Entrada categorizada en ‘Policíaca’

Policíaca, Relato

La inquietante sonrisa de un niño

Por , en 28 de abril de 2011

- Mi hijo no debe llorar.

Intentó detener aquella catarata, pero el líquido se abrió paso hasta llegar a los pies de Jack Seis dedos. Dos zancadas le bastaron para cruzar el zigzagueo de orina y pararse frente a su hijo.

- Mis cigarros no los traes, mi dinero tampoco. Eres una calamidad.

Simón ya conocía el “modus operandi” de su padre. No debía llorar ni orinarse, pero a sus siete años era imposible no temer.

- Eres como tu madre, débil como una perra.

Jack Seis dedos con una impresionante cachetada le limpió las lágrimas, incluso las que estaban por venir.

- Habla, ¡y deja de gemir!

Simón temblaba, corría evitando las pozas de agua, con firmeza sostenía tanto el dinero bajo el cinturón de vaquero, como los revólveres de plástico. Un juguete así le daba cierta seguridad en un barrio como ese, aunque sólo fuera ilusoria. Si no era la pandilla, sería su padre quien desatara la frustración acumulada. Pero, aún así, con esa ira y su indiferencia, era su padre. El único nexo con la raíz, con ese símbolo de pertenencia. Lo admiraba, quería ser como él; seguro, frío, con el aura de hielo que sólo se ve en los héroes del cinematógrafo.

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Policíaca, Relato

Pesadilla de una noche de verano

Por , en 11 de abril de 2011

Caía la noche en un pueblo castellano. Era verano y hacía mucho calor, ese día incluso más de lo normal. El cielo estaba despejado y la luz de la luna llena entraba por la ventana de la casa de Diana, que se encontraba a solas en su habitación probándose ropa frente a un espejo. Diana era una guapa muchacha, de dieciocho años, tampoco muy alta, de mediana estatura pero con un cuerpo privilegiado que volvía loco a todos los mozos. Todo ello se unía a su preciosa carita: boca pequeña de labios tentadores, nariz pequeñita y perfecta, ojazos negros, cejas finas y arqueadas, y pelo moreno largo y liso.
Estábamos a víspera de San Roque, el día más importante para todos en el pueblo, y la joven, que había sido elegida reina de las fiestas, estaba probándose el vestido que mañana luciría en la procesión, el desfile de peñas y la corrida de toros. El vestido era muy elegante, de color oscuro, con falda corta y bastante escotado por delante y por detrás. Sobre él, llevaba puesto en diagonal la banda rojigualda con los colores de la bandera de España, que la acreditaba el título de reina de ese año. Los zapatos eran unos stilettos, de tacón alto, de color negro y con punta. El pelo lo llevaba recogido con una peineta, dejándose flequillo hacía un lado, que le caía por encima del ojo izquierdo, casi tapándolo. Sobre la peineta llevaba una mantilla que caía por detrás de la espalda, y para terminar unos pendientes hacían juego con el color del vestido. Aquel conjunto y el bonito peinado, unidos a su belleza, no le podían quedar mejor.
La chica se miraba una y otra vez al espejo, pensando en que diría la gente del pueblo cuando la viera: sus amigas, su novio Rafa, todos los tíos a los que volvía locos o todas sus enemigas a las que mataba de envidia. Mucha gente calificaba a Diana de bastante pija, creída, chula y arrogante, pero nadie dudaba de que era la más guapa de todo el pueblo.
Antes de quitarse el vestido, echó mano de una cámara de fotos y se hizo unas cuantas para subirlas al tuenti, para etiquetar a todo el mundo, como siempre que subía una foto suya otras veces, vestida con diferentes modelitos, y seguir batiendo récords en comentarios y visitas de su perfil. Le encantaba la popularidad.
Se hizo un poco más tarde, las doce y media pasadas. Diana apagó el ordenador, se quitó el vestido y lo dejó en una silla preparado para mañana. Antes de quitarse la ropa bajó la persiana y se aseguró de que no hubiera ningún chico escondido que estuviera espiándola detrás de la ventana, pues ya había pillado a más de uno en otra ocasión.
Como hacía mucho calor, ni siquiera se puso el pijama, se acostó en tanga y sujetador para dormir más fresquita. No dijo “Buenas noches” ni se despidió de nadie, entre otras cosas porque estaba sola en casa. Su padre, Manuel Barroso, era guardia civil y se encontraba trabajando esa noche. Su madre, Ángela García, se había tenido que ir con la abuela y el abuelo a Madrid, por una enfermedad grave que había padecido hace poco este último.

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Policíaca, Relato

El Maletín – Capitulo Único

Por , en 11 de abril de 2011

Este es un extracto de una novela que todavía no he concluido:
…. La luz de aquella lámpara parpadeaba continuamente, lucia borrosa, creando una sensación de penumbra. Aquella oficina totalmente desordenada y sucia parecía un chiquero, cubierto de telarañas. En el piso húmedo y frio un grupo de polvorientas carpetas le servían de cama.
Sus ojos parpadeantes seguían el ritmo de aquella borrosa luz, lentamente su cuerpo inerte regresaba a la vida, primero sus temblorosas manos absorbían el calor matutino y sobresalían lánguidamente al lado de la gabardina que le servía de cobija. Igual que todos los días, a duras penas se incorporo, entonces, busco la botella de ron que era como su ángel de la guarda. Desesperadamente, tomo un par de sorbos y sintió un calor ardiente pasar por su garganta.
Tomo una silla y se sentó precipitadamente, observo fijamente su escritorio y vio aquel fajo de billetes verdes que tanto le había costado obtener, abrió una gaveta y saco temblorosamente un vistoso maletín de cuero crudo y una pistola. Ese maletín había sido su compañero de andanzas desde que en sus años mozos, sus padres se lo regalaron cuando salió de la faculta de derecho. Años pasados, años que el prefería no recordar. Seguidamente introdujo el dinero dentro del maletín.
Se incorporo repentinamente, sin prestar mucha atención a su entorno, empujo la puerta y salió. Camino unos metros y entro en el sucio ascensor, marco su destino, fue cuando vio una pequeña araña posarse en el tablero, sin mucho afán la mato. Uno segundos después se abrió el ascensor. Entonces, un anciano gentilmente lo saludo, sin embargo, el no respondió y con una ademan de desprecio salió del edificio.
Una muchedumbre de personas caminaban por la avenida. Sin embargo el atravesó aquel grupo de gente y rápidamente se perdió al doblar la esquina.
La luz del sol comenzó a salir desplazando la penumbra de aquel lote baldío, en un rincón sobresalían unas pocas latas oxidadas y se podía observar un bulto sombrío y gris, cubierto por un pedazo de lona. Parecía inmóvil e inerte, no obstante las apariencias engañan, lentamente mostro signos de vida, lánguidamente un par de toscas manos sobresalieron en uno de sus lados. Entonces un hombre se incorporo ruidosamente, sacudiendo sus harapientas ropas, emitió un prolongado y notorio bostezo. El era alto, en algún momento fue fornido y fuerte pero ahora se mostraba seco y estéril, posiblemente debido al crack, tenía una tez blanca y curtida que refleja sus hábitos violentos.

