Neema

El frío viento hacía tambalearme hacia los lados, incluso más que las sacudidas de la barca. Mi frágil cuerpo iba chocando contra los demás, más robustos. Hubiera jurado que todos eran hombres, pero no tenía los ojos abiertos. No me protegía, así que supuse que me estaría llenando de moratones por los hombros y la espalda, pero mis brazos sólo cubrían mi vientre. Al ver que detrás de la cortina de mis párpados, el mundo se estaba iluminando de un color rojizo, suspiré por primera vez en aquél arriesgado viaje. Empecé a respirar más tranquila, las sacudidas fueron desapareciendo, y yo me fui dejando llevar por la ensoñación, pues me había pasado la noche con los ojos cerrados, pero sin dormir.
Una nueva sacudida, más fuerte que las demás me hizo soltar un grito, pero nadie me oyó, pues mis compañeros de viaje estaban demasiado ocupados con sus discusiones y sus tacos. Tampoco nadie vio que abrí los ojos de repente y vi que, y que, definitivamente todo eran hombres. Hombres jóvenes, tal vez como yo, pero su robustez y su forma de hablar les hacía parecer mayores. Aunque su propósito fuese diferente del mío, todos buscábamos lo mismo: un lugar mejor. Y por eso, tras los empujones e insultos que se dedicaban, me conmovieron. Tal vez ellos tampoco llegaran a ver nunca más a sus familias.
Un hombre algo más mayor que el resto, nos indicó que fuésemos bajando con cuidado, aunque nadie hizo caso, pues todos bajaron en masa y a codazo limpio, como era de esperar. Éramos unos cincuenta. Cuando todos bajaron, me dispuse a bajar yo, con cuidado, como había indicado.
-¡Tú, mujer! A ver si te das un poco de prisa y pueda largarme, ¡como nos encuentre la pasma, será por tu culpa, puta!
Dicho eso me escupió en mi pierna desnuda. Aguante mis lágrimas y mis ganas de echarle al mar, e intenté bajar un poco más deprisa, porqué se me acercaba amenazante. Levanté rápidamente un pie y lo deslicé por el borde de la barca, pero me quedé paralizada de golpe.
CHAS.
Se empezaron a empapar las cortas sábanas que me había atado a modo de túnica. No podía moverme, tenía miedo de que le pasara algo. Empecé a marearme, y tuve tiempo de cubrirme el vientre antes que el barquero me empujase a la arena y cayera con un golpe seco.
Gritos, dolor, sirenas, ahora me cogían, ahora me dejaban, más dolor, más gritos, nada.
No veía ni oía nada, no sabía dónde estaba, ni siquiera cómo estaba, pero había algo que debía hacer… Por él… Intenté recordarlo.

Me llamo Asabi, y creo que tengo unos quince o dieciséis años. Soy africana, de Malí, y soy de raza negra. Mis padres, Yumna y Haben, son los jefes-chamanes de mi tribu. Nuestra tribu es la de Rivières Cristallines, es decir ríos cristalinos. El idioma oficial de Malí es el francés aunque nosotros hablamos bambara, nuestra lengua.
La historia de nuestra tribu es larga, pero yo sólo recuerdo lo que ha estado pasando estos últimos años:
Los Ríos Cristalinos éramos una tribu tranquila, pacífica, que amaba la naturaleza, los animales y lo tradicional, por eso nunca entraba en los conflictos con otras tribus, aunque otro de los motivos por los que no entraba era porqué nunca nos metíamos o se nos metía. Acogíamos siempre forasteros, manteníamos las religiones y costumbres de nuestros antepasados, en vez de las modernas a las que muchas tribus ya se estaban uniendo. Y ese fue el primer problema en muchos siglos en que nuestra tribu se vio afectada.
