Relato, Terror

Lo que sea con tal de vivir.

Por fernando daniel cabrera, en 13 de mayo de 2010

Lo que sea con tal de vivir 1
I
El Quiumba, entró en el apartamento. Vio toda aquella riqueza, pensó en robar algo. Todo lo que había debía de ser carísimo, hasta el más simple adorno. Se imaginó, pudiendo ser bárbaro y brutal; cagarla a palo y violarla, aunque, en seguida le dio asco.
- Una vieja tan hecha pedazos – se dijo – no se la come ni ácido. Además, en otros apartamentos hay cada cremita.
- Podría golpearla – continuó – para sacarme la bronca de no encontrar un médium. Me imagino que la pobre no se va resistir ni gritar, se entregará. Con la conciencia y la certeza de que es el fin, de que se va pudrir por días, tirada en el suelo sin que nadie encuentre su cadáver, hasta que el olor sea insoportable. Ya no va a tener que esperar más, achacándose día a día. La he vigilado, y, desde hace pocos años, se está viniendo abajo; primero, se empezó a ayudar a caminar con un bastón en la mano izquierda, tiempo después se le fue poniendo el habla gangosa, seguro que por el desgaste, de las cuerdas vocales, el aparato respiratorio y la lengua. Debe tener noventa y pico de años, ahora está quedando medio sorda y senil. Una lástima, no poder ser yo su benefactor, darle una mano para salir adelante. Si yo hubiese encarnado hoy, ya habría corrido sangre.
Se fue del edificio. En la calle, vio una pendeja, de unos dieciocho o veinte años. Rubia, bonita, tímida, iba con los padres, a los que saludó antes de separarse.
El quiumba la siguió, y, cuando ella pidió fuego a un transeúnte, él se apuró a alcanzarla.
- Al fin, algo como la gente para encarnar- festejó.
Ella encendió el cigarro y el quiumba se zambulló, atravesó el filtro y al fin tuvo cuerpo.
Laura estaba con un flaco, en su casa. Había una cucaracha caminando por el espejo del baño. El pibe, la quiso matar con la jabonera. Laura se limitó a señalar con el índice, ¡allá!, ¡allá!
La bicha corrió, se escondió en el botiquín, entre los dos la persiguieron por todo el baño, tratando de pegarle con una manguera, con un sepillo de peinar, puteando y pisando siempre tarde en los lugares que se posaba como burlándose de ellos.
Ella se fue un rato después, él, se preparaba algo para comer cuando la pendeja rubia, el quiumba, le golpeó la puerta.
- ¿sí? – preguntó el novio de laura, entreabriendo la puerta.
- Disculpe – contestó la joven – me sentí un poco mareada. Justo cuando pasaba por acá enfrente, y, se me ocurrió que quizá usted, me podría dar un vasito de agua.
- ¡como no! – asombrado y ansioso – pasá, ya te sirvo. ¿comiste algo? – agregó.
- Bueno, le agradezco, pero tampoco quiero ser molesta.
- Hagamos una cosa – dijo él – yo tengo que ir hasta el baño de apuro, allí está la heladera, servite lo que quieras.
- Gracias – abalanzándose a la cocina, cuando todavía no terminaba de pronunciar la palabra.
Nelson, así se llama el novio de laura, está sentado en el water, sin hacer fuerza. Esperando. Pensando.
- Que buenos estaban – se dijo – que raviolones deliciosos, esa cebollita picada por arriba. Que bien preparada la ricota, los puntitos negros que tenía entre rosáceos y naranja, tan similar a los mejillones – se refregó las manos, apretó los puños, quedó colorado como un viejo alcohólico, y, largó el primer sorete; de esos tan duros y gruesos, que te parten el culo al medio. Al caer como una pedrada a un charco, le salpicó en las nalgas el agua fría del water.
- Hace tanto que no comía raviolones – se dijo – encima ahora los estoy cagando. La última vez, fue cuando trabajaba en el restaurante donde conocí a laura.
Suspiró. La frente le sudaba y pensó: – ahora empecé a cagar bastante bien – se arrolló hacia delante, por un retorcijón de estómago – tenía una tranquera. Tuve que meterme aquella botellita de agua por el culo, que me hizo cagar una especie de diarrea que me dejó ardiendo el orto.
