Caminé largo rato siguiendo las luces intermitentes que iluminaban la triste calle, no recuerdo bien
lo que me impulsó a cambiar las tardes familiares (O tal vez me es difícil explicarlo) por las
caminatas hacía lo desconocido, cual hoja de papel al viento en un mundo cruel que amenaza
constantemente con hacerla desaparecer, de sumirla sin piedad en la inmensidad de lo desconocido,
de lo lejano, de lo distante.
Progresivamente fui dejando atrás la calidez del núcleo familiar, los planes a futuro y los paseos
dominicales, en la medida en que me veía inserto cada vez más en el mundo sombrío de los
desdichados, dependientes de los vicios y amigos de la soledad.
Bastó que viera mi reflejo en uno de los espejos exteriores del café, que con sus exóticas luces
iluminaba la calle, para que un sentimiento nostálgico recorriera mi cuerpo, me sentía mal,
conservaba aún la pueril figura de quien prematuramente se encontró con la vida adulta. Poco a
poco los vellos de mis brazos que al sol rubios brillaban aún, se iban oscureciendo al igual que mi
vida. Melancolía de que con cada paso perdiera los últimos signos de la niñez que no supe disfrutar
y con cada trago, con cada cigarrillo con cada mirada lujuriosa, desapareciera de mi semblante, la
sonrisa inocente y traviesa desaparecía también las manos sucias y los pantalones gastados.
Al llegar al punto exacto donde dos calles se encuentran acepté instantáneamente su invitación.
Comerciante de pasión, actriz de la noche, falsa ilusión. Caminamos sin mirarnos.
Levantó del suelo su roja cartera y esta vez si se despidió . Cuando las sábanas recibieron las
primeras cenizas un sentimiento de brutal arrepentimiento se apoderó de mi. ¿Cómo fui capaz de
ignorar la melodiosa y tímida voz de Ella y refugiarme en esos irreales e hipócritas gemidos?
Acepté sin vacilar los servicios de una total desconocida, mientras actuaba indiferente a
quien tímidamente me buscaba. Ahora de seguro, Ella ya me olvidó.
This post was submitted by Carlos Cisternas Casabonne.

Añadir a Del.Icio.Us