Nos acusaban de antiguos, de nigromantes, de cosas que, dichas de otra forma, era lo que éramos, pero ¿acaso hacíamos daño a alguien? Pronto empezaron a invadir nuestros alrededores, destrozando los escasos conreos, y llevándose a nuestras hermanas más pequeñas. El machismo había nacido en su cabeza. Ese estúpido pensamiento apareció hace unos cuantos siglos en Occidente, pero nuestras tribus son mucho más antiguas que eso. Cuando los “inventores” del machismo aún caminaban a cuatro patas y tenían el cuerpo cubierto de pelo, nuestros chamanes estaban empezando sus primeras hogueras. Y por eso, ante todo apareció la indignación. ¿Cómo se habían dejado convencer, cómo habían caído tan bajo? La indignación se fue transformando en preocupación cuando ya no niñas pequeñas, sino madres de familia iban desapareciendo también. Yo, mientras fuese la hija del jefe, me dejarían por un tiempo, pero caí en la desesperación cuando Moyo, mi prometido, cegado por sus pensamientos “modernos”, no esperó a que cumpliera los quince, la edad en que las chicas de nuestra tribu se casan, y me raptó y me hizo suya. Yo no lo podía creer. Moyo tenía veintiséis años y era un buen hombre. Ya estuvo casado antes, pero su mujer murió en el parto. Siempre había sido atento, amable con los ancianos y con todo el mundo. ¿Por qué me hacía esto? Y, por si fuera poco, me había dejado embarazada. Mi pequeño no sobreviviría, y aunque lo hiciera aquí dentro, no lo haría ahí fuera. Yo era la hija del jefe, pero cuando ellos murieran, ocuparía su lugar el valiente Kouamé, mi hermano mayor. No porqué fuese hombre, sino porque era el primogénito. Cuando mis padres ya no estuvieran, tanto yo como mi bebé seríamos como cualquier persona de esa tribu, no tendrían miramientos. Y así se me confirmó.
Seis meses y medio después, cuando mi bebé hacía meses que daba patadas, y mi barriga había crecido considerablemente, Moyo apareció por primera vez desde esa noche, y me advirtió:
-Si es niña, la haremos esclava y prostituta, si es niño lo haremos guerrero y luchará contra vosotros, hará lo que hemos hecho nosotros hasta ahora, si aún queda algo por exterminar en ese entonces. Procura estar bien despierta en el parto, porqué solo lo verás allí. A ti también te llevaremos, pequeña, ya veremos lo que haremos contigo.
Me asusté. No por lo que pudieran hacerme a mí, sino por lo que le hicieran a él. Decidí huir.
Mis padres me hablaron de un tal Mohammed El Madhla que vivía en Barcelona. Mi primo por parte de madre, tenía treinta y pocos años y, aplicado en los estudios como era, se había licenciado en Derecho, y era un solicitado abogado. Consiguió una beca en Bellaterra, e hizo él solo que movieran todos los papeles para empadronarse. Un cerebrito.
Eso fue lo que me contaron, aunque la mayoría de palabras no las entendí. Sólo me quedó claro que, si quería salvarnos, debía ir a Barcelona y pedirle ayuda a Mohammed. No sabía en qué parte estaba, ni cómo era su cara, pero el parto se acercaba, y si me retrasaba un poco más, ya no podía emprender el viaje.
Aún así con las prisas, entre taxis, autobuses perdidos, hostales, desiertos y caminatas a pie yo sola arrastrando a mi hijo dentro de mí, tardé casi un mes y medio en llegar al puerto de Marruecos, donde salían de incógnito las pateras. Tuve que aguantar mareos, vómitos, alguna contracción e incluso humillaciones, pero conseguí hacerme un sitio en una barca, que cogía una ruta diferente de las demás, y llevaba directamente a las costas catalanas.
La angustia me corrompía, seguía atontada, pero no inconsciente. Aún así me faltaba aire, me mareaba, notaba un vacío en mi interior. Sacudí la cabeza, pero comprobé que no era a causa del sueño, porqué el vacío seguía allí. Entonces me invadió por completo una ola de dolor.
¿Dónde estaba mi pequeño?
¿Se lo habían llevado?