Laura volvió sudando, hacia bastante calor afuera. Lo primero que hizo, fue ir a buscar algo para tomar en la cocina, allí, estaba la extraña mujer, agachada frente a la heladera, Laura, se acercó hacia uno del los lados de la joven, Nelson, ya volvía del baño.
- es la hija de Belcebú – gritó, cuando la vio absorbiendo como una hostia, las tripas de una rata por el culo – Nelson, rápido. Tráeme la sal por favor.
- ¿Qué? Encima se la vas a condimentar – balbuceó él.
- No seas estúpido, está poseída por el demonio – afirmó – sé bastante de eso. La sal ahuyenta a los malos espíritus. ¿Cómo la dejaste entrar?
Nelson fue a buscar la sal.
- Tenemos que esparcirla alrededor de ella, para que no pueda atacarnos a nosotros – le indicó Laura, retirándose unos pasos.
- ¿Ahora, qué hacemos, Laura? Me dijo que se sentía mal, no pensé que fuera a hacer esto.
- Vamonos – lo agarró del brazo llevándolo hacia la puerta.
El quiumba al terminar con la rata, se puso a contar los granos de sal, uno por uno, perdiendo el tiempo, las horas pasaron y la sal fue desintegrándolo hasta que, a la mañana siguiente había desaparecido por completo.
- Estoy desencarnado otra vez – se dijo el quiumba – la puta madre que lo recontra mil parió.
Salió de excursión por las calles a ver que veía. En una esquina, iluminada por un antiguo farol, había un vomito en la vereda. Se había expandido durante un largo tramo de la noche. El rocío nocturno, ayudó para que se terminara de resecar, antes de que saliera el sol, y, quedara nada más que simples pedazos de alimentos pegoteados en la vereda. Unos trocitos de zanahoria, bien picada, carne en proceso de desintegración, con un color blanquecino verduzco, algunos mostachotes enteros sin digerir, que, donde cayeron quedaron.
- Me parece raro que no halla pasado algún perro – pensó – que les encanta comer desde vomito, desperdicios podridos hasta mierda; y, se lo halla morfado todo, lameteándose satisfecho al terminar, los bigotes engrasados. En el piso, habría quedado sólo la mancha violácea y amorronada de vino y bilis. Una mosca revoloteó unos segundos y se posó en el vomito, el Quiumba lo miró y se dijo: ¿Por qué no? Incorporándose en ella. La mosca es aplastada por un caminante, y, otra vez al astral.
Álvaro, es un viejo borracho. Canoso, desalineado, la cara colorada, se ven las venas surcando las mejillas y la nariz. Su prominente vientre al aire, no se prende la camisa. Con las manos abre el diminuto culito, el bebé llora, y, él se desquicia.
- haber si metiéndole un dedo con saliva primero – dijo con su voz ronca – logro ensartarte pendejo.
El bebé llora, el ano más que dilatar, empezó a desgarrarse. Cuando sacó el dedo, vio que salió un poco ensangrentado, pero no le importó. Le acercó la cabeza de la pija, se la escupió, escupió también el trasero del niño, y, esta vez intentó clavarlo con más fuerza.
- voy a encarnar en él – pensó el quiumba – hoy, quiero coger bastante, pero después que él termine con el bebé, no quiero hacerlo con tanto sacrificio. Quiero coger, no a cien por hora, tampoco tiene que ser toda la noche. Coger como los perros y los monos. Despreocupadamente, con la lengua afuera, llevando el ritmo, coger, olvidándome de las demás chanchadas sexuales. Que la verga no me falle, que quede rígida, como un cascote. Que escupa a lo guanaco, una y otra vez, haciendo gritar a la mujer que viole.

II
Mario, después de asegurarse de que nadie lo estaba viendo, se acercó el pollo a la nariz.
- parece que está fresco – se dijo – esta debe ser una ofrenda de alguien con mucha plata.
