad y ficción, de tal manera que el lector se cuestionase si se hallaba ante una fábula o un testimonio biográfico. El truco era jugar con la confusión y convencer al lector de que estaba siendo espectador de una venganza narrativa poblada de seres que habían provocado afrentas y sufrimientos tan reales como las tormentas o los huracanes. Aquella novela era más de lo mismo; sin embargo, llevaba este extremo hasta sus últimas consecuencias. Una vez finalizada, el lector debía contactar con el protagonista en una dirección de correo electrónico y dialogar con él. El personaje principal, por boca del autor, continuaría ofreciendo datos sobre el relato, sobre situaciones comprometidas, sobre sentimientos que la disciplina del texto o el lenguaje narrativo, siempre incompleto, habían impedido expresar.</p>
<p>En términos comerciales no estaba claro si la novela podía ser un desastre o un buen producto. ¿Quién no había sentido cierta sensación de vacío al acabar una historia? ¿Quién no había querido alguna vez dialogar con el protagonista y prolongar esa extraña combinación de placer e inquietud que nos inunda cuando una narración toca a su fin, como si fuese el anuncio de la muerte, de la propia finitud? El deseo de dilatar el relato era una realidad tan universal como la insistencia en prolongar nuestra vida, nuestro protagonismo, nuestra existencia.</p>
<p>Federico divagaba en estas nebulosas mientras tomaba el primer café de la mañana. Debido al embotamiento matinal o a la necesidad imperiosa de un cigarrillo, su olfato comercial, certero en algunos momentos, no parecía prestarle la ayuda necesaria. Para resolver sus dudas releyó una vez más la primera página del manuscrito.</p>
<p>Estimado lector:<br />
Esta narración no es una novela. Si empiezas a leer este texto hazlo hasta el final. No me vengas con compulsiones ansiosas o picoteos consumistas. No devores estas páginas como si fuesen cacahuetes o palomitas que luego defecas sin deglutir. Piensa que ésta no es una fábula elaborada para tu disfrute de consumidor, sino una demanda de ayuda. Si no te gustan las normas del juego vuelve a ver la televisión y sigue adocenándote. Si finalmente este relato se convierte en un libro y lo estás leyendo de pie en una librería, en un aeropuerto o quién sabe dónde y no estás seguro de lograr completarlo, no lo compres, no continúes; devuélvelo al silencio donde descansan los testimonios de tantos seres insignificantes.</p>
<p>Federico resopló con irritación. No tenía mucho tiempo y se estaba entreteniendo con un manuscrito absurdo, con toda probabilidad redactado por algún escritor novel desesperado que ya no sabía cómo llamar la atención. Tenía una reunión a las 11 con Joaquín, el director de promoción, y a las 12 la visita de Leandro Hull, un conocido escritor de novelas de asesinos en serie con gran éxito de ventas. Más tarde, a las cuatro, debía dar cuentas a la directora del grupo sobre el último ejercicio semestral. Sin embargo, y con sorpresa para sí mismo, siguió leyendo.</p>
<p>En cambio, si lees esta historia de principio a fin te ruego que envíes tus comentarios.. Ten la convicción que responderé a tus mensajes; aunque todo dependerá de mi ánimo, de si ese día dispongo de suficientes energías para levantarme de la cama, para comer, para conectar el ordenador, para leer, para escribir, para vivir. Es posible que el texto te agrade o por el contrario que me maldigas por haber perdido tu tiempo. Tu nivel de implicación dependerá, como es obvio, de tu propia vida. Algunas veces te sentirás identificado conmigo y otras encontrarás absurdo mi comportamiento. En ocasiones pensarás que mis vivencias no tienen lugar ni sentido en un mundo tan ordenado. Otras veces te sentirás en mi piel. Ese será tu papel, ser sin ser.</p>
<p>Federico oyó el timbre del teléfono. El sistema telefónico de nueva generación incorporaba un sonido metálico y cantarín que, sin saturar el ambiente, se hacía omnipresente. En aquel momento pensó que los cambios en la tonalidad de los timbres telefónicos mostraban muy bien el paso del tiempo. Antes el sonido era agudo e insistente, con intermedios de silencio prolongados que permitían fabular sobre el origen e intención de la llamada. Las películas de Hitchcock habían hecho un uso frecuente de este recurso, aumentando los intervalos de silencio y de esta forma el suspense. Ahora, en cambio, los timbres eran fríos y compulsivos; expresaban automatismo, premura y una emocionalidad congelada. Federico se sintió incómodo por distraerse en estas disquisiciones de buena mañana y por trasladar a los cambios tecnológicos sus propias transformaciones interiores y descolgó el teléfono. Respondió con un seco “¿si?”, pues una luz en el aparato le indicaba que se trataba de una llamada de la propia empresa.</p>
<p>-Federico -escuchó al otro lado-, Joaquín no podrá llegar a las 11 porque se encuentra  en un atasco. Es por la manifestación contra la guerra. Me ha pedido que te informe.<br />
- Bien, bien, de acuerdo Berta -respondió él. Pensó ¡Mierda!, pero no se atrevió a pronunciarlo. A veces tenía la sensación que la jornada se convertía en una carrera de obstáculos desde la mañana hasta la noche, cuando llegaba a casa y le esperaba un dulce hogar.</p>
<p>Hacía tiempo que su vida era anodina. En teoría su existencia era feliz, al menos según los cánones que le habían transmitido y que él mismo intentaba reafirmar ante los demás con sospechosa insistencia. Estaba casado con Laura y tenían dos hijos. Ella era profesora de literatura en un instituto y tenía más tiempo que él para cuidar a los pequeños monstruos. Los fines de semana iban a su pequeña casa en el campo, disfrutaban de sus hijos o salían a pasear por la playa. El apartamento de la Villa Olímpica en donde vivían ya estaba casi pagado. Hacía seis meses que había comprado el coche de sus sueños, un Mantra Aventure con tracción a las cuatro ruedas y un interior confortable con el que podía conducir por pistas forestales, cargar todo tipo de artilugios para las vacaciones o jugar al parchís en su interior. Los niños estudiaban en el Liceo Francés. Probablemente a los veinticinco años hablarían cinco idiomas, tendrían dos títulos universitarios y estarían preparados para afrontar el futuro laboral con éxito. Muy diferente había sido su formación, y la de Laura. Los dos eran licenciados en filología hispánica y se habían visto obligados a luchar como posesos para llegar a su estatus actual.</p>
