MI MADRE EN OCTUBRE

11 de Septiembre, 2007

Salía al fin de esa fría habitación. Las ventanas apenas vislumbraban la tenue luz de esa bella luna de octubre. Estaba tan grande que pareciera que en cualquier momento caería encima de mi humanidad. Esa noche soplaba el viento muy de vez en cuando y con tono tenue. Iba mareado, caminando hacia el otro lado del pueblo, cuando comencé a oír esos cantos melancólicos que enchinaba la piel. Eran las tristes y desoladas voces de las mujeres de la colonia contigua. Sólo se alcanzaban a oír por estas fechas, sonaban como lamentos de toda una vida que les pesaba en cada sonido, de cada silaba que pronunciaban. Mi madre me tenía estrictamente prohibido caminar hacia el este, donde se localizaba esta colonia, pero esa noche era diferente. Suspiré lo mas profundo que pude, aunque no respiré aire puro. Me llené de un fétido y nauseabundo olor que no reconocí. Continué mi camino en dirección de los lamentos. Cada vez me acercaba más. Mientras más cerca me sentía, mis pasos se volvían más lentos y sigilosos. Me empezaron a sudar las manos y el corazón me latía tan rápido que cada vez mi mente maquinaba alguna cosa, tal vez si caminaba un poco más, nunca volvería a ver a mi madre ni a mi bello gato manco. Cuando de una voz en mi interior me detuvo tan de repente que por algunos segundos me convertí en parte de todo lo que me rodeaba, pero al otro instante mi cuerpo se sometió a un silencio tan profundo que me dejó sordo, desvaneciendo mi ser entre la tierra y las sombreas de esos árboles tan viejos y tan podridos, que pareciera que no hubiera vida a mi alrededor.

Sin embargo seguí caminando con un grave tono de hipnotizado. No había nada más importante en ese momento que alcanzar el lugar de origen de tan profundo sufrimiento. Observé, ya a pocos pasos de tal colonia, un pequeño conjunto de casas de un solo piso, con puertas estrechas y de madera tan vieja que en cualquier momento podrían caer en pedazos. Situado en el centro de estas casas se encontraba una gran y alta choza, construida con palmas secas. Justo en frente de la entrada de ese lugar se encontraba una fuente que en ese momento estaba completamente seca. Desde donde me encontraba lograba ver un poco lo que sucedía dentro de la choza, con un temor que me comía por dentro de los huesos. Con un sudor frió que mojaba cana vez más mis manos, decidí no abandonar el lugar y lograr mi cometido. No importaba que fuese lo que viera. Quería conocerlo, tocarlo e incluso quedarme con él. Era una fuerza extraña que me atraía cada vez con mas interés hacia aquello. Repté aun más cerca de la choza y tirado de rodillas a un lado de la puerta, quedé sin rastro alguno de aliento.

Lo que mis ojos vieron esa noche fue lo que podría describirse como una extraña señora. Era alta, de tez blanca, con vestiduras sucias de aspecto lúgubre. Su rostro me atrapó en una especie de sueño y pesadilla. Al primer instante no le hallé conocido ni forma alguna pero después de algunos segundos logré apreciar a una anciana tan vieja que pareciera la cara de un muerto en pleno estado de putrefacción, con la piel deshidratada, sin vida, seca, áspera, llena de vellos que parecían púas blancas, un ojo nublado, con cejas largas y ya sin rastro alguno de pestañas. Logré ver por un orificio de su boca lo que parecía a simple vista ser unos dientes. Ni siquiera color amarillo, eran negros y los cubría una especia de masa, lo cual a mi vista entendí como saliva. Tenía un aspecto visco y pegajoso, sucio que logró revolver mi estomago, pero nada de eso era suficiente como para llevar mi asombro al límite, hasta que su cabeza dio un giro repentino y alcancé muy vagamente a percibir la totalidad el frente de esa mujer. Mis ojos sólo se llenaron de una belleza indescriptible y resplandeciente, su piel tenía una apariencia tersa, tan suave que semejaba la textura de las nubes recién hechas por la mano de Dios, una mirada profunda, tan profunda que en el momento en que la vi directamente me perdí por completo, costándome algunos eternos segundos incorporarme. Durante seis instantes ardió mi sangre a tal grado que sentí taquicardias atacando mi corazón. Mojé la ropa que me vestía, así que de un salto me puse de pie y caminando lentamente hacia atrás me retiré con la misma cautela y sigilosidad que observé alguna vez en mi adorado gato manco.Después de unos minutos de preocupación que duraron mi traslado desde la rara colonia hasta la puerta de mi hogar, me sentí al fin un poco más a salvo de aquello que viví, aunque con algo de comezón en las piernas, pero eso era algo que podía soportar y que desaparecería en cuanto me diera un buen baño. Pero aquel temor que me perseguía, de ese no sería tan fácil deshacerme.

