Para Cintia, Fran, Tommy y Manu.
Gracias por Acompañarme.
Nota del autor: Quisiera soltar al aire este cuento como al diente de león (el “panadero”), la plumosa semilla alada que aparece por allí en el texto. Si te llega a ti y te gusta, por favor no lo dejes tocar el suelo. Imprímele nuevos vientos, multiplica ese primer soplido (enviándolo a tus amigos). Y, si te parece, me gustaría saber qué aires ha surcado, por dónde ha volado e, incluso si quieres, quién ha permitido continuar su vuelo. Pues la metáfora no es caprichosa. Dentro de su inherente humildad, este cuento pretende ser una semilla literaria en busca de espíritus fértiles. Un humilde diente de león obstinado en danzar ingrávido en la belleza. Una humilde semilla alada que, al menos, no se resigna a estrellarse contra el helado suelo de la insensibilidad, de la apatía, del desdén.
(Dirección de Gustavo Appignanesi: appignan@criba.edu.ar ; si te ha gustado éste, puedo enviarte también otros escritos, otras semillas literarias).
El Acompañante
(cuento por Gustavo Appignanesi)
Intensos relámpagos iluminaban el perfilado contorno del pequeño avión motoplaneador mientras surcaba, cual rabiosa saeta, el tormentoso firmamento nocturno. En ese instante el piloto apagó el motor, el cual se retrajo e introdujo en el fuselaje. Así, el delgado pájaro blanco de alas interminables se convirtió en un ingrávido planeador apto para deslizarse sin ruido ni esfuerzo y capaz, por tanto, de proveer a su piloto una sensación de paz inenarrable. Pero hoy era justamente lo contrario a la placidez lo que caracterizaba al momento que vivía la pequeña aeronave, sometida a tan intensa furia elemental. Sin embargo, el hombre no sentía miedo alguno pues su tempestad interna, espiritual, era quizá superior a la de la naturaleza. Y si bien casi nunca volaba de noche ni lo hacía bajo condiciones meteorológicas adversas, esta noche había decidido despegar su sofisticado y pequeño avión en plena tormenta (bajo condiciones que, más que desaconsejables, eran prácticamente suicidas), con cabal conciencia del riesgo que ello entrañaba. Pero no sabía muy bien por qué volaba: dolor, enojo, un rapto de locura, una búsqueda de respuestas, un mero impulso suicida o una mezcla de todo ello.
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This post was submitted by Gustavo Adrián Appignanesi.