OFFSIDE

Mi madre tuvo un buen parto. A los dos días del alumbramiento la memoria le quiso recompensar por aquellos nueve meses de atribulación y le concedió un rápido olvido: me depositó en casa de mi abuela y se marchó, para no verme nunca más. Entonces yo era demasiado pequeño para siquiera decirle adiós.
Mi abuela era una mujer de costumbres patriarcales, su severidad era un lastre ancestral que jamás se había cuestionado. Tenía por principio no escuchar ni mirar a los niños. Y así pasé casi toda mi infancia encerrado en mi habitación, hostigado por el mundo, sin más derechos que los de mi existencia inconsciente. Recuerdo los momentos en que mi abuelo me permitía sentarme a su espalda y ver los partidos de fútbol. Cuando nuestro equipo marcaba, al principio él no se inmutaba, yo contenía las ganas de saltar para no enfadarle. Entonces él volvía la cabeza, me miraba y, apuntando a la televisión con el dedo, con la convicción que le daba la indiferencia de su propio ocaso, me decía: “esos somos nosotros”. Hasta varios años más tarde no entendí qué quería decir aquella frase.
Cuando terminé la escuela comencé a entablar cierta amistad con Lorenzo, un joven repartidor de pan, ante quien durante años jamás había alzado la mirada, como ocurre con esos retratos imperecederos que ya velaban el decorado cuando nosotros entramos en la escena de la vida. Todo fue una pura casualidad. Cierto día me encontraba sentado en la escalinata de casa, cuando al dejarme la bolsa, sin saber por qué, le miré a la cara. En aquel momento, como respuesta a mi mirada, m
Por aquel entonces yo vivía en plena adolescencia. Eran tiempos duros. Mi abuela ya no quería saber nada de mí. Ella sólo esperaba que encontrara un medio de vida con el que me pudiera hacer un hombre. A la semana apenas me daba algunas monedas para comprar tabaco. Pero yo ya había recorrido toda la ciudad en busca de trabajo: en tiendas, en el puerto, en el mercado, en talleres… pero en ningún lugar había un hueco para un chico de dieciséis años imberbe y enclenque como yo, que, además, ni siquiera podía acreditar su filiación.
Con el tiempo la necesidad me hizo aguzar el ingenio: en el barrio chino conocí una casa de empeños. Allí comencé a llevar algunos objetos que mi abuela tenía olvidados en el desván: lámparas antiguas, ceniceros de bronce, barras de cortina,…. Al principio no me daban demasiado, pero luego cambié el tipo de género que llevaba: la ropa era rentable, y mi abuelo tenía un armario lleno de antigua ropa militar y de abrigos de cuero embadurnados de naftalina. El dinero que iba sacando por todo aquello me permitía pasar horas en el bar y divertirme observando las apuestas en las peleas de gallos o en las carreras de coches, que siempre terminaban en broncas. También había empezado a gozar pavoneándome delante de las chicas, exhalando el humo de un cigarro y exhibiendo mi joven virilidad.
Cierto día del final del verano el simpático repartidor de pan me invitó a una reunión vespertina de hinchas de los “rojos”. No fui yo quien sonrientemente dijo que sí: alguien en mi interior me empujaba ciegamente hacia la fatalidad. A las ocho de aquel mismo día, al fondo de una taberna de enormes cristaleras, Lorenzo me presentaba a toda la cámara de los Leones Rojos: unos quince tipos de fuertes brazos, múltiples cicatrices, cabezas rapadas y dientes rotos, entre quienes, después de varias cervezas, me sentí protegido, arropado y mecido cual bebé entre los brazos de su madre. De madrugada, el coche de Lorenzo depositaba mis despojos en la puerta de casa de mi abuela: “Desde hoy eres un hermano, no lo olvides.” Aquella frase resonó en mis oídos durante toda la noche, como el pistoletazo de salida de una carrera que iba a cambiar mi vida definitivamente.
Durante las siguientes semanas comencé a darme cuenta del paso decisivo que acababa de dar en mi vida, pero yo no dudé un momento en dejarme querer y convertirme en un nuevo “león”, con todo lo que ello implicaba.
El primer domingo que fui a ver a los “rojos” tomé todo tipo de bebidas. En la taberna los camaradas me enseñaron cómo esconder las botellas, cómo escurrirme detrás de los señores decentes que entraban en el estadio, o hacia qué parte del estadio había que blasfemar. Y hacia allí partimos moviéndonos en grupo hasta que en las puertas del estadio nos separamos, para no llamar la atención. El partido pasó entre bromas, insultos y cánticos. Creo que nadie llegó a ver el gol del equipo contrario, pero ya nada importaba, éramos los mejores y había que brindar por ello. Cinco minutos antes de que el partido acabara salimos rápidamente del estadio y nos dirigimos a la puerta 26, lugar por dónde los hinchas del equipo rival tenían que salir de un momento a otro. Muchas veces había oído hablar de las batallas después de los partidos, de los lances de la pelea, y de las “victorias” en casa, pero aquel movimiento rápido de tropa me puso el corazón en un puño. De pronto, en aquella espera de diez minutos las piernas me temblaban, se me había cogido un nudo en el estómago, la saliva había desaparecido de mi boca. Lorenzo se acercó a mí, me puso un grueso palo de madera en las manos, y, sin mirarme a los ojos, me dijo: “pega todo lo fuerte que puedas”. Miré a mis “hermanos”. El brillo había desaparecido de sus ojos; se respiraba un silencioso nerviosismo. Comenzaba el auténtico juego.