<p>A menudo, Laura y él se habían sentido nadando contra la corriente junto a una multitud de diplomados con un título tan interesante como devaluado en el mercado de trabajo. Después de tanto esfuerzo Federico se sentía exhausto y vacío. Cuando llegaba a casa por las noches, Laura no cesaba de hablar de las necesidades de los pequeños, de las cortinas nuevas, de la compra del supermercado, de las estanterías que él debía instalar en el estudio el próximo fin de semana, de sus padres ya mayores y achacosos y de las próximas vacaciones. El hacía esfuerzos por mantener la conversación, pero generalmente se sentía demasiado cansado y apático para disimular. A veces le inundaba un deseo repentino de follársela en el sofá  del comedor o en la cocina o en el pasillo, pero al final acababa venciendo el tedio.</p>
<p>La última vez que se la folló, en verdad no la última, pero sí la que guardaba en su recuerdo corporal, fue el último fin de semana, cuando recibieron la visita de los padres de ella. Durante aquella convención familiar, y mientras los niños insistían en matar a Bin Laden en el nuevo juego de ordenador, él la llamó desde el baño con la excusa que la cisterna no funcionaba. Cuando ella entró en el lavabo se miraron fijamente a los ojos. Él sabía que el buen sexo se elabora como la buena cocina, con suavidad y firmeza, con delicadeza y energía, con insistencias y sorpresas, con contención y desbordamiento. Federico deslizó la mano hacia su pubis y sintió la humedad y el cosquilleo del pelo crespo en la palma de su mano derecha y, en su reverso, la presión del elástico. Laura, visiblemente excitada, se bajó las bragas, él la subió a horcajadas y la penetró con fuerza. Bajó la tapa del water y se sentó con ella encima. La atrajo hacia sí cogiendo sus nalgas y moviéndose de forma acompasada mientras lamía sus pezones y besaba su cuello. Cuando llegó la descarga orgásmica, que por suerte fue simultánea, ella tiró de la cadena una y otra vez. Las endorfinas se desbordaron como el agua de la cisterna busca su curso natural. Volvieron a la reunión familiar disimulando con una conversación sobre la incompetencia de los fontaneros y la carestía de la vida. En la habitación, los pequeños monstruos discutían entre ellos por defender su turno de juego mientras una imagen animada de Bin Laden, con una herida en el pecho, veía con expresión de derrota cómo se desprendía su barba y su ropa. Bin Laden se quedaba desnudo, tapaba con sus manos su pene minúsculo y desaparecía corriendo por las montañas de Afganistán hasta que su figura era un pequeño punto en el horizonte.</p>
<p>En esta bruma de sensaciones y recuerdos se encontraba Federico cuando Berta entró en su despacho:</p>
<p>- Federico, Joaquín sigue en el atasco y me temo que el Sr. Leandro Hull se encuentra en la misma situación. Me acaba de llamar desde su móvil, pero se ha cortado la comunicación. He oído un sonido de fondo que parecía de unos manifestantes.<br />
- Muchas gracias Berta, a ver si al Señor Hull se le están manifestando los serial-killers y no nos va a entregar su última novela.</p>
<p>La secretaria sonrió de manera forzada y él se arrepintió de inmediato de su estúpida broma. Quizá para huir de sí mismo dirigió su mirada al manuscrito y simuló leer con cara de hombre atareado.</p>
<p>- Bien, bien, Berta, mantenme informado -llegó a decir mientras la puerta ya dibujaba una ausencia.</p>
<p>Enfrente tenía de nuevo el maldito manuscrito y toda la mañana por delante, si es que no la tarde, porque Elda Afilador, la directora del grupo editorial, también podía “atascarse” en algún lugar insospechado. Dadas las circunstancias, podía optar por jugar al solitario en el ordenador, pelársela o hacer su trabajo.</p>
<p>&#8230;</p>
<p>This post was submitted by Angel Martínez Hernáez.</p>]]></content:encoded>
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		<title>El asesinato de la tele, segunda parte</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Jul 2009 05:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
		<category><![CDATA[Humor]]></category>

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		<description><![CDATA[Por muy atrofiada que este mi mente por el “olor” (a santidad) de las velas, pienso: “no si no te digo yo lo que ahí en este planeta, en cuanto pones la suela de los zapatos en un templo, sea de la índole que sea, ya están, en nombre de lo espiritual, lo inmaterial, lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por muy atrofiada que este mi mente por el “olor” (a santidad) de las velas, pienso: “no si no te digo yo lo que ahí en este planeta, en cuanto pones la suela de los zapatos en un templo, sea de la índole que sea, ya están, en nombre de lo espiritual, lo inmaterial, lo sobrenatural, lo impalpable, etc. etc., pidiéndote de soltar la mosca. Las columnas sosteniendo lo inmaterial son de una índole tan material como el dinero. Prueba hecha: lo sobrenatural no se sostiene por si solo, necesita de lo naturalmente palpable (la pela en consecuencia) para no derrumbarse.</p>
<p>Después de la ceremonia, los fieles se reúnen para intercambiar opiniones, experiencias, en un estado de felicidad total, gracias no a la “espiritualidad” del sermón, sino a los componentes de las velas.</p>
<p>Mi mente flota. Mi pie izquierdo cambia las velocidades de la moto mientras mi mano derecha gira la empuñadura acelerando a tope; en pocos minutos alcanzamos esa velocidad en la que los neumáticos parecen no tocar el asfalto. Me creo en Marte, conduciendo una de mis motos volantes.</p>
<p>Cuando llego a casa, tiro las llaves encima de la mesa y me dejo caer en la cama. Me siento girar. Girar y girar. Todo gira a mí alrededor antes de perder conciencia en un profundo sueño.</p>
<p>Cuando me despierto la luz del sol entra a chorros en mi habitación. Son las dos de la tarde. Como un somnámbulo (piloto automático puesto) me dirijo hacia la cocina. Un café, necesito un café. El negro brebaje manchado de leche, se desliza calido y sabroso por mi paladar. Me siento mejor. Pienso en la noche anterior.</p>
<p>- Pirados total. Pero de una locura inofensiva. No me imagino a ninguno de ellos navaja en mano. Tendremos que buscar por otros derroteros.</p>
<p>Llamo a Urbion, le cuento la movida del día anterior. El teléfono móvil de Maria Pirula Ratillo esta en posesión de la poli, pero Richie no figura en la agenda.<br />
- No te preocupes Mex, tú sigue adelante con el interrogatorio, nosotros nos encargamos de Richie.<br />
- OK.</p>
<p>Sobre la mesa, al lado de la taza de café se encuentra el dossier abierto, miro el siguiente nombre: Chupa Chups Fariñas, otro presentador de la emisión.</p>
<p>Teléfono, cita, misma hora, plato de televisión. Chupa Chups Fariñas es puntual. Mismo ceremonial de presentaciones. Mismas preguntas. Revela como un carrete su versión de los hechos. Habla como una cotorra y parece que se va ha ahogar en sus propias palabras. Cuando le pregunto si su relación con Maria Pirula era meramente profesional (¿nunca se sabe?) me responde:<br />