Había todo tipo de frutas, toscazos, una botella de caña y una de wihsky, un frasco de miel, monedas, collares, anillos, pulseras; algunos papeles escritos con sangre, y, otro tanto de cosas más. En una volqueta, consiguió una bolsa, como para llevarse alguno de esos regalos. Nunca se había sentido como ahora: dios. Mientras juntaba iba probando bocados, y cuando arrancó caminando, le pidió fuego a un gordo que pasó fumando un tabaco pegado al labio de arriba. El gordo hablaba y el tabaco no se le caía. Se fue pensando.
- gordo de mierda. ¿a que no podes equilibrar un toscazo de estos?
El Exú, mira a todos lados buscando un médium, un cuerpo humano, vivito y coleando con el cual pueda tener acceso a tan extraña ofrenda que le han dejado: sobre un nylon blanco, pororó y sangre chorreada.
Mónica estaba en la puerta de una pizzería. Jugueteando con el cabello, con interés de seducir al repartidor de pedidos parado muy cerca suyo. El Exú la vio y sin pensar más, se acercó a ella, esperó que entrara a la pizzería. (Ella, no sabía nada de espíritus, no podía sentirlo). Él se metió en el vaso de jugo que ella tomaba. Minutos después comenzó a dominarla. Le apretó las tripas, le enrojeció los ojos, la hizo agacharse en cuatro patas como un animal. Babeándose y gritando palabras obscenas. La gente que estaba en la pizzería reaccionó de formas muy distintas: algunos se burlaron, otros se horrorizaron y pidieron al cantinero que la sacase del local, también estuvieron los que gozaron de verle los calzones.
- ¡levantate un poco más la pollera! – le decían y ella los puteaba.
Salió. El Exú dentro de ella, la llevó directo a donde estaba la ofrenda, se arrodilló en el piso. Primero mojaba el pop en la sangre, lo saboreaba. Después lamió el nylon hasta dejarlo tan blanco como recién comprado.
- la pucha, tengo un hambre impresionante – pensó el Exú – ¿Quién habrá sido el amarrete que me dejó esta porquería por ofrenda? – sin darse cuenta, que, Mario, el bichicome, sentado en un banco de la plaza se preparaba un banquete con lo que a él le pertenecía. Tiraba de las plumas al cadáver, las venas de los brazos se le hinchaban, la cara se le enrojecía, sintió desvanecerse, tomó unos tragos de caña, creyendo que lo salvarían de un posible desmayo. Una negra cubierta de collares, brazaletes y una corona con velo dorado se miraba en un espejo que sostenía delicadamente en su mano izquierda. Respiraba lividinal, los pezones le crecieron. Abrió las piernas y su sexo se humedeció, tuvo un orgasmo seguido de un río que brotó de la vagina con agua muy clara.
Mario se rindió a esas alucinaciones tan placenteras y un negro grandote, musculoso, apareció en ellas, vestido con una falda blanca y roja y un collar de cuentas con los mismos colores. Levantó con fuerza un hacha de doble filo, golpeó el río y lo partió al medio, la morena desapareció y él también. A Mario no le gustó ver que sostenía el pollo como un pelotudo. No le sacó una sola pluma más. Lo tiró atrás del banco, y, se dedicó a comer algunos de los otros manjares, para la noche le quedarían más. Mónica, que no es Mónica, sino el Exú en el cuerpo de Mónica; ve a Mario y sigilosamente se sienta en un banco cercano, pone cara de amargada, se tapa la mitad como llorando, lo mira de reojo. Mario ni se inmuta, ella empieza a gemir, ahí él la escucha, mira al lado. La ve. Las piernas cruzadas, la pollera bien corta y holgada se mueve con la brisa dejando ver hasta la nalga, a Mario se le agrandan los ojos, la aorta, el hipotálamo y la pija. Ella se entretiene jugando a sacarse y ponerse el zapato, como al descuido. Él se acerca y le ofrece una manzana, ella la recibe, con una sonrisa y sin ninguna palabra.
- ¿Por qué llorás? – y la hizo suspirar acariciándole una mejilla. El Exú inventa una mentira.
- Un amigo muy querido, se suicidó, sé que no tengo la culpa – él le levanta con un dedo la lagrima que le moja la cara – pero, no puedo evitar sentirme culpable por no poder hacer nada para ayudarla.