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Policíaca, Relato

Emilia Intriga en quintay

Por , en 1 de noviembre de 2009

Emilia va de viaje asia quintay en un autobus va intentando no quedarce
dormida porke la semana anterior habia tenido muchas pruebas y estaba cansada
no vio mnisiquiera quien eran sus compañeros de viaje cuando tubo que
bajarce del autobus al pararce se dio cuenta que atras de ella se paro un chico
lo encontro raro porke nunka nadie se bajaba con ella se bajo del auto bus y el
tambien se bajo
*emilia= como te llamas ?
el le respondio muy subemente diego
ella le pregunto asia adonde iva y el le apunto con el dedo hacia adelante de el
*emilia= asia quintay o a tunquen?
a quintay en ese momento diego cruzo corriendo la calle y ella igual
estaba su padre al frente y lo abrazo se subio al auto y partieron
*emilia= porque no lo llevamos va a quintay !-apuntando a diego
el papa dise dile ke suba
Diego se sako la mochila y subio muy rapido emilia y su papa le empesaron a preguntar cosas
pero no keria reponder hasta ke le preguntaron y tu ke estudias?
diego= arqueologia
papa= entonces te debe interezar mucho lo que esta pasando
en quintay ya que se encontraron muchos objetos y cadaveres de gente de la antiguedad
diego= si por eso es por lo que vengo mi profesor tambien biene pero llega como en una semana
mas…
estaban hablando cuando derrepente se ve una hermosa playa y todos kedan impactados
papa= llegamos
emilia= diego y tu donde alojaras?
diego= nose, don…(no me acuerdo del apellido) me puede dejar en ese negocio
diego se baja y emilia y su papa se van

es lo unico que tengo por el momento

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Policíaca

El editor, tercera parte

Por , en 28 de agosto de 2009

La época del destape coincidió con el descubrimiento de la sexualidad en Federico, aunque quizá sería más apropiado hablar de redescubrimiento o de conciencia de una sospecha. En la escuela era un tema de conversación habitual. Una vez, uno de los más pequeños de su curso le preguntó durante la clase: “¿Qué se hace?”. Federico no entendió nada, pues como chico aplicado estaba enfrascado en las explicaciones del profesor, que hablaba sobre un tema sorprendente: los parásitos. Por lo visto existían seres que poblaban los cuerpos de los animales, incluidos los humanos. La tenia parecía repugnante, pero sobre todo daba miedo. Los piojos habitaban y se reproducían en el cabello. Estos los conocía por propia experiencia. La sarna era verdaderamente inquietante. Los ácaros cavaban infinidad de túneles debajo de la epidermis o en ella, quién recuerda, y se reproducían con miles de huevos que producían un efecto tóxico en la piel. Los afectados se rascaban sin parar, como en los chistes de sarnosos de la abuela “cachas”, y esto, a su vez, generaba un enrojecimiento e irritación dérmica. Dios mío, centenares, puede que miles de bichos diminutos habitando tu cuerpo, como nosotros habitábamos el mundo. ¿Quién nos podía asegurar que nosotros no éramos ácaros viviendo como eternidad un tiempo ínfimo? El compañero volvió a insistir, ahora con mayor elocuencia: “¿Qué se hace, se mea dentro?” Federico se quedó atónito. ¡Qué ingenuo!, pensó, su cuerpo de niño aún no había descubierto los placeres de la manivela y de la polea, dos artilugios que con sospechosa coincidencia se explicaban en los cursos de física a los pre-adolescentes. Fricción, resistencia, energía, calor, conceptos que aportaban más dudas que raciocinio sobre la hidraúlica de las erecciones y del deseo. “¡Cómo mees dentro vas a coger una enfermedad incurable!” llegó a responder Federico, sin saber muy bien si tal cosa era real o un simple invento. “Los orines, cuando se juntan con los de ella, producen llagas en los labios y manchas en el cuerpo. Se llama el mal francés o sílifis”, llegó a decir imitando la cara de convicción de su padre y la prosodia del maestro. El pobre compañero se quedó atónito, hasta el punto que pasó toda la clase hundido en el ensimismamiento. Y es que los franceses eran muy malos. Sobre todo las francesas, que no paraban de follar en todo el día, como lo demostraban las mil versiones de Enmanuelle que empezaron a proyectarse en los cines por aquel tiempo. Su padre se había tirado unas cuantas, no emmanuelles, claro, sino francesas, o al menos se jactaba de ello entre caña y caña en el barrio. Pero las putas no eran para casarse. Dónde estuviese una buena española con la pata quebrada y atada a la cama que no le diesen una gabacha, con su lengua altiva y su capacidad de prescindir de ti en cualquier momento o de convertirte en uno más de sus cómplices sexuales. En aquel tiempo, las mujeres francesas daban miedo por libres, altivas y folladoras sin complejos.
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Policíaca

El editor, segunda parte

Por , en 27 de agosto de 2009

El juego del solitario, incorporado de serie en las versiones de Windows, siempre le dejaba con un regusto de culpabilidad. Además, su práctica en el centro de trabajo no era tan inofensiva. Existían ya algunas sentencias de despido por su uso incontrolado. Uno podía ser un ludópata o un cocainómano y ser considerado simplemente un enfermo. Podía atiborrarse de antidepresivos y ansiolíticos y recibir la actitud condescendiente de sus superiores; incluso podría intercambiar con ellos comentarios sobre los efectos secundarios del prozac, del valium o del lexatin: “A mí me produce por las mañanas sequedad de boca”, “A mí, en cambio, me da estreñimiento”. También uno podía dedicarse a joder al personal. No importaba, seguro que en todas estas situaciones saldría indemne. En cambio, jugar al solitario era una falta grave similar a una agresión física, un hurto o una ausencia prolongada del centro laboral.

Pelársela quedaba fuera de lo imaginable. No se la había pelado nunca en un espacio público y no iba a empezar ahora, con cuarenta y tres años, aunque el recuerdo del último polvo con Laura le provocase un cosquilleo en los testículos. Con toda probabilidad, pensó, el mundo laboral sería más relajado si la gente estuviese bien follada o se masturbase más. Pero el sexo estaba reñido con la competitividad laboral, ya fuese por sublimación o por cualquiera de esos mecanismos enigmáticos que el esoterismo psicoanalítico había profetizado. Quizá por eso los proletarios follaban más que los ejecutivos, siempre cuidando su dieta con yogourts y ensaladas aderezadas con fármacos para la acidez de estómago, la hipertensión, la hipercolesterolemia o el estreñimiento. Los obreros tenían el cuerpo. Esa era su riqueza y su fuerza. Su única riqueza y su única fuerza. La sensación de fatiga en los músculos de los brazos y de las piernas estaba en relación proporcional con la importancia del cuerpo en sus vidas, con la admiración por el fútbol y la fuerza física, con el “Amor de madre” inscrito en el pecho o en los bíceps, con la sexualidad y la capacidad de aguante de carajillos, copas de coñac y cajetillas de tabaco.
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Policíaca, Relato

El editor, primera parte

Por , en 26 de agosto de 2009

Tras su estancia con Julia en Lisboa, Federico intentó concentrarse en el trabajo. No fue fácil. A sus manos llegaban innumerables manuscritos de baja o nula calidad literaria que él debía evaluar para su publicación. Aquella mañana tenía en su mesa un texto extraño; freak o friki, como dirían sus hijos. María, una de sus mejores colaboradoras, se lo había enviado con el consabido informe: “Temática comercial, aunque con un estilo pobre. No se observa un dominio de las técnicas literarias y su valor narrativo es más que discutible. Otro producto del tipo simulacro de autobiografía”. Era una historia más de las tantas que llegaban a la editorial en los últimos años. En la era de la globalización se consideraba rupturista disolver las fronteras entre realidad y ficción, de tal manera que el lector se cuestionase si se hallaba ante una fábula o un testimonio biográfico. El truco era jugar con la confusión y convencer al lector de que estaba siendo espectador de una venganza narrativa poblada de seres que habían provocado afrentas y sufrimientos tan reales como las tormentas o los huracanes. Aquella novela era más de lo mismo; sin embargo, llevaba este extremo hasta sus últimas consecuencias. Una vez finalizada, el lector debía contactar con el protagonista en una dirección de correo electrónico y dialogar con él. El personaje principal, por boca del autor, continuaría ofreciendo datos sobre el relato, sobre situaciones comprometidas, sobre sentimientos que la disciplina del texto o el lenguaje narrativo, siempre incompleto, habían impedido expresar.

