Relato de San Juan

Allí está. Mirando a todas partes. Le encanta la fiesta y no tiene miedo de mirárselo todo desde delante. Parece que sea inmune a las chispas del fuego que puedan caerle. Ahora los demonios pasan junto a él mientras los que van detrás tocan una infinita melodía repetitiva. Este taladrante sonido de los tambores me está matando, pero he hecho un gran sacrificio para poder estar hoy aquí, para poder verlo de cerca e intentar acercarme a él. Sin embargo, su novia se le ha acercado. Ha estado todo es rato detrás, mirándose el espectáculo temerosa de que pudiera quemarse ella, o más bien él. Está preocupada por él. Sólo tiene ojos para la persona a la que ahora intenta llevar consigo hacia atrás, pero él, la mira de mala manera y ella recula asustada de nuevo hacia atrás. Otra vez lo ha vuelto a hacer. Mirar mal. Pero hace muchas otras cosas mal y eso sólo lo sé yo. Por eso estoy aquí, para ayudarlo a que aprenda. Yo sé que le cambiaré la vida, no sabe quién soy yo. No, no lo sabe, y pronto lo descubrirá. A medida que la comitiva de los festejos va avanzando, yo también me acerco hacia él. Ahora, han aparecido su madre y su hermana. Él, las ha visto. Coge a su novia del brazo con fuerza y la arrastra con él a un lugar dónde no sea visible para ellas. Su novia se queja. Le duele el brazo. Pero él parece arrastrar un montón de basura en vez de una persona. Una persona que debería ser especial para él. Ahora, en cambio, está más cerca de mí. Yo lo veo pero él no. Ni lo hará. Sigo acercándome, mientras él vuelve a situarse en primera fila entre la multitud y su novia vuelve a recular asustada. Entonces, me mira. Me mira atentamente y se ríe. Vuelve la cabeza y dirige la mirada hacia otro lugar. Observa a los demonios, el fuego, los dragones que bailan… Pero vuelve la vista hacia mí. Ahora mira hacia atrás y con su mala mirada hace entender a la asustada chica que se acerque. La pobre enamorada se aproxima intentando evitar las chispas que lanzan los dragones y señala en la dirección dónde el mejor dragón de todos empieza a aproximarse a ellos. Mira, le dice, ese dragón tiene los ojos del mismo color que los tenía la idiota de mi ex. Eso duele, pero es cierto. Mis ojos son verde vivo y grandes. La chica se lo mira extrañada. Quizá creía que alabaría el realismo del dragón y sus grandes dimensiones, cómo hacía el resto de la gente, pero no. Yo, mientras, sigo acercándome. Esa chica no merece nada de eso. Ella, lo sabe, pero tiene miedo. No te preocupes, pienso en mi fuero interno, yo te ayudaré. Ya casi estoy cerca. Él pasa completamente del dragón y vuelve a mirar a otro punto de la fiesta. Pero de pronto, el dragón se para. Los diablos que lo llevan se quedan extrañados. ¿Por qué no podéis seguir empujándolo? Preguntan unos a los que lo arrastran. No lo sabemos, dicen extrañados. Es como si el dragón se hubiera enganchado en algo. Los hombres disfrazados de demonio, miran a ver qué pasa. Ese contratiempo, hace que él se fije en ello y pone mala cara. Otra vez. De nuevo. Pero yo ya lo tengo a mi alcance para darle su merecido. Lo miro furiosa con mis grandes ojos verdes, mientras él se da cuenta de que algo va mal, se da cuenta de mi presencia. Antes de que él pueda reaccionar, desprendo una enorme llamarada que lo deja carbonizado a él sólo en décimas de segundo.