Me palpé el vientre, rindiéndome a lo evidente. No estaba. Aún sin abrir los ojos empecé a llorar amargamente, ahogando chillidos, dejando que las lágrimas lo empaparan todo, llamando a mi bebé, suplicando que me lo devolvieran.
Entonces unos pasos alarmados se dirigieron hacia mí. Una voz melodiosa me dijo algo pero no lo entendí. Extrañada, abrí los ojos y me encontré en una habitación completamente blanca. No podía describir cómo era, porqué la mayoría de las cosas no las conocía. Aún así parecía agradable y acogedora. A mi derecha había una gran ventana, por la cual no podía mirar porqué estaba estirada en una gran cama blanca, pero por la cual entraba mucha luz y hacía que el blanco fuese aún más blanco. A mi izquierda había una mujer blanca. Di un pequeño respingo. Nunca antes había visto a alguien de raza blanca. Me pareció extraño, ya que la palidez era un sinónimo de enfermedad y de mala alimentación en nuestra tribu, pero aún así, a ella se le veía radiante y algo rellenita. Lo que más me sorprendió fue que su pelo era del mismo color que el sol, y sus ojos, del mismo color que el mar. Nunca imaginé que pudiera existir alguien con ciertas características, parecía una diosa. Y entonces caí. Estaba muerta. Había muerto en el parto, como la primera mujer de Moyo.
-¿Estoy muerta?- Pregunté en mi lengua. Ella, en vez de responder, frunció las cejas y torció la boca. Entonces me di cuenta que sus labios eran del color de la sangre. Definitivamente había muerto, y esa mujer era una de las diosas y dioses que me esperaban en aquel mundo.
-¿Hablas francés?- Me preguntó en un francés bastante fluido. Yo parpadeé confusa, ¿qué clase de preguntas me hacía esa diosa? Asentí varias veces.
-¿He muerto?- Pregunté esta vez en francés. La diosa soltó una pequeña carcajada.
-¡No, mujer! Estas en un hospital.- ¿Hospital? Imposible. Tenía el vago recuerdo de haber ido alguna vez a uno de los pocos hospitales de Malí, cuando me rompí la pierna. Estaba a cuarenta millas de la tribu, y no era para nada, algo así. Lo poco que recuerdo es oscuridad, humedad, dolor, llantos (míos y de demás niños) camas incómodas con cinco personas en la misma cama, y doctores antipáticos. En los hospitales, ni hay ventanas, ni se está cómoda, ni hay dioses.
La mujer, al ver que no respondía siguió hablando:
-¿No sabes lo que es un hospital? Es un sitio donde va la gente enferma a que los doctores y enfermeros como yo, los curemos o ayudemos. Tú no estás precisamente enferma, pero te trajimos aquí para ayudarte con tu parto- explicó con paciencia.
¿No estaba muerta, entonces? ¿La mujer no era una diosa? Poco me importaba eso, ahora sólo tenía en mente lo que me había dicho “te trajimos aquí para ayudarte con el parto”.
La enfermera ladeó la cabeza.
-¿Seguro que hablas francés?- Preguntó, confusa
-Sí… -me digné a hablar, por fin. Me pesaban hasta las palabras- Mi bebé…
La chica sonrió.
-Ahora te lo traemos, no te preocupes. Mis compañeras la están lavando y vistiendo, es una niña preciosa.
¿Una niña? Se me volvieron a llenar los ojos de lágrimas. Mi pequeña… ¿Cómo sería?
-¿Tienes pensado algún nombre para ponerle?- Me preguntó sin dejar de sonreír.
-La verdad es que no…- Con todo el agobio de los últimos meses, no había pensado en una cosa tan importante como el nombre de mi futuro hijo o hija, recordé algo avergonzada.
-¿Tú cómo te llamas?- La joven enfermera seguía preguntando, y yo pensé que lo mejor para pasar el rato mientras esperaba a mi pequeñita, era entablar una conversación con alguien.
-Asabi.. ¿Y tú?
