Malaj Hamavet
Colgó con rabia el teléfono. Otra vez había acabado discutiendo. Desde la muerte de su madre, Beatriz no se llevaba bien con él. La larga y penosa enfermedad que padeció antes de morir, hace cinco años, había acabado rompiendo la buena relación con su padre. Es triste ver cómo una tragedia en la familia acaba por destruirla al completo, lenta e inevitablemente. Acabas culpando siempre a los que tienes a tu lado, a los que más necesitas.
Tenía diecinueve años recién cumplidos cuando un cáncer traidor y asesino decidió que su madre no merecía vivir. En fase terminal - dijeron los doctores -, un año máximo. Como si ese tiempo fuese importante. No se va la vida en un año, sino en ese mismo instante, de pronto todos morimos. Y así vives, sin vida, esperando unidos el momento de la cruel verdad, saboreando cada amargo segundo, esperando… Porque el tiempo ha decidido tornar su avance pausado, para que sea la espera una cruel eternidad, y que nazcas y mueras mil veces.
Apenas llevaba un año fuera del pueblecito donde vivían. Era orgullo de toda familia humilde enviar a los hijos a la universidad. A sus padres se les humedecían los ojos siempre que lo recordaban. Y el día que don Manuel, el director, les llamó para recomendarles que la enviasen a estudiar, lloraron de felicidad. Su querida y única hija no sería una ignorante como ellos, y llegaría a ser abogada o algo así, y se ganaría la vida dignamente, y…rompieron a llorar de nuevo.
Se marchó a vivir a la capital, en un internado modesto para estudiantes. Estaba a cuatro horas del pueblo, y regresaba para cada fin de semana. Aparecida la enfermedad, por voluntad expresa de su madre no abandonó los estudios ni la capital, con la fuerte oposición de su padre. Ella tampoco estuvo nunca de acuerdo. Volvía a casa cada semana, pero su madre empeoraba gravemente, y la situación se volvió insostenible, con continuos e injustos reproches entre padre e hija.
Murió una mañana de marzo. Los árboles de las calles empezaban a estar floridos. Curiosamente es lo único que recordaba de ese día. Y luego dolor.
Su vuelta a la capital enfrió las tensas relaciones con su padre. Fueron distantes a partir de entonces. Cada vez volvía menos a casa, y cuando lo hacía, el recuerdo de su madre no era suficiente para apagar las constantes discusiones. Y añoraba su vida anterior. Si alguien le hubiese preguntado si era feliz, rotundamente hubiese dicho que no.
Dejó el teléfono, y se sentó sobre la cama de la habitación. Quizás fue su rabia la que le impidió llorar. El primer sol de la tarde entraba por la ventana. Era muy agradable. Pensó en que le apetecería leer un buen libro, tumbada, pero tenía una clase y se tenía que marchar. Buscó los libros de texto y los cuadernos que necesitaba y los cogió. No encontraba los lápices, los malditos lápices. Siempre los perdía. Estaba harta. Y sin poderlo evitar, arrojó con fuerza los libros al suelo.
- Hola, ¿estás bien? ¿estás enfadada? - dijo suavemente una voz.
Miró hacia la puerta de la habitación, abierta, y allí estaba de pie. Era una niña de unos diez años, de tez oscura y rasgos serenos, con un vestido negro con bordados blancos. Tenía un precioso cabello negro azabache, como sus ojos profundos, y mantenía las manos unidas delante. Sonrió.
- No estoy enfadada, no pasa nada – le respondió mientras recogía los libros, cuando realmente había pensado gritarle que saliese de allí – No te había visto antes por la residencia, ¿cómo te llamas?.
- Acabo de llegar – dijo mirando con esos ojos penetrantes –. Soy nueva aquí.
Beatriz la miró fijamente. Era una niña agradable. Seguía allí de pie, en silencio, mirando con esa sonrisa tierna y natural. Balanceaba levemente los hombros como hacen los niños para no estarse quietos.
Me tengo que ir a clase – dijo acercándose a la pequeña -. Pásate luego y hablamos, ¿vale, preciosa?.
Asintió con la cabeza, sin dejar de sonreir, mientras Beatriz salía deprisa, mirando el sol de la ventana antes de dejar la habitación.
Faltaban aún varias horas para la cena. Beatriz acababa las tareas para el día siguiente. Le gustaba la música clásica, le ayudaba a relajarse mientras estudiaba. Siempre quiso aprender a tocar el piano, pero se conformaba con escuchar, mientras imaginaba que aquellas notas deliciosas fluían bajo sus manos. Un pequeño golpe en la puerta le hizo volver a la realidad. Alguien llamaba.
Abrió. Ya no se acordaba de la pequeña. Estaba allí, siempre sonriente y clavando aquellos ojos graciosos en los suyos.
- Has venido – dijo efusivamente -. Pasa y siéntate.
La niña se dejó caer sobre un extremo de la cama, frente a Beatriz. Jugaba con sus manos tranquilamente, mirando con curiosidad por toda la habitación.
- Al final no me has dicho cómo te llamabas. Yo soy Beatriz.
- Mi nombre es Malaj Hamavet, pero mis amigos me llaman Ruth. – y ante el gesto de extrañeza de Beatriz, añadió – Nací en el pueblo de Or Aqiva, allí en Israel, y así me bautizaron. Luego aquí me llamaron Ruth.
