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Fantasía, Relato

AffiGénesis

Por Sinaí Montagna, en 14 de Marzo de 2010

PROLOGO
Un relato de amor, repleto de acción y suspenso, la historia de los científicos Nazis es revelada, la creación de una súper raza humana, la huida de del yugo nazi, el fin del holocausto. Una nueva era para los Híbridos, ellos no son completamente humanos, son la fusión de la ciencia y la naturaleza, humanoides superdotados, seres casi inmortales amantes de la vida mortal.

Siempre creí que no era una chica normal, me llamaba la atención todo lo sobrenatural, vampiros, fuerza sobrehumana, habilidades especiales, transportación en el tiempo y sobre todo, amor, amor verdadero, amor inmortal,…. Pero, jamás imagine lo que me acontecería al cumplir mis 21 años, parecía irreal, como un sueño o un fragmento de una novela de ficción.

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La Reina Navideña

Por Manuel Ibarra, en 10 de Febrero de 2010

Estaban todos los ingredientes de la mesa navideña discutiendo entre ellos, para determinar cual era el más importante de la cena de noche buena, en ese momento intervino el Pan de Jamón y exclamó: ¡Yo soy el favorito, me desean todos los comensales!. La Ensalada de Gallina lanzó una carcajada y dijo: ¡Disculpe usted mi querido amigo, primero estoy yo!. La discusión tomaba fuerza cuando intervino el Pavo Relleno: ¡A mí nadie me deja por fuera, si quieren preguntenle a los dueños de la casa!. Viendo la situación el Pernil de Cochino exclamó: ¡Una cosa voy a decir, todo el mundo se acuerda de mí en la navidad!. Muy serio en una esquina de la mesa, el Vino intervino para decir: ¡Lo cierto es que si mí, no hay celebración, allí les dejo eso para que reflexionen!. Don Rigoberto satisfecho por la gran cena, se pasó la mano por la barriga y exclamo: ¡Caramba mujer, que sabrosas te quedaron esas hallacas, he comido de todo, pero la verdad es que sin ellas no hay navidad!.

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Vida y Muerte

Por Onofre Castells, en 1 de Diciembre de 2009

Me mataron, me asesinaron, o dicho de otra forma: me quitaron todo lo que tenía, todo lo que amaba, todo lo que odiaba, todo lo que deseaba, todo. Mis sueños y anhelos se ahogaron en una noche perpetua. Repentinamente, de improviso, en una mañana de otoño mi vida se desvaneció y caí muerto al suelo de un disparo en la cabeza; así de simple, una 9mm impactó en mi cráneo y letalmente se introdujo en mi cerebro. La vida me la arrebataron cuando yo quería vivir. No es justo ¿Existe la justicia divina? Mi cuerpo, acompañado por un charco de sangre, yacía en medio de la calle, rodeado por un tumulto de gente que se arremolinaba entorno a mi cadáver: seres humanos atraídos por la muerte de un semejante, mezclándose la fascinación, con la incredulidad, el miedo y la sorpresa. Y bajo un sol opaco, frío y blanquecino, mi cuerpo sin vida.
Pienso pero no existo en el mundo de los vivos. Mi existencia es irreal, intangible o quizás imaginaria. Estoy muerto. Me asesinaron. Sé quién, por qué, y dónde; pero no tengo nada.

Salieron de la discoteca el Flaco y Cepeda, y se encaminaron hacia el coche del primero, con paso tranquilo, sin que les importara la fina y fría lluvia que caía sobre ellos a las tres de la madrugada. Entraron en el coche empapados, como perros callejeros en una noche lluviosa. El rugido afónico de la calefacción se mezcló con el ronroneo perezoso del motor, y el Flaco, con el rostro humedecido y el pelo apelmazado en su frente, sacó un porro de la guantera y lo encendió para ofrecérselo a Cepeda, quien lo observaba con los pequeños ojos, verdes y claros, iluminados por el punto incandescente de la brasa. La camaradería que brotaba entre aquellos dos hombres se fundamentada en un común interés; el dinero que a todos nos hace iguales y al mismo tiempo tan diferentes.
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“Al otro lado del espejo de Dafne (capitulo 2)”.