- Eso no es tu culpa – le dijo Mario, agachado, sosteniéndose de las rodillas de ella – nosotros no podemos influir en el destino de las personas, no contamos ni con una décima parte del poder de dios.
Mónica miró a otro lado y el Exú en su interior sonrió con malicia.
- eso es lo que crees – pensó.
Comió la manzana con ordinariez, apurada y cayéndosele los pedazos de la boca.
- ni yo que vivo en la calle como con tanta desesperación – pensó Mario.
- Veo que tenés mucha hambre – dijo, arrastrando la bolsa que tenía al lado – servite lo que quieras.
Ella se zambulló en la bolsa, ensuciándose toda. Comió puñados de zanahorias, con papas, cebollas, arroz, panceta, tallarines, ciruelas, limón, uvas, champiñones, soja, nueces, ajo, tomates, salvia, laurel, pomelo, romero, filetes de lenguado, aceitunas, lechuga, mayonesa, naranjas, clavo de olor, costillas de cerdo, espinaca y roquefort con manteca; pero, cuando encontró la botella de caña, el whisky y los toscanos, resopló, resopló, lo miró a Mario con la cara hecha una ensalada con salsa agridulce y dijo: – éstas son las llaves de la libertad, la cúspide del placer espiritual con que se ahogan todas las penas. ¿Tenés fuego? Ah, y un poco de miel para endulzar las bebidas – eructó, prendió el toscazo mientras Mario buscaba la miel en la bolsa. El Exú, levantó la botella de caña, y, cuando la iba a empinar para toma r un trago dijo: – ¿no tenés una copa? No es muy delicado que una mujer tome del pico.
- no tengo casa – contestó, embobado de asombro; viendo a aquella mujer envuelta en mugre tratando de disimular su indecencia.
- Bueno, tomamos así – y se bajó como un cuarto de botella – servite… – lo miró alargando esa e hasta que él le dijo:
- Mario. Me llamo Mario – se apuró, mientras agarraba la botella – ¿y vos?
El Exú, es un espíritu descarnado, viene al mundo desde el astral. Trae un mensaje de paz y sabiduría para la humanidad; pero así también es toda acción que genera una reacción, es luz, y es sombra. Es agua y tierra. Es blanco y negro, bien y mal. Hombre y mujer; hoy, encarnó en esta última. Un médium que eligió por si mismo, al azar, mejor dicho, a las apuradas. Por eso no sabe el nombre de ella, tenía hambre y se le incorporó a la pobre, que no tenía nada que ver con la religión. El Exú no sabía que su médium se llamaba Mónica, entonces miró alrededor para encontrar en algún cartel un nombre apropiado.
- ofiuca – dijo, después de ver el anuncio en la entrada de una pizzería, a media cuadra de donde estaban.
- Que coincidencia, acá hay un boliche que se llama así – dijo Mario, señalándolo – dicen que el nombre viene desde la antigua Grecia, creo que era el dios de la medicina o un curandero de la época.
- Que honor – dijo irónica – cuanto sabes Mario, sos muy culto para vivir como pordiosero.
- Llevame a vivir contigo, mamita – muy despacio le acarició la mejilla y le metió el pulgar en la boca, que ella chupó como un postre delicioso.

III
Va cayendo la tarde, minuto a minuto. Todo comienza a quedar en penumbras. La gente entra y sale. El transito escaso, típico de un Domingo, no hay viento, no hace frío, pero tampoco está calido. De mañana le dio rabia ver la cantidad de basura desparramada por las calles. Pensó:
- ¡que desastre! ¿Habrá huelga de basureros otra vez?
Ahora. Todo está limpio. Las luces de la avenida se van prendiendo, y, las de los coches.
Álvaro está aturdido por el silencio, se imagina en su casa, donde puede prender la radio, escuchar música cuanto se le de la gana. Se puede cagar a pedos, liberar las tripas de aguantarse porque queda feo.
Está laburando de guardia. De policía se gana más, hay más beneficios; pero, perdería muy posiblemente la oportunidad de estar todo el día rascándose las bolas, además de que tiene ciertos resentimientos y prejuicios con respecto a los milicos.
