Lo tuyo, lo mío y lo nuestro
Salí de forma decidida, cierto aroma pecaminoso dejaba tras de mí cuando me dirigía hacia el coche, la calle mostraba ante mis ojos la despoblación solo propia de esa hora de la noche, aunque en ese instante, era como si las gentes se hubieran puesto de acuerdo para fortalecer mi sentimiento de desorbitada soledad. Mi marcha era decidida, y me sentía convencido en mi afán por acabar con esa situación, una situación que exprimía lo mas profundo de mi ser, que me dejaba sin aliento para continuar, como si la larga agonía una vez más, estuviera llegando a su fin.
Entré en el coche, y lo arranqué con tal virulencia, que aparentaba ser mi furia y no el motor la que lo hacia circular, exteriorizando mi mordacidad cual infecto adolescente de la era de la postmodernidad. Me dirigí hacia casa, quizá el único lugar donde hallaba la calma necesaria para poder desertar de mi estado, para mi, era un lugar mágico, era el único capaz de proporcionarme los instrumentos necesarios para transitar hacia un estado de leve felicidad pero de abundante bienestar. Todo ello con la insignificancia que representaba una estantería plagada de pequeñas obras de arte cinematográficas, mi no demasiado imponente equipo de alta fidelidad, y mi mesa de trabajo, donde daba rienda suelta a mis irrebatibles ideas acerca de el mundo en el que vivimos, donde las diferentes civilizaciones nos han mostrado la miseria del ser humano, tras lo cual aguardamos la grandeza.
Para mi, el medio mas idóneo para canalizar mis ideas era la escritura, siempre presente a lo largo de mis días, que concluía a modo de fumata blanca, la estrategia de exteriorización de mi ser, de mi universo interior, de todas y cada una de las obsesiones subvocalicas que me acechaban, las cuales trataba de ordenar cuidadosamente plasmándolas sobre el papel. En mi opinión, la escritura se mostraba como un medio altamente intimista, exprimía y arrancaba lo mas intimo que pudiera poseer una persona, proyectaba aquello a lo que Freud llamaba “superyó”, que representaba mi expresión interna en relación con la moral de la sociedad, salvaguardando así mi exagerada introversión, consiguiendo que pudiera llegar a conocerme a mi mismo, saber donde se encuentra mi limite. Llegué a cerciorarme de que ese hecho me obsesionaba de sobremanera, puesto que mi autoestima se hallaba en una decadencia constante, y de hecho, la poca que me quedaba era fruto posiblemente de un simple instinto de supervivencia, de una argucia de la madre naturaleza para lograr de forma indirecta la prolongación de una especie, que por no estar en peligro de extinción, deja de estar en peligro de laxación.
Siempre supe que mi universo interior no tenía porque ser necesariamente más brillante que el de los demás, aunque asiduamente me detenía a cavilar si todas y cada una de las personas que se hallaban a mi alrededor verdaderamente contaban con ese tipo de actitudes reflexivas tan periódicas como las que yo albergaba dentro de mi. Decididamente, en ese aspecto eran pocas las esperanzas que conservaba, y no es que pensara que mis posibilidades estaban por encima de las de los demás, aunque en realidad eso podía ser cierto, pero no sería ético que yo afirmara algo semejante, por lo que prefería conservar un moderado optimismo al respecto y esperar a que la vida me brindara la oportunidad de desechar tan despreciable idea. Lo cierto es que yo me perfilaba como un inusual sujeto obsesionado con numerosos aspectos propios, algunos de los cuales corroboraban mi estado de disonancia permanente, obedeciendo a la necesidad de convivir con situaciones de lo mas dispar, que peregrinaban desde el imperioso anhelo de parajes solitarios, a la incesante necesidad de marcos multitudinarios, habitualmente, sin un deseo implícito de situarme en parajes intermedios.
A pesar de tener un inusitado afán por la introspección y por la escritura como método de expresión, mis dificultades sobrepasaban lo ordinario, ya que siempre he estado convencido de que poseía una dificultad para articular mis emociones verbalmente. En términos cuantitativos, lo que conseguía escribir no era más que la mitad de lo que yo lograba sentir, de lo que yo lograba codificar en mis emociones. Mis inmersiones autoconsumadas, en ocasiones parecían no tener fin. Mi deseo de desentramar cada uno de mis pensamientos acerca del mundo conseguían personificar la frustración que me provocaba no conseguir alcanzar la cota de profundidad que me autoexigía, como si un buceador necesitara tocar el fondo del océano para sentir que ha completado la tarea de abarcar al completo las profundidades.
No me sentía plenamente complacido, todo lo que lograba alcanzar me parecía vulgar e insuficiente, por lo que mi amor propio descendía, descendía como la significación de los debates sociales de la actualidad, dirigidos hacia la banalidad mas perversa. Vivía en un estado constante de agitación, en ocasiones, encontraba momentos de meditación que no me conducían hacia ningún tipo de satisfacción. Todo resultaba insuficiente y carente de proporcionada relevancia, como si mis más arduos esfuerzos se vieran recompensados en un paupérrimo ascenso hacia una asequible muralla de esqueleto reflexivo. Esta situación me llegó a provocar cierta desazón, lo me condujo a intentar penetrar en lo que me podía estar ocurriendo. Para ello, logré adquirir una serie de libros de temática psicológica y psiquiátrica que la verdad, no dejaban títere con cabeza, teniendo en cuenta que si todos y casa uno de los seres humanos que habitamos esta desatinada tierra nos pusiéramos en manos de tan insólitos sujetos, acabaríamos por desarrollar extraños brotes de anomalías psiquiátricas infundadas y disparatadas. Quizás, únicamente deberíamos preguntarnos porque con el progreso de una ciencia tan sumamente joven, paralelamente aumentan el numero de trastornos conocidos que aquejan a las masas sociales, en realidad es posible que nos encontremos ante un simple cúmulo de sugestiones…
Vivía en un barrio a las afueras de la ciudad de Palma de Mallorca. En realidad no sabría como justipreciar este hecho, supongo que la valoración que se pudiera realizar al respecto obedecería a una subjetiva objetividad de lo mas infantil, aunque siempre había sostenido que si se trataba de una persona con una acentuada inframentalidad, valoraría la ciudad de manera positiva para lograr una lucrativa autorrealización en los aspectos mas livianos y vacuos de la persona. En cambio, si lo que uno anhelaba era una ciudad colmada de estructuras intelectual y culturalmente valiosas, la resignación a lo irrealizable era posiblemente el camino más viable. Posiblemente, no era cuestión de demonizar una ciudad que a pesar de todo, otorgaba una parsimonia de lo mas disparatado, que en realidad acababa reflejándose en sus habitantes, seres blanduzcos y despreocupados llenos de un hedonismo abultado, sino mas bien ejercer una constructiva critica de posturas que resultan insanas para la filantropía.
Acabé viviendo en solitario a pesar de mi temprana edad, no me quedó mas remedio que solucionar mis factores elucubrantes como método de supervivencia, debía crear espiritual y moralmente para desear vivir, como un medio de autoafirmación sin el cual la más brillante de las ideas se corrompería en la banalidad como si de un riego sanguíneo vital se tratase, un bombeo incesante de vitalidad, para el cual adopté la postura de la soledad, una soledad de apariencia pacifista, pero de fondo belicoso. Mi postura al respecto solía resultar francamente incomprendida, y en ocasiones incriminada por aquellos seres menguantes mediante cacofónicas charlas indecorosas, fruto de las nuevas corrientes dogmáticas.
Mi modo de vida distaba mucho de ser el habitual. Yo me consideraba como un anacoreta latente, alguien que disfrutaba de lo que le rodeaba sin ser coparticipe de ello, como el que asume su papel secundario e irrelevante, o como el fisgón incauto pero afortunado por el alumbramiento incesante de ideas que recibía gracias al “fantochismo” imperante del día a día. Yo era conciente de la dificultad que trasladaba a mis allegados cuando a estos no les quedaba mas remedio que abordarme. Sabia que podría resultarles empachoso el parlotear con una persona que hallaba en la solemnidad, el modo mas perspicaz, de huir del permanente disparate que suponía la existencia. De todas formas, sería hiperbólico pensar que mi trato era completamente insoportable, ya que en el fondo, albergaba un rayo de simpatía y de tolerancia hacia el prójimo, que no podía ser asociado a la seudo gentileza hipócrita de la mayoría de mis conciudadanos, pendientes en todo momento de sus parámetros epicureístas.
Llevaba dos años unido sentimentalmente a Sofía, nuestra relación no era más que un vaivén de vientos huracanados, un zigzagueo voluntarioso y esquivo ante una extensa multitud de contrariedades, una pugna contra las hostilidades inherentes a las relaciones humanas, dilatadas cuando se trata de adhesiones de quebrantez espinosa. A pesar de todo, permanecíamos unidos, siendo incapaces de saber el porqué, con lo que es de suponer que el entramado de las relaciones amorosas engloba una concatenación de controversias que habitualmente, escapan del entendimiento humano.
