Entrada categorizada en ‘Misterio’

Misterio, Relato

EL SUBTE

Por Carmen Retamero, en 28 de Febrero de 2010

Llegué a la terminal de Retiro a las nueve de la noche y no tomé taxis ni remises porque mi prima me había dicho que me pasearían por todo Buenos Aires. Caminé hasta la estación de trenes y busqué la entrada a la línea C de subterráneos. Aferré con fuerza mi cartera y la mochila que llevaba colgada del hombro para evitar que algún ladrón me las arrebatara. El hall era un hervidero de personas. Yo tenía mi tarjeta magnética, de modo que me acomodé en la cola para acceder a los molinetes de entrada. Iría hasta Congreso, para lo cual debía hacer una combinación con la línea D en Diagonal Norte. A los empujones ingresé mi tarjeta en la ranura y accedí al andén plagado de gente. Como no era muy tarde, decidí esperar a que la mayoría abordara los primeros trenes para no viajar prensada entre cuerpos sudorosos. Me senté en uno de los bancos dispuestos contra la pared de mayólicas y me distraje mirando a la multitud.

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Misterio, Relato

La mujer invi9sible

Por Pedro, en 12 de Febrero de 2010

Dos mujeres fusionadas en una, una calle que nunca terminaba de alargarse, con unos números interminables de orden aleatorio de 7 de 1 y de 8,desordenado caos que quiere ponerse en orden, colores violeta y rosa, que quieren crear un color nuevo, que sea diferente al resto, como podría caminar sin que nadie la viese y sin que nadie la conociese, con el bolso jugaba al escondite ella sola, con el móvil hablaba en silencio sin que nadie la escuchase, la puerta donde se encontraba las pelucas abría cuando estaba cerrado, y cerraba cuando estaba abierto.

Alguien le dibujo la cara y luego pasaría a la realidad, quien ha estirado hasta el infinito los números, quien ha jugado a ser invisible

Un ciego podría presenciar, que era claramente un espacio vacío, contrastando con un largo viaje subterráneo de la multitud

Era claramente una ilusión una ficción, era la nada que no podías sentir presenciarla en cuerpo y alma

Dentro de una chaqueta blanca se encontraba el nombre de la mujer invisible, se llamaba Cleopatra pero nadie lo sabía era un secreto

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La dama inmóvil

Por Fernando José Baró, en 3 de Noviembre de 2009

La dama inmóvil

Puede ser que quien lea esta narración dude de su veracidad, pero os puedo asegurar que es tan cierto como que estoy negro sobre blanco escribiendo estas líneas.
Yo nací y me críe en el centro de Madrid muy cerca del Palacio del Duque de Rivas. Vivienda perteneciente a mi familia paterna. De altos techos, con balcones a la calle y a un patio interior, largos pasillos, gabinete con chimenea francesa y amplias habitaciones amuebladas con enseres de principios del siglo XX y decoradas con utensilios de finales del siglo XIX y principios del XX. Renacimiento español, art decó, un piano de pared con candelabros de bronce, auténticos mantones de Manila, mantillas, abanicos, tinteros de cristal labrado, capas, bastones, una espada de la guerra de Cuba, una cámara de fotos de fuelle con trípode, acuarelas enmarcadas, pastilleros de nácar, hueso o concha de carey, baúles, mesas bargueñeras, caracolas, joyeros, un sombrero de copa, estufas de carbón, palanganeros, bañera de hierro fundido con patas, braseros, espejos en marquetería o dorados en pan de oro, gramófonos,… fueron testigos de mi infancia e inundaron, emborracharon mi espíritu siempre aventurero de un verdadero amor por lo antiguo. De ahí mi pasión desde niño por las antigüedades; afición que aún conservo y que me hizo estudiar y sacar con éxito la diplomatura de anticuariado.
La noche que os voy a relatar a continuación tiene como escenario uno de los rincones más entrañables del Rastro madrileño; Galerías Piquer.
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Paseo a media noche

Por Román Sandoval Torres, en 6 de Octubre de 2009

PASEO A MEDIA NOCHE

Que es la noche?, -dijo serenamente Ángela- mientras veía la enigmática luna, posada en lo más alto del cielo, sobresaliendo de entre la copa de los árboles, revelando su oscura belleza y su rostro misterioso.