Por Yuuko Fernanda Macedo Ichihara, en 18 de Noviembre de 2009

“Al otro lado del espejo de Dafne”
II
-“Todo en ella-empezó- es una paz inquebrantable, los versos de los poetas son demasiado tontos y obscenos para que galardonarla, ya que el rey de esa región, era uno de los grandes soñadores que concibió en su pensamiento hacia muchos eones cada detalle para que personas inmundas de remotos sueños puedan verla y contemplarla.
“El nombre de ese rey soñador cuando estaba en esta vida corpórea, esta escrito con piedras hermosas en la entrada de su palacio, cuyos chapiteles, puertas, ventanas y marcos, están construidos del mas puro diamante; y los senderos que llevan a su palacio son del mas lindo cuarzo con orillas de zirconio y esmeralda. En sus lagos, los peces multicolores se disfrazan con las piedras hermosas cuando sale el sol hacia esa dirección; su color es realmente esplendoroso.
“las vestimentas de este rey, son de una tela mas fina, lisa y delgada que la misma seda, y esta unida por hilos de oro puro que se dejan asomar entre sus ropajes. Su trono y su cetro son de oro con incrustaciones de rubí, perla, topacio, zafiro y esmeralda, ordenados como si fueran u arcoíris de preciosidad inocua.

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“Al otro lado del espejo de Dafne (capitulo 1)”.

Por Yuuko Fernanda Macedo Ichihara, en 16 de Noviembre de 2009

“Al otro lado del espejo de Dafne”
I
-Aun me cuesta recordar como sucedió la desaparición de aquella joven que en tardes veraniegas me contaba acerca de fantasías relevantes; de un lugar donde los paramos verdes eran insondables para una mente cerrada.
De como paso una extraña metamorfosis de éxtasis mental a la mas desenfrenada locura que la llevo a pasar 2 meses en una clínica psiquiátrica y volver para no aparecer de nuevo y solo se disipa lentamente el recuerdo de un grito que fue disminuyendo hasta que no se escucho nada mas que el viento chisporreante entrando por la ventana de su alcoba.
Y mirar los extraños bajorrelieves que contenían el marco de su espejo que según ella era la entrada a esos mundos fantásticos de extraños paisajes y de gente de remotos lugares que habían llegado a ella, a esa tierra de paz y de justicia que estaba ahí, para aquellos vencedores que tenían penas en el mundo mortal.
Todo cuanto Dafne me conto las primeras veces fue algo que nunca voy a olvidar. Para empezar, Dafne y yo éramos vecinos desde hacia ya 13 años y todo lo que ella hacia pasaba por mi como confidente que la apoyaba cuando necesitaba una persona con quien platicar. Nuestra relación era demasiada que me consideraba parte de su familia y de Dafne un hermano0 más de los tres hermanos varones que ella tenía.
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Elena (cuento)

Por Roberto Javier Rodríguez Santiago, en 19 de Octubre de 2009

La ciudad ya era entonces horrorosa, apestosa y decepcionante. Dondequiera se corría el riesgo de tropezar con algún charco de agua desechada manchando los zapatos de cualquier despistado y los neumáticos de algún carro accidentado en la inesperada depresión. Dondequiera los bolsos de basura, a veces rasgados por la desesperación de algún vagabundo, se amontonaban en círculos esperando la salvación que nunca llegaría. Dondequiera el aroma impersonal y mundano de la cloaca hacía a los habitantes y transeúntes buscar a Dios, porque temían que el infierno no estuviese hecho de azufre ardiente y sí de aguas putrefactas. Dondequiera los rascacielos, oficinas y comercios parecían cada vez menos poderosos, motivadores e interesantes. Ya la ciudad había perdido el encanto de la época yuppie, que hoy apenas recuerdan los jubilados y algunos borrachos parlanchines a quienes la gente considera esquizofrénicos.