Sofía era una chica de unos veintiún años, la cual he de reconocer, siempre me había tenido algo embelesado a pesar del tiempo que llevábamos juntos. Siempre había sido de la opinión de que ella representaba la perfección que supone una combinación entre una cándida belleza virginal y un delirante morbo edípico, además de poseer una sonrisa encantadora. De personalidad algo paranoide e imprecisa, su endeblez se manifestaba en circunstancias franqueables, mostrando lo mas irritante de su irrevocable inocencia. Su entrecortada madurez la convertían en una fugaz maniquea cuya radiación denostaba al más agudo de los agoreros, además de conseguir de forma fidedigna las más enérgica de mis repulsiones cuando de extraer su envilecimiento se trataba. Sofía era capaz de victimizar todas sus actitudes evidenciando ante la humanidad, convirtiendo lo irracional y absurdo en obviedad, que su despotismo era digno de tener en consideración, y demostrando que la “verdad” es un termino de una relatividad en ocasiones extrema. Pero a pesar de todo, la quería…
En aquella ofusca noche de primavera, mi acongojo no me permitía pensar fríamente, mi realidad ejercía sobre mi una encarnizada tortura, y no alcanzaba a conocer que grado de culpabilidad me concernía a mí en todo aquel episodio. Sofía y yo acabábamos de tener el desencuentro más fornido que recordaba en los últimos tiempos. Ella me recriminaba constantemente mi desgana, mi austeridad, afirmaba con asiduidad que vivía obsesionado con imaginar, y no con vivir, lo cual le resultaba especialmente molesto a la par que disparatado, pero en cambio yo, sucumbía en mi guarida, idolatrando mis propias percepciones, tolerando la fatiga de mis ansias.
La mordaz veracidad de su testimonio, evidenciaban a un ser insulso, carente de expectativas alternativas al utilitarismo que mi circunstancia me prestaba para embellecer mis quehaceres vitales. Mi conciencia reafirmaba inefablemente sus reprimendas, sabía que era poseedora de la verdad a pesar de mis constantes pretextos, los cuales solía utilizar para suavizar la dureza de mi figura, erosionada como los mendrugos de mis conciudadanos, holgazanes en sus labores , nimios en sus respuestas.
Procuraba ser sincero conmigo mismo, y sin duda, la situación le era ingrata por diversos motivos, ya que a pesar del incuestionable amor que al parecer nos unía, su incomodidad emergía cuando estábamos juntos, en realidad, no se lo reprochaba…
Decidí irme a dormir, no sin antes exhibir mi palidecimiento sobre mi ordenador portátil personal, al que imaginaba importunado a aquella hora de la noche por mis repentinos desvaríos y por mis calculadas desdichas, pero aun así, decidí comenzar a anotar algunas consignas básicas de mi pesadumbre, como si resultara innegable el apremiante impulso de una persona a testimoniar su infortunio. Una vez lo hube flagelado, di por terminado el día.
El día siguiente nació tal y como había muerto su antecesor, colmado de incitante infelicidad, por lo que decidí saciar mis atipicidades inmiscuyéndome en la realidad de la calle, husmeando las excentricidades de la variopinta calaña humana, deleitándome con sus innecesarias necesidades. Sus parcas innovaciones hicieron que me sintiera comprensiblemente mejor, ya que debo reconocer, que lejos de llegar a disgustarme, las notorias indecencias que uno puede ojear en el más común de los días me consolaban, como si necesitara establecer una comparación en la que yo saliera ganando para así enaltecer mis presuntas genialidades. Aproveché mi ineludible periplo por la calles de Palma para entrar en alguna librería e intentar adquirir un libro interesante, para lo cual, he de decir que la presencia de una macrobiblioteca hubiera sido la opción mas excitante a la vez que inobjetable, pero posiblemente hubiera resultado estremecedor en una ciudad tan estéril en cuanto a cultura como lo era Palma, que explotaba sus rentas históricas para subsistir, como único e inagotable recurso en dicho aspecto. Una vez agotada mi pizca de fe, me introduje en una de las librerías que encontré de paso, la observé palidecer en su tristeza y abandono, y entré para aportar mi granito de arena, aunque una vez dentro, me di cuenta de que su abatimiento era justificable. Comencé a mirar entre las estanterías que entorpecían y decoraban el paso, a través de un amasijo de obras cuya originalidad dejaba entrever que la literatura, además de encontrarse bajo la inexcusable sospecha del mercantilismo pseudointelectual, exhibía unos contenidos escasamente ilustrados. Yo siempre había creído que es una inexactitud soberbia el propagar la idea de que la lectura de cualquier tipo de genero nos va a ilustrar con unos sublimes conocimientos, como si de algo inherente se tratara, porque en realidad, el mayor porcentaje de novelas o “best sellers” que se publican asiduamente, carecen de cualquier aportación más allá de la redacción de una legible historia, posiblemente, hacedera para el mas común de los mortales. Mi idea acerca de la literatura era sobradamente remota. No se debe vestir de cultura cualquier historia “culebronesca” que sea publicada por ignorantes injertados en el mundo de las letras por el éxito comercial de un panfleto perverso, aunque obviamente, puede ser acertadamente adosado a la llamada “cultura popular”. Todo ello no significa que malgastase mi tiempo en condenar todas aquellas publicaciones que no pudieran ser enmarcadas como ensayo, o no fueran libros didácticos monotemáticos, simplemente me empecinaba en defender la inclusión en toda literatura que se precie, de voluptuosos ápices de elementos que inviten a la reflexión y al enjuiciamiento del lector.
Salí rápidamente de aquella librería con aires de fanfarrón insolente. Me dirigía hacia un parque que se hallaba al suroeste de la ciudad para encontrar algo de tranquilidad, y a la vez rastrear situaciones que resultaran útiles a mis caprichosos cometidos, cuando me encontré inesperadamente con Arturo y Rosalía, un ex compañero del instituto y su novia, deambulando por las infructíferas calles de la ciudad:
- Hola! – dije con aparente entusiasmo.
- Ey Alan! Que sorpresa! Cuanto tiempo!
- Sí, cuanto tiempo sin vernos, que sorpresa encontrarte por estos lares – dije continuando la cadena de despropósitos en forma de tópicos
A Rosalía, su novia, tuve la oportunidad de conocerla en alguna ocasión. No era gran cosa, era de apariencia tímida y dócil, todo lo contrario que Arturo, que representaba el despotismo enmascarado en un ser de aparente esponjosidad, lo cual tuve ocasión de percibir en el transcurso del escaso dialogo que emanó de nuestras jerigonzas.
- Y bien, a donde os dirigís? – pregunté sin interés alguno en la respuesta.
- Vamos al cine, nos apetece ver la nueva película de Jim Carrey, se titula “Esta cita es un desastre!”, es la segunda parte, y nos morimos por saber que ocurrirá en la segunda cita después del desastre de la primera, la de la primera película fue un absoluto desastre y creemos que será divertida e interesante.
- Oh claro, entiendo.. comprendo vuestro interés.. – contesté preocupado por el futuro de la industria cinematográfica.
- No te gustan ese tipo de películas? – preguntó con cierta sospecha.
- Bueno, la verdad es que no demasiado, las prefiero mas..peliagudas..ya sabéis..largas..aburridas..siempre seré un tedioso para estas cosas.. – continué tratando de que no pareciera que trataba de posicionarme intelectualmente por encima de ellos.
Trivialidades al margen, la estampa era dantesca. Arturo no soltaba en ningún momento la silueta de Rosalía, que pareciera estar ligada desazonadamente a su chico, quien no le permitía articular ni una sola palabra, a pesar de que Rosalía y yo nos conocíamos de hace algún tiempo y de que ella probablemente mantenía su capacidad de interacción intacta. Los ojos de Rosalía radiaban una pesadumbre propia de alguien a quien la nostalgia de cualquier periodo anterior de libertad le hacía sentirte infeliz y presa de su desdichado destino. En ese instante, hubiese echado en falta la voz del típico patán que defendiese a capa y espada la idea de que todos estamos sujetos a nuestra libre elección. Craso error. La libertad está sometida a tal numero de determinantes, que el concepto como tal no existe, y Rosalía, se unió sentimentalmente o artificiosamente a Arturo, para acatar los preceptos judeocristianos de la unión parca y domada que la sociedad continúa solicitando como deseable. La consecuencia, el florecimiento de una vida humana desperdiciada, y es que, la libertad es un lujo que no todos pueden permitirse.
Tras despedirme de ellos continué mi caminar hacia ninguna parte. El día era muy soleado, la brisa difuminaba el cantar de las aves, la luz descansaba placidamente sobre la ciudad sin llegar a oprimirla, y las nubes, de perlina apariencia, imaginaban variopintas figuras intentando pronunciar su estado de animo.
Llegué a un parque. Acomodado a la orilla del mar, yacía como si las sosegadas corrientes acuosas lo hubiesen enclavado, como si la erudita naturaleza formulara su orden con delicadas eclosiones de sensatez sin par. Sin mas dilación, procedí a posar mis endebles trazos sobre los fragmentos de “lingoteada” madera apostada de paralela apariencia, y me decidí a paliar mi pacifica estancia en aquel lugar, con una perspicaz obra del mayor representante del nihilismo cenizo al que tanto idolatraba.
Transcurrieron los minutos, y la naturaleza, cumpliendo con su albedrío, concedió tregua al sol, invocando a las estrellas, designando a la luna, como juez y parte en la materia. Se apagaba el día, pero no con él los sueños.