Cada que tenía la oportunidad, salía de la cama a la media noche; cruzaba por el pasillo sigilosamente hasta llegar a la sala, la cual atravesaba y llegaba justo a la recámara de su hermana, ubicada al lado de la de su madre.
-Jenny, Jenny, despierta dormilona- susurraba al oído como si se tratara de un gran secreto. Déjame en paz, vete de aquí- contestaba Jenny con molesto ademán-
-No seas perezosa, ¿que no te gustaría dar un paseo como los viejos tiempos?. Ándale, anímate, como cuando lo hacíamos con papá-

Papá ya no está aquí- respondía Jenny sollozando- y nunca lo estará, no quiero ver ese tonto bosque que se lo ha llevado, no quiero que me lleve a mi, me asusta mucho, tampoco deberías ir, puede pasarte algo.
No me pasará nada y a ti tampoco, papá estaría orgulloso al vernos que hacemos lo mismo que cuando éramos niñas, sería como seguir la tradición.

No quiero¡¡¡¡, vete de aquí o le diré a mamá-exclamó Jenny muy molesta por la insistencia de Ángela-.
Pues tu te lo pierdes, eres una tonta ridícula que cree en los cuentos de esas viejas de a lado. El bosque está vivo………………que bobadas¡¡¡- lo decía Ángela en tono grotesco-
Salió de inmediato de la habitación y se dirigió directamente hacia el jardín, el cual daba hacia el bosque.

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7 es número perfecto..

Por Wolfgang Aragón....El Calijay Vidente, en 29 de Septiembre de 2009

En mi mente diviso el rótulo de la estación de tren de la calle 161 de Yankee Stadium en el Bronx, y luego de meditar por una semana acerca de su significado, decidí viajar por hasta ese lugar. Entonces fuí iluminado, y pude ver los 7 sietes, por ejemplo 1 más 6 o 6 más 1 son 7. Los trenes C y D que cojí, equivalen en el abecedario a que 3 más 4 son 7. La estación final a la que llegan es la 205, y 2 más 5 son 7 pues para el efecto aquí el 0 no vale nada. Por River av. pasa el tren 4 que también abordé, y River Av. contiene 7 letras. La frase en inglés ´station´ suma 7 letras. Salí en la estación de la calle 167 y otra vés 1 más 6 son siete mas otro 7. Génesis cap.1, v.3 ´y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en el reposó de toda la obra que había hecho en la creación´.

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Melodias

Por Maria Jose , en 12 de Septiembre de 2009

Melodías

Apenas se escucho el silencio, el público no pudo evitar ponerse de pie y comenzar a aplaudir a la dueña de tan hermosa melodía, realmente se encontraban asombrados, aquella joven había superado las expectativas de todos los que la rodeaban, era increíble pensar que a su edad era considerada una artista de tal categoría. Decidida dejo su asiento, justo en frente de aquel enorme piano color negro y camino orgullosa hacia el centro del escenario, a pocos centímetros del borde. Lo que sentía dentro de si tras ver la reacción del público era algo que honestamente no podía describir, pero sin duda sabía que gracias a ello, tantos años de esfuerzo valían la pena. Con una sonrisa en los labios tomo la difícil decisión de despedirse, pero no sin antes observar por ultima vez a aquel publico tan maravilloso, en ese momento la calida sonrisa se borro de su rostro, una extraña mirada sobresalía del resto, la sentía tan penetrante que no pudo evitar sentirse nerviosa, un inolvidable e intenso escalofrío recorrió su cuerpo, rápidamente volvió en si, tomo la falda de su blanco vestido, el cual hacia resaltar su tez morena y se inclino intentando así recibir toda la energía que emanaban los aplausos de los espectadores, vuelve a levantarse y por instinto busca aquella penetrante mirada que causaba en ella tanta curiosidad, pero fue inútil. El telón comenzó a moverse lentamente, era el momento de irse, así que tras susurrar las palabras “gracias”, que mas que para el publico fueron para ella misma, se dio la vuelta y camino hacia la realidad, donde después de sentirse tan única, tan aclamada y tan poderosa, volvía a ser una típica joven, con un gran talento…

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El fantasma del sótano, tercera parte

Por Marcelo Ferrando Castro, en 14 de Agosto de 2009

Cuando volví hacia la niña ella ya no estaba, seguramente se había escondido bajo la cama; de no ser porque existía algo más requiriendo mi atención la hubiese buscado nuevamente, pero ahora debía volver a mi habitación y sorprender al intruso. Me apresuré a salir y, estando en el corredor vi como la dueña de la pensión salía de mi cuarto, sin darse cuenta de mi presencia; enseguida entré en mi habitación, a simple vista todo estaba en orden, aunque era necesario revisar minuciosamente. Al terminar dicha revisión nada hacia falta; me pareció muy extraña una invasión a mi privacidad sin motivo aparente.

