Pesadilla

–¡Vaya! –exclamó Aldara asomada a la ventana, dónde el viento gélido del invierno azotaba sus cabellos azabaches. –No es tan tarde cómo para que no haya absolutamente nadie en las calles.
–Querida, cómo se nota que nunca has venido a este pueblo. Es una vieja costumbre de siempre. De hecho, de hace siglos.
–¿Qué quieres decir, tía?
–Desde tiempos remotos, las gentes de este lugar han evitado salir a las calles en cuanto se pone el sol. La verdad, tampoco nadie tiene necesidad de hacerlo, así que más que seguir una vieja leyenda, las gentes siguen una costumbre.
–¿Qué leyenda? –preguntó Aldara curiosa. Cerró la ventana y se sentó al lado de su tía, en un mullido sofá de piel.
–Pues verás. Era una de las típicas leyendas medievales. Los curas y otros hombres de la Iglesia aterrorizaban a los habitantes de esta aldea con historias espantosas sobre vampiros. Decían que salían por la noche a merodear cerca de las casas del pueblo y que incluso recorrían sus calles. Todos los vecinos, cada noche cerraban las puertas y ventanas aterrorizados, y rezaban al Señor para que les protegiese.
–Cuesta creer que todavía se mantenga esa costumbre, sabiendo la razón de por qué esto es así.
–Lo sé. Pero te aviso sobrinita, no se te ocurra salir. Ya sé que es una tontería, pero es mejor que no lo hagas.
–Tranquila tía, tampoco tenía intenciones de salir. De hecho, creo que voy a irme a acostar. El viaje ha sido muy largo y estoy agotada.
–De acuerdo querida. Que tengas dulces sueños. –su tía le besó la mejilla.

Aldara se dirigió hacia su nuevo dormitorio, se desvistió y se cubrió con un fino camisón. Se metió bajo las gruesas sábanas. Estaba la mar de bien, para estar en otra cama distinta de la que estaba acostumbrada. Pronto se durmió y soñó. La noche fue transcurriendo con relativa paz y llegó la medianoche. Aldara, entonces, abrió los ojos, pero en ellos expresaban una mirada vacía. Se incorporó y apartó las sábanas con lentitud hasta posar los pies sobre el frío suelo. Aldara volvía a estar sonámbula. Sus padres la habían mandado a casa de su tía por recomendación del médico que tenían en la ciudad. Aldara cada noche se despertaba hasta que volvía a dormirse sin ser consciente absolutamente de nada de lo que ocurría. El médico creyó que un cambio de aires la podría ayudar después de haber intentado miles de métodos para curarla, pero esa noche Aldara volvió a alzarse de la cama. Anduvo con dudosa decisión, pero llegó hasta la puerta de entrada. Aldara se quedó inmóvil cómo si recordase las advertencias de su tía, pero su mano temblorosa alcanzó el pomo de la puerta y la abrió. Avanzó un par de pasos y la puerta se cerró sola a sus espaldas con un débil chirrido. Aldara volvía a restar inmóvil mientras el viento agitaba su camisón que se revolvía en su parte baja. Sus pies descalzos empezaron a avanzar sin saber a dónde dirigirse. Los largos cabellos le cubrían el rostro, pero ella tampoco parecía ser consciente. Finalmente, unos árboles se cernieron sobre ella. Eran los primeros del bosque y los últimos del pequeño pueblo. Siguió avanzando hasta que las tenues luces de las calles se apagaron tras ella.

–Por fin estás aquí. –una voz dijo enfrente de ella. –Llevábamos mucho tiempo esperando este momento.
–No soy vuestra. –repitió cómo cada noche.
–Lo eres Aldara. Por eso has abandonado a tu familia. Debes ocultarles lo que eres. –dijo él saliendo a la luz de un candil que le iluminaba el rostro.
–Yo no soy cómo vosotros.
–Tienes razón, pero si tienes lo que nos hace falta.
–Todo es un sueño. Siempre lo es. –se dijo Aldara a ella misma.
–Si logras despertarte, pero eso nunca sucederá, pues estás aquí con nosotros.
–¡No! Es un sueño y yo estoy en mi cama. –dijo resueltamente.
–Pues entonces despierta, si puedes. –Aldara lo intentó pero no pudo. Esta vez el frío le dolía más que nunca. La pesadez de su cuerpo era más evidente. Esta vez, la cosa había ido a más. Pero iba a terminar con ello de una vez por todas.
–De acuerdo, habéis ganado.
–Ves que bien, Aldara. A partir de ahora se acabaron tus pesadillas y tu esencia.
–Desde este mismo instante. –aclaró Aldara mientras el vampiro asentía. Y Aldara logró despertar por sí misma.