- Pues no. Éramos mucho más que colegas de trabajo, más que amigos…</p>
<p>Alucino, sinceramente Fariñas me esta tirando los tejos desde hace un buen rato y no es una impresión. No lo veo para nada liado con una tía. No…… Es tan evidente que no necesito ni siquiera recurrir a mis antenas marcianas para saberlo.</p>
<p>Tras unos segundos de emoción sigue:<br />
- Ratillo y yo éramos socios. Bueno ya sabes, el mundo de la tele es duro, muy duro. Hoy, tienes audiencia, todo va bien. Al día siguiente la audiencia baja y te encuentras sin emisión y de patitas en la calle. No le queda a uno mas remedio que asegurar las traseras. Maria Pirula y yo tenemos un negocio: un Sex shop.<br />
- Vaya…. Que interesante…. ¿El negocio, al desaparecer Patty, pasa a ser totalmente suyo?<br />
- Pues no, Maria Pirula tiene una hermana melliza con síndrome de down. Un testamento la hace beneficiaria de la parte de Patty.<br />
- ¿Empleados en el sex shop?<br />
- Si. Cuatro.<br />
- ¿La dirección por favor?<br />
- Calle de la Alegría, nº 69. Planta Baja.<br />
- Le agradezco su colaboración, señor Fariñas. Quizás tengamos que volver a vernos<br />
- Con mucho gusto. Me cantaria.</p>
<p>Mi estomago se queja, ruge como un león. Entro en la primera pizzería que encuentro en mi camino.<br />
- Una margarita y una copa de chianti.</p>
<p>Mientras saboreo la pizza, pienso en dejarme caer por el sex shop antes de regresar a casa.</p>
<p>Calle de la Alegría, una calle céntrica de la Capital, un buen sitio para el negocio. Por lo que veo todo va viento en “condón”, quiero decir en popa claro esta. El sex-shop es uno de los locales mas frecuentados.</p>
<p>Desde las películas “Súper X”, hasta los condones de todos los colores, pollas en plástico duro: algunas llaman mi atención por su inusual dimensión, así como otras joyas del erotismo, lucen su atractivo en las estanterías del local.</p>
<p>El único dependiente, a esta hora de poca afluencia, atendiendo el negocio se encuentra atendiendo a un representante. Al encontrarme cerca del mostrador hecho un vistazo al artículo presentado: se trata de un consolador en forma de patito amarillo (su extremidad posterior no acaba en forma de cola sino en forma de pene – bueno, al fin y al cabo, también se trata de una cola).</p>
<p>El representante muestra un gran surtido tanto a nivel de tamaño, como de colores.<br />
- El más exitoso – explica &#8211; es el amarillo con pico naranja. El clásico. Aunque le recomiendo de tener a disposición de sus clientes el “Kit speshial compuesto por 7 patitos con el nombre de cada día de la semana escrito en el ala izquierda. Cada uno tiene un color y un tamaño concreto. Como puede ver uno “S”, dos “M”, tres “L” y uno (para los mas valientes) “XL”. Satisfacción garantizada. Además el “Kit speshial” viene en una caja, como puede ver, exquisitamente adornada con temas de lo mas sugerentes. Tiene un diseño atractivo y es ideal para regalar. Nuestra empresa lleva 10 años en el mercado, con eso lo digo todo. No solo vendemos a nivel nacional, sino también internacional. Nuestra marca es sinónimo de calidad y todos nuestros artículos tienen una garantía de un año. Permítame ofrecerle para su uso personal un “kit speshial”, no porque lo necesite claro esta, sino para que pueda comprobar, en buen profesional y por usted mismo las maravillosas propiedades de nuestro popular y cariñosamente llamado “patiño” &#8211; palabra gallega cuya traducción al castellano corresponde a “patito”. Le dejo el catalogo de este año donde podrá ver al lado de los clásicos, las ultimas novedades. Los precios vienen detallados en las últimas páginas, así como las reducciones por compras superiores a mil piezas. En este mes de abril tenemos ofertas especiales, precios fuera de competencia. Y aquí mi tarjeta de visita. Estoy a su entera disposición (dado el lugar se apresuro a precisar) en lo referente a los encargos y únicamente en horario laboral.</p>
<p>El representante, terminado su trabajo, salio del sex shop, entonces me acerco al mostrador para llevar a cabo el mío.<br />
- Mex Fauve Total. Investigador. Trabajo en el caso Maria Pirula Ratillo.<br />
- Le ayudare en todo lo que pueda.<br />
Me habla de Ratillo, sus relaciones en el sex shop. Sus novios, el si los conoce, por lo menos de vista.<br />
- Tenía debilidad Maria Pirula, por los problemáticos. Como si fuera poco, los malos olores la excitaban sexualmente. En una palabra necesitaba a un mal oliento cerdo en su cama, sino nada la “ponía”. El último, vino a buscarla un dia al sex shop, no había pasado el umbral de la puerca, perdón quiero decir de la puerta, y todo el local estaba inundado por un olor infame a pies. Me imagino a Maria Pirula con la nariz pegada a la planta de los pies “colocándose” con ese podrido olor.</p>
<p>Lo del olor a pies me puso en alerta. Ya esta, ya tenemos al asesino de Maria Pirula Ratillo, es su ultimo novio. Un criminal traicionado por su fétido olor, que yo recuerde en los anales criminales nunca se había dado semejante caso. El dependiente me hace una descripción coincidiendo en todo con el personaje de la grabación.<br />
- ¿La cara? Pues no se. Llevaba una gorra con la visera muy bajada, prácticamente no se le veía. La boca muy fea y la quijada huesuda. No se porque pensé en un burro. En el local tampoco tenemos mucha luz. Entre los labios llevaba un porro y tiraba con tanta fuerza de el que parecía chuparlo más que fumarlo. Asqueroso. Un asqueroso total.<br />
- Mañana el comisario Urbion se pondrá en contacto con usted. Pura rutina, tan solo se trata de tomar nota de su testimonio.</p>
<p>Nuestra conversación es interrumpida por un grupo de chicos:<br />
- hola Pipo. Vamos al escenario.<br />
El dependiente contesta a la interrogación de mi mirada:</p>
<p>- Maria Pirula hace un año, más o menos, tuvo la idea de montar un escenario ofreciendo a todos los exhibicionistas de practicar su hobby preferido. Hacia un favor a la sociedad, por fin el problema exhibicionista bajo control. Los unos contentos porque podrían exhibirse a voluntad y las autoridades aun más, teniendo a estos últimos localizados, no solo en un lugar concreto, sino, además, apropiado para su numerito. Aprovechamos un hueco inutilizado del local para montar el escenario, seguidamente los albañiles, electricistas para los efectos de luz y técnicos en sonido para la música se pusieron manos a la obra. En quince días todo estaba a punto. Faltaban los “exi”. En un principio el Tomate &#8211; el de la emisión, sabes &#8211; se ofreció para los primeros pases. La cara tapada por una mascara de luchador mejicano, se contorsionaba al ritmo de la musica mientras se quitaba la ropa. No tardo en ser una atracción. La gente se dejaba caer por el sex-shop, y si el espectáculo era gratuito, siempre compraban alguna cosita antes de salir, un caramelo afrodisíaco, un condón, algún artilugio erótico. Quieras que no hacia funcionar el negocio. Ratillo, en el periódico, rubrica de “Chico súper dotado se ofrece….”, “Mujer viciosa busca….”, puso su anuncio:</p>