En términos comerciales no estaba claro si la novela podía ser un desastre o un buen producto. ¿Quién no había sentido cierta sensación de vacío al acabar una historia? ¿Quién no había querido alguna vez dialogar con el protagonista y prolongar esa extraña combinación de placer e inquietud que nos inunda cuando una narración toca a su fin, como si fuese el anuncio de la muerte, de la propia finitud? El deseo de dilatar el relato era una realidad tan universal como la insistencia en prolongar nuestra vida, nuestro protagonismo, nuestra existencia.

Federico divagaba en estas nebulosas mientras tomaba el primer café de la mañana. Debido al embotamiento matinal o a la necesidad imperiosa de un cigarrillo, su olfato comercial, certero en algunos momentos, no parecía prestarle la ayuda necesaria. Para resolver sus dudas releyó una vez más la primera página del manuscrito.

Estimado lector:
Esta narración no es una novela. Si empiezas a leer este texto hazlo hasta el final. No me vengas con compulsiones ansiosas o picoteos consumistas. No devores estas páginas como si fuesen cacahuetes o palomitas que luego defecas sin deglutir. Piensa que ésta no es una fábula elaborada para tu disfrute de consumidor, sino una demanda de ayuda. Si no te gustan las normas del juego vuelve a ver la televisión y sigue adocenándote. Si finalmente este relato se convierte en un libro y lo estás leyendo de pie en una librería, en un aeropuerto o quién sabe dónde y no estás seguro de lograr completarlo, no lo compres, no continúes; devuélvelo al silencio donde descansan los testimonios de tantos seres insignificantes.

Federico resopló con irritación. No tenía mucho tiempo y se estaba entreteniendo con un manuscrito absurdo, con toda probabilidad redactado por algún escritor novel desesperado que ya no sabía cómo llamar la atención. Tenía una reunión a las 11 con Joaquín, el director de promoción, y a las 12 la visita de Leandro Hull, un conocido escritor de novelas de asesinos en serie con gran éxito de ventas. Más tarde, a las cuatro, debía dar cuentas a la directora del grupo sobre el último ejercicio semestral. Sin embargo, y con sorpresa para sí mismo, siguió leyendo.

En cambio, si lees esta historia de principio a fin te ruego que envíes tus comentarios.. Ten la convicción que responderé a tus mensajes; aunque todo dependerá de mi ánimo, de si ese día dispongo de suficientes energías para levantarme de la cama, para comer, para conectar el ordenador, para leer, para escribir, para vivir. Es posible que el texto te agrade o por el contrario que me maldigas por haber perdido tu tiempo. Tu nivel de implicación dependerá, como es obvio, de tu propia vida. Algunas veces te sentirás identificado conmigo y otras encontrarás absurdo mi comportamiento. En ocasiones pensarás que mis vivencias no tienen lugar ni sentido en un mundo tan ordenado. Otras veces te sentirás en mi piel. Ese será tu papel, ser sin ser.

Federico oyó el timbre del teléfono. El sistema telefónico de nueva generación incorporaba un sonido metálico y cantarín que, sin saturar el ambiente, se hacía omnipresente. En aquel momento pensó que los cambios en la tonalidad de los timbres telefónicos mostraban muy bien el paso del tiempo. Antes el sonido era agudo e insistente, con intermedios de silencio prolongados que permitían fabular sobre el origen e intención de la llamada. Las películas de Hitchcock habían hecho un uso frecuente de este recurso, aumentando los intervalos de silencio y de esta forma el suspense. Ahora, en cambio, los timbres eran fríos y compulsivos; expresaban automatismo, premura y una emocionalidad congelada. Federico se sintió incómodo por distraerse en estas disquisiciones de buena mañana y por trasladar a los cambios tecnológicos sus propias transformaciones interiores y descolgó el teléfono. Respondió con un seco “¿si?”, pues una luz en el aparato le indicaba que se trataba de una llamada de la propia empresa.

-Federico -escuchó al otro lado-, Joaquín no podrá llegar a las 11 porque se encuentra en un atasco. Es por la manifestación contra la guerra. Me ha pedido que te informe.
- Bien, bien, de acuerdo Berta -respondió él. Pensó ¡Mierda!, pero no se atrevió a pronunciarlo. A veces tenía la sensación que la jornada se convertía en una carrera de obstáculos desde la mañana hasta la noche, cuando llegaba a casa y le esperaba un dulce hogar.

Hacía tiempo que su vida era anodina. En teoría su existencia era feliz, al menos según los cánones que le habían transmitido y que él mismo intentaba reafirmar ante los demás con sospechosa insistencia. Estaba casado con Laura y tenían dos hijos. Ella era profesora de literatura en un instituto y tenía más tiempo que él para cuidar a los pequeños monstruos. Los fines de semana iban a su pequeña casa en el campo, disfrutaban de sus hijos o salían a pasear por la playa. El apartamento de la Villa Olímpica en donde vivían ya estaba casi pagado. Hacía seis meses que había comprado el coche de sus sueños, un Mantra Aventure con tracción a las cuatro ruedas y un interior confortable con el que podía conducir por pistas forestales, cargar todo tipo de artilugios para las vacaciones o jugar al parchís en su interior. Los niños estudiaban en el Liceo Francés. Probablemente a los veinticinco años hablarían cinco idiomas, tendrían dos títulos universitarios y estarían preparados para afrontar el futuro laboral con éxito. Muy diferente había sido su formación, y la de Laura. Los dos eran licenciados en filología hispánica y se habían visto obligados a luchar como posesos para llegar a su estatus actual.

A menudo, Laura y él se habían sentido nadando contra la corriente junto a una multitud de diplomados con un título tan interesante como devaluado en el mercado de trabajo. Después de tanto esfuerzo Federico se sentía exhausto y vacío. Cuando llegaba a casa por las noches, Laura no cesaba de hablar de las necesidades de los pequeños, de las cortinas nuevas, de la compra del supermercado, de las estanterías que él debía instalar en el estudio el próximo fin de semana, de sus padres ya mayores y achacosos y de las próximas vacaciones. El hacía esfuerzos por mantener la conversación, pero generalmente se sentía demasiado cansado y apático para disimular. A veces le inundaba un deseo repentino de follársela en el sofá del comedor o en la cocina o en el pasillo, pero al final acababa venciendo el tedio.

