Cuentos, Relato

Por un aviso

Por , en 22 de marzo de 2011

POR UN AVISO

Es la mañana temprana y el sol con sus rayos oblicuos, aún no me quema el rostro, ni me hace transpirar como a la hora del mediodía. Pocas personas, presurosas, pasan ensimismadas en sus problemas diarios, aumentados ahora por estas fiestas navideñas.
En mi pequeño canasto, me apresuro a colocar las mejores frutillas encima y presentar en forma digna mi mercadería de sueños…”Juguetes para el Jaimito, quizás una muñeca para la Andreíta y ¿por qué no?, Un buen asado”…, mejor no sigo soñando, se puede romper el cántaro.
-¡¡Frutillas a veinte pesos el medio!!-, empiezo a ensayar el pregón para el mediodía, pero alguien puede antojarse de comprar a esta hora. ¡Y estos chiquillos esperanzados en el regalo del Viejo Pascuero! Como si hubiera plata de más, bueno, después de todo, verles los ojos sonrientes con sus regalos, como que a uno se le hinchan los ojos.
¡Ah!, también tendré que comprarles algo al Juan que vigila en la otra cuadra (supongo) si viene la “poli”, un buen pantalón le compraría para que se sacara esas “huilas” que anda trayendo.
-¡Que tal, Julio!, ¿Cómo anda la pega?- siento un palmazo y una voz a mis espaldas; al darme vuelta veo al compadre Nolberto, le digo que todavía no pasa na`. Me mira y despliega una sonrisa dejando ver algunos huecos negros entre sus dientes amarillentos de tantos cigarrillos, Sus patillas hirsutas parecen sostener el sombrero de huaso (recuerdo de otros tiempos según me dijo), furiosamente desteñido y parchado después de tantos años.
Se estaciona unos metros más allá con sus duraznos “pela`os y jugositos pa`la sé.”
Sólo el vetusto Mercado Municipal de Temuco ha escuchado parte de nuestras vidas, referidas para no aburrirnos tanto, su mujer es lavandera, lo que caiga, sus niños chicos se dedican a mendigar y una noche de “farra”, en el paso Santa Rosa, el tren le cortó la pierna izquierda y cuando despertó lo único que tenía era una sed enorme y deseos de irse a tomar un “pencazo.”
Así como el sol trata de ubicarse en el cenit y aumenta el calor, el número de personas que van o vienen es creciente, ya el centro sube al grado de hormiguero.
El canasto presenta un buen aspecto y voy a comerme algunas frutillas para aplacar “el león”, “toma desayuno, yo me la arreglo después!”, me había dicho la Valeria, “¡Puedo aguantar!”, le contesté y ahora estoy cagado del hambre…todo sea por los cabros.-
-¡Oiga, señor…!- Una dama se detiene a mi lado- ¿A cómo están las frutillas?…¿Están maduritas?
-¡Pero, claro, patroncita!, ¡Y sólo a cien pesos el kilo!, ¿Cuánto le damos?…¡Están fresquitas!- Contesto con mi mejor sonrisa al posible cliente. Las mira desconfiada, saca una, se la echa a la boca, mira el cielo (¿Contactándose con alguna divinidad será?). y después de la ceremonia dice en tono despectivo:
-Sí, están buenas…,a ver…, -registra la cartera buscando dinero- déme dos kilos, ¡Pero que estén bonitas, sí! ¡Ah!.
Presurosamente escojo las que salgan. Son requetecontra chicas para estar elijiéndoselas a la perla. “¡Son las mejores del Sur!”, le digo, mientras las coloco en una bolsita nylon y las voy a pesar a la carreta de los Quilodrán, algunos metros más allá. Enseguida al pasarle la fruta y decirle a la señora que van con “llapa”, me paga con quinientos pesos y no tengo ni un centavo de vuelto ni mis vecinos tampoco. Humildemente le digo a la señora que en “un santiamén” estoy con su cambio después de ir a algún negocio (¡Por qué no trajo sencillo la vieja de mierda!). Voy corriendo hasta tener suerte en el cuarto boliche.
Regreso jadeante y apurado. Le paso el vuelto y la dama se va indi8gnada y presurosa por tanta espera.
“¡Ojalá, el Juan, esté vigilando!”, pienso, mientras sonrío y miro sobre las cabezas, para ver si alguien se parece a los… ¡Rey de Roma, luego asoma!, justo tenía que suceder ahora; la sangre se me sube a la cara y los cabellos se me erizan. Un golpe rudo y seco sacude mi corazón, una corriente transparente atraviesa mi cuerpo en un calor que me hiela los huesos. Las piernas se me hacen “lana”… ¡Ahí vienen! Una pareja de policías aparece de la trágica esquina Rodríguez y al querer escapar hacia Portales vienen dos más. ¡Ahora vengo a caer! Esa es la razón de no ver la carreta de los Quilodrán, tienen que haber escapado y como yo estaba por otro lado, ¡El maldito cambio!, y el Nolberto me estaba cuidando la canasta, de ahí que no se haya percatado. Ahora con el “pirinola”(nariz grande llena de vino), nos miramos sin saber que hacer, a lo mejor siguen de largo si miramos para otro lado.
-¡A ver, ustedes!- No podemos hacernos los desentendidos; se dirige a nosotros un carabinero de mirada dura, que al hablar deja escapar una voz gruesa e imperiosa que me parece un trueno.