Cerré mi libro. Las árboles se agitaban interrumpidamente rafagueando sin cesar. El golpeo de las hojas entre sí, emulaba una pugna entre entes de una misma condición, como si la vivencia conjunta no fuera más que el crepúsculo de una novedosa refriega. En un instante de tan abrumadora precisión, un perro destrabado de una afable manada de semejantes, se me acercó con clara intención de olfatear hasta el último de los recovecos de aquel lúgubre banco en el que yo me encontraba de forma casual. Al que yo preveía como el dueño de todo aquel entramado de canes, se acercó de forma escrupulosa hacia donde mi organismo había reposado durante aquella tarde para disuadir a su trásfugo pastor alemán, y a la vez, disculparse por la razonable actitud de su perro, que únicamente cumplía con la labor fisgona que la naturaleza le ha encomendado.
- Disculpe, es que..ya sabe..son tan indiscretos..
- No se preocupe. – continué mientras miraba de soslayo al animal - No le voy a engañar, nunca quise tener uno. Creo que sería incapaz de convivir con cualquier ser vivo que no se duche una vez al día, pero de todas formas le concedo un sinfín de derechos. – repliqué de forma relajada.
- Sí, comprendo su postura, pero el husmeo chismoso se ha implantado en el hombre como parte implícita de su condición, como si de una bocanada de oxigeno se tratara, los perros únicamente tratan de conocer y comprender el mundo a través de su nariz, y créame, comprender el mundo, comprender al hombre, es una inverosímil tarea.. – explicó con apabullante magistralidad y cierta dosis de ironía.
- No le falta razón.
- Bueno, los “muchachos” y yo debemos irnos..la noche se nos hecha encima y mi lucidez decae estrepitosamente. Disculpe la molestia ocasionada. – reiteró con cierta suficiencia en sus entonaciones.
- Le ruego que no se preocupe, no tiene la más mínima importancia..
- Es cierto. En realidad, el remordimiento es como la mordedura de un perro en una piedra ¿verdad?, una tontería.
Amarró a los perros y se largó.
Esa noche, retornaba a mi ansiada morada con gran inconsciencia de cada paso que daba. La fascinación solía deambularme en vivencias que hubieran pasado desapercibido para cualquiera, y todo ello por cuestiones vocacionalmente profesionales. Me gustaba definirme a mi mismo como un descifrador de la vida, como un masticador de situaciones y actitudes, que únicamente se empeñaba en extraer esencias a los frutos de las efemérides, para enfrascarlas seguidamente en interpretaciones locuaces e impregnantes en mis panfletos.
Antes de cobijar mis fascinaciones en la soledad de mi casa, decidí compartirlas con alguien que solía sobrellevar con una entereza casi idolatrante mis manías y frustraciones. Me detuve en casa de Sofía, mi eterna confidente cuando de asuntos imposibles se trataba, cuando mi cabeza se tornaba impracticable:
- Estas tremendamente hermosa – dije con estrépito al observar que me había recibido con atuendos de una ligereza excesiva y precisa.
- Que haces por aquí a esta hora? – me respondió provocándome un leve resquicio enojoso.
- Vengo a explicarte la fascinación que me ha provocado un misterioso personaje que he conocido esta tarde en el parque.
Procedí a explicarle detalladamente todo lo acontecido en aquella apacible tarde de primavera, cuya vertiginosa caída del sol, hizo emerger el embrujo de un alma seductora.
- No me lo puedo creer, ¿algo tan absurdo como lo que me acabas de contar te eleva a este estado de lujuria?
- No lo entiendes. – repliqué.
- Si no me das un argumento de peso empezaré a pensar que definitivamente has entrado en un estado de delirio provocado por tus constantes desvaríos, cosa que todos esperábamos que ocurriera tarde o temprano, no te lo voy a negar.
- Créeme. Sencillamente, he conocido a una persona fuera de lo normal, un espectro acaecido en la tierra, una jugosa figura de espécimen desconocido. – afirmé con contundencia miliciana y entusiasmo pueril.
- Has perdido la cabeza. No sabes que inventar para dar un poco de emoción a tu vida, ¿no te das cuenta? – dijo Sofía con cierto desprecio.
- Claro que quiero dar emoción a mi vida, ¿quién no lo desea?, forma parte implícita de la naturaleza humana , pero en este caso tengo motivos de peso, lo que pasa es que vives inmersa en la intrascendencia.
- ¿Como puedes decir algo así?, es evidente que ese señor no te ha dado ni un solo motivo para pensar que es un personaje de la “paranormalidad” que ha sido enviado por una fuerza de la justicia divina para salvarte de tu aburrimiento.
- Te lo explicaré una vez y no pienso volver a repetirlo. – dije en un tono claramente agresivo – El hombre que he conocido esta tarde fosforecía en un entorno tardo, y sus actitudes delataban un recóndito misterio lleno de sigilo y atractivo intelectual.
- Hablas exclusivamente de intuiciones, es posible que no sea más un viandante de lo mas común, amante de los perros como herramienta de compañía. Probablemente porque sea un pobre anciano que ha perdido a su esposa, y sus hijos están lejos, o quizás ni siquiera estuvo nunca casado, debe ser un alma solitaria.
- Evidentemente, estoy hablando de una mera intuición, pero créeme, suelo errar en contadas ocasiones cuando de instinto se trata, mi ojo clínico no suele fallar, o sino recuerda cuando te conocí, en seguida supe que tu eras la persona indicada para mí… – comenté con una expresión facial de clarividencia.
- Pero si tú y yo discutimos constantemente.
- He dicho que tú eras la persona indicada para mí, pero no que yo lo fuera para ti…
- ¿Sabes?, eso es lo único en lo que no te falta razón. – claramente concienciada apostilló con una ternura impropia del momento.
Dimos por concluida una parrafada de disconformidades, que venía a manifestar nuestro más profundo resentimiento hacia nuestro par, al que amábamos profundamente, pero con la que discrepábamos por antonomasia, dando lugar a lo que podría catalogarse como desencuentro permanente. Nuestro contraste podía explicarse mediante una austera metáfora de la naturaleza, ya que mientras ella representaba el sol naciente afanado en distracciones estériles, yo era una luna esquiva en lo intrépido, brillante cuando los restos se apagaban.
El nacer del día próximo trajo consigo pretensiones quiméricas, pastos de ideas novelescas que revoloteaban como moscas agitadas en mi cabeza, engorrosas tareas de estructuración que debieran dictar la orbita del ingenio. Sobreviviendo en mi soledad continué mis trazos como solía hacer cada mañana con el fulgor del alba, e intentando como siempre, que fluyera de mi un manantial de valiosas ideas, lo que todo autor sabe que no siempre resulta fácil y que en ocasiones sufrimos serias obstrucciones que dan al traste con nuestra creación durante un periodo angustioso de tiempo. Seré franco. Para poder escribir con cierta agudeza era menester que en mi vida personal no fuera alterada ni un resquicio de mi armonía, aunque desconozco si algo similar pueda ocurrir en otros espíritus teniendo constancia de que a lo largo de los siglos, los talentos castos que han recalado en la genialidad, han trabajado en su imponderable labor padeciendo en sus vísceras situaciones personales que perturbaría la serenidad de cualquiera.
Cuando la vuelta del sol al poniente no acababa más que de comenzar, me zambullí de nuevo en las farragosas calles de mi tragicómica ciudad, con el deseo explicito de acabar mi periplo en el rincón que más ilusiones me había despertado, desde que la playa comenzase a sufrir las cataratas ultravioleta provocadas por el “cambio climático”, aquella expresión que todos debíamos pronunciar para convertirnos en seres concienzudos y que la administración del estado propagaba con disimulo desvergonzado. El llano deseo de encontrarme con él era lo que avivaba mis ilusiones.
Durante mi trayecto, pude observar lo que consideraba la causa y el efecto de la precariedad racional de la ciudad, mostrada como la dura realidad que todos debiéramos acercar al ciudadano con el firme propósito de pensar que es lo que se está haciendo mal. Es de recibo la tremenda fortuna de la que disfrutamos actualmente haciendo de la libertad nuestra bandera, pero la confusión conceptual e ignorante que nos conduce a confundirla con el libertinaje adolescente debe producir estupor a cualquier alma sensata. Pude observar multitudinarias reuniones de sujetos de índole única que trataban de torpedear sus horas libres humillados en la irresponsabilidad, y posiblemente prescindidos del cariño familiar, con actitudes incívicas escasamente contrarrestadas por el poder y su artimaña.
Cuando la tarde tocaba ya a su fin pero la luz todavía invitaba a vivir, llegué al parque donde el día anterior había rozado con el personaje que dejó en mí una huella imborrable e idealizada, esperando que la casualidad, mi atrevimiento o el suyo, me permitiera conocerlo y justificar mis esperanzas ante los ojos del mundo.
Me senté en el mismo lugar que el día anterior esperando quizás una absurda relación causa-efecto que atrajera su presencia de forma aparentemente espontánea. Me sentía algo avergonzado por tener que actuar de esta guisa, poco menos que como una buscona indecente exhibiéndose tras las puertas de una tímida apariencia, pero mis inequívocas limitaciones de baja sociabilidad e imperceptible inseguridad me doblegaban ante la situación.
De lejos le vi llegar, iba con marcha lenta, guiado por sus perros no sin cierta dificultad para contenerlos, su indumentaria presentaba a un hombre con un aire serio y a la vez intelectual, como aquella figura que con su simple presencia nos da seguridad con sus atributos culturales. Su jersey de veterano convencido, junto con sus gafas de recalcada montura destacaban su aire retrogrado y algo aburrido, con su indigencia gestual y parcas expresiones terminé mi análisis desvalido de credibilidad por la trivialidad de las conclusiones a las que había llegado. Trascurridos unos instantes dubitativos, “acercose” con mas pena que gloria hacia donde yo me encontraba en ese momento, allí, postrado en un banco y marchitado como un delatado que ya es agua pasada, aguardando ser objeto de sus vendimias.