<p>“¡Exhibicionista! Por fin un espacio donde practicar tu “deporte” preferido sin ningún riesgo, mirones garantizados. Sex-shop te ofrece un escenario donde, por fin, podrás realizarte. Ni cobramos, ni pagamos. Abajo el calzoncillo por amor al arte. Llama al teléfono…..”</p>
<p>El móvil de Maria Pirula no paro de sonar durante toda una semana. El éxito fue tal que se vio obligada a establecer un planning con hora y nombre para los pases. Entre los exhibicionistas y los mirones el sex-shop esta siempre abarrotado, salvo algunas horas muertas por aquí o por allá. Incluso hemos tenido que pedir un permiso a las autoridades locales para obtener la licencia “24horas abierto”.<br />
- Ya, ya….ya veo</p>
<p>Satisfecho de mi trabajo vuelvo a casa contento y alegre. Esa noche duermo de un sueño profundo y apacible.</p>
<p>Me levanto temprano, desayuno unos churros en el bar enfrente de mi casa antes de dejarme caer por la comisaría. Entrego mi informe a Urbion y le comunico mi intención de pasar por el piso de Maria Pirula Ratillo.<br />
- Los vecinos, la portera. Quizás conozcan al tipo del careto de Zapatero. Nunca se sabe.</p>
<p>Abro la carpeta roja conteniendo el dossier del caso “Maria Pirula Ratillo”, miro la dirección. ¡Que coincidencia! Fariñas y Maria Pirula son vecinos. ¿Y si Fariñas hubiese llegado a un acuerdo con “El Porro” (llamo así al asesino por lo del porro) para eliminar a Ratillo? La portera, de lo mas discreta, responde a mis preguntas sin mas. Un poco desanimado me siento en un banco del vecino parque. Me dedico a revisar los apuntes cuando un hombre de cierta edad, muy estirado, sofisticado y amanerado se sienta a mi lado, entablando, casi de inmediato, la conversación. Cierro el cuaderno malhumorado. No tengo ganas de hablar. El hombre sigue con su conversación, lo escucho distraído, sumergido en mi pensamiento hasta que dos nombres me enganchar el oído: Ratillo, Fariñas. A penas conoce a Maria Pirula sin embargo, si conoce muy bien a Fariñas. Frecuentan los mismos bares. Dándomelas de indiferente, me informo, Pipi-Mi, encantado me cuenta:</p>
<p>A Fariñas un encuentro le cambio la vida. En uno de los locales del barrio gay, frecuentados por los “Osos”, unas anchas espaldas &#8211; cuyo propietario: moreno, atlético, peludo como un oso y dotado de una angelical cara – le engancho la mirada. Fariñas se acerco e invito al joven a una copa. Hablaron un rato acodados a la barra antes de bailar en la pista iluminada por luces color arco-iris. El joven cojio a Fariñas en brazos y restregando su “caja de herramientas” contra el escaso “bulto” de su compañero de baile le mordisqueo el cuello antes de arrearle un pellizco en el culo. Un respigón de placer recorrió toda la piel de un Fariñas.</p>
<p>De madrugada el joven encuerado de negro acabo en la habitación de Fariñas. Paso toda la mañana, el medio-día y parte de la noche antes de que el “oso” abandonara el apartamento. Ya en la acera respiro satisfecho el aire, con gesto viril coloco el “paquete” en su sitio antes de meter la mano en el bolsillo y sacar unos cuantos billetes que contó con tranquilo placer.</p>
<p>No vaya a pensar mal. Tan solo se trataba de un préstamo.</p>
<p>Los vecinos del edificio de enfrente cuentan que a las cuatro de la tarde, un Fariñas en pelota picada era aplastad, a intervalos regulares, contra los cristales de una de las ventanas de su balcón. Al parecer tenia la cara desencajada de placer o de dolor (no se sabe muy bien), incluso, inquietos, estuvieron a punto de llamar a la policía. Después de madura reflexión les pareció más prudente observar y esperar. Al cabo de una hora Fariñas, fue arrancado de cuajo, por unos poderosos brazos, que, de la ventana lo llevaron a la cama.<br />
- ahí que llamar al 112. Vete tú a saber lo que le estarán haciendo a ese pobre hombre. Con el asesino de la tele suelto, no quiero ni pensarlo.<br />
- No es nada. Le esta dando por el culo un semental de los que salen en las revistas y no tiene pinta de ser una violacion.</p>
<p>Tranquilizado el vecindario volvió a sus quehaceres.</p>
<p>Algunos días mas tarde, la asistenta comentaba:<br />
- Había esperma no solo en los cristales sino hasta en las cortinas. ¡Que barbaridad! ¡Que barbaridad! Como esto siga así o me sube el sueldo o se busca otra.</p>
<p>Quedaba claro: la relación Fariñas – Ratillo no tenia nada de pasional.</p>
<p>Pipi-Mi me seguía hablando y como el tema del bar había salido en la conversación aprovecho para darme una tarjeta mencionando tanto la calle, como las horas de apertura del local.<br />
- Suelo ir casi a diario, a partir de las diez de la noche. Si te dejas caer por allí te invito a una copa.<br />
- ¿Por qué no? Ha sido un placer hablar con usted.</p>
<p>Salgo del parque, leyendo los apuntes, un último nombre en la lista: Karmelita Marcha Atras, también presente en el plato el día del crimen. Su voz al teléfono me dice:<br />
- hoy no puede ser, tengo el día muy pillado. Imposible. Mejor mañana.<br />
- Bueno, pues mañana a las cinco. Le parece señora Marcha Atras.<br />
- Perfecto.</p>
<p>La vida esta llena de sorpresas. Desde luego, quien me iba a decir que en el supermercado donde estoy comprando el café y algunas cosillas mas, de repente mi ojo marciano percibe entre la multitud la cara de pájaro de Marcha Atras. Curioso, la sigo</p>
<p>Se rumorea que Karmelita, enviciada en el alcohol, se dedica, cuando el dinero escasea, a rastrear los bares y vaciar los vasos abandonados por algún cliente pillado por el tiempo.</p>
<p>La veo, en la sección licores, coger vodka antes de dirigirse a la sección ropa. Entra en el probador con la botella escondida bajo la prenda que presuntamente se va a probar y al cabo de unos minutos, sale sin la botella, contenta, feliz, relajada, con la mirada alegre y estrellada de los borrachines. Me la imagino dentro del probador: mano temblorosa agarrando la botella como un naufrago el salva-vidas y bebiendo su contenido a palo seco. Lo tengo claro, Marcha Atras y la botella una historia de amor y pasión.</p>
<p>Sale del supermercado. No tendría por que, pero la sigo. Quiero saber la imperiosisima razón por la que Marcha Atras no ha querido recibirme esta tarde.</p>
<p>Con un ligero tambaleo, camina por las calles del Centro. Mira por donde, Calle la Alegría. Quizás vaya al Sex-shop de Ratillo, así todo queda en familia. No…..No.….. me he equivocado. Opta por el cine “X”. Esto ya, supera mis neuronas. Decido llevar mi filatura hasta el final:<br />