Estando parado junto al sofá me sentí débil, desprovisto completamente de energías; una sensación de vacío más profunda y total que el hambre se extendía en mí, como si cada órgano y hasta mi piel ansiasen ser llenados. Al cabo de unos minutos un intenso frío me invadió, el cual no desapareció por más acurrucado y abrigado que estaba, en busca de calor; el frío parecía brotar de mi interior; no obstante, mi cama conservaba su tibieza, como si mi helado cuerpo no estuviese sobre ella.

- ¿Acaso había contraído una enfermedad?
- Probablemente me contagió una de las personas del autobús en que viaje.
- O, quizá la enfermedad estaba en el ambiente de la pensión; seguramente, estaba en mi cuarto, y entró en mi organismo cuando hacia la limpieza.

Al hallar una explicación para mis dolencias me sentí tontamente satisfecho, aunque tan solo fuese por un momento; pues, el tétrico sonido de aquel violín volvió, ahora con más fuerza, más desagradable; no importaba cuan fuerte oprimiese mis oídos con la palma de mis manos para evitar el sonido, éste seguía llegando a mi, volviéndose perturbador; maldije una y otra vez al responsable de esa música; a pesar de desconocer su identidad; me desesperé e irrité tanto, que llegué a lanzar varios manotazos al viento tratando descabelladamente de golpear la música; exhausto, me acosté boca abajo poniendo la almohada sobre mi cabeza y dejé mi brazo derecho colgando del borde de la cama, empecé a moverlo hacia adelante y hacia atrás como un péndulo, podía tocar el borde de las sábanas cercanas al suelo; en una de esas idas y venidas mi mano golpeó algo bajo la cama, intrigado desplacé mis dedos sobre el suelo, al hacerlo sentí el borde de lo que parecía ser un libro.

- ¿Sería acaso otro inútil cuaderno de música?

De inmediato lo saqué, al levantarlo vi su cubierta, no tenía titulo alguno, se parecía mucho al otro, al abrirlo hallé las primeras páginas en blanco, nuevamente frustrado y molesto encontré plasmado en sus hojas más allá de la mitad pentagramas con notas musicales. Permanecí largo rato con mi cara pegada al colchón y con el libro en mi mano apoyado contra el piso; involuntariamente dirigí mi mirada hacia el mesón de la cocina, desde la posición en que estaba lograba ver bajo el mismo, desconcertado noté que el cuaderno lanzado allí hacia mucho tiempo atrás no estaba, me levante un tanto tambaleante y me puse de cuclillas para buscar bajo el mesón, sin hallar nada, el significado de esto resultaba obvio, se trataba del mismo cuaderno. Por más esfuerzos que hice, no lograba recordar el momento cuando devolví aquel cuaderno a su lugar.

- ¿Acaso mi enfermedad había causado una laguna en mi mente?
- Si claro, no solo me causo una laguna; sino también, era la responsable de mi debilidad.

Pero, y si había sido de la dueña de la pensión quien puso en cuaderno de vuelta bajo la cama cuando entró en la habitación…si, ella lo hizo, y seguramente se encargo de descomponer mi reloj, lo más probable es que lo halla echo cuando corrí las cortinas y me acosté a oscuras, claro…ella pudo entrar y descomponerlo sin que yo me diera cuenta.
- Pero… ¿Por qué lo hizo?

Yo tenía razón al considerarla una loca, pero ya no lograría confundirme más. Aún con el cuaderno en la mano fui hasta la ventana y lo arrojé a la calle, luego tomé el reloj del sofá y con gran fuerza lo lance contra el piso destrozándolo por completo, y dejando sus fragmentos esparcidos.

- Ahora ya no podrá jugarme otra mala pasada.