La última vez que se la folló, en verdad no la última, pero sí la que guardaba en su recuerdo corporal, fue el último fin de semana, cuando recibieron la visita de los padres de ella. Durante aquella convención familiar, y mientras los niños insistían en matar a Bin Laden en el nuevo juego de ordenador, él la llamó desde el baño con la excusa que la cisterna no funcionaba. Cuando ella entró en el lavabo se miraron fijamente a los ojos. Él sabía que el buen sexo se elabora como la buena cocina, con suavidad y firmeza, con delicadeza y energía, con insistencias y sorpresas, con contención y desbordamiento. Federico deslizó la mano hacia su pubis y sintió la humedad y el cosquilleo del pelo crespo en la palma de su mano derecha y, en su reverso, la presión del elástico. Laura, visiblemente excitada, se bajó las bragas, él la subió a horcajadas y la penetró con fuerza. Bajó la tapa del water y se sentó con ella encima. La atrajo hacia sí cogiendo sus nalgas y moviéndose de forma acompasada mientras lamía sus pezones y besaba su cuello. Cuando llegó la descarga orgásmica, que por suerte fue simultánea, ella tiró de la cadena una y otra vez. Las endorfinas se desbordaron como el agua de la cisterna busca su curso natural. Volvieron a la reunión familiar disimulando con una conversación sobre la incompetencia de los fontaneros y la carestía de la vida. En la habitación, los pequeños monstruos discutían entre ellos por defender su turno de juego mientras una imagen animada de Bin Laden, con una herida en el pecho, veía con expresión de derrota cómo se desprendía su barba y su ropa. Bin Laden se quedaba desnudo, tapaba con sus manos su pene minúsculo y desaparecía corriendo por las montañas de Afganistán hasta que su figura era un pequeño punto en el horizonte.

En esta bruma de sensaciones y recuerdos se encontraba Federico cuando Berta entró en su despacho:

- Federico, Joaquín sigue en el atasco y me temo que el Sr. Leandro Hull se encuentra en la misma situación. Me acaba de llamar desde su móvil, pero se ha cortado la comunicación. He oído un sonido de fondo que parecía de unos manifestantes.
- Muchas gracias Berta, a ver si al Señor Hull se le están manifestando los serial-killers y no nos va a entregar su última novela.

La secretaria sonrió de manera forzada y él se arrepintió de inmediato de su estúpida broma. Quizá para huir de sí mismo dirigió su mirada al manuscrito y simuló leer con cara de hombre atareado.

- Bien, bien, Berta, mantenme informado -llegó a decir mientras la puerta ya dibujaba una ausencia.

Enfrente tenía de nuevo el maldito manuscrito y toda la mañana por delante, si es que no la tarde, porque Elda Afilador, la directora del grupo editorial, también podía “atascarse” en algún lugar insospechado. Dadas las circunstancias, podía optar por jugar al solitario en el ordenador, pelársela o hacer su trabajo.

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Policíaca

El asesinato de la tele, segunda parte

Por , en 21 de julio de 2009

Por muy atrofiada que este mi mente por el “olor” (a santidad) de las velas, pienso: “no si no te digo yo lo que ahí en este planeta, en cuanto pones la suela de los zapatos en un templo, sea de la índole que sea, ya están, en nombre de lo espiritual, lo inmaterial, lo sobrenatural, lo impalpable, etc. etc., pidiéndote de soltar la mosca. Las columnas sosteniendo lo inmaterial son de una índole tan material como el dinero. Prueba hecha: lo sobrenatural no se sostiene por si solo, necesita de lo naturalmente palpable (la pela en consecuencia) para no derrumbarse.

Después de la ceremonia, los fieles se reúnen para intercambiar opiniones, experiencias, en un estado de felicidad total, gracias no a la “espiritualidad” del sermón, sino a los componentes de las velas.

Mi mente flota. Mi pie izquierdo cambia las velocidades de la moto mientras mi mano derecha gira la empuñadura acelerando a tope; en pocos minutos alcanzamos esa velocidad en la que los neumáticos parecen no tocar el asfalto. Me creo en Marte, conduciendo una de mis motos volantes.

Cuando llego a casa, tiro las llaves encima de la mesa y me dejo caer en la cama. Me siento girar. Girar y girar. Todo gira a mí alrededor antes de perder conciencia en un profundo sueño.

Cuando me despierto la luz del sol entra a chorros en mi habitación. Son las dos de la tarde. Como un somnámbulo (piloto automático puesto) me dirijo hacia la cocina. Un café, necesito un café. El negro brebaje manchado de leche, se desliza calido y sabroso por mi paladar. Me siento mejor. Pienso en la noche anterior.

- Pirados total. Pero de una locura inofensiva. No me imagino a ninguno de ellos navaja en mano. Tendremos que buscar por otros derroteros.

Llamo a Urbion, le cuento la movida del día anterior. El teléfono móvil de Maria Pirula Ratillo esta en posesión de la poli, pero Richie no figura en la agenda.
- No te preocupes Mex, tú sigue adelante con el interrogatorio, nosotros nos encargamos de Richie.
- OK.

Sobre la mesa, al lado de la taza de café se encuentra el dossier abierto, miro el siguiente nombre: Chupa Chups Fariñas, otro presentador de la emisión.

Teléfono, cita, misma hora, plato de televisión. Chupa Chups Fariñas es puntual. Mismo ceremonial de presentaciones. Mismas preguntas. Revela como un carrete su versión de los hechos. Habla como una cotorra y parece que se va ha ahogar en sus propias palabras. Cuando le pregunto si su relación con Maria Pirula era meramente profesional (¿nunca se sabe?) me responde:
- Pues no. Éramos mucho más que colegas de trabajo, más que amigos…

Alucino, sinceramente Fariñas me esta tirando los tejos desde hace un buen rato y no es una impresión. No lo veo para nada liado con una tía. No…… Es tan evidente que no necesito ni siquiera recurrir a mis antenas marcianas para saberlo.

Tras unos segundos de emoción sigue:
- Ratillo y yo éramos socios. Bueno ya sabes, el mundo de la tele es duro, muy duro. Hoy, tienes audiencia, todo va bien. Al día siguiente la audiencia baja y te encuentras sin emisión y de patitas en la calle. No le queda a uno mas remedio que asegurar las traseras. Maria Pirula y yo tenemos un negocio: un Sex shop.
- Vaya…. Que interesante…. ¿El negocio, al desaparecer Patty, pasa a ser totalmente suyo?
- Pues no, Maria Pirula tiene una hermana melliza con síndrome de down. Un testamento la hace beneficiaria de la parte de Patty.
- ¿Empleados en el sex shop?
- Si. Cuatro.
- ¿La dirección por favor?
- Calle de la Alegría, nº 69. Planta Baja.
- Le agradezco su colaboración, señor Fariñas. Quizás tengamos que volver a vernos
- Con mucho gusto. Me cantaria.

Mi estomago se queja, ruge como un león. Entro en la primera pizzería que encuentro en mi camino.
- Una margarita y una copa de chianti.

Mientras saboreo la pizza, pienso en dejarme caer por el sex shop antes de regresar a casa.

Calle de la Alegría, una calle céntrica de la Capital, un buen sitio para el negocio. Por lo que veo todo va viento en “condón”, quiero decir en popa claro esta. El sex-shop es uno de los locales mas frecuentados.

Desde las películas “Súper X”, hasta los condones de todos los colores, pollas en plástico duro: algunas llaman mi atención por su inusual dimensión, así como otras joyas del erotismo, lucen su atractivo en las estanterías del local.

El único dependiente, a esta hora de poca afluencia, atendiendo el negocio se encuentra atendiendo a un representante. Al encontrarme cerca del mostrador hecho un vistazo al artículo presentado: se trata de un consolador en forma de patito amarillo (su extremidad posterior no acaba en forma de cola sino en forma de pene – bueno, al fin y al cabo, también se trata de una cola).