- Si yo fuera policía – piensa, mirando afuera por la puerta de vidrio, con la palma derecha apoyada en la pera – sería un hijo de puta de los que encierran, de los que gozan con la autoridad de golpear a los otros. Sería de los que se sienten más machos, porque les cuelga una pistola más en la cintura.
Me acuerdo cuando me cagaron a palo. Todavía hoy. Años después, puedo sentir, los días de mucha humedad, o, muy frescos, como si me estuviesen golpeando; como lo hicieron entonces, con sus garrotes de goma. En lugares precisos, aprendidos de forma sistemática, para neutralizar a los pichis, como ellos nos llaman a todos los que no llevamos uniforme. Ellos. Que viven en los cantes. Que cuando nosotros nos defendemos de sus palizas injustas, dándosela a ellos; se la desquitan con su mujer y sus hijos. Que se emborrachan y duermen en las comisarías, que tienen en la casa a la familia roñosa y descalza, mientras ellos, pagan briscas, con lo que dicen pagar deudas.
Álvaro tiene que completar ocho horas, y, se está durmiendo. El horario, recién empezó, van tres horas. Comió, durante este tiempo, de forma compulsiva. Le pican los ojos, los latidos son muy tenues, la sangre está perezosa; el cerebro es un desierto sin sinapsis, sin lógica, sin control. Se duerme. Esas milésimas de segundo que a uno siempre le parecen haber sido horas; y, sueña.
- la verdad – cabecea, oprimiendo la tiroides y rechinando los dientes, con las manos flojas apoyadas sobre las piernas – estaría bueno que viniese una guerra pa’estos lares; pero, que la misma, a mi me agarre como soldado. Lo más interesante son los saqueos y violaciones. Para conseguir estos objetivos tan gratificantes, tendría que matar hombre a granel.
Durante la jornada había leído en una revista, que, en la segunda guerra mundial, el ejército soviético, cometió abundante de esos crímenes, contra las mujeres alemanas, las esposas, las madres, hijas, de los mayores criminales que ha tenido la historia. Estoy en un país que no respeta, como aquellos, los derechos de los vecinos, con las mismas ínfulas de grandeza. Sí a ellos se les ocurre cruzar el río. Quemar nuestros campos, saquear nuestras pertenencias y cogerse a nuestras mujeres. Yo. Me uno a la fiesta. Me disfrazo con la ropa del enemigo. A la primera que le doy es a la preciosura que no podía estacionar el auto hace un rato. ¡Tiene un culo! Bien redondo y parado. Si se resiste, la baleo o acuchillo; me la garcho muerta. Antes que se endurezca y se enfríe. Álvaro se despertó.
Mas tarde, a última hora, en la calle; pasó una gordita, no muy lechona, pero petiza. Bailando, enchufada a su emepetres.
- gorda pelotuda – pensó Álvaro.
Pasó una pareja, sueltos, conversando animados sin mirarse.
Escuchó el sonido estridente de una moto. Miró pasar a la repartidora del súper. Veterana, cansada, feúcha, pelo enrulado, lentes, cabeza gacha y túnica roja. Tan petiza, como era gordita la bailantera, va entregando sus últimos pedidos.
Las restricciones de energía eléctrica tienen a la ciudad en penumbras. Un rato antes, llovió. El pavimento quedó empapado. Los vidrios, techos, y chasis, forrados de gotas que se deslizan y caen al suelo.
Le laten los pies, tiene las piernas cruzadas. La derecha sobre la izquierda. Puede sentir su propio olor a pata. El teléfono no le ha sonado. Nadie le tocó a la puerta. No hace frío, tampoco calor. Los requecheros se acercan a las volquetas y los autos se reflejan en la avenida empapada. Dentro de la única lámpara que tenía encendida, había un montón de bichos muertos. Un veterano salió. Calvo y apurado. Le saludó. El ascensor sigue en movimiento. Una señora pasa por la vereda con el paraguas cerrado. Se escucha el motor de un coche viejo, pero no se ve. Se puede percibir el sonido de las lámparas eléctricas.