-¡Qué no saben que está prohibido vender en el Centro! -Se acerca-, a ver, muestren sus permisos- “De dónde”. Cada palabra la va diciendo en escala ascendente.
-No tenemos – Miro al Nolberto que levanta los hombros corroborando.
-¡Más encima no tienen permiso!, mi cabo- dice el acompañante más joven y recién egresado al parecer.
-Pero, mi cabo será la última vez-, le hablo lo más humilde que puedo.”Suerte perra acompáñame por esta vez”. ¿Qué le habrá pasado al Juan? “Chiquillo de porquería…,ya verá cuando lo pille de nuevo” ¿Quién me manda a confiar en un mocoso?
-¡No!, ¡No!, hartas veces se les ha advertido la misma cancioncita. Si no es a ustedes, a algunos otros…¡Así que nada de excusas baratas y vamos a la comisaría no más!- El cabo hace ademán para que nos pongamos en marcha. Después de dejar a la otra ronda en el sector nos llevan con nuestros canastos a la comisaria.
Mi castillo se va desmoronando poco a poco, ¡No haberme comido las frutillas mejor! ¡Mierda! ¡Maldita suerte! ¡Malditas frutillas!, ¿Qué voy a hacer ahora si éste es mi único capital, ¿Oh Dios? Si no pasa nada te prometo…¿Qué te puedo prometer?…¡Al diablo con las promesas!
Por calle Aldunate para qué lo iba a llamar, cada uno en su mundo!
El Nolberto a mi lado va marcando nuestra marcha con ligeros intermedios de su bastón y su “pata de palo”. Le es difícil seguir el ritmo que nos plantean los dos “guardaespaldas”. No me habla y eso está bien, no tengo deseos de escuchar ninguna palabra. Sólo me gustaría huir o que me tragara la tierra. ¡Qué va a pasar con la mercadería?
Al doblar hacia el Este, sentí un sobrecogimiento y un nuevo zapatazo en el corazón, al divisar a sólo tres cuadras la Comisaría.
-¡Por favor, déjennos ir!-, pero al mirar hacia atrás me salió la voz quejumbrosa y en un extraño tono bajo que al parecer no escucharon los guardias.
Después de segundos a mi parecer, llegamos al edificio. Al franquear la entrada custodiada por un uniformado de mirada indiferente, pasamos por un corredor y doblamos a la derecha donde hay una sala espaciosa con la foto de nuestro “emperador” y un taburete enaltado.
Se abre una puerta y aparece un corpulento uniformado mascando algo, después de lo cual saca su pañuelo y se limpia la boca. Nos mira con cara de pocos amigos mientras abre un grueso libro que está sobre el mostrador. Parsimoniosamente va hojeando algunas páginas. Toma un lápiz y levanta la vista.
-¿Y estos?- Pregunta mirándonos a nosotros.
- Los pillamos vendiendo fuera del Mercado, mi Sargento y
ni siquiera tienen permiso, – responde el jefe de la patrulla cuadrándose enérgicamente delante del superior.
- Descanse Cabo. ¡Muy bien hecho!, hay que traer a estos burladores de las órdenes legales. Dejan la mugrería y después se van, o entorpecen el tránsito de vehículos con sus carretas o de peatones con sus mercaderías en las aceras. ¡Porque quieren vender sus cosas!, ¡Nadie se los prohíbe!, pero váyanse a la feria o a los lugares destinados para eso; tienen harto espacio y no molestan a nadie!- Al terminar, el Sargento sacó nuevamente el pañuelo pasándoselo por la frente, en la cual se había estacionado una delgada película húmeda.
-¡A ver ¡ ¿Cómo se llaman?, primero tú- me indica.
-Julio Elizardo Gómez, señor- Contesto mientras el policía escribe en el libro.
-¿Y tú?-, pregunta al “Pirinola” que se había agachado a dejar su canasto en el suelo, para poder sacarse el sombrero.
-Tadeo Nolberto Suárez Suárez, señor-, contesta el aludido.
-¡Miren ustedes!-, corrobora sus palabras indicándonos con el índice-¡digan de inmediato lo que prefieren y por esta vez voy a ser benevolente!…,¿prefieren pagar una multa y andar metidos en los juzgados y otros líos, o dejan su mercadería para el Asilo de ancianos y se llevan sus canastos prometiendo no volver a reincidir?
Ambos contestamos dejar nuestro cargamento sin chistar. Por mi
parte no tengo ninguna intención de andar metido en el juzgado y además nos libramos de la multa; además, si nuestra mercadería la va a aprovechar otra gente necesitada; además habrá que conformarse; además…¡Mierda!
Salimos del edificio y comenzamos a andar las viejas calles. Nos
miramos con el Tadeo y me hace una mueca que puede significar muchas cosas. Me acuerdo que tengo doscientos pesos y lo invito a tomarnos un litro de vino para aplacar un poco…, el calor.

This post was submitted by Mario Valenzuela Rojas.

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1 Comentario en “Por un aviso”

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Me encantó su relato, salud ! este es mi blog si quiere leer lo que escribo http://www.poesiaparabacterias.blogspot.com

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