Me dije a mi mismo con una sonrisa maliciosa. Hasta ese momento había conseguido olvidarme del sonido del violín; pero éste retorno con más bríos, como si el violín estuviese cada vez más cerca de mi, produciendo un chillido o un lamento que taladraba mis oídos. Enfurecido por el detestable concierto, decidí bajar al sótano, de donde parecía provenir, para darle fin de cualquier manera. Salí del cuarto y bajé velozmente las escaleras hacia el primer piso de la pensión, tras cada ágil paso el rechinar de los escalones era nulo, a pesar de la fatiga descendí con tal facilidad como antes no lo logré, debido a la dantesca fuerza que impulsaba mis acciones, la ira se había apoderado de cada milímetro de mi ser, la excitación llegó a un nivel insospechado, capaz de transformar a un hombre tranquilo y amable en un completo desquiciado, con la perspectiva de cometer la peor de las atrocidades sin inmutarme en lo más mínimo y sin detenerme un solo instante a pensar en las consecuencias, la fatalidad sonreía seductoramente tomada de mis parpados, como un niño se aferra a las manos de su madre, un frío y erizante ambiente se apoderaba del lugar; al llegar a la puerta del sótano me detuve un instante, pues la música era insoportable, tanto que por un momento me sentí desfallecer; pero no me lo permití, mas continué adelante; con un fuerte empujón abrí la puerta del sótano, realmente no esperaba ver lo que allí vi…, no había absolutamente nada ni nadie en el lugar. Con un gesto de aflicción y mirada perdida avance contando mis pasos.

- ¡¿De dónde sale la música?!

Grité una y otra vez sin escuchar ninguna respuesta. Empujado por un sentimiento profano anhele o más bien esperé recibir una respuesta, de quien otro, sino del músico que algún tiempo atrás se había suicidado en ese lugar, sólo él podría ser el responsable del trágico concierto; insistentemente le exigí contestar, inclusive en mi desesperación me postré rogándole hacerlo; sin embargo, no recibí replica alguna que diera consuelo y reposo para mi dolor, el cual rebasaba ya los límites de mi mente, llegando al punto de lo inimaginable. Caminé por todo el lugar lamentándome con tal vehemencia que, el ágil movimiento de mis pies parecía hacerme bailar con la música; la estética de mi rostro se atrofió debido a mi amargura, y a un par de lágrimas que parecían rodar eternamente por mis mejillas, resistiéndose a caer; fui embargado por la mayor confusión, imposible de lidiar.

- ¡Ya basta! ¡Basta maldita sea! ¡Basta!

Fueron esas furibundas exclamaciones resonando entre las paredes y el piso, como el eco de una explosión dentro de una cueva. La música cesó dejándome en un silencio sepulcral; luego de un instante, me di vuelta hacia la puerta disponiéndome a salir, en ese preciso momento pude verlo; estaba vestido de negro, con el rostro ensombrecido y la mirada decaída, parado en un rincón sujetando el violín con su mano derecha y apoyándolo sobre su hombro, el brazo izquierdo lo tenía completamente extendido hacia el piso, sujetando entre sus dedos el arco, como si se tratase de la prolongación de su mano; no me dijo nada, ni siquiera me miró, tan solo se mantuvo allí en su rincón, quieto como una estatua. No dude en correr a la puerta y salir apresuradamente con dirección a mi cuarto. Al llegar a mi habitación cerré la puerta también como pude y me senté en el suelo bajo la ventana para vigilar desde allí la entrada, temeroso de que el fantasma del músico quisiera atormentarme por irrumpir atrevidamente en su recinto.

Después de un largo tiempo allí sentado mi garganta estaba seca como un desierto; estiré mi mano para agarrar el vaso con agua que había dejado antes sobre el borde de la ventana, pero no estaba; al ponerme de pie descubrí que tampoco estaban los fragmentos del reloj en el piso.

- ¿Habría entrado nuevamente en mi cuarto la dueña de la pensión para disponer de las cosas? ¿A qué se debía su afán por complicar mi existencia?

Desesperado por mi situación, me lancé sobre el suelo encogiendo las rodillas y abrazándolas contra mi pecho con mis temblorosos brazos, escondí mi rostro y cerré mis ojos en un patético estado fetal, deseando estar en otro lugar, estar en casa junto a mis padres; ansiaba librarme de mis males, aunque sentía en mi corazón una dura realidad cada vez más cerca.

Varias horas más tarde, y luego de un ficticio sueño pues infructífero era mi cuerpo para el descanso; estaba desorientado y asustado, cómo no estarlo si extrañamente olvide en dónde estaba y hasta quién era. Invadido por el desconcierto eche un vistazo por la ventana, u presencié con prudente felicidad el ocaso; un vago anhelo por la llegada de la noche me hacia pesar que ese era un síntoma de mi regreso a la normalidad. Al mirar hacia adentro de la habitación un panorama opaco y borroso anunciaba estragos visuales, mis ojos febriles e irritados palpitaban amenazaban con salirse de su órbita.

