Entrada categorizada en ‘Cuentos’

Cuentos

El alcázar de Sevilla, de José María Blanco White

Por , en 2 de noviembre de 2009

Mi paseo favorito, cuando me hallaba de estudiante en Sevilla, era el Alcázar, antigua residencia de los reyes moros y cristianos que fijaron su corte en aquella capital. Los árabes empezaron a edificar este palacio, a poco trecho de la principal mezquita, convertida después de catedral. Pedro el Cruel lo reedificó en más vastas dimensiones, por los años de 1360. El tirano de Castilla quiso que aquel edificio sirviese al mismo tiempo de palacio y de fortaleza, y para esto alzó, en la parte que mira a la ciudad, una muralla, que, aunque oculta en el día por las casas labradas en los tiempos siguientes, hace ver cuánto tiene que temer aquel a quien todos temen.

Las puertas de este circuito indican los límites de la antigua Sevilla, sin que se crea que me sirvo de este epíteto en el sentido de los anticuarios. Poco o nada me importan las fechas históricas, antes bien, por los malos ratos que me han dado durante el curso de la vida, procuro borrarlas cuanto antes de mi memoria. Ni siquiera he tomado en las manos un solo libro de los que contienen la historia de mi ciudad nativa. ¿Qué más libros que el Alcázar? Para mí era aquél un sitio de encanto. Los cantos tradicionales que tantas veces había oído en los dulces labios que me enseñaron el habla de Castilla habían producido este efecto en mi imaginación. Dábaseme un bledo de sus actuales habitantes, ni veía otros en el Alcázar que las sombras de los moros y españoles que habían residido allí en las eras del amor y de la caballería.

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Cuentos

En la cárcel, de Teresa Claramunt

Por , en 27 de octubre de 2009

He padecido tanto, no se si podré coordinar mis recuerdos; pero mi buen deseo seguramente me permitirá llenar este penoso cometido, procurando que mi relación sea exacta y lo más concisa posible.

El día 14 de Junio de 1896 tuve que abandonar la humilde casa en que vivía con mi compañero Antonio Gurri. La guardia civil nos detuvo en Camprodón y practicó en mis muebles un minucioso registro, que más bien parecía un saqueo. Este acto produjo en nuestro ánimo una impresión penosa y no pude contener mis lágrimas al ver que se nos trataba como si fuésemos unos facinerosos, de los que no se podía esperar nada bueno.

Cuatro días después de mi detención y cuando se hubieron cansado de marearme con preguntas irritantes, llevándome del juzgado al gobierno civil y de ceca en meca, me vi separada de mi compañero é ingresé en la cárcel. En ésta me hallé con unas infelices mujeres detenidas como yo á consecuencia del crimen de la calle de Cambios Nuevos.

Los hierros candentes aplicados á los muslos del infortunado Nogues no le causaron quizá un dolor tan horrible como el que padecieron aquellas desgraciadas mujeres, que en su mayoría eran madres.
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Cuentos

La pústula de un avechucho y nada más, de Héctor Cediel

Por , en 27 de octubre de 2009

MURTE:
LA PÙSTULA DE UN AVECHUCHO Y NADA MÀS

A Edgar Allan Poe, autor de “El Cuervo” y
Efraín Otero Ruiz, su traductor y ensayista

Le pregunto a Dios y al azar
¿Existe una justicia más real, que la divina?
¿Será que con justicia social,
se moraliza el miedo y la angustia?
Cambiando las actitudes de nuestras ambiciones,
se puede limpiar y brillar sin abrasivos al mundo.
Así de simple. Eso es todo y nada más.

La vida desnuda es escueta como un vaso de agua,
Un beso sincero o una caricia sin malicia mórbida.
Todo lo vemos y percibimos bajo nuestras ópticas.
Sincronicemos los sentidos con nuestros sentimientos.
Eso es todo. Así de simple y nada más.
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Cuentos

Nudelot: la propuesta de un sueño, de Héctor Cediel

Por , en 26 de octubre de 2009

NUDELOT: LA PROPUESTA DE UN SUEÑO…

Quizás uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del milenio pasado, ha sido: Nudelot, el paraíso de la vida y el amor…  las iglesias han intentado hasta el presente, ocultar su existencia y escritos, porque más que una revolución humanística, se desmoronarían los pilares de la falsa moral sobre los que se sostienen sus imperios económicos y de poder político. De Nudelot aprendimos que la tolerancia siempre será, la mejor religión. El conocer a Nudelot es bueno, porque debemos vivir para saber y solo con sabiduría podemos vivir muy bien.