- Hola muchacho, ¿sabes? El talento se forma en la soledad y el carácter, en el bullicio..debes ser alguien francamente talentoso, aunque..¿que es el talento sino una casualidad? - dijo mirando a mis ojos con aire ufanado mientras tomaba asiento junto a mí.
- Si, la verdad es que el talento no es más que la puesta en macha de unos mecanismos a los que estamos inducidos genotipicamente, estoy de acuerdo, aunque es cierto que estos deben ser ejercitados para ser hábiles y no quedar en una mera destreza.- contesté entusiasmado y esperando no haber caído en la barbarie.
- Vaya…un chico con recursos..que pasa, ¿acaso vives en una guarida aislado de tu grupo de iguales? ¿No tienes contacto con la sociedad? ¿Acaso has osado resistirte al influjo del poder analfabetizador funcional?
- Siempre tuve la fortuna de ser alguien extremadamente introvertido. Eso me ayudó desde muy joven a separarme de mi grupo de amigos, y emprender mi vida en solitario, las tardes y las noches se hacían eternas en casa, estando en soledad, despreciaba la posibilidad de estar junto a “personajillos” y mis días trascurrían entre pájaras de meditación absorta y momentos de intensa lectura. En aquel momento la situación era francamente dura para mí, no veía salida a mis impulsos, todo se tornaba inútil ante la posibilidad de no poder extraer todo lo que pudiera estar absorbiendo y creando en mí, por lo que mi pesimismo aumentaba considerablemente y sin control alguno. El sentido de la existencia decaía y mi desconfianza en los valores sociales me convirtieron al nihilismo más abusivo.
- Lo que estás diciendo me recuerda a lo que pensaba uno de los anarquistas gruñones más influyentes de la literatura de la generación del 98. Baroja, al igual que otros personajes como pudiera ser Rousseau, afirmaba que el hombre, cuando se relaciona empeora, como si la sociedad siempre y cuando estuviera agrupada, corrompiera al ser humano, y las grandes sociedades no fueran más que una red creciente que va absorbiendo a cada nuevo ser que se instale en su camino. Puede resultar algo sectario, pero no va mal encaminado, ¿Que somos si no lo que la sociedad hace de nosotros?, ¿Lo que nos arrastra a ser para poder formar parte de ella? El proceso de socialización es un proceso de adaptación y de esclavitud mediante el cual nos convertiremos en adeptos impracticables, inmiscuidos en las garras de la incivilización y sus costumbres.
- Verdaderamente. Todo ello nos conduce a los excesos y a la “insociabilidad sociable”, me explico. Normalmente tendemos a pensar que la convivencia o pertenencia a un grupo de ocho o diez personas posee una esencia de afinidad muy superior a la convivencia con una única persona. Pienso que representa un error que he podido corroborar a lo largo de los últimos años, teniendo en cuenta que siempre he sentido una clara predilección por compartir momentos con una sola persona ya que la comunicación se engrandece de forma automática, adquiriendo un nivel de personificación y cercanía que dota de una enorme calidad a dicho vínculo. Cuando estoy junto a un grupo de personas, me cercioro de que en realidad no compartimos un intercambio fraternal, sino más bien todo queda en momentos de disfrute que intentan demostrar que uno está capacitado para pertenecer al grupo porque les hace reír y es simpático. Uno nunca sabe como se siente cada una de las personas con las que compartimos dicharachas, con lo cual, al menos para mí, todo es nulo, no es amistad, es insociabilidad…sociable.
Embeleso, éxtasis, hipnotismo, la cara de la vida…horas de estoicismo representadas en una forzada ataraxia quedaban a mis espaldas cuan figura repelente y patética autoforzada. Un quijotesco caballero “habiose” parado ante mis anhelos para reducir mi angustia, debía entender que de forma espontánea, o concedida por el más allá…de allá hacia acá, se discutirá.
En esos instantes me congratulé de mi intuición, sabía que ese señor llevaba algo dentro hilvanando una simple frase, llena de ingenio en un momento escasamente sutil, y con gestos de buen entendedor de la raza. Mis conocidos darán por hecho que de un golpe de fortuna se trata, bañados en escépticas perspectivas sobre un servidor, pero alegrados de alcanzar el sosiego de mis llamativas y a la vez sufridas penurias. Logré abrazar campos de la vida que nunca pude compartir, no por incapacidad sino más bien por comprensible aburrimiento, pero el “paseador de perros” banalizó mis débiles ideas acerca de la esperanza, y de su función de perpetuar el sufrimiento. Me hallaba disfrutando de libidinosas pláticas, a pesar de padecer los desoídos gestos de mi acompañante, cuya enorme frialdad me sobrecogía como la división de una estampa carabelesca.
- Por cierto, mi nombre es Alan – interrumpí con gesto complaciente y sonrisa forzada.
- Stewart, el gusto es mío. - continuó con tono algo desagradable.
- ¿Stewart?, ¿Eres anglosajón?
- No en absoluto, mis padres eran españoles y según tengo entendido, todos mis antepasados lo fueron. La verdad es que mi madre murió antes de yo pudiera preguntárselo, y mi padre nunca quiso o nunca pudo darme una explicación que fuera convincente de porqué me pusieron ese nombre.
- Oh vaya, ¿su madre murió joven?
- Sí, murió en trágicas circunstancias. Se tragó un palillo de dientes en una fiesta y posteriormente murió de peritonitis, fue horrible..
- Vaya, es una lastima morir tan joven.
- Bueno, depende de lo que uno espere de la vida…de la intensidad con la que la viva…verdaderamente hay personas en el mundo cuya vida es una constante supervivencia, y la vida, ya es un reto en si misma, pero claro nuestra realidad es otra, espectamos tal cantidad de bienestar que nuestras necesidades aumentan y la vida deja de tener valor por lo que es, y adquiere valor por lo que nos da.
- La muerte es sometida a un tratamiento dramático en una cultura judeocristiana como en la que habitamos. Y pienso que ahí es donde se produce una grave paradoja, puesto que para el cristianismo la muerte debería representar el verdadero comienzo del periodo glorifico de la existencia, teniendo en cuenta que representa la perpetuación del alma en otro mundo, en aquel lugar donde habita ese Dios misericordioso. ¿Por qué entonces tanto miedo a la muerte?, ¿por qué teñirlo de lúgubres matices?, posiblemente porque el adoctrinamiento eclesiástico a quedado gravemente mermado por la necesaria emergencia de la razón, del empirismo imperecedero.
- Dios ha muerto. Murió en el momento en el que el embuste fue destapado como si de una conspiración dominativa se tratase. Una macroestructura bimilenaria que alcanzó la cúspide de sus propósitos maltratando la libertad de convicción individual y embaucando a los ingenuos “humanoides” con un tierno dominio sobre sus “haceres”.
La situación actual está llena de insensatez. Pese a que el rebaño eclesiástico ensalza el dolor y la huída del alma hacia la omnipotencia de Dios, el ser humano es arrastrado por su inconsciente escepticismo, evitando en ocasiones hasta el disimulo…
- ¿Por qué tememos a la muerte sino podemos escapar de ella?. ¿Por qué no una aceptación consustancial después de tantos siglos de vida inteligente? – pregunté en voz alta aguardando su fluidez prosaica oral.
- Supongo que en el fondo toda persona aprecia la vida y disfruta de ella. A pesar de que para algunos dogmatizados la vida únicamente suponga un peaje a pagar para tener cabida en el paraíso, todos quieren vivirla el mayor tiempo posible, por lo cual deduzco que no debe ser tan terrible la existencia, o que simplemente, no están tan seguros de lo que ellos mismos creen, lo que resultaría preocupante puesto que desde hace dos milenios controlan las facciones culturales en gran parte de la cultura occidental.
- Platón, trató de racionalizar lo que no ha dejado de ser uno de los aspectos mas comprometidos de la historia de la filosofía postsocratica, la hegemonía de un mundo espiritual en detrimento del positivismo sensible.
- El dualismo metafísico, anhelada inmortalidad.
- ¿Cómo? – dije iluminándome como mal entendedor.
- ¿Sabes?, Siempre tuve un terrible pavor a la muerte, a desaparecer y yacer en la inconsciencia para siempre. Es evidente. Mientras exista la muerte, se trivializará la esperanza…
Aquella noche, Sofía y yo nos citamos para acudir a la fiesta que daba una de sus mejores amigas en una casa a las afueras de la ciudad, donde un ostentoso jardín con dimensiones cuasi obscenas, acogía un natalicio como si de una buena noticia se tratase. Nunca comprendí el fervor con el que se conmemora el cumplimiento de cada uno de los años que todos vamos dejando atrás, para mí, origina dos malas noticias. Por una parte, que uno ha nacido, y por lo tanto existe y debe acarrear con todas las consecuencias, y por otro, que una vez se ha nacido, lo cual ya de por sí puede resultar espinoso, cuando se empieza a acostumbrar a los avatares de la vida, ve como esta zarpa de forma paulatina.