- Una entrada para esta sesión del “Coño en fuego”. Por favor.</p>
<p>La sala esta oscura; la sesión ha empezado; en la ultima fila percibo el inconfundible perfil de Marcha Atras. Me siento en la penúltima fila. Llevamos cinco minutos escasos de película cuando la silueta de un hombre se abre camino por la oscuridad hasta sentarse al lado de Marcha Atras.</p>
<p>¡Que genial! Con los gemidos de Karmelita acompañando los gemidos de la película, un sonido brutal, una experiencia auditiva única.</p>
<p>Antes del descanso abandono la sala. Un café se impone para colocarme las ideas en su sitio.</p>
<p>La cafetería me brinda unos confortables butacones. Me tomo el café mientras ojeo una revista. Los últimas cotilleos de los corazones TV. Me entero de que Karmelita Marcha Atras será próximamente la presentadora de una emisión sobre sexo, cuyo titulo es “El sexo sobre el terreno”. Ahora comprendo lo del cine porno. En cuanto al presentador del “Tomate Pocho”, Jordi Tomate, esta envuelto en un escándalo: la asociación protectora de animales ha puesto una denuncia contra el por atentar contra la integridad física de su mascota, un mono, llamado afectuosamente por la estrella del tomate “Pablito pollita de palo”.</p>
<p>Mi lectura es interrumpida por la música rockera de mi móvil. Es el inspector Urbion. El criminal ha sido detenido, lo localizaron por su infame e inequívoco olor de pies. Se llama JR Babon Guarrisson, fichado en las comisarías por tráfico de marihuana y múltiples robos. Fue más sencillo de lo esperado. Imagínate, el tipo fue detenido la misma noche del crimen por posesión de droga. Se encontraba en los calabozos de Plaza Castilla esperando a ser juzgado, cuando se lío una, que ni te cuento. Los presos compartiendo la celda con el se amotinaron por el insoportable olor a pies. Tuvimos que sacarlo de allí o lo linchaban. Total, como en la ficha de busca y captura, distribuida por las comisarías, se mentaba el apestoso olor a pies como rasgo característico del asesino de la tele, lo trincaron directo. Ha cantado de lleno.</p>
<p>- Mex, ahora podemos poner una V en este caso.<br />
- ¿Una V?<br />
- Pues si, la V de “Visto bueno”.</p>
<p>Cuelgo. Pienso en unas vacaciones en Mallorca, historia de ventilarme la mente.</p>
<p>Alexys Fernandez Artos</p>
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		<title>El asesinato de la tele, primera parte</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Jul 2009 05:00:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>alexys fernandez artos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Humor]]></category>

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		<description><![CDATA[LAS INVESTIGACIONES DE MEX FAUVE TOTAL EL ASESINATO DE LA TELE Aunque, al parecer en todo el sistema solar no hay mas vida que en la Tierra, aquí estoy yo desafiando esa empírica verdad. En la imaginación de los terrícolas los marcianos somos unos seres de fisonomía repulsiva: enormes insectos dotados de conocimientos e inteligencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>LAS INVESTIGACIONES DE MEX FAUVE TOTAL<br />
EL ASESINATO DE LA TELE</p>
<p>Aunque, al parecer en todo el sistema solar no hay mas vida que en la Tierra, aquí estoy yo desafiando esa empírica verdad. En la imaginación de los terrícolas los marcianos somos unos seres de fisonomía repulsiva: enormes insectos dotados de conocimientos e inteligencia muy superiores a las de ellos…… pero insectos. En realidad paso desapercibido. Totalmente desapercibido, las antenas (retractiles) quedan disimuladas bajo un pelo castaño claro cuidadosamente despeinado y gominado. En cuanto a los ligeros reflejos verde alga marina de mi piel los atenúo con algunas sesiones semanales de solarium; un suave moreno los disimula. Por lo demás, soy idéntico a ellos. Bueno, casi. Me veo obligado a reconocer, humildad a parte, que tengo una intuición, lógica et inteligencia superior a la norma vigente en el planeta azul y me encuentro, por el casual gusto estético del momento, entre los terrícolas atractivos. Adiós, pues, al mito del marciano feo.</p>
<p>Perdón, no me he presentado. Me llamo Mex. Mex Fauve Total. Encantado de conoceros.</p>
<p>Son las ocho de la mañana, la radio puesta, canturreo con el grupo “Los lobos” su éxito del momento:<br />
Pelota – Que guapa es la pelota – Ya se que te irrita – La pelota – Porque tiene muchas pelotas – La pelota – Justo las que a ti te faltan – las pelotas – Pelota – Que guapa es la pelota – Este año – Me iré de vacaciones – Como Adán y Eva – A un paraíso perdido – Donde se practica el despelote – Para lucir mis pelotas – En pelota picada – Pelota – Que guapa es la pelota – Ya se que te irrita – La pelota – Porque tiene las pelotas &#8211; Que a ti te faltan – No culpes a nadie – Si tus pelotas parecen canicas &#8211; Mas que otra cosa – Pelota – Que guapa es la pelota – Ya se que te irrita – La pelota – Porque tiene lo que a ti te falta – Pelotas.<br />
Arrastro la chancla hasta la cocina donde me dispongo a preparar un café. El móvil suena insistente, taza en mano, dudo, un sorbo de café, el móvil sigue sonando. Silencio. Me siento en el sofá, dispuesto a pasar mi día de descanso pereceando. Otra vez la guitarra eléctrica y rockera, anunciando las llamadas entrantes, de mi móvil se deja oír. Miro la pantalla, el impertinente número es el de la comisaría, lo reconozco. Descuelgo.<br />
-	Si.<br />
-	Mex, tenemos un caso importante. Un crimen, de lo más insólito. Te necesitamos. Te espero dentro de una hora en la comisaría.<br />
-	Vale, vale.</p>
<p>No soy poli. Pero si trabajo esporádicamente con ellos. Una manera como otra de ganarme la vida.</p>
<p>Me ducho con agua tibia, no atreviéndome a la fría, con la esperanza de sacudir el sopor que aun me envuelve. Tejanos, camisa, deportivas. Listo. El aire es primaveral. Respiro hondo. En el garaje mi moto me espera. A estas horas de la mañana la circulación es fluida, aunque con mi caballo de acero los atascos no suponen un problema.</p>
<p>El comisario Urbion me espera en su despacho y después de un cordial saludo, mas que colegas somos amigos, me explica<br />
