Lúgubre armonía
… Y una noche sin saber cómo, despiertas inmerso en la oscuridad de tu habitación con los latidos del corazón acelerados y con la cara empapada en sudor. Tus huesos tiemblan a cada respiro de tus también temblorosos pulmones. Al mismo tiempo, tu boca reseca reclama agua para sosegar la inconcebible sed que ha surgido extrañamente. Intentas reponerte al sobresalto e inmediatamente, con la vista, buscas el brillo fluorescente del interruptor que enciende la lámpara del viejo buró, mas, para tu sorpresa, una vez que lo encuentras, no puedes hacer nada para presionarlo. Las manos, los brazos, las piernas, los pies, nada reacciona, tu cuerpo se mantiene indiferente ante los mandatos de tu conciencia, el movimiento te ha abandonado, eres prisionero en ti mismo, tu mundo ahora se reduce a la fuente del discernimiento. Luchas, forcejeas sin saber contra qué hasta caer en la desesperación y ser presa de un terrible pánico que te obliga a emitir un grito desesperado que se pierde en la estrechez de tus entrañas.
Minutos después, lágrimas imperceptibles recorren tus frías mejillas, participando la angustia que emana del hombre que se niega a abandonar su simple mundo: el jueves es tu segundo aniversario de bodas y en abril nacerá tu primer hijo, en el trabajo el próximo año te hubieran ascendido a jefe de departamento y con tu nuevo sueldo hubieses podido comprar aquel automóvil que le envidiabas al vecino. Tantas cosas dejas pendientes: el viaje a la casa de tus padres que no realizaste el año pasado, el reencuentro con tus compañeros de generación, la gotera de la cocina que no reparaste y muchos otros compromisos aplazados que no recuerdas, y que lamentablemente, jamás volverás a recordar. En repetidas veces niegas tu condición como ser temporal, el orgullo humano te impide asimilar que como la bacteria, el gusano o el roedor, estás sujeto a las cadenas inquebrantables del tiempo, cuyos eslabones dorados, tienen finamente grabada la palabra muerte en todas partes. Eres uno más de los millones de organismos surgidos del útero de la tierra, esa que tarde o temprano reclama su maternidad, convocando a todos nuevamente a su seno.
Tus pensamientos vagan por regiones desoladas nunca antes exploradas en ti mismo que te muestran la complejidad de la vida, la que es más vieja que todos los seres, más perfecta que la belleza y más brillante que el Sol. La Vida es profunda, elevada y alejada para el burdo intelecto mortal, tanto que el más brillante de los genios seria incapaz de contemplarla a plenitud y se tendría que conformar con observar su sombra en la primavera, oler su aroma en el otoño y oír su eco en el invierno. Sin embargo, cuando quiere, la vida te habla con un tenue lenguaje secreto a través de los vientos. Sin advertirlo, escuchas una especie de canto que te embriaga el corazón, haciendo que de tus labios broten sutiles sonrisas y de tus ojos se desprendan lágrimas que a tu rostro acarician. Quedas extasiado, maravillado, atónito…
Los lamentos se aglomeran en tu pecho por habérsete revelado la esencia de la vida cuando ya no eres más que un efímero fantasma. Tratas de aferrarte a ella como quien trata de asir el humo que se desvanece en el viento, y de pronto, el miedo a morir inunda la totalidad de tus tristes despojos, dibujándote como futuro, un negro paisaje plagado de incertidumbre que hace vacilar a tus mas arraigadas creencias. -¿Qué viene? ¿qué sigue?- Eres incapaz de hallar respuesta a las preguntas formuladas por el desconsuelo. Es en ese instante cuando decides entregarte por completo a la providencia y, sin entender lo que dices, te descubres rezando una oración memorizada en la infancia.
Por primera ocasión en tu breve existencia, exploras las profundidades de tu espíritu en busca de aquel a quien los hombres nombran Dios, -¿qué es Dios?- te cuestionas- ¿quimera surgida en el pensamiento noble que niega la simplicidad material del cosmos, o verdad sustentada en la estela que mueve los engranajes del universo dotándolo de perfecta armonía y de leyes inmutables como la gravedad y el tiempo?- Recurres a las escuetas ciencias para deducir una respuesta, a la lógica con sus métodos coherentes de juicios y razonamientos, a la física con sus distintos postulados sobre las propiedades de los fenómenos y composición de los cuerpos, a las matemáticas con sus números precisos y exactos, a la biología con sus estudios sobre toda la gama de organismos que habitan el planeta… ninguna te es de utilidad, tan solo son producto del pensamiento imperfecto generado por la petulancia arraigada en el hombre que impide elevarse más allá de lo sensible. Abrumado por las dudas, te abrigas en la religión y escudriñas tus recuerdos, pero a tu mente sólo recurren pasajes de ceremonias ostentosas y confusas que no logras esclarecer, lecturas en latín que no te dicen nada, altares pomposos que se burlan de la pobreza en el mundo y un montón de gentes semejantes a cotorras que repiten frases lejanas a su entendimiento. Frustrado por el fracaso de tu búsqueda, te pierdes en el abismo de la inconsciencia, un profundo sueño te envuelve mientras tu alma inicia un viaje a través de cientos de caminos que la conducirán a la verdad que jamás se ha pronunciado.