-Yo me llamo Malena, y tengo veinticuatro años. Cuántos años tienes tú, Asabi?
-No lo sé… -Respondí, dudosa- Me debe faltar poco para los dieciséis, supongo.
Malena abrió unos ojos como platos. ¿Qué habría dicho?
-O sea que, ¡¿sólo tienes quince años?! ¿Cómo puede ser?
No entendía su pregunta. ¿Qué cómo podía ser? Claro que podía ser, nací hace poco menos de dieciséis años, ¿Qué tenía de raro? Malena siguió hablando.
-Te encontraron en la playa con el bebé a medio salir, y una patera alejándose cada vez más, ¿cómo has sido capaz de hacer el viaje sola y embarazada con sólo quince años?
Suspiré, y me dispuse a contarle mi historia.
A medida que iba contando, Malena iba abriendo cada vez más los ojos y la boca, y cuando estaba acabando mi relato, sus ojos, que creía que más no podían abrirse, empezaron a echar lágrimas que se le deslizaban por las mejillas. Iba a preguntarle que le pasaba, pero me di cuenta que yo también estaba llorando, y no podía hablar más. Malena hizo un gesto con los labios, como para empezar una nueva frase, pero calló antes de pronunciar un sonido, pasó los brazos por mis hombros y me abrazó. Yo me dejé mimar y lloré a gusto hasta que no me quedaron lágrimas.
Un repiqueteo de pasos me hizo volver a la realidad justo cuando se abrió la puerta y, una nueva enfermera, algo mayor que Malena y con el pelo del color del fuego, me sonrió y me habló en voz baja, mientras me ponía algo calentito y envuelto en ropas, en mis brazos.
-¡Felicidades! Tu hija está sana y preciosa, pero ahora tiene que descansar. No hablemos muy alto, podría despertarse y es una pequeñita con mucho carácter. –Me guiñó un ojo.
Con cuidado, destapé la mantita blanca que cubría a mi niña y mis ojos vieron la cosa más bonita que hubieran podido ver nunca. Ni las grandes cascadas, ni las hogueras sagradas, ni los extensos desiertos de oro, ni los enormes bosques que nos dan vida, podrían siquiera compararse con aquel pequeño ser que tenía entre mis brazos. Tan pequeñita, tan frágil. Tenía las manitas cerradas en puños debajo de la barbilla, y una boquita con unos labios pequeños y ligeramente gruesos se iba abriendo i cerrando, al ritmo que su barriguita subía y bajaba. Tenía una nariz pequeñita y respingona, en medio de unos ojitos cerrados, con las pestañas largas y rizadas, como una pequeña princesa. Besé su suave frente y abrió los ojos. Si me había maravillado de su belleza con los ojitos cerrados, ahora que los tenía abiertos me parecía la perfección en el cuerpo de una niña. Grandes y brillantes como el Sol, oscuros como la Noche. No lloró. Se me quedó mirando con esos ojitos que parpadeaban varias veces como queriéndome decir algo, pero yo sólo leía una palabra: amor.
Poco después, la alimenté y quedó dormida en mis brazos, y nuestras respiraciones se acompasaron. Malena y su compañera miraban conmovidas la escena, y me aconsejaron que la pusiera a dormir en su cunita, pero yo me negué. Quería abrazarla y notar su calor. Porqué sabía que dentro de poco ya no la tendría.
La compañera pelirroja de Malena, se llamaba Julia, y ambas decidieron ayudarme a encontrar a mi primo, Mohammed El Madhla. Yo no podía moverme del hospital en varios días, pues al ser estrecha de caderas y haber parido por parto natural, necesitaba descanso de varios días, y por eso creía que costaría mucho encontrar a una sola persona en una ciudad tan grande como Barcelona.
Por eso, cuando la mañana siguiente entraron las dos en mi habitación sonrientes de oreja a oreja y me anunciaron “Mohammed vendrá a verte esta tarde” no me lo creí. Me enfadé con ellas y quise marcharme de ese hospital, pero Malena me tranquilizó, explicándome que en España había una cosa llamada “Páginas Blancas”, que si ponías el nombre y la localidad de la persona a quien quieres encontrar, te salía su número de teléfono. Yo no sabía que era un teléfono, pero las palabras de Malena parecían sinceras así que me limité a asentir y esperar.