Frente al camino de lo material cruza el camino del trabajo. Es el segundo. El Exú lo alcanza en una de sus tantas encarnaciones.
- Odio profundamente trabajar – dice el Exú encarnado a un compañero – creo que deberíamos liberarnos de una vez por todas, de esa convención anticuada de que el trabajo es salud; cuando aniquila el tiempo.
- Es que la vida es eso. Estar en permanente movimiento – contestó el otro.
- Sí. Decime si queres, que soy un retrogrado. Añoro esas vidas pasadas en las que el ser humano, subsistía de la caza y de la pesca, la recolección de frutos y raíces.
- Pero eso también implica un trabajo.
- Yo me refiero a las jornadas de ocho, seis; hasta de una hora igual. Son todo un invento de los que manejan el poder. Para automatizarnos. Las neuronas se achanchan en el estándar cotidiano y ya no servimos para pensar.
- Hay en algo que estoy de acuerdo contigo. El trabajo, es una fuerza destructora del tiempo, que nos toca vivir.
- Cuando somos empleados de mala gana.
- Por simple necesidad.
- Sí, eso nos hace estar todo el tiempo mirando el reloj, deseando que se pase la hora, para poder irnos a la mierda.
- Entonces, el tiempo sigue su curso habitual, la que se va es nuestra vida en ese apuro. Pero en definitiva, hay que trabajar, tratando de disfrutarlo.
- Tengo un moco duro – piensa el Exú, con un dedo en la nariz – que me tiene enloquecido, hace una hora que lo estoy cinchando. Pañuelo no tengo, así que, no tengo más remedio. Cuando era chico. No se quien mierda era que me decía, que metiéndose los dedos, la nariz se agranda, pero bueno, como ya la tengo grande; unos milímetros más, no me van a duplicar el título de narigón.
Ya está bajando el sol, casi no veo nada, de todos modos es temprano para el trabajo, así que, no tengo más remedio que seguir.
El Exú mira afuera, por los ojos de su anfitrión.
- Que hijos de puta que son – se dice – hace días que están arreglando la vereda, lo hacen de a poquito. Seguro cobran por día, no por destajo como yo. Por eso lo alargan.

IV
-Yo soy tu amo, soy quien te ha creado – dijo Laura, golpeando tres veces con el bastón al cabrito que salió de la tierra.
Diez días antes ella lo había creado enterrando un huevo fresco, implorando que de allí naciera un Exú, que estuviera a su servicio; a cambio, ella debía entregarle un pariente o un amigo para que la entidad se lo comiera. Pero después del nacimiento, el monstruo jamás obedeció una palabra de su ama. En vez de devorar a Silvia, que fue la presa que Laura le ofrendó, el Exú se comió a Carlitos, con aquella larga enfermedad que lo fue consumiendo día a día y sin remedio. Su sed de sangre humana aumentó, llevándole a pedir cada vez nuevas víctimas.
- Mátalo – sentía un susurro constante en sus oídos – mátalo Laura, que tengo hambre. Soy tu hijo amado. No me desampares.
A partir de aquí, Laura queda muerta en vida, reducida a la más triste de las esclavitudes. Así el Exú, fue libre, pero no permaneció con su forma de macho cabrio, sino que comenzó una continua metamorfosis, de una forma animal a otra. Su comida preferida fueron los niños pequeños, después de la panzada que se hizo con el cuerpo hinchado y agusanado de Carlitos en la tumba.
Antes de la maldición, era un niño muy vivaracho.
- chiquilines –decía la maestra – ¿Quién se ofrece como voluntario para traer de la sala recreativa, cartulinas, temperas, papel crepé, y, todo aquello que les enseñé con lo que pueden hacer un collage?
Como siempre, no faltó la guacha alcahueta que se da contra todo para ser la primera.
- ¡Yo maestra! ¡Yo!. Exclamó Flor, una alumna, con la túnica acartonada, tan blanca, que, hacía picar los ojos. Tropezó y casi se va de boca, se le enganchó la moña contra el borde del escritorio, desarmando su inmaculada perfección. A la piba le quedaron los ojos como compota, pero no largó el cuajo.
