Pequeña vagabunda

17 de Enero, 2008

Pequeña vagabunda:

- Pequeña y vagabunda, como su abuela- eso era lo que mi abuelo siempre me decía, antes incluso de esperar a que pudiera abrirme paso entre la gente y abrazarle. Era el momento más esperado de todo el viaje; él me miraba y se reía y de los ojos le salían chispas azules que alumbraban con alegría la triste y gris estación de la Renfe. Entonces, a diez pasos el uno del otro nos observábamos despacio, nos volvíamos a reír y corríamos a abrazarnos. Siempre lo mismo era una tradición; nuestro ritual.

Después él cogía una maleta, siempre la más ligera y bajábamos las escaleras que daban al paso entre andenes. De chiquita, cuando todavía tenía que apoyarme en la sucia barandilla para bajar sin caerme, siempre me recordaba que si conseguíamos no tropezarnos en todo el trayecto significaría buena suerte. Ahora ya no me lo decía, aunque tampoco hacía falta. Yo lo había aprendido hace mucho. A mitad del pasadizo había una gran raya roja. Siempre nos parábamos sobre ella y cambiábamos las maletas, él cargaba la más pesada y yo cogía la pequeña. Las cargas – sentenciaba entonces él – había que compartirlas por igual.

Ahora estoy en el tren, acaparando todas las miradas. Me encanta ser tan extravagante, lo heredé de mi abuela. Siempre llevo faldas largas, con vuelo y de colores chillones y arriba llevo un poncho de lana en invierno y camisetas sueltas y deformadas en verano. Me suelo cambiar mucho el color del pelo: rojo, verde, morado, rubio platino… creo que no me queda ningún color que todavía no haya probado.

En frente de mi hay un chico de unos diecisiete años, muy repeinado con gomina y vestido con ropa de marca. A mi lado se sienta un cura de mal aliento y peor carácter. Da la impresión de estar ideando castigos que me va a guardar para cuando nos reencontremos en el infierno. Al otro lado del pasillo hay una madre con un niño pequeño, me da lástima ver como la madre ya ni siquiera le permite poner los piececitos descalzos sobre el asiento. Recuerdo otra frase de mi abuelo: cuantos mayores son los progresos antes huimos de la libertad.


Cuando llegamos a Venta de Baños sube un hombre mayor. Tiene un aspecto muy desaliñado y anda tambaleándose, casi no se tiene en pie. Con una mano sujeta un tetra-brick de vino Don Simón. Va murmurando algo, pero la gente esta tan ocupada en mirarle con asco y en apartarse de él que no le escucha. Yo sí. Está contando una historia de amor.

Fue hace mucho, cuando él era joven. Se enamoró de una chica muy especial. No debía ser demasiado hermosa pero era muy simpática y divertida. Era profesora de muchas cosas: matemáticas, literatura, ciencias naturales… aquella muchacha era capaz hasta de enseñar astrología – al llegar ahí pega un resoplido divertido y se toma un trago de vino. El iba a su casa todas las tardes para aprender música y literatura. Al principio solo se quedaba una hora pero las clases se fueron alargando y muchas fueron las veces que se quedaba a cenar.

Ella tocaba el violín o la viola –no he conseguido entenderle muy bien y no quiero interrumpirle. El vagón esta totalmente en silencio y tan solo se oyen los susurros del anciano borracho. Pasa el carrito del servicio de bar… aunque un bar nunca vendería tanta porquería junta, el desgraciado muchacho que lo lleva se empeña en llamarlo así.

El viejo se queda mirando el carrito y sigue contando: Para cenar siempre le preparaba huevo frito con patatas fritas, siempre decía, riéndose de si misma, que era la única comida que sabía preparar sin que se quemara. Al llegar a ese punto se echa a reír. Tiene una risa ronca y acaba convirtiéndose en un ataque de tos. El niño, solo separado del borracho por su madre y el estrecho pasillo, le mira con los ojos muy abiertos y cara de susto.

La tos no se le acaba de pasar, le ofrezco unos regalices. El tío de enfrente oculta una mueca de desprecio y el cura hace un esfuerzo para no santiguarse. El ambiente está tenso y hasta el borracho nota el rechazo que produce. Está a punto de llorar, le paso también un pañuelo de papel. Al cogerlo nuestras manos se rozan. Yo doy un respingo y la retiro rápidamente. Tiene las manos sucias y pegajosas. El desagrado me produce un escalofrío, el desagrado y también el miedo. Miedo al cura, al tipo de enfrente, a la maruja y su hijo, al viejo al que no conozco de nada…

El viejo se baja en la siguiente parada. Al pasar junto a mi, rebusca entre sus ropas y de un bolsillo de su destrozada chaqueta saca una foto vieja, en blanco y negro y llena de suciedad y me la da. Luego con un golpecito cariñoso en el hombro se aleja diciendo: adiós, pequeña vagabunda.

Solo cuando el tren vuelve a arrancar y veo pasar la ciudad de Valladolid miro la foto. En ella se ve a una mujer de pequeña figura, bastante guapa, sentada en una mecedora. Viste una falda larga de vuelo y a modo de jersey lleva un poncho que parece hecho de lana. Sostiene el violín con la mano derecha y el arco con la izquierda. A su lado hay un atril con varias partituras en él. En el suelo y por las paredes de la habitación hay pinturas, libros y más partituras. Sobre el regazo de la muchacha hay un libro, está colocado de tal forma que se ve el título:

“EL VIEJO BORRACHÍN”

Sonrío y cojo mi libro para guardar la foto y evitar que se arrugue. Solo entonces me doy cuenta de que debajo de mi libro hay otro de tapa negra y gastada. Miro interrogativamente al de enfrente quien en seguida me lo aclara todo. –Se lo ha dejado el viejo ese.- y señala con la cabeza al asiento de su lado, ahora vacío.