En cualquier caso, se festejó aquel acontecimiento de forma grandilocuente, con invitados que aparentaban ser auténticos expertos en el arte de la diversión, la diversión entendida como un acto de rebeldía juvenil ante las pautas de la responsabilidad, pero no me quedó más remedio que proponerme una adaptación particular a las circunstancias que me comprendían, e insté a mi aptitud camaleónica, un atisbo de locura infantil. Mientras Sofía iba saludando a los invitados con cordialidad desmedida, yo permanecía en su retaguardia, como un protector poco intimidatorio y venido a menos, con una sonrisa forzada que debiera mostrar en mi faz una expresión de lo más fraudulenta, pero la verdad era que significaba mucho para mí que aquella pantomima acabase, y más cuando conocí a Aurora.
En el transcurso del interminable trabazón de saludos me percaté de ella, de mirada ingenua y a la vez penetrante, sus ojos eran como la metáfora de la astronomía terrenal, dos ventanas al apasionamiento más arrebatador que me provocaron la germinación de múltiples impulsos llenos de lascivia y ternura. Su pelo era acariciado por el soplo del ambiente, haciendo de su vaivén una sincronizada aventura hacia la divinidad, clamando una acaricia, gritando ser venerado por la devoción de una zarpa delirante. Sabía, que aquel arrobamiento no era adecuado puesto que compartía mi vida con Sofía, de la que siempre había estado enamorado, y a la que siempre había necesitado a mi lado para equilibrar mi escepticismo, para conducirme al mundo usual, y no debía, no era legitima mi admiración hacia otra chica, no podía permitir algo así.
Pero así fue, la debilidad es un recurso que toda persona lleva consigo, y yo no iba a ser menos, la amiga de la infancia de Sofía, era la panacea de la exacta conjunción de belleza y misterio sensual, un arraigo hacia la tierra, una ascensión a la teología impropia de mí, hacia el legado de la diosa Afrodita.
La noche continuo con animo perenne, aunque yo seguía con mis pensamientos adúlteros, mientras seguíamos hablando con los invitados como si la tranquilidad sobresaliera en mí.
- Bonito jardín, es impresionante, ya quisiera uno para mí en casa – llegó a mi una voz mientras aguardaba en solitario el escaqueo de Sofía al baño, lugar de culto para ella y sus iguales. - Sí, es increíble poder hacer fiestas aquí dentro cuando uno lo desee – continuó teorizando un sujeto al que jamás había conocido.
- Sí…sí…es escandalosamente afortunado..- comenté sin interés alguno ni en el chico ni en la conversación.
- Hay chicas preciosas, además con trapos que nos dejan ver lo más sensual del sexo femenino..- babeó mientras yo sorbía mi copa de agua sin gas.
- Es cierto, habitualmente la mujer enseña más cuerpo que el hombre, porque para ella es un capital, un bien mucho más valorado que el cuerpo del varón. – especulé mientras avistaba la llegada de Sofía.
- ¿Y nosotros?, ¿de que capital disponemos?
- ¿Los hombres…? ni eso…
- Mira aquella muchacha que se dirige hacia aquí, su escote me vuelve loco, me gustan las chicas con grandes senos, y un buen trasero, aunque hoy en día los cánones nos dirijan hacia la mujer delgada y sin atributos eróticos.. – explicó en clara referencia a Sofía.
- Sí muchacho, tienes razón…- articulé mientras la miraba, y la besé levemente al llegar junto a nosotros.
- Vaya..bueno, yo..voy a ver si puedo beber algo..
- ¿Qué le ocurre? – me preguntó Sofía algo desconfiada.
- Nada, nada…el pobre es más ridículo que una fiesta de la espuma.
Cuando pude llegar a casa, cuando al fin conseguí lo que deseaba desde que había comenzado la noche, emprendí mi tarea taquigráfica, que esa noche se encontraba claramente teñida de delicia y atractivo, plasmándose en trazos de románticos motivos, embeleso de mi imaginación cuan neoclásico agitado.
Al fin logré llegar a la cima de la inspiración en cuanto a sentimientos se refiere. Normalmente, mi escritura era algo académica y poco conmovedora, de hecho, las pocas personas que osaron descubrir mi redacción, quedaron algo defraudados, “escaso sentimentalismo”, “parece que estás escribiendo un libro divulgativo”, aunque yo siempre traté de defenderme alegando cantidades inverosímiles de innovación y originalidad, escudándome en ello, no fuera a ser que por un casual verdaderamente fuera malo, fin de mi pedestal. Sostuve siempre, que no debiera haber sobre la tierra escritor considerado deficiente, pernicioso para el porvenir de la literatura, como si la mala calidad o el mal gusto hubieran sido desechados en algún momento y no elevados a cultura popular. A parte de tan maliciosa opinión, es cierto que manuscribir es una necesidad de supervivencia, no un negocio potencial, con lo cual, detrás de cada frase, de cada verso, habita un universo interior, habita una razón, cuya aptitud no deja de ser puro relativismo.
Atravesé la media noche entre los crujidos de las teclas percutiendo sin cesar, una y otra vez, con mi zumo de naranja recién exprimido sobre la mesa, sorbido entre frase y calamidad, con mirada cansada comencé a rastrear el salón-comedor donde tenía instalada la maquinaria de mi faena, donde mirando hacia el balcón, se me sucedían múltiples historias que contar. Durante el involuntario rastreo, me percaté de que aquel mismo día por la mañana, no había tenido tiempo de mirar el correo, que sí había subido a casa, pero que no había examinado a conciencia, por lo que me dispuse en un instante de inmerecida tregua a mirar la correspondencia. Entre facturas de diversa índole y folletos de “tirable” publicidad, me llamó la atención una de las cartas que claramente había sido enviada a modo de manuscrito, con su correspondiente sello y las pertinentes direcciones de remitente y receptor, así que con cierto asombro, la prendí con mi diestra, cuando en un instante, al leer el origen de la misma, mi corazón se sobrecogió, la excitación me poseyó como a un pobre desgraciado. La carta era de mi madre, escrita de su puño y letra, en la era de las nuevas tecnologías resultaba insólito, pero comencé a leerla esperando encontrar una respuesta a todos mis interrogantes:
“Querido hijo, como habrás observado, soy tu madre, no olvides que a pesar de todo, la persona que te dio la vida y la que más te quiere en este mundo, a pesar de la distancia. He tomado la decisión de escribirte esta carta de esta forma tan poco usual hoy en día, pero como ya sabes, soy un completo desastre con las nuevas tecnologías y tu hermana no ha podido enseñarme la manera de enviarte un correo electrónico, no se si lo sabes, pero está bastante distanciada de tu padre y de mí, ¿y todo porqué?, por un nuevo novio que se ha echado, que le tiene totalmente absorbido el cerebro, no es ella misma, parece que me la han cambiado, no se si me entiendes. La cuestión es que otra posibilidad era la de llamarte por teléfono, como no pero lo que te quiero explicar puede afectarte demasiado, y no me siento con fuerzas para enfrentarme a la situación de contártelo con mi voz, escuchando tus reacciones, y es una manera de no tener que hacerlo así.
Voy al grano, últimamente, las cosas no van bien entre tu padre y yo, los problemas se nos amontonan y no somos capaces de lidiar con ellos, de ir solucionándolos como personas adultas que somos. El matrimonio es difícil, no es descubrir nada nuevo, la convivencia durante un periodo tan longevo de tiempo, debe ser llevada con muchísima paciencia, con mucha calma, precisamente, lo que él no tiene. Yo siempre he sido extremadamente celosa, ya me conoces, siempre lo he sido, toda la vida detrás de él, para que no mirase a aquella, para que no se acercase a la otra, llenando de prohibiciones sus días junto a mí, sin poder soportar salir un día a la calle con la tranquilidad que se debería, porque no, porque toda persona del sexo femenino es una amenaza, porque creo que mira a otras, no estoy segura, pero seguramente lo hará, sintiéndome inferior a todas las chicas jovencitas y guapas que hay en todos lados, para que nos vamos a engañar. Y tu padre, siempre paciente conmigo, siempre actuando de forma impoluta, a mi lado, dejándome claro cada día que me quiere a mí, que no está dispuesto a irse con otra, por nada del mundo, y yo erre que erre con lo mismo, con mis miedos, al borde de la locura, teniendo pesadillas, ahogada en mi angustia, estando segura de que ese día llegará y yo no llegaré a soportarlo, que yo no me merecía algo parecido. Tu padre siempre cansado de mis miedos, de mis historias, cabreado en ocasiones, pero siempre acababa perdonándome, comprendiéndome, de forma cariñosa y fiel. Pues bien, todo esto ya lo sabías, y de verdad, que me avergüenza continuar. Un día, la debilidad se apoderó de mí, yo no podía más, mi angustia me dominaba sin yo poder escapar de ella, visualizaba a tu padre con otra, que horror, que traumático, y un día, cenando con unas amigas, fuimos a bailar después a una discoteca donde aquí en Zaragoza sale habitualmente la gente de mi edad, ya sabes. Resultó ser, que esa misma noche, mientras bailábamos en la pista, un señor con un gran atractivo se me acercó, bailando delante de mí con una mirada penetrante y debo decir que muy sexy. La emoción se apoderó de mí, no se que me ocurrió, estaba fuera de mí, no era yo, no es propio de mí, no pude evitarlo en ese momento, cuando el señor se me acercó y comenzó a besarme de forma apasionada, como nunca antes me habían besado, y debo reconocer que yo le seguí, no entiendo que me pasó, pero seguí y seguí sin saber muy bien que hacía, aturdida por el ruido y la noche, hasta que fuimos a su casa, allí pasó lo que pasó, al igual que anteriormente, no pude controlarme, no se que me estaba ocurriendo, no lograba controlar mis impulsos, arrepentida, pero deseosa de continuar con él. Es horrible, de verdad Alan, como puedo hacer para que me creas, para que no pienses que tu madre es una cualquiera, yo tenía que serte sincera, porque me oprime por dentro y debes conocer la verdad de todo lo que ha pasado, es lo justo, pero claro, después de cómo he sido toda la vida con tu padre, ¿cómo puede ser?, ¿cómo podía imaginar que después de todo lo que yo le decía cada día de nuestras vidas, fuera yo quien acabara haciendo algo semejante?, soy un ser miserable, mezquino, no merezco el cariño de nadie, toda una vida dedicada a intentar soportar los peligros que nos acechaban, y finalmente he sido yo, no me lo puedo explicar. Tu padre ya lo sabe, he tenido que explicárselo, porque mi conciencia no me dejaba en paz conmigo misma, me hacía sentir peor, y tuve que contárselo, y te puedes imaginar lo que me pudo decir, demasiado bien se portó conmigo en ese momento, me dijo que le parecía increíble lo que estaba escuchando, después de la vida que yo le había dado, de celos e injusticias, y bueno, la cuestión es que vamos a separarnos, no podemos seguir juntos, la herida en él es muy profunda, y yo lo comprendo. Tu hermana se distanció de nosotros al enterarse, prácticamente no me habla, me ha dejado de lado en su vida, y yo ahora me siento sola, separada de mi vida, de ti, de tu hermana, que ya ha hecho aquí su vida y por nada del mundo va a volver, por tu padre, que el trabajo le obliga a continuar aquí, y yo, que me encuentro situada en medio de mis tres mundos, de las tres personas más importantes de mi vida, y que no se que hacer, no quiero perder por completo a tu hermana, y siento que si me marcho contigo, la perderé para siempre, al igual que a tu padre, estoy desesperada, espero que podamos hablar pronto, que poco a poco empiecen a aceptarme, he destruido una familia que siempre había estado unida, me siento responsable de este fracaso familiar, y la angustia me corroe.
