Mi pesadilla personal

Todavía tengo que arreglar la canilla del baño. Hace semanas que tengo el mismo problema; pierde agua por más de que la cierre con fuerza. En la casa había muchas cosas que arreglar, entre esas innumerables cosas; la canilla. Pero como no tengo dinero suficiente para contratar un plomero, el trabajo tendré que hacerlo yo mismo; aunque todavía queda sin resolver el problema del tiempo. El tiempo es escaso por mi trabajo como remisero, y cuando termina mi jornada acabo molido en mi cama. Lo único que podía hacer por ahora era dormir; dormir y esperar el día siguiente.
A la mañana siguiente llamé a la remiseria para avisar que no podía ir a trabajar, invente una excusa absurda, pero creíble, y colgué. Sin responsabilidad en mis hombros, tomé con una gran devoción el control de la televisión, y me senté en mi sillón favorito a ver una película; una escena romántica se consumaba en la pantalla. Un ruido muy familiar comenzó a perturbaba mi atención; el incesante y exasperante goteo de la canilla me desconcentraba de la película; desde el baño hasta el comedor, viajaba el irritante sonido de las gotas; una tras otra caían sobre la taza del fregadero. Apague el televisor, y fui por mis herramientas al garaje; seguía escuchando las gotas molestar mis oídos. Crucé el comedor y fui hasta el baño. Revisé con atención el fregadero y saqué de la bolsa de herramientas una llave inglesa, ajuste un tubo pequeño que se conectaba al fregadero y el goteo ceso. En la casa reinaba la paz luego de haber callado ese incesante, y sobre todo perturbante, sonido; no podía creer que un simple goteo me irritara tanto. Con el problema solucionado, volví a mi sillón.
En medio de la noche me despertó una pesadilla. Estaba parado en una casa desconocida, mirando como la luz de la luna se abría paso por la ventana, creando siluetas monstruosas con los muebles del living; en la noche, con la luz lunar sobre ellos, parecían bestias sangrientas queriendo asesinarme lentamente. El sombrío sonido de los árboles, recorrían la casa, como la sangre recorre las venas; los quejidos de la madera ya parecían parte de la casa. Una puerta de roble, hacia su aparición en medio de las siluetas; mis ojos se enfocaron en la impresión maciza e indestructible que intimidaba; estaba en frente de mi cuerpo, sin esconder su presencia; por el contrario; se hacia ver hasta el más mínimo detalle. Por el terror que me daba la escena, empecé a tiritar; no pretendía correr; no podía despertar; sabía que eso era imposible; algo tenía que pasar. Tres golpes me alarmaron; ese algo estaba detrás de la puerta; y quería entrar. Fui caminando hacía la puerta, los golpes se empezaron a multiplicar; espectrales, en forma de múltiples ecos, empezaron a adueñarse de la casa; me destrozaba la angustia que me provocaban los golpes; desgarrantes; monótonos se oían sin parar, y no parecían convencidos de querer cesar. Tome el picaporte. En el momento en que la abrí, un trueno resonó en mi cabeza.


Sudando, exaltado del pavor, respiraba irregularmente. Tomé mi celular y miré la hora; eras las tres de la mañana. Al recuperar el aliento, pude escuchar con claridad, el enervante goteo de la canilla, que una vez más; volvía a perturbar mi tranquilidad.
Me levanté de la cama, y mientras maldecía en al oscuridad, caminé hasta el baño. Encendí la luz y efectivamente, la condenada canilla, seguía derramando su plan para desesperarme. Me miré en el espejo, no me gustaba lo que veía; un cuarentón mortificado por una simple canilla; que patético. Me lavé la cara para despertarme; cuando tomé la toalla, mi reflejo se quedo estático. Dejo de moverse. Con una mirada neutra me miraba fijamente con la toalla en la mano; mi cuerpo empezó a temblar. Una sonrisa se ilustro en mi rostro reflejado; el espejo estaba sonriendo; yo no. Él reflejo no paraba de atormentar lo real; no terminaba de destruir mi cordura. Empecé a balbucear confundido. Mirando mi rostro tensionado, por culpa de la sonrisa, pude ver la cara de la muerte; cada una de mis arrugas, que ya no eran mías, era una pena encarnada. Con sus ojos clavados en los míos, mi reflejo se acerco al espejo; lo rompió y me tomó del cuello. En ese momento todo se obscureció.
-Gracias por abrirme la puerta-. Ese fue el final de mi pesadilla; luego desperté llorando, y con una mano en mi cuello.

Franco A. Pontoriero