Sir Cedielus halló un paraíso perdido donde todo la comunidad giraba alrededor del amor, el romanticismo, la poesía… solo se pregonaba la paz y el amor por la humanidad… según los papiros nudelotenses encontrados en una cripta… los monjes y la comunidad laica, habían superado los conflictos del bien y el mal que generan la falsa moral, el puritanismo impuesto por la inseguridad en el control de las pasiones y de lo erótico, en el sexo… No hay mayor dolor para el hombre contemporáneo, que el recordar al descubrir el tipo de vida del que se gozó en Nudelot en los tiempos felices, desde esta miserable vida que se lleva hoy en día y donde el solo sobrevivir con un poco de dignidad, ya es un gran logro.
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Cuentos

El leproso, de Rafael Barrett

Por , en 25 de octubre de 2009

Treinta años hacía que Onofre habitaba el país. Remontando los ríos quedó en seco al fin como escoria que espuman las mareas. ¿Siciliano, turco, griego?… Nunca se averiguó más; al oírle soltar su castilla dulzona rayada por delgados zumbidos de insectos al sol, se le adivinaba esculpido por el Mediterráneo.

Treinta años… Era entonces un ganapán sufrido y avieso. Pelaje de asno le caía sobre el testuz. Aguantaba los puntapiés sin que en su mirada sucia saltara un relámpago. Astroso, frugal, recio, aglutinaba en silencio su pelotita de oro.

Pronto se irguió. Puso boliche en el último rancho. Enfrente, una banderola blancuzca, a lo alto de una tacuara torcida por el viento y la lluvia, sonreía a los borrachines. Entraban al caer la noche, lentos, taciturnos; se acercaban con desdén pueril al mostrador enchapado; pedían quedos una copa de caña, luego otra; el patrón Camhoche, afable y evasivo, apaciguaba los altercados, favorecía las reconciliaciones regadas de alcohol. Saltó a relucir una baraja aceitosa, aspada, punteada; aparecieron dos o tres pelafustanes que ganaban siempre y bebían fiado. Después, de lance, trajo Onofre trapiche y alambique, destiló el veneno por cuenta propia. Tiró el bohío y levantó una casita de ladrillos. Apeteció instruirse, cosa que ennoblece; leyó de corrido,-perfiló la letra; el estudio del derecho sobre todo le absorbía; al bamboleante alumbrar de una vela de sebo, devoraba en el catre, hasta la madrugada, procedimientos y códigos. Empezó a prestar.

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Cuentos

Hoy te he recordado, de Héctor Cediel

Por , en 25 de octubre de 2009

HOY TE HE RECORDADO…
PARA LA TORTUGA: Martha Bayona

Cuando me enamoro, la primavera renace de las cenizas de la noche y se transforma en una hermosa y fragante mañana, pletòrica de fantásticas ilusiones. Cuando me enamoro, el azul del cielo es más hermoso y hasta siento más puro el aire que respiro… cuando me enamoro, brotan princesas y estrellas como ninfas de la oscuridad y se ilumina con colores hermosos, la berma del camino que recorro… cuando me enamoro… bandadas de aves revolotean como ideas en desorden dentro de mi cerebro y sé que estoy enamorado, cuando grabo nuevos nombres sobre la piel del árbol de la vida… sin importar si hago el oso, echando flores.

La tristeza ha deshojado poco apoco, las hojas de la lluvia que humedecen los ojos de mi alma; hay canciones que se deslizan como barquitos de papel por los ríos, que alimentan los suspiros del alma… Hay versos que nos arrasan como las llamas de esas tristezas, que solo dejan desolación y escorias de pavesas a su paso…
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Clásicos, Cuentos

Guapeza valenciana, de Vicente Blasco Ibáñez

Por , en 19 de octubre de 2009

Buenos parroquianos tuvo aquella mañana el cafetín del Cubano. La flor de la guapeza, los valientes más valientes que campaban en Valencia por sus propios méritos; todos cuantos vivían a su estilo de caballero andante por la fuerza de su brazo, los que formaban la guardia de puertas en las timbas, los que llevaban la parte de tenor en la banca, los que iban a tiros o cuchilladas en las calles, sin tropezar nunca, en virtud de secretas inmunidades, con la puerta del presidio, estaban allí, bebiendo a sorbos la copita matinal de aguardiente, con la gravedad de buenos burgueses que van a sus negocios.