- ¿Cuánto más debía soportar? ¡Cuánto más!

NI bien terminé de preguntarlo, cuando volví a escuchar el sonido del violín; intenso, tétrico y doloroso, no había límites para la fatalidad; sentía como si fuertes manos subyugasen mi alma , asfixiante música desdeñaba todo mi ser cual odiosa letanía fustigando mis oídos, como buitres las negativas energías sobrevolaban mi cabeza y acorralaban mi esperanza, la salvación se esfumaba y el dolor abundaba en mi en mi interior desbordando los ríos de locura, ahogando mis sentidos, y naufragaba yo en un mundo vacío, humillado por el peso del ayer.

- ¡Preferiría estar sordo, cuando menos así podría evadir el tormento! Es más ¡Preferiría estar muerto, así podría escapar de esa música!

Había llegado a mencionar esa palabra tan dura, la cual la mayoría de las personas trata de evitar, aunque eso sea tan tonto como tratar de evitar la realidad. Llegué a ansiar mi muerte, pues tontamente creía, esa sería mi única salvación ante tan cruel tortura.

Sintiendo haber perdido algo, me puse en pie y fui hasta la alacena, sin saber por qué abrí las puertecillas y quedé desconcertado al no hallar nada, abrí el refrigerador , y el resultado fue el mismo, no había nada en absoluto, todos los víveres comprados no estaban; con cierta sospecha en mi mente me dirigí hacia la cama, levanté el borde de las sábanas, y en efecto, allí estaba el cuaderno de música; solo hasta ese momento me percaté, mi reloj estaba intacto sobre el mesón.

Una fuerte brisa entró por la ventana sacudiendo la cortina, pero al acercarme no sentí ni una mínima ventisca.

- ¡No lo podía creer; en ese momento al fin recordé!

La ingrata y tardía memoria volvió apiadándose de mi dolor. Ahora podía recordar absolutamente todo; yo me detuve en la vereda frente a la pensión para cruzar la calle, ahí fue cuando escuché el ruido del automóvil acercándose; al ver a la niña en la calle a punto de ser atropellada, grité tan fuerte como pude, luego corrí para salvarla, llegué hasta ella y la abracé, ambos nos miramos; con esa mirada nos dijimos uno al otro adios, fue tan solo por una milésima de segundo, un fugaz momento y luego la oscuridad; sí, ahora recuerdo todo, y no sé cómo pude olvidarlo.

Frente a la ventana veo como el día huye espantado por la noche; tanto ansiaba la llegada de la noche, como quien ansia la gloria, y ahora que esta inunda el cielo siento que me ahogo, detesto su presencia, pues la siento como un yugo; por eso anhelo el amanecer, el día y su luz, desgraciadamente, yo ya no puedo ver la luz. Como una sombra me deslizo en la oscuridad, volviéndome parte de ella; de nada vale resistirme, ella y yo somos uno solo, somos ausencia y soledad.

Como una fiera poseída por la ira y la envidia me poso vigilante en mi ventana; desde allí miro a todos, miro la vida, a los infames dichosos bamboleándose por las calles presumiéndome su existencia.

- Yo ya no existo, muerto estoy; aquí sólo, solo vivo mi muerte.

Más que un pensamiento, conservo la certeza, ésta noche será eterna para mi. Llevo años de pie frente a mi ventana mirando hacia afuera, y hasta hoy sigue siendo de noche. Se bien que busque tanto la verdad; pero, cuando la encontré no fui capaz de confrontarla, y menos aún de aceptarla.

- Tras las puertas del final la muerte es un fruto sin sabor, y la existencia invisible huella o mancha sin color.

A Quien corresponda.

ATT-QUIEN EN VIDA FUÉ

R.A.S.

Diego Roberto Canchingre Corozo

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Misterio, Relato

El Fantasma del sótano, segunda parte

Por Marcelo Ferrando Castro, en 13 de Agosto de 2009

Una vez allí, coloqué mi maleta sobre la vereda e inhale profundamente, logrando percibir cierta ranciedad en el aire, por lo cual enseguida exhale por mi boca en forma sonora y con gran desagrado. Me tomó un momento el poder ver todo a mi alrededor, el conocer mi nueva realidad; todo me resultaba fútil y raro.