Fue en esos tiempos que comencé a frecuentar un parque recreativo a las afueras de la ciudad donde la gente acudía en tropel: los padres buscando la esperanza que les permitiera seguir viviendo en una ciudad tan injusta mientras se empeñaban en enseñarles a jugar a sus hijos, ilusionados con verles ganar el juego decisivo que les ayudase a escapar de lo que ellos no pudieron; los envejecientes tratando de revivir la nostalgia que ya ni los filtros eróticos les concedían; y los solteros, persiguiendo el amor que nunca obtendrían. Entonces yo buscaba recuperar la fe en un paraíso que el dinero, el amor y las iglesias me hacían frecuentemente perder. Allí un domingo me sorprendí al ver a Elena, la hija de un viejo amigo mío de juergas universitarias y quien ya había alcanzado renombre en todo el feudo por su feroz destreza empresarial en un mercado tan competitivo como el nuestro.

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Guardianes Bajo Tierra, Cap 1.

Por Tomás Criado, en 22 de Septiembre de 2009

Capitulo 1: “El Misterio en el desastre”.

La señora, de unos cuarenta años de edad reposaba sobre la cálida arena blanca de la pequeña Praia da Ferradurinha ubicada al sur de Buzios, en Brazil. Como si fuera una diminuta porción del Edén, apenas llegaba a los cien metros de longitud pero aún así las treinta o cuarenta personas que la disfrutaban parecían abarrotarla. Algunas nadaban y otras, como si fuera un jacuzzi natural, solo permanecían ahí, quietas, dentro de la verde agua cristalina. Otro grupo, al igual que aquella mujer, se rendía al potente sol de mediodía que ya se sentía en forma de ardor en la piel. Por momentos, hasta daba la sensación de que el calor podía verse desprendiéndose de las rocas de los morros que rodeaban la bahía. Ella, sin embargo, llevaba puestos unos anteojos para protegerse; pero aún así el sol le mantenía los ojos cerrados por largos períodos de tiempo que, de no ser por su hijo que jugaba con la arena a unos diez metros de allí, seguramente ya estaría durmiendo.
Adeilton, en su cuarto verano de vida ya merecía la categoría de experto en el arte de armar castillitos. Desde sus primeros días de veraneo, su padre que siempre había deseado ser arquitecto, le había enseñado diferentes tipos y formas de hacerlos. Aunque como todo niño que hace y deshace cualquier cosa que haya hecho, él solía ubicarse bien lejos de la orilla, casi pegado a una verja que limitaba un terreno de un hotel con ubicación privilegiada. De tal forma podría evitar que sus fortalezas de arena sufrieran un derrumbe por culpa de las olas: eso sí que no lo soportaría.
Pero fue así como las primeras lágrimas llenas de angustia humedecieron sus pálidas mejillas para finalmente convertirse en un desconsolado llanto. Ocurrió cuando una diminuta ola lo suficientemente grande para él, por fin alcanzó- sorprendentemente- y desvaneció bajo el agua su castillo.
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El Demonio da Más

Por Sara de Mingo Fernández, en 15 de Septiembre de 2009

LUNES:

Llegó el veinte de septiembre, el día en que Leyrian tenía que ir al Reformatorio, ya para quedarse. Su madre la acompañó, quería hablar personalmente con los responsables del centro para conocer el ambiente de aquel lugar. Llegaron a las nueve de la mañana, había mucha gente; sobre todo niños y niñas de todas las edades.
- Leyrian, tú quédate aquí; que yo voy a hablar con los oficiales para saber seguro si te quedas en este sitio.
- Tranquila mamá… no me escaparé… -dijo con una entonación propia del “qué pesada que eres ¿Qué piensas que voy a hacer?”.
La madre de Leyrian se fue, y esta última decidió dar un paseo entre la gente.
En una esquina y apoyada contra el muro, vio a una chica sentada, fumándose a escondidas un porro que sostenía entre dos dedos de su mano, con la cual sujetaba a la vez una lata de cerveza; y en la otra mano retenía tres cigarrillos, uno entre cada dos dedos. Sobre su cuerpo y alrededor de ella había más latas de cerveza (sin abrir) y más paquetes de tabaco. Fumaba con placer, intercalando cigarrillo y porro, y bebía con avidez.
Era de cuerpo normal, más bien alta. Vestía pantalones de campana y una camiseta bastante ceñida y de tirantes. Tenía el pelo castaño, aunque Leyrian supuso que se lo había teñido, pues llevaba mechas rojas. Sus ojos saltones y de un color casi negro estaban enrojecidos, como consecuencia del humo. A su lado se sentaba un chico alto y esbelto, algo rubio y con todo el pelo de punta como efecto de la gomina. También él bebía y fumaba.
Leyrian se debió quedar mirándolos un rato, porque la chica le habló:
- Sí, estoy atiborrándome. Es que una vez que crucemos la puerta está prohibido.
- Aaaah… enhorabuena -dijo Leyrian, sonriendo durante un instante.
- Es mi despedida a lo grande. No te creas que todos los días me fumo todo esto. Sólo la mitad -añadió como quien no dice nada.
- Quizá te entraría más… si te la metieras por… ¿intravenosa? -propuso Leyrian, fingiendo una demostración con su propio brazo.
- Si alguna vez ves a alguien pinchándose, directamente puedes pensar “pobre, está perdido”.
- Oooohh, vaya… ¿Y tú no lo estás?
Leyrian era una persona cerrada que normalmente no iba buscando la compañía de la gente. Sin embargo, no era vergonzosa, y cuando alguien le llamaba la atención enseguida bromeaba, más que nada porque así se lo pasaba mejor. El problema llegaba cuando cogía demasiada confianza con esa persona “bromeaba” más de la cuenta; tal y como solía ocurrirle con Behiál.
-¿Me vacilas o qué? Claro que no -contestó la otra chica sin ofenderse.
-¿Y si tanto te gusta la sustancia cómo es que vas a internarte ahí dentro?
- Por lo de las notas, pero parece ser que sólo yo y otros pocos privilegiados más sabemos la auténtica verdad de cómo las ponen, y creo que tú no formas parte de ese reducido grupo ¿Tengo razón?
- ¿A qué te ref…?
- Y de todos modos me viene bien dejar de fumar.
-¿Poor?
- Ya empiezo a toser sangre.
-¿En serio? -preguntó Leyrian riéndose, imaginando que se trataba de una broma.
- Sí, sí. De verdad.
- La que no estaba perdida… -masculló Leyrian; la chica no lo oyó.
Luego se quedó un rato en silencio, no se le ocurría nada que decir o que preguntar.
- Bueno, pues nada… que te vaya bien -se despidió la chica, al ver que ya no le ofrecían conversación.
- Y a ti; adiós.
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El desequilibrado hechicero morboso

Por Sara de Mingo Fernández, en 14 de Septiembre de 2009

PRÓLOGO

Voy corriendo por los oscuros pasadizos del castillo. Siento que gradualmente desciendo bajo tierra, pues la atmósfera se oscurece aún más, enrareciendo el entorno. Me veo obligado a parar, puesto que comienzo a jadear y Él podría escuchar mi agitada respiración. Separando los brazos, alcanzo a palpar con ambas manos las paredes que me rodean. El tacto me indica que el musgo surca los sinuosos dorsales agrietados de las rocas, aunque también puede tratarse de repugnante moho.
Sigo caminando, siempre arrastrando los dedos por la pared, hasta que ésta se acaba y es sustituida por el vacío, a continuación se extienden unas rejas. Posiblemente esta zona constituye las mazmorras subterráneas. Sin querer piso algo, que al resquebrajarse expulsa un crujido que resuena entre los estrechos laberintos.
Ante mí puedo divisar un haz luminoso, procedente de las calaveras que permanecen inmóviles en el interior de las prisiones. Una cabeza humana ya podrida está atascada entre dos barrotes. Sus cuencas vacías y negras parecen fijas precisamente en mí. La expresión demacrada de ese desgraciado proporciona la suficiente información para suponerse que la Bestia ha practicado canibalismo con su cara prendida entre las rejas, o cualquier calamidad parecida.
La luminiscencia desprendida por los cadáveres me otorga mayor visión, pero al mismo tiempo la omnipresencia de tanto esqueleto y multitud de cavidad ósea sumada a los restos de entrañas, sesos y vísceras, produce la expulsión de un tufo nauseabundo que impregna el ambiente.
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Juego de Alas (Prólogo)

Por Nando, en 27 de Agosto de 2009

Nueve de cada diez personas sentirían algún remordimiento al interrumpir el sermón de un cura con una ruidosa canción de un grupo de rock, cuya letra era, como mínimo, inapropiada para la ocasión. Y eso sería aún más cierto si el evento que acabara de entorpecer de manera tan insensible fuese un funeral.