El dueño del cafetín les servía con solicitud de admirador entusiasta, mirando de reojo todas aquellas caras famosas, y no faltaban chicuelos de la vecindad que asomaban curiosos, a la puerta, señalando con el dedo a los más conocidos.

La baraja estaba completa. ¡Vive Dios! Que era un verdadero acontecimiento ver reunidos en una sola familia bebiendo amigablemente, a todos los guapos que días antes tenían alarmada la ciudad y cada dos noches andaban a tiros por Pescadores o la calle de las Barcas, para provecho de los periódicos noticieros, mayor trabajo de las Casas de Socorro y no menos fatiga de la Policía, que echaba a correr a los primeros rugidos de aquellos leones que se disputaban el privilegio de vivir a costa de un valor más o menos reconocido.
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Cuentos

En la boca del horno, de Vicente Blasco Ibáñez

Por , en 17 de octubre de 2009

Como en agosto Valencia entera desfallece de calor, los trabajadores del homo se asfixiaban junto a aquella boca, que exhalaba el ardor de un incendio.

Desnudos, sin otra concesión a la decencia que un blanco mandil, trabajaban cerca de las abiertas rejas, y aun así, su piel inflamada parecía liquidarse con la transpiración, y el sudor caía a gotas sobre la pasta, sin duda para que, cumpliéndose a medias la maldición bíblica, los parroquianos, ya que no con el sudor propio, se comieran el pan empapado en el ajeno.

Cuando se descorría la mampara de hierro que tapaba el homo, las llamas enrojecían las paredes, y, su reflejo, resbalando por los tableros cargados de masa, coloreaba los blancos taparrabos y aquellos pechos atléticos y bíceps de gigante que, espolvoreados de harina y brillantes de sudor, tenían cierta apariencia de femenil.

Las palas se arrastraban dentro del homo, dejando sobre las ardientes piedras los pedazos de pasta, o sacando los panes cocidos, de rubia corteza, que esparcían un humillo fragante de vida; y, mientras tanto, los cinco panaderos, inclinados sobre las largas mesas, aporreaban la masa, la estrujaban como si fuese un lío de ropa mojada y retorcida y la cortaban en piezas; todo sin levantar la cabeza, hablando con voz entrecortada por la fatiga y entonando canciones lentas y monótonas, que muchas veces quedaban sin terminar.
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Cuentos

En el mar, de Vicente Blasco Ibáñez

Por , en 16 de octubre de 2009

A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca.

-¡Antonio! ¡Antonio!

Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, que le avisaba para hacerse a la mar.

Había dormido poco aquella noche. A las once todavía charlaba con Rufina, su pobre mujer, que se revolvía inquieta en la cama, hablando de los negocios. No podían marchar peor. ¡Vaya un verano!

En el anterior, los atunes habían corrido el Mediterráneo en bandadas interminables. El día que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinero circulaba como una bendición de Dios, y los que, como Antonio, guardaron buena conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de la condición de simples marineros, comprándose una barca para pescar por cuenta propia.

El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas las noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcas había venido la carencia de pesca.
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Cuentos

El ogro, de Vicente Blasco Ibáñez

Por , en 15 de octubre de 2009

En todo el barrio del Pacífico era conocido aquel endiablado carretero, que alborotaba las calles con sus gritos y los furiosos chasquidos de su tralla.

Los vecinos de la gran casa en cuyo bajo vivía, habían contribuido a formar su mala reputación… ¡Hombre más atroz y mal hablado!… ¡Y luego dicen los periódicos que la Policía detiene por blasfemos!

Pepe el carretero hacia méritos diariamente, según algunos vecinos, para que le cortaran la lengua y le llenasen la boca de plomo ardiendo, como en los mejores tiempos del Santo Oficio. Nada dejaba en paz, ni humano ni divino. Se sabía de memoria todos los nombres venerables del almanaque, únicamente por el gusto de faltarles, y así que se enfadaba con sus bestias y levantaba el látigo, no quedaba santo, por arrinconado que estuviese en alguna de las casillas del mes, al que no profanase con las más sucias expresiones. En fin: ¡un horror!; y lo más censurable era que, al encararse con sus tozudos animales, azuzándolos con blasfemias mejor que con latigazos, los chiquillos del barrio acudían para escucharle por perversa intención, regodeándose ante la fecundidad inagotable del maestro.

Los vecinos, molestados a todas horas por aquella interminable sarta de maldiciones, no sabían cómo librarse de ellas.
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