-	Aquí tienes el dossier, lo estudiaras mas tarde. Te cuento en cuatro palabras para que te hagas una idea: el suceso ha tenido lugar en un plato de televisión. Una presentadora, de un programa del corazón ha sido asesinada en directo. Como te lo digo tío, delante de todo quisqui: publico, cámaras y millones de espectadores. La emisión, transmitida en riguroso directo, ni te cuento. Espeluznante. Un tipo se la cargo con una navaja escondida en el calcetín. Hemos visionado la grabación, el muy cabron, se encontraba entre el publico, llevaba la cara cubierta con una mascara. Joder, tío, el careto del presidente del gobierno, ni más ni menos Zapatero. Te imaginas. Ahora mismo tenemos a media España con la duda de si su presidente es un asesino o no. Lo vieron, es que lo vieron en la tele, era Zapatero, saltando de las gradas del publico al plato, navaja en mano, arrojándose sobre la mediática Maria Pirula Ratillo y acribillándola a navajazos. Todo fue tan rápido, tan sorprendente, que los unos quedaron sin reacción y los otros salieron escopetados, por si el tipo era un asesino en seria, y ya puesto navaja en mano seguía con su sangrienta tarea. Para resolver el caso tenemos una grabación, con un supuesto Zapatero, y algunos testimonios del publico. Los más cercanos al tipo nos han indicado como rasgo sobre saliente un increíble y apestoso olor a pies. De los que te dejan marcado el olfato para el resto de los restos. La verdad, Mex, estas dotado de un sexto sentido para las investigaciones por ello quiero que lleves el caso. Investiga la vida de Maria Pirual Ratillo. Encontremos a ese alguien que tuviera un diente, joder y que diente, contra ella. Tienes licencia para interrogar a quien te parezca. No te propongo una oficina de la comisaría porque asumo tu preferencia para trabajar desde casa. Aunque sea poco ortodoxo, mira me da igual, lo importante es resolver este caso cuanto antes, la Moncloa nos presiona. Estoy, por supuesto, las 24 horas del día a tu disposición para lo que necesites.<br />
-	Me hago cargo.</p>
<p>En el DVD de mi casa miro una y otra vez la grabación: pequeño, delgaducho y encorvado, lo miro saltar al plato donde apuñala a Maria Pirula Ratillo. Saco mis antenas marcianas, cierro los ojos, una serie de palabras nacen en mi cabeza: porrero, carente de cultura, gilipollas, egoísta, engreído, sucio, ingrato, ladrón, violento, mal hablado, mentiroso, carente de valores morales, de escrúpulos y desde luego con serios problemas psicológicos. Se inscribió al programa como publico bajo una falsa identidad, esta información no me la comunican mis antenas, sino el informe de la comisaría. Por el momento veo dos posibilidades: o ha sido contratado para matar a la presentadora o la ha hecho por su propia cuenta.</p>
<p>Apago la tele. Es hora de investigar la vida de Maria Pirula Ratillo, empezando por sus colegas. En el informe, dispongo de nombres y números de teléfono.</p>
<p>Vamos pues a por el primero: Nikia La Boulette, presentadora del programa con la victima. Asistió al crimen en primera fila. Marco el número de teléfono, una voz de las que le caen a uno de entrada antipática, sin saber muy bien porque, me responde.<br />
-	Muy bien señora. Nos vemos esta tarde a las cinco en el escenario del crimen.</p>
<p>Después de las sangrientas imágenes, necesito ventilar un poco las ideas. Paseo un buen rato por el Retiro, antes de sentarme en una terraza cercana al estanque y tomar una deliciosa horchata. Los patos me distraen y durante unos cuantos minutos me olvido del caso y disfruto de la primavera madrileña, sin más.</p>
<p>La alarma de mi reloj me recuerda la cita pendiente. Estiro las piernas por debajo de la mesa, antes de levantarme. El curro me espera. Moto, circulación, la visera de mi casco abierta deja el aire primaveral hacerme cosquillas en la cara, placer de conducir. Me gustaría poder prolongar este instante al infinito.</p>
<p>Algunos policías y técnicos se mueven por el plato, Nikia La Boulette, aun no ha llegado. Miro el reloj. Me impaciento. Subo a las gradas donde el asesino se sentó la noche anterior: una prudencial segunda fila.</p>
<p>Por fin, Nikia La Boulette, hace su entrada en el plato como una diva en el escenario de algún drama de opereta. Pequeña, regordeta, pechos echados hacia alante como si fueran la proa de un barco abriéndose camino por la vida, viene hacia mí. La saludo.<br />
-	Señora, soy Mex Fauve Total. Investigador.</p>
<p>Nos sentamos y me cuenta su versión de los hechos.<br />
-	El asesino le recuerda a alguien conocido.<br />
-	¡Hombre! al presidente del gobierno.<br />
-	Bueno, señora, a estas alturas de la investigación sabemos que el asesino llevaba una mascara. Quiero decir… a alguien…. abstracción hecha de la cara, del entorno de Doña Pirula como puede ser un novio, por ejemplo.<br />
-	En lo referente a los hombres la pobre Maria Pirula tenia unos gustos peculiares. Su antiguo novio – han roto desde hace varios meses – tenia unas pintas inquietantes, si no era drogata poco le faltaba. Pero últimamente, que yo sepa, no salía con nadie.<br />
-	Sabe donde puedo encontrar a su ex.<br />
-	No, pero en la agenda de su teléfono, quizás conserve aun su número. Se llama Richie.<br />
-	Bueno, señora, por ahora nada mas. Si tengo mas preguntas, no dudare en llamarla otra vez.</p>
<p>Con gesto teatral saca un pañuelo, para secar una supuesta lagrima. Estuve a punto de decirle: No te molestes tía, que las cámaras, están desenchufadas.</p>
<p>Hechó un vistazo al camerino de Maria Pirula Ratillo, miro por los cajones, las mesas quizás encuentre algo. Nada. Cuando me dispongo a salir me doy de lleno con una chica morena de ojos azules, muy guapa, la verdad.<br />
-	Perdón. Soy Mex. Mex Fauve Total. Investigador. Una pregunta: ¿Conocía a Maria Pirula Ratillo?<br />
-	Soy su maquilladora.<br />
Hablamos durante largo rato, me comenta lo rara, agria, engreída (no soporta la critica, ninguna y de ninguna índole) que era Maria Pirula Ratillo. No me extraña para nada. Hay gente así, con tan solo verlos en pantalla, ya te dan mala onda. De paso, le pregunto por Nikia La Boulette.<br />
-	La misaka……Bueno……quiero decir….Nikia<br />
-	¿Porque La misaka?<br />
-	Preferiría no hablar de ello. No es un secreto, pero es un tema llevado con mucha discreción….bueno….de puertas para adentro.<br />
-	 Insisto. ¿Por qué La misaka?<br />
-	Ha instaurado una sociedad secreta de la que ella es la sacerdotisa.</p>
<p>¡Joder!</p>
<p>-	¿Doña Maria Pirula Ratillo, también hacia parte de esa sociedad?<br />
-	Pues, si. Se reúnen todos los lunes a media-noche para celebrar su ceremonia.<br />
-	Me dejas tu número de teléfono. ¿Te puedo tutear, no?<br />
-	Si, claro que si. Me llamo y kiara y este es mi numero de teléfono.<br />
-	Encantado, Kiara, si necesito más información me pongo en contacto contigo. A propósito donde se reúnen.<br />
-	Pues aquí, en los sótanos de TeleTele.<br />
-	¿Alguna contraseña para entrar?<br />
-	Si. Se suele llegar hacia las 23h30, ahí que llamar al portero automático de la entrada principal y decir: telepatatera, telepatatera es la mejor del planeta.<br />
-	¿Estas de broma?<br />
-	No va en serio, esa es la contraseña.<br />
-	Bueno, Kiara, gracias por todo. Estamos en contacto.</p>