Sin embargo, Ramsey sólo sintió una ola de felicidad cuando el sacerdote levantó la vista de su Biblia y todos los asistentes giraron sus cabezas para atravesarle con una mirada de indignación. Ramsey metió la mano en el bolsillo de su americana y sacó el móvil tan rápido como pudo, al tiempo que murmuraba una disculpa y se alejaba a toda prisa por los jardines del cementerio.

Cuando uno sólo puede hablar una vez al mes con su mujer, porque se halla casi incomunicada en la otra parte del mundo, colgar la llamada es la última cosa que pasa por la cabeza. Aún así, Ramsey tomó nota mental de cambiar el tono de su moderno teléfono móvil.

―Hola, cielo ―saludó mientras seguía caminando entre los árboles―. Te he echado de menos. ¿Cómo va todo por la Antártida?

―Yo también a ti, cariño ―contestó la voz de su mujer―. Por aquí todo marcha según lo previsto, la visita del congresista Collins y sus burócratas nos ha retrasado un poco pero logramos que dieran su apoyo económico ante el Congreso. ¿Qué tal todo por casa? ―preguntó sin disimular su nostalgia.

Ramsey prefirió omitir el reciente incidente en la iglesia, no le pareció a la altura del congresista Collins ni de presupuestos millonarios para misiones científicas. En lugar de eso, le resumió los mejores momentos que había vivido desde que hablaron el mes pasado, que por desgracia no eran tantos como le hubiese gustado. Los negocios no iban precisamente viento en popa. Pero no quería ensombrecer su conversación mensual con noticias desagradables. Su mujer, por su parte, le relató los avances en la investigación del proyecto científico que lideraban en el polo sur. Jane utilizaba la clase de jerga científica que a Ramsey, directivo de una tabacalera, le resultaba casi incomprensible. Pero Jane le hablaba con tanta pasión, que nunca había sentido la necesidad de cortarla. Sería porque llevaban poco tiempo casados, pensó cínicamente. Al menos había contraído matrimonio en una ceremonia en la que por fortuna los invitados tuvieron más tacto que él y apagaron sus móviles.

―Entonces, ¿cuánto falta para que concluya el trabajo y regreses a casa? ―preguntó Ramsey.

―Si todo continúa así, en dos meses habremos terminado ―dijo ella con una nota de alegría. A Ramsey no le pareció tan buena noticia como a su mujer. Aunque el plazo no se alargaba, él había albergado la esperanza de que estuviese de vuelta antes, pero se abstuvo de decir nada.

―¡Oh cariño! ―la voz de su mujer sonó emocionada al otro lado de la línea―. ¡Es increíble, estoy viendo la aurora austral! Es un espectáculo de luces increíble. Ojalá pudieses estar aquí ahora para verlo conmigo.

Ramsey imaginó a su mujer con el teléfono pegado a la oreja y mirando hacia el cielo del Polo Sur. Sin darse cuenta, se dejó llevar por la ilusión de estar a su lado y alzó la vista como si ella le estuviese señalando a dónde mirar. Lo que contempló le dejó boquiabierto.

―Cariño, ¿sigues ahí? ―preguntó su esposa―. No te oigo. ¿Me escuchas?

―Sí, te oigo, perdona es que… juraría… que yo también la veo.

―¿Qué es lo que ves? ―preguntó ella sin entenderle.

―La aurora. Veo las luces en el cielo formando una especie de estela de colores ―balbuceó Ramsey.

―Vamos, cariño ―dijo ella en tono de reproche―. No empieces con tus bromas.

―Te lo juro. Estoy viendo una aurora ahí arriba ―insistió―. Es como la que vimos en Alaska el año pasado. ¿La que ves allí es verde con trazos morados?

―Sí ―respondió ella con un claro cambio en su voz―. Pero eso no puede ser. Tendrías que estar mucho más al norte para poder ver una aurora boreal. Y no podría ser la misma que veo yo. Escúchame bien, si es otra broma pesada te juro que me quedaré aquí un año…

―¡No es una broma! ―cortó él―. La estoy viendo con mis propios ojos. Voy a hacer una foto con el móvil y te la mando, así podrás comprobar que no miento.
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