El diario El Atlántico de Mar del Plata, (yo era un simple escriba deportivo), se había revitalizado desde que lo comprara Héctor Ricardo García (n. 1932), un ícono del periodismo vernáculo, hasta que fue encarcelado por evasor.
Después de la guerra de las Malvinas, dejó en manos arteras la fundición-defunción del pasquín.
De mi actividad laboral dependían cinco bocas (incluida la mía), cinco cuerpos para vestir, tres chiquilines en edad escolar y una esposa que no trabajaba. Y todo esto me preocupaba como para no permitir, en lo posible, que el barco no se hundiera.
Si bien yo no era el Jefe de Deportes, funcionaba como tal por lo poco que gravitaba nuestro boss. Como padecía de claustrofobia, se pasaba todo el día en la calle. Por supuesto que contaba con la protección del Director.
Yo no era ningún visionario pero sabía que lo que nosotros vendíamos era papel (noticias), no publicidad. La contra (La Capital), se llevaba toda la clientela.
Me impuse en la obligación de publicar una nota diaria que fuera titulo de tapa, como para que la gente tuviera interés de comprar nuestro diario y que los lectores cautivos no nos abandonaran.
Era una tarde radiante en el invierno austral de 1980. Yo iba caminando hacia la Redacción cuando me detuve en el kiosco donde siempre buscaba alguna inspiración periodística en una época que Mar del Plata se parecía a Siberia. No pasaba nada.
Me llamó la atención la portada del magazine francés Paris Match. El epígrafe decía que era en la Polinesia donde aparecían muy acaramelados el tenista marplatense, (aunque nació en la Capital Federal) Guillermo Vilas (n. 1952), y Carolina de Mónaco (n. 1957), la hija mayor de la ex actriz norteamericana Grace Kelly (n. 1929), y del príncipe Rainiero III (n. 1923.)
Saltaba a la vista que era un fotomontaje. A mí no me importó: yo tenía que sacarle jugo al asunto. Vilas era un personaje que tenía su historia en Mar del Plata, desde que el peluquero devenido en profesor, (Felipe Locicero), le enseñara a empuñar una raqueta.
Con la ayuda de un compañero de trabajo (conocía a los familiares del tenista), y con algunos detalles que agregué de mi viaje a Paris en 1979, pude ubicar el lugar de residencia del deportista, y armar una historia de amor. Y así, día a día, durante seis meses, fui dándole vida a una telenovela impresa.
Cuando la historia se me caía, mi compañero, El Choclo, me arrimaba nuevos datos de los Vilas, como para que yo siguiera alimentando mi imaginación.
Dio la casualidad que un día me encontré en un café con el padre de Vilas. Y como no quiere la cosa, le fui sacando otros detalles, especialmente de las conversaciones telefónicas que mantenía con su hijo semanalmente.
Y nuestros encuentros se convirtieron en un hábito.
Lo que me llamaba poderosamente la atención que Don Roque ignorara la relación entre Guillermo y la princesa.
En la Argentina se hablaba de otra chica como la novia oficial de Vilas: Gabriela Blondeau, hoy ex mujer del músico, conductor radial y televisivo Roberto Pettinato.
Mi bolazo alcanzó tal dimensión, que los diarios del país, a través de las agencias periodísticas, repetían mis notas.
Lo increíble fue la tarde que recibí la llamada de una cronista de la revista española Hola, preguntándome qué cosas nuevas sabía sobre este affaire entre el argentino y la princesa monegasca.
Menos mal que estaba sentado: no podía creer que teniendo a los personajes en cuestión al alcance de la mano, me llamaran a mí a Mar del Plata.
Comprendí que el periodismo caca existía en todos lados.
Pasaron los meses y yo llevaba y traía a Carolina de un court a otro, acompañando a su fiancé.
Y en los tiempos libres llevaba a la pareja a los mejores restaurante y boîtes donde solamente tenía acceso el jet set del Viejo Mundo.
A los ciento ochenta días, más o menos, de iniciada la telenovela impresa, decidí ponerle punto final a este balurdo.
Por otra parte, las distintas actividades estivales, me insumían tiempo y esfuerzo. Yo tenía que dar lo mejor para entretener a nuestros lectores. En el verano yo no solamente escribía de Deportes.
Para ir cerrando la historia recordé que la madre de la princesa no quería verlo a Vilas ni pintado. Su marido, si bien no opinaba, se sabía que pretendía un europeo para su hija, a pesar de la mala experiencia que ella había tenido con su primer marido Philippe Junot (n. 1940.)
A Vilas lo hice participar de un crucero organizado por el actor estadounidense Tony Curtis (Bernard Schwartz, n. 1925). Estaba solo: no había dudas que su relación con Carolina se había terminado.
Y para que la cosa resultara redondita puse en escena a Robertino Bergman Rossellini (n. 1950), de padres famosos, vinculados al séptimo arte. Fue una relación platónica, donde sobrevivió la amistad.
La bella joven Grimaldi Kelly, se casaría con el multimillonario italiano Stefano Casiraghi (n. 1960), en diciembre de 1983.
Cuando se casó la hermana del tenista El Atlántico no se pudo cubrir la boda porque Vilas estaba chinchudo con nosotros es decir: conmigo.
Yo estuve en el acto religioso lejos del mundanal ruido, escondido en un lugar del atrio, tratando de tomar apuntes para las notas de color.
Para adornar la página se contrató a un freelance, que tenía la credencial para poder ingresar al Hotel Hermitage, donde se hacía la fiesta.
Lo que hice fue una pavada. Durante la segunda Guerra del Golfo, se descubrió que corresponsales estadounidenses informaban de los acontecimientos que sucedían en el frente desde la retaguardia: sus domicilios particulares.
A mí me cabe el honor de haber sido el primer sudamericano de contar una historia de amor a miles de quilómetros de donde estaban sus protagonistas.
Yo no tenía Internet, Computadora y mucho menos un Celular. Apenas una vieja Remington: para teclear tenía que darle con un martillo.
Nueve años después, dejé el diario y abandoné un sueño largamente acariciado: el de ser un buen Periodista.
LA VIDA ES UNA FOTOCOPIA.
This post was submitted by Jacobo Saúl Rabín.

Añadir a Del.Icio.Us


Comentarios de “MI MAYOR MACANAZO PERIODISTICO.”
Aun no se han realizado comentarios.