- Nunca lo hubiese imaginado – confesó Beatriz sorprendida -. Tengo caramelos, ¿quieres uno?.
Ruth movió la cabeza, y le dió las gracias. Le comentó que no le gustaban en absoluto. Miraba fijamente a Beatriz, espectante, como si esperase que algo mágico fuese a aparecer de su cabeza.
- ¿Por qué estabas enfadada antes? - le soltó repentinamente -.
Llevaba muchos años guardando celosamente sus secretos y problemas como para contárselos a la primera mocosa que aparecía. Pero ante aquellos ojos profundos e inquisidores que se clavaban como agujas, y que parecían observar por dentro, no quedaba sino claudicar. Contagiaba aquella pequeña una curiosa sensación de confianza, que obligaba a mostrar una sinceridad inusitada. Además, en el fondo la encontraba graciosa. Tenía la sensación de que se iban a llevar bien.
Ruth miraba fijamente mientras ella le contaba todo. Su niñez, su primer muñeca, su primer viaje, su tragedia y la tristeza que sentía desde hacía años. Hablaron durante horas.
- ¿Sabes? - dijo la pequeña Ruth -, mi abuela nos decía que no hay que dejar las cosas pendientes de hacer. Que cada cosa nueva que terminase sería un escalón más. Eso decía. Y también nos enseñaba que es bueno hacer las paces con las personas. Que siempre queda algo en el corazón de dos personas para recuperar los buenos sentimientos. Mi abuela siempre daba consejos a todos, allí en el pueblo.
- ¿Te refieres a mi padre? - dijo con voz triste -, ¿acaso crees que no lo he intentado? Te digo que es imposible. Tú no lo entiendes.
- Pero… ¿alguna vez has pensado que tendrías éxito? Mi abuela nos decía que no hay nada peor que el miedo a vencer - incidió Ruth. Y se miraron en silencio largo rato.
En ese momento sonó el teléfono avisando de que la cena estaba servida. Bajaron. Ruth le comentó que aún estaban sus padres en la ciudad, y que esa noche cenaría con ellos. Se despidieron y Beatriz entró al comedor.
Sábado. El sol que entraba por la ventana la despertó. No había dormido bien, había vuelto a tener pesadillas. Sin duda al abrir la delgada puerta de los recuerdos. Sin embargo, las palabras de Ruth le resonaban en la cabeza como un martilleo, y estuvo toda la mañana pensativa.
Comió poco a mediodía. No tenía apetito. Sólo dudas, grandes dudas. ¿Acaso tendría razón la pequeña ojos negros? ¿Y si lo intentaba? Esa noche volvió a dormir mal. Con el alba despertó de nuevo sobresaltada. Preparó la bolsa de viaje y salió.
Entró el viejo tren en el pueblo hacia mitad de la mañana, con su traqueteo familiar e incesante. En el largo paseo hacia casa se detuvo a saludar a doña Agustina, cuya pequeña panadería estaba de paso, y hablaron varios minutos. Siempre cuidó de su madre cuando enfermó, y a Beatriz la consideraba como una hija. Cruzó la calle, vacía, frente a casa, y se encaminó hacia la puerta. Recordó que la abuela de Ruth decía que el principio y el final está siempre en el mismo sitio. Hacía un sol estupendo. Era una mañana de marzo, y los árboles de la calle empezaban a estar floridos.
El lunes por la mañana, Beatriz entró a clase sonriente. El sol la había despertado esa mañana más radiante que nunca. Y hasta el aire olía mejor.
Al salir volvió corriendo hasta la residencia, y buscó a Ruth. Preguntó en recepción, sin éxito. Se lamentó de no haberle preguntado cuál era su habitación. Estaba impaciente por contarselo, y agradecerle sus consejos. Y los de su abuela también… Bueno, tendré que esperar, pensó.
Pasó la tarde preparando las clases del día siguiente, mientras escuchaba aquella música celestial. Luego bajó a cenar. Comió copiosamente, y subió a la habitación. Tal y como sospechaba, de pie ante la puerta, esperaba sonriente aquella niña graciosa de ojos negros.
- ¡Ruth! - exclamó -, pensaba que ya no venías. Entra.
Beatriz relató emocionada la reconciliación, y cómo se sentía ahora un poco más feliz, y muchas otras cosas más. De pronto se calló, preocupada. Ruth había estado mirándola fijamente durante todo el rato, pero ya no sonreía. Su mirada se había vuelto opaca y extraña.
La niña se levantó y caminó lentamente hasta la puerta. Allí se volvió.
- El alma guarda eternamente aquello que alberga dentro cuando la hora llega – dijo con voz profunda y fría -. Ahora estás preparada para el viaje.Tu madre te espera. Mi nombre es Malaj Hamavet, y al alba debo venir a por tí.
Y abandonó la habitación por penúltima vez. Un terrible escalofrío recorrió todo el cuerpo de Beatriz. Cerró con ternura sus libros, contempló la foto de su padre, y se metió lentamente en la cama.
Apagó la luz, y lloró.
Con cariño, a la memoria de Beatriz.
Te echamos de menos.
Autor:
Domingo González Navarro
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