El representante muestra un gran surtido tanto a nivel de tamaño, como de colores.
- El más exitoso – explica – es el amarillo con pico naranja. El clásico. Aunque le recomiendo de tener a disposición de sus clientes el “Kit speshial compuesto por 7 patitos con el nombre de cada día de la semana escrito en el ala izquierda. Cada uno tiene un color y un tamaño concreto. Como puede ver uno “S”, dos “M”, tres “L” y uno (para los mas valientes) “XL”. Satisfacción garantizada. Además el “Kit speshial” viene en una caja, como puede ver, exquisitamente adornada con temas de lo mas sugerentes. Tiene un diseño atractivo y es ideal para regalar. Nuestra empresa lleva 10 años en el mercado, con eso lo digo todo. No solo vendemos a nivel nacional, sino también internacional. Nuestra marca es sinónimo de calidad y todos nuestros artículos tienen una garantía de un año. Permítame ofrecerle para su uso personal un “kit speshial”, no porque lo necesite claro esta, sino para que pueda comprobar, en buen profesional y por usted mismo las maravillosas propiedades de nuestro popular y cariñosamente llamado “patiño” – palabra gallega cuya traducción al castellano corresponde a “patito”. Le dejo el catalogo de este año donde podrá ver al lado de los clásicos, las ultimas novedades. Los precios vienen detallados en las últimas páginas, así como las reducciones por compras superiores a mil piezas. En este mes de abril tenemos ofertas especiales, precios fuera de competencia. Y aquí mi tarjeta de visita. Estoy a su entera disposición (dado el lugar se apresuro a precisar) en lo referente a los encargos y únicamente en horario laboral.

El representante, terminado su trabajo, salio del sex shop, entonces me acerco al mostrador para llevar a cabo el mío.
- Mex Fauve Total. Investigador. Trabajo en el caso Maria Pirula Ratillo.
- Le ayudare en todo lo que pueda.
Me habla de Ratillo, sus relaciones en el sex shop. Sus novios, el si los conoce, por lo menos de vista.
- Tenía debilidad Maria Pirula, por los problemáticos. Como si fuera poco, los malos olores la excitaban sexualmente. En una palabra necesitaba a un mal oliento cerdo en su cama, sino nada la “ponía”. El último, vino a buscarla un dia al sex shop, no había pasado el umbral de la puerca, perdón quiero decir de la puerta, y todo el local estaba inundado por un olor infame a pies. Me imagino a Maria Pirula con la nariz pegada a la planta de los pies “colocándose” con ese podrido olor.

Lo del olor a pies me puso en alerta. Ya esta, ya tenemos al asesino de Maria Pirula Ratillo, es su ultimo novio. Un criminal traicionado por su fétido olor, que yo recuerde en los anales criminales nunca se había dado semejante caso. El dependiente me hace una descripción coincidiendo en todo con el personaje de la grabación.
- ¿La cara? Pues no se. Llevaba una gorra con la visera muy bajada, prácticamente no se le veía. La boca muy fea y la quijada huesuda. No se porque pensé en un burro. En el local tampoco tenemos mucha luz. Entre los labios llevaba un porro y tiraba con tanta fuerza de el que parecía chuparlo más que fumarlo. Asqueroso. Un asqueroso total.
- Mañana el comisario Urbion se pondrá en contacto con usted. Pura rutina, tan solo se trata de tomar nota de su testimonio.

Nuestra conversación es interrumpida por un grupo de chicos:
- hola Pipo. Vamos al escenario.
El dependiente contesta a la interrogación de mi mirada:

- Maria Pirula hace un año, más o menos, tuvo la idea de montar un escenario ofreciendo a todos los exhibicionistas de practicar su hobby preferido. Hacia un favor a la sociedad, por fin el problema exhibicionista bajo control. Los unos contentos porque podrían exhibirse a voluntad y las autoridades aun más, teniendo a estos últimos localizados, no solo en un lugar concreto, sino, además, apropiado para su numerito. Aprovechamos un hueco inutilizado del local para montar el escenario, seguidamente los albañiles, electricistas para los efectos de luz y técnicos en sonido para la música se pusieron manos a la obra. En quince días todo estaba a punto. Faltaban los “exi”. En un principio el Tomate – el de la emisión, sabes – se ofreció para los primeros pases. La cara tapada por una mascara de luchador mejicano, se contorsionaba al ritmo de la musica mientras se quitaba la ropa. No tardo en ser una atracción. La gente se dejaba caer por el sex-shop, y si el espectáculo era gratuito, siempre compraban alguna cosita antes de salir, un caramelo afrodisíaco, un condón, algún artilugio erótico. Quieras que no hacia funcionar el negocio. Ratillo, en el periódico, rubrica de “Chico súper dotado se ofrece….”, “Mujer viciosa busca….”, puso su anuncio:

“¡Exhibicionista! Por fin un espacio donde practicar tu “deporte” preferido sin ningún riesgo, mirones garantizados. Sex-shop te ofrece un escenario donde, por fin, podrás realizarte. Ni cobramos, ni pagamos. Abajo el calzoncillo por amor al arte. Llama al teléfono…..”

El móvil de Maria Pirula no paro de sonar durante toda una semana. El éxito fue tal que se vio obligada a establecer un planning con hora y nombre para los pases. Entre los exhibicionistas y los mirones el sex-shop esta siempre abarrotado, salvo algunas horas muertas por aquí o por allá. Incluso hemos tenido que pedir un permiso a las autoridades locales para obtener la licencia “24horas abierto”.
- Ya, ya….ya veo

Satisfecho de mi trabajo vuelvo a casa contento y alegre. Esa noche duermo de un sueño profundo y apacible.

Me levanto temprano, desayuno unos churros en el bar enfrente de mi casa antes de dejarme caer por la comisaría. Entrego mi informe a Urbion y le comunico mi intención de pasar por el piso de Maria Pirula Ratillo.
- Los vecinos, la portera. Quizás conozcan al tipo del careto de Zapatero. Nunca se sabe.

Abro la carpeta roja conteniendo el dossier del caso “Maria Pirula Ratillo”, miro la dirección. ¡Que coincidencia! Fariñas y Maria Pirula son vecinos. ¿Y si Fariñas hubiese llegado a un acuerdo con “El Porro” (llamo así al asesino por lo del porro) para eliminar a Ratillo? La portera, de lo mas discreta, responde a mis preguntas sin mas. Un poco desanimado me siento en un banco del vecino parque. Me dedico a revisar los apuntes cuando un hombre de cierta edad, muy estirado, sofisticado y amanerado se sienta a mi lado, entablando, casi de inmediato, la conversación. Cierro el cuaderno malhumorado. No tengo ganas de hablar. El hombre sigue con su conversación, lo escucho distraído, sumergido en mi pensamiento hasta que dos nombres me enganchar el oído: Ratillo, Fariñas. A penas conoce a Maria Pirula sin embargo, si conoce muy bien a Fariñas. Frecuentan los mismos bares. Dándomelas de indiferente, me informo, Pipi-Mi, encantado me cuenta:

A Fariñas un encuentro le cambio la vida. En uno de los locales del barrio gay, frecuentados por los “Osos”, unas anchas espaldas – cuyo propietario: moreno, atlético, peludo como un oso y dotado de una angelical cara – le engancho la mirada. Fariñas se acerco e invito al joven a una copa. Hablaron un rato acodados a la barra antes de bailar en la pista iluminada por luces color arco-iris. El joven cojio a Fariñas en brazos y restregando su “caja de herramientas” contra el escaso “bulto” de su compañero de baile le mordisqueo el cuello antes de arrearle un pellizco en el culo. Un respigón de placer recorrió toda la piel de un Fariñas.

