No sabría decir por qué me encariñé con ese barco. Quizás fue por que cuando lo encontré estaba destrozado y, poco a poco, como a un niño, lo fui puliendo hasta que pudiese resistir de la mejor manera posible su destino. Mi querida Atenea al principio no sentía nada por él, pero lo aceptó al ver mi entusiasmo. Me llamaban loco cuando lo decía, pero siempre me ha recordado a un barco pirata. Se burlaban diciéndome que me comportaba como una buena madre que exalta la belleza de su feo hijo. Mi ilusión causó risas pero a mi no me importa. Es mi barco y ya por eso es el mejor.
Después de tanto tiempo no concibo una vida sin él. Sin estar los fines de semana en el precioso Mediterráneo soñando con Atenas y otras ciudades clásicas ya desaparecidas. Imaginándome un gran conquistador, con ganas de conocer mundo y disfrutar la vida al máximo. Toda esta evasión del mundo real me la crea el mar, fiel símbolo de la libertad y la grandeza. Además de ser el cofre más grande con misterios que el hombre nunca podrá descubrir.
Mi viejo Falco, así llamé al barco, ya se ha acostumbrado a mis excentricidades, como navegar de noche sin faros. Y también a las de mis hijos, golpeándolo cada vez que hace ruidos la madera. Y las de mi mujer, por las que Falco es el que más conoce su dieta.

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