Y, efectivamente, esa tarde llegó un hombre alto y fornido, de raza negra, con el pelo rizado y sin barba. Iba vestido con un traje muy raro de color blanco y negro, nada parecido a la túnica o el taparrabos que me imaginaba que llevaría, ya que era de nuestra tribu, y me enfadé un poco por ese dato. Pero su sonrisa, su vago parecido a mi madre y su voz calmada y servicial, me hizo recuperarle la confianza.
-Asabi, ¿verdad? Qué guapa eres, la última vez que te vi, estabas en la barriga de mi prima, o sea que no te llegué a ver en realidad, ¿qué tal? Yo soy Mohammed –Sonriente y hablador, me estrechó la mano, aunque después de las debidas salutaciones, su rostro se volvió serio.
-Mira, Asabi… No sé cómo decirte esto… -se mordió el labio dudoso- Tengo una noticia buena y una mala.
Tragué saliva y estreché a mi niña contra mi pecho, deseando lo mejor para ella.
-La buena es que he arreglado las cosas con un juez, y me ha permitido quedarme con la niña recién nacida, sólo tendrás que firmar unos papeles. –Me aclaró que firmar era escribir el propio nombre, y yo, aliviada besé a mi hijita. –Pero la mala… Es que tú no puedes quedarte.
Mi primo tenía la mirada baja, cómo si le costase tanto decir esas palabras, cómo a mí escucharlas. Se me cayó el mundo encima. Qué digo, el mundo es pequeño. Se me cayó el universo encima. La ilusión que me hizo cuando mis nuevas amigas me dijeron que habían encontrado de forma tan fácil a Mohammed, y la esperanza que me inundó hace cinco minutos al verlo aparecer, se habían esfumado de golpe, dejándome peor de lo que nunca había estado. Sabía que debía estar preparada para algo así, pero no podía. Ahora que, después de nueve meses había podido abrazar y besar a lo único que me quedaba, no podían quitármelo de cuajo. Era mi hija. Pero no había otro remedio, sólo así podría salvarse y vivir al margen de la guerra civil que se estaba desencadenando en Malí, la de los modernos contra los antiguos.
Y, sin previo aviso, mi pequeña que estaba durmiendo empezó a llorar como nunca había llorado, un llanto que te desgarraba por dentro y te hacía pensar que tu vida no valía la pena, e incluso a Mohammed se le resbaló una lágrima, conmovido por el llanto de mi hija, cómo si ella misma hubiese notado lo que se estaba acercando. Yo la abracé, le canté, le mecí, la besé… Hice de todo hasta que, diez minutos después, paró de llorar.
Mohammed, aún sin atreverse a mirarme, me tendió un papel e indicó dónde tenía que escribir mi nombre, y así lo hice. Cogí a mi hija por última vez, miré a sus ojitos, grandes y brillantes como el Sol, oscuros como la Noche, tal como pensé la primera vez que los vi. Los besé. También besé su naricita, sus manitas, y su frente, y por última vez me fundí con ella en un abrazo, en que nuestros corazones latieron al mismo ritmo, y susurré “adiós, Neema”. Ella alzó sus manitas para tocar mi pecho, mi corazón y me miro con esos ojitos que me derretían cada vez que los miraba. Me estaba suplicando que no la dejara ir. Sabía que si me estaba un segundo más allí, no me separaría de ella, así que se la entregué a Mohammed, y no me atreví a mirar cómo se marchaban. Cuando se cerró la puerta detrás suyo, Neema volvió a llorar.