Siempre te querrá,
Tu madre.”
Temblé conmovido por lo que acababa de leer, apenado, petrificado, sin saber por donde comenzar mi ronda de pensamientos, sin saber a quien acudir, ni que hacer, mi familia se desmoronaba como un castillo de naipes a la intemperie, y todo debido a una enorme irresponsabilidad por parte de mi madre, la persona que siempre se afanaba en batallar por su fiel creencia en una institución en la que ya muy pocos creen, y cuyos fieles no tardan ni poco ni mucho en dejar de hacerlo.
Mis padres, tuvieron que marcharse a Zaragoza a vivir debido a que mi padre era un alto cargo militar, nunca llegué a comprender de que se trataba exactamente, si realmente era una persona importante o simplemente me lo decían para exponerme ante una figura imponente que diluyera mis hombrías y acentuase su potestad, la cuestión es que siempre me había traído sin cuidado, la relación con mi padre era hostil, marcada desde infante por un complejo edípico que en mi caso se alargó con el paso de los años, como una aseveración de un trauma infantil que perpetuara el odio, y ciertamente, nunca le tuve demasiado aprecio. Yo decidí continuar mis ripios en la isla de la superflua calma, con lo que me quedé solo en nuestra casa de toda la vida, sin entusiasmo excesivo por la vuelta a la situación anterior, es cierto, pero con un extraño sentimiento de añoranza que quizás mi propio inconsciente trataba de disfrazar de frialdad, y cobijo de placer transitorio.
La cuestión es que yo adoraba a mi madre, más allá de freudianas interpretaciones que pudieran hacerse al respecto, y todo lo que me había relatado en esa sincera epístola me horrorizaba, me afectaba de una forma inusual conocer la desvalida situación de mi progenitora, diligente conmigo durante toda su vida y sin poder recibir a cambio la adoración de su hijo, parco en posibilidades y carente en recursos.
- Mira Alan, el amor es como la guerra, es fácil empezar, pero difícil terminar. Ellos han tomado la determinación posiblemente porque aquello ya no conducía a ninguna parte.
- Lo se Stewart, pero porqué las personas imperiosamente tenemos que emparejarnos para ser felices, ¿acaso es realmente imprescindible?, ¿o simplemente se trata del influjo de una sociedad que nos estigmatiza lo que es motivo de felicidad y lo que no?.
- Mira hijo, trata de ser algo más pragmático. Sí, es cierto, amar es sufrir, por lo tanto es mejor no amar, pero sino se ama se sufre, por lo que no queda más remedio que amar, por lo que no hay otra salida que no sea sufrir.
- ¿Pero realmente es tan necesario amar, sufrir por ello..?
- Pienso que la sociedad únicamente acentúa nuestras prioridades incorporándolas a modo de tradición sociocultural, como el matrimonio, como la familia tradicional que algunos cohibidos tratan de proclamar como la primera de las bondades. Lo que ocurre es que, a mi entender, el ser humano es débil, no estamos preparados para la autosuficiencia, es más, renegamos de ella alegando múltiples pretextos y ello nos conduce a la aceptación drástica de nuestra necesidad de emparejamiento, como salida única, como escollo único para obtener la complacencia vital a nuestro entender. Es una rueda, ya que mientras nos convencen de ello, de lo imprescindible de no vivir un futuro en solitario, nosotros somos arrastrados por esa idea ofuscándonos en el rastreo de ese acompañante, y desentendiéndonos del proceso de autofortificación personal que conllevaría la soledad perpetua. Todo ello, se sucede generación tras generación instaurándose de forma perenne.
- Pero, ¿No es acaso todo ello fruto únicamente de un arrebato biológico de apareamiento?, bueno, eso si, llevado a la racionalidad y la cordura, adaptado a nuestro amplio desarrollo con respecto a otros animales.
- No, verás, entiendo lo que quieres decirme, pero creo que ello únicamente implicaría un colapso de promiscuidad y de relaciones sexuales, que no olvidemos que es para lo único que nacemos predestinados biológicamente, por lo tanto creo que va mucho más allá de eso.
- En cualquier caso, mi madre está sufriendo lo indecible, con mi padre y mi hermana alejados de ella, conmigo fuera de la ciudad donde ella vive, debe estar pasando por un autentico calvario. Aunque es cierto que ella fue quien cometió ese gran error.
- Gran error…¿porque no hablas con tu padre y le recomiendas que perdone y vuelva con tu madre?. – me comentó extrayéndole de forma excesiva hierro al asunto.
- ¿Qué estas diciendo?, es lógico que una persona que ha sido engañada por su pareja abandone a esta definitivamente.
- ¿Porqué?
- Ha incumplido el compromiso adoptado con mi padre, debe ser duro pensar que tu pareja ha tenido relaciones con otra persona, debe ser muy muy duro..de verdad…
- Depende del cristal con el que se mire, francamente yo no lo comprendo, la mayoría de los matrimonios pasarán toda su vida juntos, posiblemente deseando tener experiencias extramatrimoniales que les han vivir emociones renovadas, pero en cambio, deben reprimir y esconder bajo su seno, toda posible manifestación de afecto erótico-lúdico, con lo sencillo que resultaría concordar una postura común, ¿o acaso piensas que tu padre nunca quiso poseer a otra dama?, resultaría casi falaz afirmar semejante calumnia, en cambio, a sabiendas de ello, él decide condenar la ruptura de una aparatosa promesa.
- Puede que no te falte razón, pero también pienso que puede ser sencillo argumentar con tanta frialdad cuando se trata de algo ajeno a uno mismo, pero habría que encontrarse en esa situación, vivirla en primera persona, la humillación de la deslealtad, el desencanto del adulterio…
- Detesto esa palabra, “adulterio”, hace referencia a la alteración de la pureza o calidad de una sustancia o situación, ¿estamos ante la expiración de la calidad de una relación?, bueno, dependerá de la voluntad de los protagonistas, del eterno debate naturaleza-cultura.
- El hombre es un ser que crea y vive en una determinada cultura, es difícil obviar esta circunstancia, se han de poseer grandes recursos para poder escapar de las pautas de la cultura en la que se vive.
- Sí pero cuando se tiene la posibilidad debe hacerse un análisis critico desde la frialdad.
- ¿No es acaso un tanto presuntuoso argumentar algo semejante?.
- Posiblemente…pero el tiempo se acaba chico, la vida pasa y uno siente que no ha dejado nada, que su sombra no es alargada, que si no hubiera estado, nada se hubiera resentido, ni nada se hubiera notado, mi edad no me permite ser precavido.
- Tiene razón, pero entiéndame…esta situación me resulta dolorosa, y el dolor consigue anular mi espíritu crítico, las emociones me arrastran y me superan, siempre me ha pasado, necesito un orden abundante en mi vida para poder dar rienda suelta a mis congruencias.
Durante los días posteriores a la recepción de tan aparatosa carta, decidí embellecer la relación con mi desvalida madre mediante el envío de correspondencia, advirtiéndole en su contenido de la fortuna de haber conocido a Stewart, un personaje colmado de disparates intelectuales y de azaroso material neuronal en un mundo común y corriente. Lleno de entusiasmo, no cesaba en explicarles los detalles de nuestras conversaciones, sus convencimientos acerca del mundo, tratándole de hacer llegar lo mejor de él, su más valiosa aportación escrita en un simple papel, dirigido directamente a sus seno, para que ella no tuviera más que hacer uso de ello, a su manera, a modo de amparo, sin duda alguna por mi parte del éxito a causar.