De madrugada el joven encuerado de negro acabo en la habitación de Fariñas. Paso toda la mañana, el medio-día y parte de la noche antes de que el “oso” abandonara el apartamento. Ya en la acera respiro satisfecho el aire, con gesto viril coloco el “paquete” en su sitio antes de meter la mano en el bolsillo y sacar unos cuantos billetes que contó con tranquilo placer.

No vaya a pensar mal. Tan solo se trataba de un préstamo.

Los vecinos del edificio de enfrente cuentan que a las cuatro de la tarde, un Fariñas en pelota picada era aplastad, a intervalos regulares, contra los cristales de una de las ventanas de su balcón. Al parecer tenia la cara desencajada de placer o de dolor (no se sabe muy bien), incluso, inquietos, estuvieron a punto de llamar a la policía. Después de madura reflexión les pareció más prudente observar y esperar. Al cabo de una hora Fariñas, fue arrancado de cuajo, por unos poderosos brazos, que, de la ventana lo llevaron a la cama.
- ahí que llamar al 112. Vete tú a saber lo que le estarán haciendo a ese pobre hombre. Con el asesino de la tele suelto, no quiero ni pensarlo.
- No es nada. Le esta dando por el culo un semental de los que salen en las revistas y no tiene pinta de ser una violacion.

Tranquilizado el vecindario volvió a sus quehaceres.

Algunos días mas tarde, la asistenta comentaba:
- Había esperma no solo en los cristales sino hasta en las cortinas. ¡Que barbaridad! ¡Que barbaridad! Como esto siga así o me sube el sueldo o se busca otra.

Quedaba claro: la relación Fariñas – Ratillo no tenia nada de pasional.

Pipi-Mi me seguía hablando y como el tema del bar había salido en la conversación aprovecho para darme una tarjeta mencionando tanto la calle, como las horas de apertura del local.
- Suelo ir casi a diario, a partir de las diez de la noche. Si te dejas caer por allí te invito a una copa.
- ¿Por qué no? Ha sido un placer hablar con usted.

Salgo del parque, leyendo los apuntes, un último nombre en la lista: Karmelita Marcha Atras, también presente en el plato el día del crimen. Su voz al teléfono me dice:
- hoy no puede ser, tengo el día muy pillado. Imposible. Mejor mañana.
- Bueno, pues mañana a las cinco. Le parece señora Marcha Atras.
- Perfecto.

La vida esta llena de sorpresas. Desde luego, quien me iba a decir que en el supermercado donde estoy comprando el café y algunas cosillas mas, de repente mi ojo marciano percibe entre la multitud la cara de pájaro de Marcha Atras. Curioso, la sigo

Se rumorea que Karmelita, enviciada en el alcohol, se dedica, cuando el dinero escasea, a rastrear los bares y vaciar los vasos abandonados por algún cliente pillado por el tiempo.

La veo, en la sección licores, coger vodka antes de dirigirse a la sección ropa. Entra en el probador con la botella escondida bajo la prenda que presuntamente se va a probar y al cabo de unos minutos, sale sin la botella, contenta, feliz, relajada, con la mirada alegre y estrellada de los borrachines. Me la imagino dentro del probador: mano temblorosa agarrando la botella como un naufrago el salva-vidas y bebiendo su contenido a palo seco. Lo tengo claro, Marcha Atras y la botella una historia de amor y pasión.

Sale del supermercado. No tendría por que, pero la sigo. Quiero saber la imperiosisima razón por la que Marcha Atras no ha querido recibirme esta tarde.

Con un ligero tambaleo, camina por las calles del Centro. Mira por donde, Calle la Alegría. Quizás vaya al Sex-shop de Ratillo, así todo queda en familia. No…..No.….. me he equivocado. Opta por el cine “X”. Esto ya, supera mis neuronas. Decido llevar mi filatura hasta el final:
- Una entrada para esta sesión del “Coño en fuego”. Por favor.

La sala esta oscura; la sesión ha empezado; en la ultima fila percibo el inconfundible perfil de Marcha Atras. Me siento en la penúltima fila. Llevamos cinco minutos escasos de película cuando la silueta de un hombre se abre camino por la oscuridad hasta sentarse al lado de Marcha Atras.

¡Que genial! Con los gemidos de Karmelita acompañando los gemidos de la película, un sonido brutal, una experiencia auditiva única.

Antes del descanso abandono la sala. Un café se impone para colocarme las ideas en su sitio.

La cafetería me brinda unos confortables butacones. Me tomo el café mientras ojeo una revista. Los últimas cotilleos de los corazones TV. Me entero de que Karmelita Marcha Atras será próximamente la presentadora de una emisión sobre sexo, cuyo titulo es “El sexo sobre el terreno”. Ahora comprendo lo del cine porno. En cuanto al presentador del “Tomate Pocho”, Jordi Tomate, esta envuelto en un escándalo: la asociación protectora de animales ha puesto una denuncia contra el por atentar contra la integridad física de su mascota, un mono, llamado afectuosamente por la estrella del tomate “Pablito pollita de palo”.

Mi lectura es interrumpida por la música rockera de mi móvil. Es el inspector Urbion. El criminal ha sido detenido, lo localizaron por su infame e inequívoco olor de pies. Se llama JR Babon Guarrisson, fichado en las comisarías por tráfico de marihuana y múltiples robos. Fue más sencillo de lo esperado. Imagínate, el tipo fue detenido la misma noche del crimen por posesión de droga. Se encontraba en los calabozos de Plaza Castilla esperando a ser juzgado, cuando se lío una, que ni te cuento. Los presos compartiendo la celda con el se amotinaron por el insoportable olor a pies. Tuvimos que sacarlo de allí o lo linchaban. Total, como en la ficha de busca y captura, distribuida por las comisarías, se mentaba el apestoso olor a pies como rasgo característico del asesino de la tele, lo trincaron directo. Ha cantado de lleno.

- Mex, ahora podemos poner una V en este caso.
- ¿Una V?
- Pues si, la V de “Visto bueno”.

Cuelgo. Pienso en unas vacaciones en Mallorca, historia de ventilarme la mente.

Alexys Fernandez Artos

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Policíaca, Relato

El asesinato de la tele, primera parte

Por , en 20 de julio de 2009

LAS INVESTIGACIONES DE MEX FAUVE TOTAL
EL ASESINATO DE LA TELE

Aunque, al parecer en todo el sistema solar no hay mas vida que en la Tierra, aquí estoy yo desafiando esa empírica verdad. En la imaginación de los terrícolas los marcianos somos unos seres de fisonomía repulsiva: enormes insectos dotados de conocimientos e inteligencia muy superiores a las de ellos…… pero insectos. En realidad paso desapercibido. Totalmente desapercibido, las antenas (retractiles) quedan disimuladas bajo un pelo castaño claro cuidadosamente despeinado y gominado. En cuanto a los ligeros reflejos verde alga marina de mi piel los atenúo con algunas sesiones semanales de solarium; un suave moreno los disimula. Por lo demás, soy idéntico a ellos. Bueno, casi. Me veo obligado a reconocer, humildad a parte, que tengo una intuición, lógica et inteligencia superior a la norma vigente en el planeta azul y me encuentro, por el casual gusto estético del momento, entre los terrícolas atractivos. Adiós, pues, al mito del marciano feo.

Perdón, no me he presentado. Me llamo Mex. Mex Fauve Total. Encantado de conoceros.