De vuelta a casa, por el mismo camino, no podía hacer otra cosa, estaba en España ilegalmente, la justicia me impedía estar allí. Malena y Julia me acompañaron a la pequeña cala escondida donde me dejó aquel malparido barquero, y mi Neema empezó a nacer. Tuve que esperar tres días, hasta que a la tercera noche apareció una patera con otros cincuenta africanos robustos y malhablados, y por mala fortuna el mismo barquero que me habría dejado morir. Cuando bajaron me subí yo, no miré atrás, no había nada de lo que despedirme, Malena y Julia se habían marchado hace tres días, mi hija estaba a salvo, pero ya no me pertenecía.
-Pero bueno, ¿Otra vez tú? ¿Es que no te había dejado pariendo muerta en la arena?-Preguntó a gritos el barquero cuando me vio montada en la barca. Volvió a escupirme, como una semana atrás.
-Llévame a Marruecos. –Le respondí.
-A ver, estúpida, mi trabajo es traeros a España, si no estáis satisfechos os volvéis nadando, pero esto no es algo que esté en mis manos –Me agarró y se dispuso a echarme por la borda.
-¡Espera! –Chillé. –Por favor… No te cuesta nada llevarme, haces lo mismo sin mí que conmigo, ¡sólo soy una persona, no haré que tu barca pese más!
La presión de sus zarpas sobre mis hombros aflojó, parecía que se lo estaba pensando.
-De acuerdo, pero a partir de ahora y hasta que lleguemos eres mi esclava, puta.
Puse una mueca de asco al saber lo que eso significaba, pero debía volver con mi gente pasase lo que pasase, lo demás ya no importaba.
Recuerdo los dos días que pasé en la barca como los que peor me sentí de mi vida. Acababa de perder a mi hija, sabía lo que me encontraría cuando volviera a Malí, y por si fuera poco, un hombre asqueroso me estaba tratando como si fuera una prostituta. Pero debía resistir.
Cuando bajé de la barca, le di mi último servicio al barquero, y él me dio su última bofetada en la cara, pasó otro mes y medio hasta que llegué a Malí. Las cosas estaban mucho peor de cómo las había dejado, el conflicto de las tribus de los alrededores había desencadenado, como yo sospechaba, en una guerra civil.

Me llamo Asabi, y creo que tengo treinta y cinco años. Soy africana, de raza negra y vivo al sur de Malí, en un campo de refugiados, desde hace diez años. Tengo cinco hijos, todos varones. En realidad debería tener ocho, porqué dos hijos murieron. El primero de desnutrición, el segundo lo asesinaron los salvajes de la guerra civil. ¿Y el que falta? Es una niña, Neema, a la que tuve con quince años en España, y no la he vuelto a ver.
Vaya vida, ¿no? Pues sí, la verdad, pero intento ser feliz, dándolo todo por mis hijos, mis primos, y hasta hace poco por mi madre, que murió enferma. En realidad, yo también estoy enferma. He tenido ocho partos en solo treinta y cinco años, la mayoría de padres diferentes, y es muy posible que me hayan pegado alguna enfermedad y, lo peor, que yo se la haya pasado a alguno de mis hijos. Aún así, resisto. Porqué alguien tiene que hacerlo, alguien tiene que dar ánimos. Mis ojos han visto un lugar mejor, un lugar donde cuando estás enfermo te ayudan y cuando tienes hambre comes. Algunos de nosotros se marcharon a ese lugar y ya no han vuelto. Igual son felices ahí, igual están muertos, igual se quedaron por el camino. De todos modos, no están aquí, enfermos y hambrientos como nosotros.
Hoy, por primera vez, ha venido un grupo de misioneros a ayudarnos. Muchos de nosotros están indignados, preguntan por qué no han venido antes. Yo los comprendo, pero también comprendo que Malí está lleno de campos de refugiados como este, y no hay tantos misioneros dispuestos a hacer un viaje peligroso a la postguerra de un país así.
Por eso soy yo misma la que voy a recibirlos, agradecida y sonriente. Son un grupo de trece jóvenes, españoles según me han dicho. Todos son de raza blanca excepto una muchacha de raza negra, que me observa con unos ojos grandes, brillantes y oscuros.