REDOBLES
Redobles en las noches invernales.
Temía despertar en la madrugada pero a pesar del temor solía despertarme. Y cuando lo hacía era para quedarme totalmente inmóvil, rígida, apretando fuertemente las sábanas y las mantas con mis pequeñas manos a la altura de la boca, tal vez para inútilmente, sofocar mi respiración. Y entonces ocurría. La mayoría de las veces ocurría. Sobre todo
las noches de invierno cuando el relente seco de la zona caía con más intensidad. Seguramente porque el recogimiento de la estancia para evitar el frío, hacía más proclive la ignorancia de lo que ocurría tras los muros de cara al exterior. Comenzaba con una suave sensación de movimiento de mi cuerpo en dirección contraria a mi cabeza y en la posición tendida de espaldas en la que me encontraba. Era como si flotara hacia la cabecera de mi cama, con un suave vértigo acompañado del sentido de múltiples pinchazos de alfileres en mi carne. Yo cerraba fuertemente los ojos. Ojos temerosos y trémulos que veían lucecillas brillantes bajo la pared de mis párpados.
Luego llegaba un ligero zumbido muy dentro de mis oídos, y lentamente, desde la lejanía, el redoble de tambores. Al principio los oía difuminados en el aire pero poco a poco se iban haciendo más cercanos, más intensos: Pon, pon, porropón, pon, pon, porropón…….Conforme se iban acercando empezaba a distinguir también fuertes pisadas de marcha desfilando al compás de los tambores. Más cerca. Más cerca…. Ya vienen…. Ya llegan…..Ya……Sonaban fúnebres, tenebrosos, acrecentando mi pánico. Sonaban a duelo.
A cada latido de mi corazón un redoble menos los separaba de mí. No me movía. Quería parar ese vertiginoso flotar. Temía atravesar la pared y tropezarme con ese batallón imaginario que se acercaba impunemente. El sonido se hacía casi insoportable al llegar a la altura de mi ventana y mi corazón latía al mismo compás que ellos con la certeza de vislumbrar si abría los ojos, un rostro pétreo pegado al cristal. Sin embargo solo los sentía en el interior de mi cabeza. Lo sabía porque al unísono con ellos y en una dimensión real podía distinguir en algunas ocasiones el suave murmullo del viento.
Luego los oía alejarse. Pasaban de largo sin detenerse, ignorando mi miedo, mi terror, y se perdían en la lejanía tal cómo llegaron. Y yo volvía a dormirme para despertar a la mañana siguiente con la incertidumbre si había sido real o una pesadilla repetitiva.
Y vuelta a empezar la noche siguiente, o la otra, o tal vez la próxima semana. Que más daba. Simplemente ocurría.
Poco a poco esos episodios se fueron distanciando cada vez más entre sí, hasta desaparecer, pero quedaron fuertemente marcados en la lejanía de mis recuerdos, tanto, que me hacían temblar cuando salían a la superficie. Y siempre la misma pregunta sin respuesta: ¿Qué sería aquello que yo escuchaba?
Y un día pasado el tiempo, sin saber porqué, una pregunta salió de mis labios:
- Papá, ¿porqué se llama esta parte de la calle donde vivimos La Cruz del Inglés?
- Porque aquí, justo a unos metros mas allá, en la bifurcación, dicen que reposan los restos de un militar inglés que vino a combatir contra los franceses a principios del siglo XIX. Murió batallando y dicen que después de muerto fue condecorado y enterrado con los honores de un militar ejemplar, de un héroe. Trasladaron su cuerpo inerte custodiado por el batallón de soldados a los que dirigía, rindiéndole con el redoble de los tambores, el homenaje que merecía. Acompañaron sus restos desde dónde murió hasta este sitio, que entonces era las afueras de la ciudad, y colocaron la cruz que aún existe allá en la esquina.
No está ya esa cruz, que fue demolida con las nuevas construcciones, pero perdura el nombre de la zona. Y perduran totalmente nítidas esas vivencias en mi interior.
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