Son las ocho de la mañana, la radio puesta, canturreo con el grupo “Los lobos” su éxito del momento:
Pelota – Que guapa es la pelota – Ya se que te irrita – La pelota – Porque tiene muchas pelotas – La pelota – Justo las que a ti te faltan – las pelotas – Pelota – Que guapa es la pelota – Este año – Me iré de vacaciones – Como Adán y Eva – A un paraíso perdido – Donde se practica el despelote – Para lucir mis pelotas – En pelota picada – Pelota – Que guapa es la pelota – Ya se que te irrita – La pelota – Porque tiene las pelotas – Que a ti te faltan – No culpes a nadie – Si tus pelotas parecen canicas – Mas que otra cosa – Pelota – Que guapa es la pelota – Ya se que te irrita – La pelota – Porque tiene lo que a ti te falta – Pelotas.
Arrastro la chancla hasta la cocina donde me dispongo a preparar un café. El móvil suena insistente, taza en mano, dudo, un sorbo de café, el móvil sigue sonando. Silencio. Me siento en el sofá, dispuesto a pasar mi día de descanso pereceando. Otra vez la guitarra eléctrica y rockera, anunciando las llamadas entrantes, de mi móvil se deja oír. Miro la pantalla, el impertinente número es el de la comisaría, lo reconozco. Descuelgo.
- Si.
- Mex, tenemos un caso importante. Un crimen, de lo más insólito. Te necesitamos. Te espero dentro de una hora en la comisaría.
- Vale, vale.

No soy poli. Pero si trabajo esporádicamente con ellos. Una manera como otra de ganarme la vida.

Me ducho con agua tibia, no atreviéndome a la fría, con la esperanza de sacudir el sopor que aun me envuelve. Tejanos, camisa, deportivas. Listo. El aire es primaveral. Respiro hondo. En el garaje mi moto me espera. A estas horas de la mañana la circulación es fluida, aunque con mi caballo de acero los atascos no suponen un problema.

El comisario Urbion me espera en su despacho y después de un cordial saludo, mas que colegas somos amigos, me explica
- Aquí tienes el dossier, lo estudiaras mas tarde. Te cuento en cuatro palabras para que te hagas una idea: el suceso ha tenido lugar en un plato de televisión. Una presentadora, de un programa del corazón ha sido asesinada en directo. Como te lo digo tío, delante de todo quisqui: publico, cámaras y millones de espectadores. La emisión, transmitida en riguroso directo, ni te cuento. Espeluznante. Un tipo se la cargo con una navaja escondida en el calcetín. Hemos visionado la grabación, el muy cabron, se encontraba entre el publico, llevaba la cara cubierta con una mascara. Joder, tío, el careto del presidente del gobierno, ni más ni menos Zapatero. Te imaginas. Ahora mismo tenemos a media España con la duda de si su presidente es un asesino o no. Lo vieron, es que lo vieron en la tele, era Zapatero, saltando de las gradas del publico al plato, navaja en mano, arrojándose sobre la mediática Maria Pirula Ratillo y acribillándola a navajazos. Todo fue tan rápido, tan sorprendente, que los unos quedaron sin reacción y los otros salieron escopetados, por si el tipo era un asesino en seria, y ya puesto navaja en mano seguía con su sangrienta tarea. Para resolver el caso tenemos una grabación, con un supuesto Zapatero, y algunos testimonios del publico. Los más cercanos al tipo nos han indicado como rasgo sobre saliente un increíble y apestoso olor a pies. De los que te dejan marcado el olfato para el resto de los restos. La verdad, Mex, estas dotado de un sexto sentido para las investigaciones por ello quiero que lleves el caso. Investiga la vida de Maria Pirual Ratillo. Encontremos a ese alguien que tuviera un diente, joder y que diente, contra ella. Tienes licencia para interrogar a quien te parezca. No te propongo una oficina de la comisaría porque asumo tu preferencia para trabajar desde casa. Aunque sea poco ortodoxo, mira me da igual, lo importante es resolver este caso cuanto antes, la Moncloa nos presiona. Estoy, por supuesto, las 24 horas del día a tu disposición para lo que necesites.
- Me hago cargo.

En el DVD de mi casa miro una y otra vez la grabación: pequeño, delgaducho y encorvado, lo miro saltar al plato donde apuñala a Maria Pirula Ratillo. Saco mis antenas marcianas, cierro los ojos, una serie de palabras nacen en mi cabeza: porrero, carente de cultura, gilipollas, egoísta, engreído, sucio, ingrato, ladrón, violento, mal hablado, mentiroso, carente de valores morales, de escrúpulos y desde luego con serios problemas psicológicos. Se inscribió al programa como publico bajo una falsa identidad, esta información no me la comunican mis antenas, sino el informe de la comisaría. Por el momento veo dos posibilidades: o ha sido contratado para matar a la presentadora o la ha hecho por su propia cuenta.

Apago la tele. Es hora de investigar la vida de Maria Pirula Ratillo, empezando por sus colegas. En el informe, dispongo de nombres y números de teléfono.

Vamos pues a por el primero: Nikia La Boulette, presentadora del programa con la victima. Asistió al crimen en primera fila. Marco el número de teléfono, una voz de las que le caen a uno de entrada antipática, sin saber muy bien porque, me responde.
- Muy bien señora. Nos vemos esta tarde a las cinco en el escenario del crimen.

Después de las sangrientas imágenes, necesito ventilar un poco las ideas. Paseo un buen rato por el Retiro, antes de sentarme en una terraza cercana al estanque y tomar una deliciosa horchata. Los patos me distraen y durante unos cuantos minutos me olvido del caso y disfruto de la primavera madrileña, sin más.

La alarma de mi reloj me recuerda la cita pendiente. Estiro las piernas por debajo de la mesa, antes de levantarme. El curro me espera. Moto, circulación, la visera de mi casco abierta deja el aire primaveral hacerme cosquillas en la cara, placer de conducir. Me gustaría poder prolongar este instante al infinito.

Algunos policías y técnicos se mueven por el plato, Nikia La Boulette, aun no ha llegado. Miro el reloj. Me impaciento. Subo a las gradas donde el asesino se sentó la noche anterior: una prudencial segunda fila.

Por fin, Nikia La Boulette, hace su entrada en el plato como una diva en el escenario de algún drama de opereta. Pequeña, regordeta, pechos echados hacia alante como si fueran la proa de un barco abriéndose camino por la vida, viene hacia mí. La saludo.
- Señora, soy Mex Fauve Total. Investigador.

Nos sentamos y me cuenta su versión de los hechos.
- El asesino le recuerda a alguien conocido.
- ¡Hombre! al presidente del gobierno.
- Bueno, señora, a estas alturas de la investigación sabemos que el asesino llevaba una mascara. Quiero decir… a alguien…. abstracción hecha de la cara, del entorno de Doña Pirula como puede ser un novio, por ejemplo.
- En lo referente a los hombres la pobre Maria Pirula tenia unos gustos peculiares. Su antiguo novio – han roto desde hace varios meses – tenia unas pintas inquietantes, si no era drogata poco le faltaba. Pero últimamente, que yo sepa, no salía con nadie.
- Sabe donde puedo encontrar a su ex.
- No, pero en la agenda de su teléfono, quizás conserve aun su número. Se llama Richie.
- Bueno, señora, por ahora nada mas. Si tengo mas preguntas, no dudare en llamarla otra vez.

Con gesto teatral saca un pañuelo, para secar una supuesta lagrima. Estuve a punto de decirle: No te molestes tía, que las cámaras, están desenchufadas.