Fuera de la sencillez de aquel humilde barrio, existía algo que le daba un toque de tristeza, la cual se identificaba conmigo, aparte de eso, no hallaba coincidencia alguna; la fealdad de la fachada de todas las casas armonizaba con las maltrechas veredas agrietadas y cubiertas de hierva en ciertos tramos, además de cráteres haciendo las veces de lagunas o bebederos para los perros vagabundos; un harapiento estaba sentado en una esquina recostado sobre la pared de una casa destruida, en la cual resaltaban garabatos y dibujos obscenos; niños descalzos corrían tras un balón sucio y desinflado, mientras un anciano los observaba con gran curiosidad desde una desvencijada ventana de madera que parecía estar a punto de caerse, detenida apenas por una oxidada bisagra; frente a algunas casas habían tendederos llenos de ropa secándose al sol y sábanas levantadas por el viento; un grupo de hombres jugaba a las cartas sobre una débil mesa que temblaba tan solo con los gritos animados de los jugadores, sentados en pequeños banquillos de madera; un par de mujeres conversaban o más bien despotricaban de otra quien salía de su casa tomada de la mano de un hombre. Finalmente, frente a mí un gran caserón de cuatro pisos, con la fachada tan fea como la de las demás casas.
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Misterio, Relato

El Fantasma del sótano, primera parte

Por DIEGO ROBERTO CANCHINGRE COROZO, en 11 de Agosto de 2009

Habiendo cumplido apenas los veinticuatros años de edad, y durante una visita a casa de mi abuela en el campo, la cual terminó por prolongarse varios días, una terrible tragedia ocurrió en mi hogar.

Mi padre, a sus cincuenta años sufría de un insomnio severo; todas las noches, tras dar múltiples vueltas bajo las sábanas de su cama, se levantaba a hurtadillas para no despertar a mamá, se hacia de su pipa, tabaco y fósforos, se dirigía a la sala y se acomodaba en el sofá, donde fumaba por largo rato. Después de más de una hora de aquel placer noctámbulo regresaba a su habitación, para al fin descansar relajadamente.

Por aquellos tiempos era común la escasez del gas de uso doméstico, por ello las personas se procuraban varios cilindros. En casa esto no era la excepción; mi padre y yo comprábamos un par de cilindros extras, los cuales almacenábamos en un cuartucho contiguo a la cocina, el cual hacia las veces de bodega para un sinnúmero de aparatejos y muebles en desuso.

Mi madre sentía una gran e inexplicable apego, (por decir lo menos), hacia los gatos. Para disgusto de papá y mío, ella solía acoger en casa a cualquier felino desamparado que se cruzase en su camino; de tal manera, convivíamos con unos nueve o diez de los susodichos.
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Misterio, Narrativa

LA PEOR DE SUS PESADILLAS

Por Redacción, en 16 de Abril de 2009

Una noche más, como cada noche desde hacia dos años, Ryan se despertó súbitamente. Sin embargo, esta vez, todo parecía diferente. No sintió ese sudor frío que le empapaba el cuerpo cuando despertaba y se incorporaba de medio cuerpo en su cama como si un resorte saltara en su cintura. Esta vez, el resorte no saltó y no había sudor frío. Solamente hacía frío y su cama le pareció dura y helada. Además no vio la luz de la lámpara que Ryan dejaba toda la noche encendida en una mesilla en la esquina derecha de su habitación, esta vez la luz provenía de arriba y era prácticamente cegadora.

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Tres años atrás, Ryan era pasante en un prestigioso bufete de abogados de New York. Llevaba en ese puesto casi un año, desde que se licenció en la universidad de Columbia. Uno o dos años más como pasante y seguramente ascendería al plantel de abogados y quien sabe si con los años y muchos juicios ganados alguna vez le propondrían ser asociado. Claro, que ese era el sueño de su madre que vio como una viuda, a base de muchos años de duro trabajo, de horas extras, de doblar turnos y de privarse de prácticamente todos los caprichos, pudo enviar a su hijo a una buena universidad y si dios le daba fuerza y los años suficientes, posiblemente también lo vería convertido en un famoso abogado de esos que en un solo año ganan tanto dinero como ella había ganado en toda su vida. Ese era el sueño de Claire para su hijo y en un principio también el de Ryan, pero en el año que llevaba en el bufete, había visto pasar ante sí muchas injusticias, incluso había ayudado a cometer muchas de ellas. Seguir leyendo »

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