Ya a la hora de dormir, me despedí de mi bellísima pero neurótica madre, cargué con un cariño inmenso que oprimía mi pecho a mi inigualable gato manco, lo llevé conmigo a la cama y ahí, abrazado de él, mi memoria trajo nuevamente la confusa imagen de aquella mujer. Después de tanto imaginármela y a veces hasta de sentir su fría presencia en mi cuarto e incluso dentro de mis sabanas, recostada rígidamente sobre mi cama y resollando junto a mi rosada mejilla, sólo después de los incontables y casi tangibles tormentos, logré conciliar un doloroso y paranoico, pero profundo sueño.

Al día siguiente, cuando desperté, me hallé empapado totalmente del cuerpo; mi mente maquilaba todo tipo de rarezas que la imaginación le permitiera crear. Me levanté e inmediatamente noté que mi curioso gato manco no estaba junto a mi, lo cual me pareció fuera de lo común, por que era de su costumbre despertar al mismo tiempo que yo, no a menos que mi madre durmiera conmigo lo cual me pareció imposible, ya que sucedía muy, muy de vez en cuando. Pero un así continué mis labores como cualquier otro monótono y absurdo día, imaginando como siempre si habría sido mi padre, trazando su imagen a ideas esporádicas que de pronto lograban iluminar mis ojos de anhelos que sólo se dejaban aparecer en muy raras ocasiones.

Al atardecer, cuando todos los pájaros comenzaban sus melodías para irse a dormir, me entró el remordimiento de volver a oír esos cantos que tanto me aturdieron la tarde anterior. Para sorpresa y alivio de mis nervios no escuché nada en absoluto y mi absurda pero inquietante curiosidad me llevó de nuevo a inspeccionar el lugar que había visitado la noche anterior. Nuevamente limité mi cobarde actitud hacia el destino que me había impuesto, me arrodillé en la puerta de la choza y para fortuna mía no había nada dentro de ella, todo se encontraba en silencio y aparente vació. Concebí una fuerza que me colocó inherentemente dentro de la choza. Era un lugar amplio, no muy grande pero cómodo como para 20 personas. De repente sentí un frio inmenso, la piel se me erizó, haciendo que el pavor me obligara a abandonar el lugar, pero no por completo pues me coloqué a la orilla de la puerta y desde ahí logré ver nuevamente a la extraña mujer; pero lo que a continuación se me presentó fue inconcebible, un insulto a mi vida, una aberración, no podía creerlo, única e inigualable, con esa absurda actitud y esa pose de sublime superioridad, la miré fijamente, desinhibidamente, y con una seguridad única me acerqué con lentitud, plantándome justo frente a ella, ¿pues como podía yo temerle? Una vez bien definidas nuestras ofensivas posiciones, acercó su mano sobre mi cabeza, fría y tensamente la colocó en mi frente. Me observó con tanta dureza y crueldad, que pareciera como si quisiera alejar súbitamente mi presencia. Me señaló con la misma imponente mirada la salida del lugar y una vez que insinuó aun más el deseo de mi ausencia, volvió a su postura, se acercó de la nada una mujer vestida, semejante a ella de largas y amarillentas uñas con un fuerte olor a orines y a excremento, de arrugas profundas y sucias, con cabellos largos y enmarañados, tomando con su manos ásperas y raposas mi frágil brazo blanco y lenta pero eficazmente me alejó de Ella.

Saliendo del lugar observé la gran luna que adornaba esa noche y cuando menos lo esperé, me desvanecí por completo sobre la tierra húmeda…. Salía al fin de esa fría habitación, observé a mi alrededor y no hallé nada más que mi cuerpo solitario en medio de la madrugada, observando como se perdía la última y bella luna de octubre, junto con ella que tanto me odiaba y que no me había regalado la oportunidad de despedirme de ella. Iba caminando hacia el otro lado del pueblo y sin mirar al este, pues mi madre me lo había prohibido, continué en dirección opuesta hacia mi casa y como ya sabia, sólo me esperaba mi único acompañante desde ese momento y para siempre, mi hermoso gato manco.

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