Por algo se empieza.

7 de Febrero, 2008

1. Introducción

El año pasado, mientras leía la sección de empleo en un periódico en español de Sydney, me llamó la atención uno en particular. “Rico viejo y aburrido busca personas que hayan tenido una vida interesante y que sepan contarla; o cotillas y mentirosos incorregibles, para aliviar las horas vespertinas de una vida que se acerca al final. Buena paga y transporte para la (s) persona (as) adecuada (as). Aplicar por teléfono de 6:00 am a 11.30pm.”

Siempre he creído que mi vida no tiene gran cosa que contar, pero me hacía falta el dinero, siempre me hacía falta dinero, y de mentir: bueno, de eso sé algo. De modo que, sin pensarlo dos veces, fui a la cabina más cercana y llamé. La reposada y bien modulada voz que me respondió, preguntó edad, nacionalidad y profesión. Tuve la impresión de que su dueño estaba anotando los datos en algún sitio. Y, por supuesto, mentí como hacía casi siempre.

Después dijo que contara algo como presentación.

Entonces recorrí a mis memorias del Aleph.


He aquí pues lo que dije.

1.1 El cuadro de las realidades cambiantes

Soy un curioso compulsivo, así que no pude contenerme. Cuando sentí la extraña picazón en mi ano, y no se alivio, sino que creció en intensidad con la rascada, tuve que ver por mi mismo, que era lo que la ocasionaba.

La idea común para muchos de visitar un proctólogo ni se me ocurrió. Los primeros intentos sin éxito fueron con el espejo del armarito del cuarto de baño. Estaba demasiado alto. Lo malo es que era el único espejo de la casa; indudablemente no diseñada para nadie tan curioso y dedicado como yo. Pero es que tengo que reconocer desde ahora que introspección es mi vicio, una de mis obsesiones. Así que correteé por la casa en pelotas como una extraña alma en pena. Y ésta, en desesperación se estaba transformando.

La picazón se había convertido en un extraño cosquilleo vibratorio que me estaba sacando de mis casillas. Busqué un espejito de mano entre los cachivaches de mi mujer e incluso revolví las escasas pertenencias de mi hermana.

Nada.

La titilación se hizo más enloquecedora que un consolador sin descarga a tierra.

Me agité, me moví, salté y di volteretas a lo Don Quijote. Me rasqué, froté una nalga contra la otra y el culo contra la pared.

Pero todo fue inútil.

Entonces, de la desesperación surgió la idea funesta: corrí de vuelta al cuarto de baño y de un salto me subí al lavamanos. Me di vuelta de nalgas al espejo y me doble por la cintura para mirar entre mis piernas temblorosas.

Él me estaba mirando a mí.

La sorpresa se convirtió en pánico.

Mis piernas en bandas de goma.

Fue entonces que perdí el control de mis esfínteres y el equilibrio.

El miedo se convirtió en horror cuando me sentí caer; y, como atraído por un remolino huracanado, desaparecí, igual que desaparece el agua en una bañera, a través del ojo de mi propio culo… ..

Después de una pausa escuché una risita como de burro sifilítico y me preguntó:

– ¿Cuándo puede empezar?
– Ahora mismo – contesté – y así fue como empezó mi relación con Noval.

Así fue como pudo convencerme de que escribiera estas historias que poco a poco fuì hilvanando.

Así fue como me transforme en mosca invisible en la pared.

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