<p>Es lunes, 27 de abril del 2009, 8 de la tarde. Me queda tiempo para comer algo, ordenar mis ideas y plantarme esta noche a la entrada de los estudios deTeleTele.</p>
<p>Once y media, noche cerrada, luna menguante, el ambiente presta al misterio<br />
-	Telepatatera, telepatatera, es la mejor del planeta.</p>
<p>La rejilla se abre dejando paso a mi moto. La planta baja esta discretamente alumbrada, entro, delante del ascensor un grupo de gente esta esperando, me sumo a ellos. Bajamos al cuarto sótano. La puerta del ascensor se abre ofreciendo a nuestra mirada un largo pasillo que recorremos antes de llegar a un enorme salón: al fondo un fastuoso altar, los bancos laterales, se van llenando, poco a poco de gente. Mayoritariamente caras conocidas de la tele. Un grupo de jóvenes, dirigido por el presentador de la emisión “El Tomate Pocho”, vestidos de monagillos, entran y colocan velas en los candelabros alrededor del salón. Son las doce, la alarma de mi reloj me lo comunica, caras contrariadas por el molesto ruido giran su mirada hacia mí. Pulso rápidamente el botón para detenerla. Una música, similar a la de las grandes producciones hollywoodianas tipo “lo que el viento se llevo” se deja oír. Los “monagillos” encienden las velas. La Misaka entra, sublime, vestida con una toga plateada. Los brazos en alto, saluda a unos fieles entregados. Respiro hondo y el olor desprendido por las velas se desliza por mi tabique nasal hasta los pulmones e incluso mas allá. La Misaka, suelta su sermón. Siento un mareo, las paredes parecen moverse, los bancos se tambalean. Mi cerebro se pone en alerta: las velas están compuestas por algún alucinógeno. Me siento flotar en el aire, en comunión total con los asistentes a la ceremonia: todos sumidos en un mismo estado de gracia.</p>
<p>La Misaka, llega al final del sermón y yo, por mi parte, hago un sublime esfuerzo para concentrarme en sus últimas palabras.<br />
-	…..y no olvidéis, para que nuestra gran obra pueda seguir prosperando, necesitamos apoyo económico. Los cepillos a la salida de este santuario están esperando vuestra generosidad.</p>
<p>This post was submitted by alexys fernandez artos.</p>]]></content:encoded>
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		<title>A sangre fría</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Oct 2008 12:00:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Redacción</dc:creator>
				<category><![CDATA[Policíaca]]></category>

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A SANGRE FRÍA © OSCAR SALATINO El día era insoportablemente caluroso, y el efecto invernadero se hacía sentir con demasiada intensidad para ignorarlo. La ignorancia y la insensible estupidez de aquellos que continuaban talando la selva amazónica con el pretexto de abrir caminos para la civilización estaban consiguiendo exactamente todo lo contrario y nos estaban [...]]]></description>
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<p>A SANGRE FRÍA<br />
© OSCAR SALATINO</p>
<p>El día era insoportablemente caluroso, y el efecto invernadero se hacía sentir con demasiada intensidad para ignorarlo. La ignorancia y la insensible estupidez de aquellos que continuaban talando la selva amazónica con el pretexto de abrir caminos para la civilización estaban consiguiendo exactamente todo lo contrario y nos estaban destruyendo a todos.<br />
Los gobiernos títeres del hemisferio sur continuaban demasiado inmersos en sus propios y pecuniarios interés para ocuparse de la ecología y ni siquiera pensaban en sus descendientes, ya que estos hijos y nietos de la corrupción ni siquiera tendrían oportunidad de poder disfrutar de tan mal habido dinero.<br />
Aquel día llevaba mi chaqueta en la mano, pues ya no soportaba su peso sobre mi cuerpo. Me desempeñaba en una repartición estatal, y no era bien visto que fuera a trabajar sin ella, aunque la temperatura rondara los 40 grados centígrados, algo que ni siquiera los vetustos equipos de aire acondicionado conseguían mitigar medianamente.<br />
Cuando abrí la puerta del departamento me recibió la vaharada de calor sofocante. No podía quejarme, y si lo hacía para que alguien se apiadara de mí tampoco serviría de nada pues vivía sola. Aquellas que viven solas me van a comprender sin más explicaciones.<br />
Dejé la chaqueta en el perchero y mientras me dirigía al dormitorio, tan minúsculo como el resto del departamento, me quité la blusa empapada en transpiración que se me pegaba al cuerpo.  Buscando un poco de aire abrí  la ventana que daba casi sobre la medianera del edificio vecino, un edificio un poco más viejo que el que yo habitaba, es decir con una antigüedad que rondaba siete décadas.<br />
El reflejo del sol sobre la pared no alcanzó a deslumbrarme porque en el apuro por sacarme la ropa, aún conservaba puestos los anteojos de sol, unas gafas que habían conocido mejores  épocas y que tendrían que continuar desempeñando su función hasta tanto y cuanto pudiera reemplazarlas por algunas mas modernas. Pero ahora eso podía esperar, tenía otras urgencias para cubrir y las gafas no representaban ninguna prioridad.<br />
Terminada la aliviante tarea de desvestirme, acomodé la ropa que me tenía que volver a poner al otro día y enfilé hacia el cuarto de baño. Las cañerías comenzaron a dejar a escuchar su característico crujido cuando abrí las llaves del agua.  El chorrito marrón fue desapareciendo para dar paso a otro chorrito agonizante pero esa vez de agua limpia. Mientras aguardaba a que la bañera se llenara, tenía tiempo suficiente para prepararme un café y aproveché plenamente aquellos segundos de paz.<br />
Volví con el jarro de café al baño, el agua había llegado a un nivel bastante aceptable. El agua parecía tan caliente como el resto del ambiente, pero unos segundos después comencé a sentir el alivio que tanto había buscado. La verdad que después de un día tan difícil como el que había pasado, necesitaba ese descanso como algo impensable. Dejé el jarro sobre el borde de la bañera y traté de relajarme, y después de unos minutos lo conseguí aunque a medias. El primer sorbo me supo a gloria y después de la primer pitada al cigarrillo me supo todavía mucho mejor.<br />
Extendí el brazo izquierdo para encender la radio y la melodía de un programa de música tranquila inundó el ambiente. Todo parecía de maravillas y disfruté los siguientes  minutos de mi tan preciada soledad, hasta que lo vi  asomándose a la ventana.<br />
El odio, uno tan recalcitrante que bastaba para encenderme la sangre a niveles insospechados hizo presa en mi. Traté de ignorarlo, pero sus ojos parecían fijos en los míos atento a cada uno de mis movimientos. Siempre odié a los mirones y ese era uno  de los más persistentes.<br />
<span id="more-537"></span><br />