Cojo el libro y lo observo, en la tapa no hay título alguno. Lo abro y leo:

“EL VIEJO BORRACHÍN”
Escrito por don Francisco Cuevanegra

Y más abajo:
“Para mi maestra, mi amiga, mi amor… la distraída, la chistosa, la alegre y la melancólica… Porque nuestro amor sea la más hermosa melodía que nunca escuchemos. Porque mi vida descubrió la música el primer día que me sonreíste y cuando oi tu risa… sentí que me abrazaba y que no volvería a pasar frío. Porque por ti empecé a escribir”
Tu amigo.

La tinta estaba corrida en algunos lugares, parecía como si le hubieran caído encima algunas gotas de agua. –Quizás llovía cuando lo escribió-susurra una voz en mi mente. –O puede que solo sean lágrimas-digo yo. Y sin saber muy bien porque y sin preocuparme de que la gente me esté mirando, dejo caer una lágrima que va a juntarse con las lágrimas del viejo, o de la violinista, seguramente de los dos.

Pasa otra vez el carrito de la comida, -servicio de bar, me bajo en la próxima señores. Servicio de bar…- y atraviesa el vagón, aunque su voz de falsete todavía permanece en el aire unos segundos. Suena un teléfono móvil con la 9ª sinfonía de Beethoven. –Próxima parada, Medina del Campo- anuncia la voz del megáfono. –Les rogamos que no se olviden de sus objetos personales. Ha empezado a llover, y los cristales están empañados.

El cura de al lado se levanta e intenta coger la maleta del soporte de arriba. Me levanto y subiéndome, descalza, al asiento se la consigo bajar. El me murmura un gracias pero noto que evita mirarme de frente. Se vuelve a sentar respirando agitadamente, es anciano y aun asi no puede dejar el trabajo, por un momento, un solo instante, me da lástima.

Hay mucha gente como el cura de al lado. Cerrada. No se puede entrar en ellas, no se puede saber que piensan pero no son misteriosas… no causan intriga o interés. La mayor parte de la gente se piensa que puede conocer a alguien solo por su apariencia y ni la película de la Bella y la Bestia, ni las enseñanzas en la escuela… no parece que nada de eso pueda cambiar lo listos que todos se creen.

Cuando se baja, me deja pensando en como la gente es capaz de dedicarse a una sola cosa, tan en cuerpo y alma. Como ese cura. Seguramente sea un párroco de una iglesia pequeña, con unos pocos fieles. Pero… ¿por qué vivir así? tiene que ser horrible cuando, al darte cuenta de que es tu último segundo de vida te des cuenta de que has desperdiciado tu vida por algo que no existe. Dios, el mejor y el peor invento del hombre. Solo un sueño, una pesadilla o una esperanza, pero, en todo caso, algo irreal.

Luego entra una chica que se sienta en el asiento del cura, al lado mia. -¡Hola!- me dice. Derrocha seguridad, estoy segura de que todo lo que se propone hacer lo realiza bien, creo que no se debe ni siquiera permitirse pensar que lo puede hacer mal. Creo que puedo leerle el pensamiento, parece diciendo…

–Yo voy ha hacer algo. Tengo ideas. Buenas ideas. Todo el mundo que me conoce sabe que dentro de unos años dirá: Mírala, a esa la conocí yo cuando era más joven y desde siempre tuvo claro que iba a cambiar el mundo. Y lo voy a conseguir, solo necesito un micrófono para hacerme escuchar… En cuanto tenga la edad, me afilio un partido político… me da igual si es de derechas o de izquierdas, lo único que quiero es un micrófono… la gente me escuchará.

Y yo pienso que cualquiera que supiera lo que esa chica con tanta carisma está pensando diría: Que creída, que prepotente… haber cuando sale a la realidad, haber cuando pone los pies en el suelo… Como suelo ir al contrario, yo digo que no es así, y una frase de las de mi abuelo revolotea en mi cabeza: “Toda la gente que ha llegado a ser algo antes se la ha tachado de engreída”

Sin saber porque, ni cómo… estoy segura de que algún día diré: esa chica a la que todo el mundo sigue, un día se sentó a mi lado en el tren. Y me quedo mirándola, y ella me devuelve la mirada y sabe, como yo también lo sé, que yo la comprendo y que creo en ella. Cruce de sonrisas y ambas nos preguntamos si no deberíamos iniciar una conversación, una amistad de viaje. Pero ya la voz gangosa suena por los altavoces anunciando Ávila y comienzan a verse las primeras casas.

Casi cuando va a llegar a la estación se comienzan a ver las murallas, iluminadas, mordiendo con sus dientes mellados un cielo azul, frío que para mi siempre ha significado alegría y risa. Cuando me bajo del tren me lo encuentro de frente. Mi abuelo, más viejo que antes, más sabio, pero que me quiere igual y que no se olvida de decirme, nada más verme: Pequeña y vagabunda, como su abuela.

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