-¿Qué es Dios? - Calla un momento y escucha, aguza tu oído y enfócalo en el silencio que te habla con sus mil voces que se tornan en eterna sabiduría, observa a la creación, fíjate en el más fino grano de arena, en la más diminuta hoja que pende del más pequeño de los árboles, contempla la más imponente montaña de cima escarpada, al esplendoroso Sol y a la majestuosa Luna, trata de vislumbrar el color del aire que te roza la piel y acaricia el cabello, percibe la más profunda de las bellezas en el inmenso mar y el verde bosque, el resplandor matutino de las chispas de rocío, el infinito espacio con sus galaxias y estrellas que entonan la más hermosa de las melodías. Dios lo es todo y mucho más, imagínate a un ser tan grande capaz de contener en sí mismo a todos los demás seres, a una luz ante la cual los rayos del Sol son oscuridad, a un árbol de cuyas ramas penden como frutos todos los corazones, y aun así, estarías lejos de concebir al Altísimo. Dios es el pensamiento agraciado que se piensa a sí mismo, la virtud, la esperanza, la misericordia, la eternidad, es la más profunda de todas las voces, la tierra y el universo mismo. Su perfume eres tu, es la rosa, la hoja y la espina… es el amor.
Vuelves en ti, y te percatas de que la oscuridad de tu habitación ha sido disipada por la luminosidad de las palabras del infinito. Ahora te encuentras más allá del conocimiento generado por cualquier ciencia, has superado los dogmas religiosos elevando tu espíritu sobre la naturaleza humana, y tu corazón, colmado de paz, se regocija a cada exiguo latido. En la soledad del ocaso bendices al mundo, a los hombres, a las bestias y a las plantas. Ya no consideras distinciones entre unos y otros, los nombras por igual: hermano río, hermana montaña, hermana estrella, hermano hombre, hermano pájaro, hermana flor…
De pronto, la oscuridad retorna en forma de un profundo frío que recorre tus carnes acrecentando la dificultad de cada respiro. La muerte se acerca, lo sabes por que el ruído de sus lentos pasos se escucha en el interior de la alcoba, camina hacia ti con la astucia de un cazador que ha identificado a su presa, pero para su asombro, lejos de temerle, le sonríes diciéndole:
-Dama oscura, eres la encomendada de restituir el orden impuesto a los elementos, de devolverle a mi primera madre, la tierra. Este mortal cuerpo que en unos minutos yacerá inerte en mi lecho, pero que mañana, se habrá de reintegrar a las entrañas de las que brotó en otro tiempo, alimentando a los muchos microorganismos que en ella moran, nutriendo a la embrionaria semilla y transformándose en frondoso manzano, del cual algún día, mi amada esposa tomará suculentos frutos que llevará tiernamente a su boca, y cada delicada mordida será un encuentro amoroso con mis labios. Acércate misteriosa sombra, no oses arrebatarme la vida como vil ladrón oculto en la noche, descubre tu rostro, extiende tu mano, acaricia mi barbilla, después envuélveme con tu brumoso abrazo y condúceme a desconocidas moradas-.
Al oír esto, la muerte se posa a tu lado, con movimiento pacifico de sus manos se despoja del velo que la cubre, mostrándote su rostro inexistente, y como si la tristeza quebrantará al espectro, del vacío donde deberían estar sus ojos, brotan gotas de luz semejantes a lágrimas, que desaparecen al estrellarse contra el suelo. Enseguida te toma entre sus brazos, y mientras tu vida se escapa en un suspiro etéreo, te susurra al oído:
- Lo que es polvo a la tierra y lo que es aire a los vientos…bendito seas hermano-.
Ahora vuelas junto y entremezclado con una cosa y con todas las cosas, más allá de la medida del cuerpo, donde un solo pensamiento dura mil eternidades. Eres como la niebla, como las incontables estrellas que brillan en el firmamento, caminas sobre Orión y Andrómeda en*****brándote sobre el Sol, tus palabras opacan todos los lenguajes y se escuchan en el ayer, en el hoy y en el mañana. Eres el Sol y la Luna, el arrollo y el mar, eres uno con el tiempo y el universo, eres en la esencia del espacio infinito, eres el amor que a Dios con sublime voz le canta:
-¡Oh padre mío!, Altísimo, que en la lluvia y el viento escuchen los hombres mi canto, el niño, el joven y el anciano; el ignorante y el letrado; el creyente y el ateo; el idealista y el materialista; el rico y el pobre; el asiático y el europeo; todos aquellos que son uno conmigo, piedras arrastradas por el río tiempo hacia la eternidad, que con exclamaciones de alegría gusten de la vida, jueguen y bailen del primero al séptimo día libres de los lazos del rencor y el odio, hasta cuando la muerte los agite, y como el vapor de los mares, floten en las nubes.-
-¡Oh padre mío!, Altísimo, estoy en armonía contigo, he roto las cadenas materiales del mundo y me envuelvo en la libertad del celeste encanto, soy como el aire que se expande a través de los jardines enamorando a los pétalos de las rosas, soy como la luz del Sol que pinta de azul el cielo, soy en tu cuerpo y en tu aliento, soy en ti… disgregado en el universo.-
Autor: GERARDO ANTONIO PEREZ CANCINO

