Naturaleza salvaje
No recordaba como había llegado a la cima de aquella montaña, y aunque lo que veía desde aquella altura me resultaba familiar, no había ninguna señal de civilización que confirmara que me hallaba en lugar conocido. Ninguna torre, ningún camino, nada, solo el silencio absoluto y aterrador. A lo lejos se distinguía vagamente el mar a unos dos o tres días de camino –calculé mentalmente- abajo en el valle, un cauce discurría lentamente. Sin duda me encontraba en un lugar salvaje, virgen pensé y tomé conciencia de mi condición de alimento para los grandes depredadores, más rápidos, con mejor vista y olfato, soy un ejemplar débil y viejo, una presa fácil. Estaba oscureciendo rápidamente y el frío se iba instalando en mis huesos con la misma rapidez. Debía encontrar un lugar donde refugiarme del frío y las alimañas, al amanecer me ocuparía de conseguir algo de alimento, un pez tal vez, que nunca me gustaron o algún fruto o quizá un conejo…
Lamenté no tener al menos la compañía de un perro que me avisara de un peligro inminente, o de una presa fácil. No me han gustado mucho los perros por la incondicional sumisión hacia sus dueños. Repasé mentalmente mis conocimientos para adecuarlos a esta extraordinaria situación y convine en su inutilidad, intenté recordar las habilidades de Ayla la heroína del oso cavernario, que sobrevivió varios días alejada del clan, pero solo había memorizado su espléndido cuerpo cromañón. El frío se adueñaba de mí y el agotamiento me impedía dar un paso, consideré por primera vez la posibilidad de un final próximo, inevitable y fatal en una naturaleza de la que el hombre ya no forma parte y solo un recuerdo ancestral se esconde en sus mutados genes. Dos enormes lobos surgieron de lo más profundo del bosque, venían hacia mí decididos, guiados por un instinto atávico, mostrando sus colmillos en su cadenciosa respiración de atletas de fondo. Permanecí rígido por el miedo y resignado a mi suerte cuando uno de ellos me lamió la mano casi congelada y oí el grito: ¡Sultan, deja en paz a ese señor! Y usted, me dijo, ¿cómo se le ocurre quedarse aquí dormido con este frío hombre de dios? Que se va a congelar.
Childe