Hechó un vistazo al camerino de Maria Pirula Ratillo, miro por los cajones, las mesas quizás encuentre algo. Nada. Cuando me dispongo a salir me doy de lleno con una chica morena de ojos azules, muy guapa, la verdad.
- Perdón. Soy Mex. Mex Fauve Total. Investigador. Una pregunta: ¿Conocía a Maria Pirula Ratillo?
- Soy su maquilladora.
Hablamos durante largo rato, me comenta lo rara, agria, engreída (no soporta la critica, ninguna y de ninguna índole) que era Maria Pirula Ratillo. No me extraña para nada. Hay gente así, con tan solo verlos en pantalla, ya te dan mala onda. De paso, le pregunto por Nikia La Boulette.
- La misaka……Bueno……quiero decir….Nikia
- ¿Porque La misaka?
- Preferiría no hablar de ello. No es un secreto, pero es un tema llevado con mucha discreción….bueno….de puertas para adentro.
- Insisto. ¿Por qué La misaka?
- Ha instaurado una sociedad secreta de la que ella es la sacerdotisa.

¡Joder!

- ¿Doña Maria Pirula Ratillo, también hacia parte de esa sociedad?
- Pues, si. Se reúnen todos los lunes a media-noche para celebrar su ceremonia.
- Me dejas tu número de teléfono. ¿Te puedo tutear, no?
- Si, claro que si. Me llamo y kiara y este es mi numero de teléfono.
- Encantado, Kiara, si necesito más información me pongo en contacto contigo. A propósito donde se reúnen.
- Pues aquí, en los sótanos de TeleTele.
- ¿Alguna contraseña para entrar?
- Si. Se suele llegar hacia las 23h30, ahí que llamar al portero automático de la entrada principal y decir: telepatatera, telepatatera es la mejor del planeta.
- ¿Estas de broma?
- No va en serio, esa es la contraseña.
- Bueno, Kiara, gracias por todo. Estamos en contacto.

Es lunes, 27 de abril del 2009, 8 de la tarde. Me queda tiempo para comer algo, ordenar mis ideas y plantarme esta noche a la entrada de los estudios deTeleTele.

Once y media, noche cerrada, luna menguante, el ambiente presta al misterio
- Telepatatera, telepatatera, es la mejor del planeta.

La rejilla se abre dejando paso a mi moto. La planta baja esta discretamente alumbrada, entro, delante del ascensor un grupo de gente esta esperando, me sumo a ellos. Bajamos al cuarto sótano. La puerta del ascensor se abre ofreciendo a nuestra mirada un largo pasillo que recorremos antes de llegar a un enorme salón: al fondo un fastuoso altar, los bancos laterales, se van llenando, poco a poco de gente. Mayoritariamente caras conocidas de la tele. Un grupo de jóvenes, dirigido por el presentador de la emisión “El Tomate Pocho”, vestidos de monagillos, entran y colocan velas en los candelabros alrededor del salón. Son las doce, la alarma de mi reloj me lo comunica, caras contrariadas por el molesto ruido giran su mirada hacia mí. Pulso rápidamente el botón para detenerla. Una música, similar a la de las grandes producciones hollywoodianas tipo “lo que el viento se llevo” se deja oír. Los “monagillos” encienden las velas. La Misaka entra, sublime, vestida con una toga plateada. Los brazos en alto, saluda a unos fieles entregados. Respiro hondo y el olor desprendido por las velas se desliza por mi tabique nasal hasta los pulmones e incluso mas allá. La Misaka, suelta su sermón. Siento un mareo, las paredes parecen moverse, los bancos se tambalean. Mi cerebro se pone en alerta: las velas están compuestas por algún alucinógeno. Me siento flotar en el aire, en comunión total con los asistentes a la ceremonia: todos sumidos en un mismo estado de gracia.

La Misaka, llega al final del sermón y yo, por mi parte, hago un sublime esfuerzo para concentrarme en sus últimas palabras.
- …..y no olvidéis, para que nuestra gran obra pueda seguir prosperando, necesitamos apoyo económico. Los cepillos a la salida de este santuario están esperando vuestra generosidad.

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Policíaca

A sangre fría

Por , en 28 de octubre de 2008

A SANGRE FRÍA
© OSCAR SALATINO

El día era insoportablemente caluroso, y el efecto invernadero se hacía sentir con demasiada intensidad para ignorarlo. La ignorancia y la insensible estupidez de aquellos que continuaban talando la selva amazónica con el pretexto de abrir caminos para la civilización estaban consiguiendo exactamente todo lo contrario y nos estaban destruyendo a todos.
Los gobiernos títeres del hemisferio sur continuaban demasiado inmersos en sus propios y pecuniarios interés para ocuparse de la ecología y ni siquiera pensaban en sus descendientes, ya que estos hijos y nietos de la corrupción ni siquiera tendrían oportunidad de poder disfrutar de tan mal habido dinero.
Aquel día llevaba mi chaqueta en la mano, pues ya no soportaba su peso sobre mi cuerpo. Me desempeñaba en una repartición estatal, y no era bien visto que fuera a trabajar sin ella, aunque la temperatura rondara los 40 grados centígrados, algo que ni siquiera los vetustos equipos de aire acondicionado conseguían mitigar medianamente.
Cuando abrí la puerta del departamento me recibió la vaharada de calor sofocante. No podía quejarme, y si lo hacía para que alguien se apiadara de mí tampoco serviría de nada pues vivía sola. Aquellas que viven solas me van a comprender sin más explicaciones.
Dejé la chaqueta en el perchero y mientras me dirigía al dormitorio, tan minúsculo como el resto del departamento, me quité la blusa empapada en transpiración que se me pegaba al cuerpo. Buscando un poco de aire abrí la ventana que daba casi sobre la medianera del edificio vecino, un edificio un poco más viejo que el que yo habitaba, es decir con una antigüedad que rondaba siete décadas.
El reflejo del sol sobre la pared no alcanzó a deslumbrarme porque en el apuro por sacarme la ropa, aún conservaba puestos los anteojos de sol, unas gafas que habían conocido mejores épocas y que tendrían que continuar desempeñando su función hasta tanto y cuanto pudiera reemplazarlas por algunas mas modernas. Pero ahora eso podía esperar, tenía otras urgencias para cubrir y las gafas no representaban ninguna prioridad.
Terminada la aliviante tarea de desvestirme, acomodé la ropa que me tenía que volver a poner al otro día y enfilé hacia el cuarto de baño. Las cañerías comenzaron a dejar a escuchar su característico crujido cuando abrí las llaves del agua. El chorrito marrón fue desapareciendo para dar paso a otro chorrito agonizante pero esa vez de agua limpia. Mientras aguardaba a que la bañera se llenara, tenía tiempo suficiente para prepararme un café y aproveché plenamente aquellos segundos de paz.
Volví con el jarro de café al baño, el agua había llegado a un nivel bastante aceptable. El agua parecía tan caliente como el resto del ambiente, pero unos segundos después comencé a sentir el alivio que tanto había buscado. La verdad que después de un día tan difícil como el que había pasado, necesitaba ese descanso como algo impensable. Dejé el jarro sobre el borde de la bañera y traté de relajarme, y después de unos minutos lo conseguí aunque a medias. El primer sorbo me supo a gloria y después de la primer pitada al cigarrillo me supo todavía mucho mejor.
Extendí el brazo izquierdo para encender la radio y la melodía de un programa de música tranquila inundó el ambiente. Todo parecía de maravillas y disfruté los siguientes minutos de mi tan preciada soledad, hasta que lo vi asomándose a la ventana.
El odio, uno tan recalcitrante que bastaba para encenderme la sangre a niveles insospechados hizo presa en mi. Traté de ignorarlo, pero sus ojos parecían fijos en los míos atento a cada uno de mis movimientos. Siempre odié a los mirones y ese era uno de los más persistentes.
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