Mi madre en cambio, pobre malograda, susurraba en sus epístolas con desvergüenza capital, un peculio del que yo carecía, con desesperación y cierto afán recaudatorio. Sus bienes liquidados, disfrazaban a una mujer sumergida en el quebranto y la desdicha, hecha añicos sin tesón para resurgir, sola, con la única esperanza de recuperar lo perdido, aquello que ella misma concibió, aquello que ella misma aniquiló. Su cinismo me postraba entre la ofensa y la pena, en medio de aguas desiguales y creando un soslayo de desconfianza en mí, con el dilema moral del que todos quisieran escapar, sin saber de moralidad, cuando la persona no conoce lo deseable ni lo excepcional.
Francamente, me resultaba imposible amparar económicamente a mi progenitora, puesto que mis únicos ahorros eran fruto de las rentas recaudadas en mi adolescencia, becado y trabajador constante capaz de sobrevivir con escasos recursos y con una tacaña forma de ver la vida. Ella, me contestaba con angustia, que mi padre no era capaz de donarle un céntimo misericordioso, posiblemente arrastrado por la decepción, y ante la ausencia de un divorcio legal, que pudiera ayudar a que la situación se regularizase. Comencé a ser consciente de que la situación se agravaba a pasos agigantados, y que yo, poco podía hacer por dar arreglo a tanta adversidad, cuando en un arrebato de melancolía, llamé por teléfono a Sofía, el consuelo de mis desánimos, la conjetura de un amor, para ser tratado como un miserable cachivache obsoleto:
- Sofía, necesitaba hablar contigo, me siento triste, abatido, no encuentro una solución a mi problema familiar, ya sabes…
- Mira Alan, ahora mismo me siento como un cero a la izquierda en tu vida, se que estás mal, se que me necesitas, ¿cómo no ibas a necesitarme?, no tienes a nadie más que a mí, pero aun así me desprecias como a un objeto que solo es útil cuando estás deprimido, no Alan, no puedo ser un pañuelo donde ahogar tus penas.
- Pero yo…Sofía..te comprendo, y sé que no te he llamado, y que no te hago demasiado caso últimamente, pero entiéndelo, es una situación limite, no tengo con quien hablar..eres mi único…eres mi vida..que haría yo sin ti santo cielo!
- Si la única persona a la que realmente le importas no obtiene de tu parte más que dejadez y despreocupación…¿qué esperas a cambio?, se acabó, no puedo ayudarte, no deseo ayudarte, porque tú no has estado ahí para saber si yo te he necesitado en algún momento, no Alan, se acabó…
- Por favor Sofía…te lo ruego…
- No!, me siento extenuada por tus palabras, aborrecida de tus estúpidas ideas, de tus molestas manías, de que vivas centrando tus fuerzas en recibir cuando lo necesitas, sin dar nada a cambio…con lo miserable que ello resulta, no eres capaz de otorgarme un momento de felicidad, vives obsesionado con tus ideas, que no son más que injurias hacia el resto de las personas, te dedicas a reírte de la gente, como si eso fuera lo único que te dotara de cierta estima hacia ti mismo, sin temor a dañar, sin compasión. Hasta aquí hemos llegado, ve a aborrecer con tus malditas ideas a otra persona, a mí no Alan..a mí no…
Al oír el pender del teléfono, permanecí con la mirada perdida durante unos instantes, inmóvil, sin abanicar mis pestañas, sin inspirar aire alguno, sintiendo como mi sangre se paralizaba, mi corazón desistía de bombeo alguno encontrándolo inútil. Cuando la situación comenzaba a resultar crítica, y mi alma emprendía una gran traición a mi cuerpo, Stewart y Aurora me sujetaron a él con zarpas de ilusión, de efímera esperanza, la vida me dieron…la vida les quise dar.
- Creo que fue Sócrates quien afirmó que posiblemente era mejor no haber nacido.
- ¿No fue él mismo el que dijo únicamente saber que no sabía nada?, desde luego para ser un gran filosofo es imprescindible llevarse la contraria a uno mismo constantemente. – comentó Stewart.
- ¿Acaso tiene sentido el sufrimiento?, la existencia puede tener sus alicientes, pero, ¿que utilidad puede otorgarnos cada cosa que hacemos?, todo acabará cayendo en saco roto, el sufrimiento, la felicidad, las emociones, las ilusiones, los desencantos…
- Todos poseemos un motor que nos hace funcionar de una forma u otra, mírame, me dedico a pasear perros, que aparentemente puede parecer insignificante y carente de sentido, de relevancia en el planeta, pero pienso que a parte de los médicos y los astrónomos ninguna otra labor es francamente importante y esencial en el mundo, no creo que pasear perros resulte más miserable que escribir un estúpido articulo sobre una folclórica lesbiana, o sobre la estupidez del día manifestada por el político degenerado correspondiente.
- Admiro como logras sentirte realizado con tu trabajo, sinceramente, yo me propongo cotas muy elevadas que debería alcanzar para sentirme así.
- Hay que saber sacar partido de lo que uno hace. ¿Sabes?, llevo veinte años inmiscuido en una macro crisis de inspiración, yo me dediqué a escribir, pero perdí cualquier tipo de idea valiosa tras un episodio de mi vida. Nunca más logré encontrar el camino hacia la inspiración.
- Me gustaría que me contaras que fue lo que pudo llevarte a una situación tan extrema.
- Verás, yo estaba felizmente casado con Sara, la hija de un prestigioso mercenario dedicado al negocio inmobiliario. Estuvimos casados veinticinco años por expreso deseo de ella, yo nunca creí en el matrimonio, me parecía una forma de acelerar el fin de una forma prematura e innecesaria, pero accedí e intenté olvidar el día de la boda lo antes posible y así no sufrir los posibles efectos adversos. Decidimos tener un hijo puesto que comenzábamos a vivir hastiados de un incompatible relación, y así volver a ilusionarnos en el cuidado conjunto de una tierna criatura y la novedad que ello supone.
Ese niño, nació a los dos años de estar casados, un hermoso bebé que despertó mi lado mas afable y que por una serie de años, volvió a unir nuestro matrimonio ofreciendo a nuestro entorno la viva imagen de la dicha. Pues bien, los años pasaron y ese niño creció hasta convertirse en adolescente, oh! maldita adolescencia, siempre odié esa etapa de la vida, frustraciones, impulsos, emociones, aventuras estúpidas y carácter repugnante como oscuro imperativo. Recuerdo mi adolescencia, fue completamente atroz, sin cejar en mi nocivo anhelo de consumar mi vida, de perecer ante el acervo de desilusiones que ahorcaban mi blanda semilla. Sin el transcurrir de un solo día sin ansiar mi evanescencia por los restos.
Pues bien, retomando el relato, ese chico alcanzó la edad de veintidós años, ante una aparente normalidad de la que todos tratábamos de disfrutar, yo nunca sospeché nada extraño en su comportamiento, quizás una cierta adoración hacia su madre, pero que achacaba al normal efecto de los afectos maternos, de las nobles causas freudianas. Un primero de mayo, de 1987, después de uno de mis largos paseos por las calles de la ciudad, llegué a casa, con paso cansino, fatigado por la causa del día a día, con mi jersey de lana salvaguardando mis bronquios a pesar del calor preponderante, algo cabizbajo, sin demasiado motivo para la alegría, ni para la tristeza, cuando el devenir no causa grandes sacudidas. Crucé la puerta. Al saludar no con excesiva cordialidad, sino con usual rutina, me di cuenta de que mi esposa no estaba en casa, nadie contestó a mi saludo, nada podía advertirse a primera vista, cuando, al irrumpir en mi alcoba, hallé de frente la perversa mirada de mi hijo Alejandro, de pié a unos metros de mí, con ojos de enajenado en plena ebullición, satánica faz de insidiosas intenciones. En su mano, sujetaba un enorme cuchillo “jamonero” cuyo pico se dirigía hacia mí de forma transversal, sujetado con guantes de lana, lo que hizo darme cuenta del terrible destino que estaba a punto de sobrevenirme, ya sin duda de la frialdad y premeditación que sostenía la escena de lo que inevitablemente iba a ser un insospechado parricidio. Se dirigía hacia mí, con paso lento y algo melodramático, sin apartar el cuchillo de la trayectoria que nos separaba, yo no sabía que hacer en ese momento, la sensación de pánico provocada por una inminente muerte resultaría inenarrable, insincera, ya que debe padecerse para atisbar una gota de comprensión. Entonces, cuando mi asesinato ya era una obra casi inevitable, osé preguntarle porqué lo hacía, porque estaba a punto de eliminar a su propio padre, a quien dedicó toda una vida a su cuidado, algo parco pero exhaustivo, eso sí, cuando sus facciones se destensaron repentinamente, y mirando hacia otro lado, como avergonzado, me explicó súbitamente la amenaza que yo siempre le supuse, desde su primera infancia, el odio que yo le causaba y que nunca logró borrar de su cerebro. En ese momento, discerní claramente la situación, mi propio hijo, Alejandro, era victima de un complejo edípico de dimensiones exageradas, impropio de la convecionalidad, adoraba a su madre, y yo fui su máximo rival durante toda su vida, y ahora, ya convertido en un hombre, se sintió fuerte, capaz de destruir aquello que durante toda su vida le atormentó, aquello que siempre ambicionó suprimir.