Los hinchas enemigos salieron y quisieron dar un rodeo para salir a la avenida principal, donde les esperaban los autobuses, pero aquel pasaje se convirtió en un callejón sin salida, allí los esperábamos nosotros para enseñarles quiénes eran los que podían gritar en nuestro estadio. Los golpes no tardaron en derramarse por doquier: puñetazos de todos los tamaños, patadas en todos los lugares, varios botellazos y muchos palos. Era nuestro juego, salvaje, fiero, pero necesario. Era nuestra única razón. Aquel día sufrí mi primer derrame nasal, pero entonces yo no sentí nada, el corazón iba mucho más allá. Con la tranquila sensación de sentirme arropado por decenas de puños, pegaba y me desfogaba violentamente contra seres que no conocía de nada, que no me habían hecho nada y que probablemente eran tan escoria como todos nosotros.
Mi vida adquirió sentido en aquellos años. Mis “hermanos” eran lo único que tenía en la vida, mi único apoyo en aquella sociedad que me había despreciado desde mi nacimiento. Desde luego no estaba dispuesto a renunciar a ninguna exigencia de nuestra “comunidad”.
Con el tiempo llegué a encargarme de contratar nuestros propios autobuses para ir a otras ciudades a seguir a los “rojos”. En la agencia de transportes conocí a Malena, una chica de clase media, hija del dueño de la empresa. Creo que llegué a sentir algo así como un enamoramiento. Comencé a salir con ella, pero jamás llegué a compartir el amor que tenía sellado en la otra parte de mi corazón: durante seis meses le oculté que pertenecía a los Leones, intentaba ocultar las cicatrices y los rasguños que sufría en los estadios y me excusaba todas las tardes ante ella para ir a la taberna, donde me esperaban los camaradas. Ahora sé que Malena me quería. Para estar más cerca de mí incluso quiso interceder para encontrarme un trabajo en la agencia, pero yo no tenía demasiado tiempo para ella. Después de varios meses de relación, ella me dejó, razonablemente. Yo no había sido capaz de romper mi atadura a mis hermanos para dedicarle ni un segundo de mi vida, y entendí que aquello era imperdonable.
Siempre estuve enamorado de Malena. Cuando los domingos volvía en el autobús, sumido en la fraternal inconciencia del alcohol y los golpes, de pronto se me venía su imagen, y pensaba en una vida con ella. Bajo un conato de tristeza, me agitaba de pronto. Entonces me levantaba, me volvía hacia los míos y comenzaba a entonar nuestro himno. Todos me seguían.
Los años pasaron y lo que al principio sólo fue una nueva diversión, finalmente se convirtió en un modo de vida. La banda de los “leones” era respetada en la ciudad, y temida en los estadios enemigos. Algunos medios de comunicación ya hablaban de nosotros. Poco a poco la policía se fue convirtiendo en nuestro nuevo enemigo. Nos controlaban, nos hacían un marcaje férreo hasta que finalmente, casi siempre, salíamos de bronca con ellos.
A los siete años de mi bautizo en la banda, comenzó el declive de los “leones”. Un sábado, la policía llamó al timbre de casa para leerme los cargos: estaba detenido por altercados con las fuerzas del orden. Desde la puerta le grité a mi abuela que iba a salir y que volvería pronto. Estuvimos tres días en los calabozos de comisaría. Al cabo, nos dejaron ir con un aviso: la próxima vez seríamos juzgados. Fuimos a la taberna a emborracharnos.
Al volver a casa mi abuela me gritó, me maldijo, y me anunció que tenía que salir de allí. Mi vida acababa de ser incendiada.
Aquella noche dormí en casa de Lorenzo. A la mañana siguiente me desperté solo, Lorenzo estaba repartiendo. Fui entonces a la taberna, pero no había nadie. “El juego se ha acabado. Ya no quiero más complicaciones. Tenéis que entenderme”. Fueron las palabras de Oliver, el dueño del bar. Me largué cansado, triste. “El juego ha acabado”, el eco de aquella frase seguía sonando en mi cabeza.
Pasé por la agencia de transportes. Me quedé mirando por la ventana. Allí Malena hablaba con alguien. Cuando se marchó el cliente, ella me avistó. Quedó turbada. Las miradas fueron fijas, pero algo turbias, querían decir algo más. Un hombre apareció por una puerta interior de la oficina, se acercó a ella y le despidió con un beso. Desaparecí.
El paseo que bordea el río está lleno de parejas que se agarran de la mano y conversan. Los barcos flotan sobre el agua verde oscura del muelle. Algún día tendré mi propio barco, me he dicho.