<br />
Tomé otro sorbo de café mientras no dejaba de mirarlo de reojo, pero el muy desgraciado permanecía quieto tratando de pasar inadvertido. Sacudí la ceniza del cigarrillo y no me importó que me cayera sobre la pierna que el agua todavía no había alcanzado a cubrir. Me mordí los labios para no soltar el exabrupto que me merecía, no quería que él se diera cuenta de que yo sabía que estaba ahí como lo venía haciendo desde unos cuantos días antes.<br />
Fingí que todo estaba bien y traté de tranquilizarme, aunque mi corazón latía cada vez más  rápido y el pulso comenzaba  a  temblarme. Terminé el café casi atragantándome y le di una larga chupada al cigarrillo.<br />
La confrontación se acercaba y quería tener las manos completamente libres para enfrentarme con ese mirón que ya había llegado al límite de lo soportable. Por dos veces se me había escapado, pero ese día había estado practicando en la oficina y mis reflejos habían mejorado notablemente.<br />
Estaba seguro de poder ganarle y si la fuerza no era un inconveniente, su astucia y su rapidez para desaparecer eran sus mejores armas.  Cualquier recoveco le servía para desaparecer y regresar cuando se le diera la gana, como si mi casa fuese la suya.<br />
Quizás era eso lo que más me enojaba, que se paseara por mi casa como si le perteneciera.<br />
Como si él hubiese sido el que durante quince años hubiese hecho frente a las cuotas de la interminable hipoteca que había sacado cuando decidí irme a vivir sola.<br />
Y eso era lo que quería: vivir sola, sin que nadie estuviese mirándome cuando se le diera la gana como si mi voluntad no fuera nada que le importara, pero sabia que el momento de la confrontación final había llegado y me iba a esforzar por ser la triunfadora de la desigual contienda.<br />
Traté de mantenerme relajada mientras lo observaba moverse, con la misma sigilosidad de un comando entrenado. No podía dejar de creer que ni siquiera se inmutaba, seguramente estaba preparado para ese tipo de cosas o tenia la cualidad innata para pasar desapercibido, aunque ya no para mi, pues había descubierto su juego, un juego infernal que cada vez me ponía mas nerviosa, pero seguramente a él no le importaba o si le importaba era para que yo me pusiera todavía mas nerviosa.<br />
A veces pensaba que disfrutaba haciendo lo que hacía pero a mi me ponía cada vez más loca, algo que a él parecía divertirle, pues aunque el ángulo no me resultaba favorable me parecía verlo sonreír. Maldito, pensé para mis adentros, ya te queda poco y estoy seguro de que no te vas a reír nunca más.<br />
El enojo no me dejaba pensar con claridad, tanto que decidí hacer un poco de meditación para poder relajarme y actuar con la celeridad y la rapidez de reflejos que la situación imponía.<br />
Una situación que pensé que nunca iba a llegar.<br />
Me volví como si lo hiciera casualmente y pude notar que sus ojos estaban fijos en los míos como si me estuviera desafiando. Le sostuve la mirada y el muy cretino pareció que me miraba con total y absoluto desprecio. Eso era más de lo que podía soportar y mis ansias de asesinarlo se incrementaron al punto tal que sentí erizarse los pelos de mi nuca y la piel de mi cuerpo.<br />
Un movimiento mío pareció alertarlo y retrocedió sobre sus pasos, el maldito mirón parecía tener miedo pero solo fue una ilusión pasajera pues rápidamente recuperó el terreno perdido y creo que hasta se atrevió a acercarse un poco mas. Seguro que me consideraba una cobarde, algo que me ponía realmente frenética, mucho más cuando fui una de las pocas que había visto la muerte demasiado de cerca durante la guerra de Malvinas. Allí había terminado de familiarizarme con el uso de las armas y cuando había entrado al baño había llevado conmigo la que me parecía mas efectiva para asegurarme el triunfo.<br />
Aquella era una lucha en la que no iba a dar ni pedir cuartel, al menos yo, él quizás tratara de escapar, pero no estaba dispuesto a tomar prisioneros, no me importa lo que dijera la convención de Ginebra al respecto.<br />
Era una lucha a muerte.<br />
Tratando de que mis movimientos le resultaran naturales extendí el brazo por encima del borde de la bañera y lo deje quieto allí un rato para que tomara confianza, me pareció que volvía a retroceder, pero un rayo de luz me impidió distinguirlo bien, parecía que tenia miedo y si titubeaba tendría mas ventaja a mi favor. Lo dejé confiarse mientras me puse a cantar bajito para tratar de calmar mi ansiedad, que en ese momento ya era mucha, pero no podía permitirme que él lo supiera, si no perdería toda la ventaja. El sudor comenzaba a correrme por la cara, los ojos comenzaron a arderme mientras trataba de mantener fija la mirada perdida en un punto inexistente en el espacio, el sudor amenazaba con metérseme en los ojos pero no quería hacer el menor movimiento para no alentarlo sobre mis intenciones. Que en ese momento no podían ser otra que las peores.<br />
Detestaba a los mirones y los acosadores, esa iba a ser mi manera de vengarme de todos los malditos mirones y acosadores del mundo entero.<br />
Después de lo que me pareció una eternidad las puntas de mis dedos alcanzaron a rozar el arma que había dejado junto a la toalla. El contacto rugoso me devolvió un poco de la confianza que había empezado a perder con el correr de los minutos, estiré un poco más la mano y el contacto se hizo tan intenso que un escalofrío me corrió por la espalda.<br />
Estaba tan concentrada que me olvidé del calor, de la oficina, de lo rutinaria que se había vuelto mi vida durante los últimos meses. Quizás a partir de ese momento se produjera el cambio que tanto esperaba. Un nuevo camino parecía abrirse ante mi y no pensaba desaprovechar esa oportunidad esperada desde largo tiempo antes. Mientras mi mano se cerraba sobre el arma le eché un vistazo de reojo y vi que comenzaba a acercarse mas confiadamente que de costumbre. No podía creer el desparpajo que mostraba, como si yo fuera una rival insignificante a la que se la podía despreciar a su antojo. Los dedos se me pusieron blancos cuando aferré mi arma, la furia asesina se había apoderado de mi y ya no había ninguna posibilidad de que diera marcha atrás. Es más, no quería hacerlo. Era su vida o la mía. Le eché una última ojeada y me pareció que en sus ojos se reflejó una gran dosis de sorpresa cuando de la nada apareció mi mano armada.<br />
El chasquido sonó como un disparo de gran calibre y mi enemigo, el mirón empedernido y desvergonzado que había generado en mi un odio más que acérrimo pareció disolverse bajo el impacto de mi pantufla.<br />
La cucaracha estaba muerta y ya era hora de poder disfrutar de ese baño que tanto me merecía.</p>
<p>Autor: </p>
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