- Vaya, es sobrecogedor, absolutamente fuera de lo normal, terrible. ¿Qué pasó finalmente?
- Mientras mi hijo me explicaba completamente apenado su circunstancia, cuando su guardia era escasa, conseguí arrebatarle el cuchillo que sostenía entre sus manos, ante lo que él no opuso ninguna resistencia, su propio conflicto interno le llevaba a enemistarse consigo mismo, como una tiránica contienda, entre su “yo” consciente, y su “yo” inconsciente. Supe que su rival, no era yo, su rival se hallaba dentro de su propia mente, y se atisbaba una dramática lucha de veintidós años.
Los mejores psiquiatras le trataron durante un año, sin que hallaran ningún tipo de resultado a tan costoso trabajo, tan poco habitual en el absorbente mundo de la mente. Así que los psiquiatras tuvieron que comunicarme la fatal noticia, “debe emanciparse de su hijo para siempre, de lo contrario su vida correrá serio peligro”. Imagina la circunstancia, un padre distanciado de su hijo para el resto de su vida, sin poder verlo, sin poder tocarlo, acariciarlo, como si de su muerte se tratara, y claro, ello supuso consiguientemente, la separación de la que era mi esposa, y el comienzo de mi existencia en solitario.
- Tu historia es fatal, y quizás comprendo tu crisis de inspiración, pero claro, han pasado veinte años, ¿no has conseguido volver a escribir nada valioso?, no se, un relato corto, una pequeña historia, una opinión acerca de cualquier tema.
- No, me ha sido completamente imposible. Yo antes no creía demasiado en la inspiración como termino innato e irracional, siempre había creído que las ideas deben tenerse y hurgar en ellas para extraer algo valioso, pero creo que va más allá de eso, y que es necesaria una circunstancia interna adecuada y un tanto especial, y ahora lo veo, claramente, se que mis días acabarán sin que yo haya podido volver a escribir, lo he asumido como destino.
- No es justo que debes que tu desidia te controle, debes luchar contra tu propio destino, debes cambiar la historia, tú puedes modificarla a tu antojo, debes hacerlo, instálate en otra vida, lucha contra ti mismo y consigue volver a plasmar tus historias en un trozo de papel.
- No Alan, no lo entiendes, no hay tiempo, y aunque podría volver a escribir, nada seria igual, no conseguiría hacer algo que realmente valiera la pena, sé que ya no, sé que nada me satisfaría lo suficiente, ¿y que conseguiría?, sentirme ridiculizado por mi destino, un pobre hombre que cree que puede lograr ser lo que era antes, y del que los demás se burlan sin piedad por tus estúpidos panfletos, llenos de dolor, y escritos desde el odio a la vida, no puedo ofrecer algo al mundo cuyo único motivo es una incesante oposición a él, no puedo hacer algo así, se que mi camino terminó y es sensato saber aceptarlo y callar, callar para siempre.
- Mira Stewart, estoy en completo desacuerdo, y creo que podrías intentar hacer algo aunque únicamente fuese por ti. Los que creemos estar destinados a hacerlo eternamente no deseamos ser escuchados, ser leídos ni atendidos por el publico. Stewart, se acabó, se acabó la búsqueda del interlocutor ideal, olvídalo. Solo los autores comerciales y vanidosos pierden sus días buscando al lector, y el lector quién es, sino tú, quienes son sino los personajes de tus historias, los protagonistas del mundo fantástico que uno mismo ha creado, y que al ser ideado se convierte en realidad para nosotros. Los demás…que son sino daños colaterales, o sino dime, ¿alguna vez un lector ha conseguido ampliar tus satisfacciones internas?, ¿o simplemente han malinterpretado lo que has pretendido explicar?.
- Para mí es algo más, creo que cualquier persona que dedica su vida a la literatura, posee vanidad de permanecer en la memoria de muchos a pesar del paso del tiempo, y sí, ese es mi deseo, como el de cualquiera, siempre he sido de la opinión de que se elige ser escritor por miedo a no ser, por miedo a no existir, todos tenemos una cierta soberbia, no puedes negar que una de tus grandes satisfacciones es sentirte dueño y señor de tus historias, una sensación de poder indescriptible, una altivez encarecida, sentirte como un Dios!
Reconozco que cuando Stewart pronunciaba cualquier frase, por convencional que fuera, siempre conseguía dilatar mis ideas, convertirlas en presunciones aun por confirmar, en extractos de lo que él pudiera añadir en cada momento, con opinión para todo, con reflexión que expresar en cada situación, lo admiraba como un adolescente enfervorecido.
- Creo que debo contarte una pequeño problema que está afectando copiosamente a mi relación. – le dije buscando consuelo en su callejera sabiduría.
- Espero que no sea complicado, mis facultades están algo mermadas por el paso del tiempo, ya sabes, la contaminación, las nuevas tecnologías… – comentó irónicamente.
- La cuestión es que la relación con Sofía es una desidia permanente, como una negligencia de la diosa Afrodita, o quien sabe, puede que yo sea el culpable…no estoy demasiado seguro de ello, pero todo hace indicar que es así.
Ella se siente desencantada, me recrimina constantemente mi apatía y mis carencias afectivas y personales. Y no solamente existe ese problema, ella se queja de que no hacemos el amor, yo me excuso explicándole que necesito mucho tiempo para mí, necesito estar conmigo mismo, y quizás eso hace que me olvide en ocasiones de ella. Pero la realidad es otra bien distinta. Ella no me atrae sexualmente, e intento esquivarla casi a diario para evitar cualquier contacto sexual, no se Stewart…es muy duro…
- ¿ Y a que se debe esa falta de apetito sexual?, es cuanto menos extraño en un chico de tu edad, deberías representar lo que yo llamo una hormona con patas…es extraño…¿y con quien fantaseas cuando..tienes un momento de lujuria?
- Con todas las demás.
- ¡Vaya!
- Para colmo de males, ahora he conocido a una chica, bueno, en realidad solamente la he visto una vez, pero más que suficiente para sentir un deseo arrebatador dentro de mí, un impulso irrefrenable hacia ella, hacia su cuerpo, sus labios, es una Diosa, créeme, y Sofía percibe mi falta de motivación, y ahora mismo, no quiere saber nada de mí.
- ¿Y a que se debe esa tristeza?, ella no quiere saber nada de ti, pero tu tampoco de ella, no te atrae sexualmente, tienes la cabeza puesta en otra persona, ayudaría mucho que usaras el sentido común, ¿sabes?.
- Necesito a Sofía, sin ella no soy nada, soy la sombra de un ser humano vano e inútil, un despojo de mi raza. Claro, que me gustaría poder estar a su lado, y simultáneamente hacer el amor con otras chicas, ¿y a quien no?, pero no domino el arte del engaño, y todo acabaría sabiéndose, y nada podría perdurar entre los dos.
- Mi consejo es que…debes saber que los sueños son las únicas mentiras que se pueden realizar.
Mi llegada a casa aquella noche, impregnada de un sinfín de penurias solo propias de un día nublado, carente de ningún atisbo de alegría, ensuciado por un destino que me daba la espalda sin saber porqué, vivía angustiado, era un caminar descalzo por trizas de puntiagudos cristales en forma de historias, historias que en mi sano juicio quise olvidar, obviando que quizá la vida no es el lugar adecuado para determinadas exigencias.
Cuando logré enfriar mi imaginación, conseguí al fin ordenar en mi cabeza las circunstancias que la vida me presentaba, emprendí la lectura de las cartas que mi madre me había enviado, desahuciado, cansado de luchar contra un destino incierto, sin ver claramente el porqué de mis contratiempos, la vida no conduce a nada, pero ella misma se encarga de avivar una astucia que en todos debe acaecer. Por un instante, tuve que descargar el peso de mi cuerpo en una pared cercana, mis estado de animo no era el idóneo para mantenerme en pie, mientras continuaban esas cartas entre mis manos, miré hacia un lado, donde reposaba ella, mi querida Sofía, una foto en la que dejaba traslucir su bella sonrisa, la cual yo le arrebaté, sin derecho alguno, comportándome como el ser ruin que siempre quise ser, admirando mi propia malicia, aplaudiendo mis perversiones. En tan deplorable estado, hice todo lo posible por escapar de la fría y rugosa pared que me sostenía, sin merecerlo por falta de atenciones, conseguí a duras penas arribar a la mesa donde estaba mi eterno compañero, el ordenador sufridor de mis embestidas, y me senté ante él, sin coraje, clamando un poco de clemencia a mi mismo, al odio que no tuve mas remedio que profesarme. Temblorosamente, pude abrir el archivo donde guardaba la historia en la que llevaba tiempo trabajando, suspirando por pasar un solo minuto en ella, por inmiscuirme en la fantasía de un mundo creado a mi imagen y semejanza, con él, Stewart, mi gran amigo, mi compañero de viaje durante tanto tiempo, la persona que comprendía mis penas, mis amarguras, mis arrebatos, la panacea de mi comparsa, la exclusiva parcela de vida que yo mismo pude inventar, que mis dedos pudieron concebir con ese personaje al que admiraba, a pesar de su lejanía instalada en un universo ilusorio.
La historia debía finalizar otorgando tregua a su arduo trabajo, cuando comenzó de repente a escasearme el aire. Se esfumaba mi vida, percibiendo un dolor desmedido, mi alma fenecía con tristeza, su vida se agotaba, mi vida se agotaba, no tuve motivo para volver a respirar…
Autor: Jose Antonio Beas Teruel