- Te lastimaste – la acarició la maestra con ternura – no pasó nada preciosa.
La maestra tenía una caramelera repleta sobre su escritorio, con ella premiaba a los alcahuetes.
- tomá Flor – dijo, acercándole el caramelo.
La pendeja lo agarró y se fue, cabeza semi gacha, puchereando.
Caritos quedó en la clase, mirando a la maestra, con su pollera dos pulgadas por debajo de la rodilla, su pelo lacio a los hombros, con una media cola, sus pechos puntiagudos. Ella charlaba y charlaba con sus compañeras, las otras maestras, que también estaban al pedo. Después que Flor volvió con los materiales, Carlos dejó caer su silvapen al suelo, y, cuando se arrodilló a juntarlo, le miró por debajo de la pollera, a ver que tenía allí dentro. Ella creía en la inocencia infantil, así que ni cuenta que se dio de la artimaña del niño, sólo lo miró y le sonrió. Cuando volvió a su asiento, se agarró el manubrio, y, sin que nadie se diera cuenta se cusqueó viéndola. A la noche tenía siempre el mismo sueño: él estaba desnudo, todos estaban desnudos en la escuela; excepto, por la túnica y moña, infaltables. Se escondía con alguna niña, o, incluso con la propia maestra, que le gustaba tanto. Buscaban algún recoveco insólito, y allí, afloraba mucho manoseo, las pieles se encendían. Los labios eran de frutilla, todos los labios. Cuando Silvia su madre lo llamaba a la mañana, él, despertaba con el pito como una roca. Ella se quedaba viéndolo mientras se despertaba en la cama. Sentía una gran melancolía, añoraba ser niña al verlo. Había sido una chica que quiso estirar su infancia, seguir en el paraíso de los primeros años, sin responsabilidades, con un mundo casi infinito para descubrir; en donde todas las cosas se veían enormes. Le daba bronca, como poco a poco iba perdiendo el interés en sus juguetes, ya le daba vergüenza jugar a las muñecas si alguien la estaba viendo. Éste sentimiento la acompañó en la adolescencia, que también estiró como un chicle. Su vida siempre fue unos pasos atrás de los demás. Al ir madurando, su corazón se abrió y dejó paso a un espíritu caprichoso y ordinario. Desde que entró en la religión, en la época en que su hijo estuvo enfermo; se fue extinguiendo hasta el día en que el huésped la tomó por completo. Fue entonces una persona amarga y perseguida. Llena de complejos y temores. Se alejó de su familia. Perdió las ganas de luchar. Descuidó su cuerpo, su mente se arrugó como una pasa de uva. Sus sueños se volvieron inalcanzables. A pesar de su deseo de perpetuar su infancia, ésta no fue perfecta y color de rosa. En su casa siempre hubo algo de violencia.
- ¡comé! – Gritaba su padre – hija de mil puta, laburo todo el día pa tener que tirar la comida. De inmediato, ligaba desde cachotes y cintazos, hasta penitencias interminables.
La madre de Silvia era un asco, (creo que con esto se justifica la histeria del padre). Arriba no tenía labio, ni dientes, en su lugar un blancuzco y pinchudo bigote. Era amorfa como la plasticina de un niño aburrido. Las tetas parecían y se comportaban como la masa cuando la levantamos ene. Aire para estirarla; caen como un par de chicles, derramándose sobre el vientre gelatinoso y hojaldrado. Trabajaba como limpiadora, en un edificio de apartamentos. Cuando llegaba a su casa, después de una jornada agotadora, se lo encontraba a su marido, fumando, echado en el sillón mirando la televisión. Ella le hablaba, le contaba cada detalle de lo que había vivido durante el día; pero, él ni pelota que le daba, concentrado con cualquier pelotudez de la pantalla.
- estos chupa pija – renegaba – se piensan que sos su esclava.
- Sí, andá – sin mirarla, le contestó él.
- Te pagan un sueldo bichicome – enumerando con los dedos – te tratan como si fueses una máquina automática. Hace gestos robóticos.
- ¿Sabés qué? La esclavitud no se terminó nunca – ceba un mate y se lo pasa él lo toma sin mirarla – está disfrazada con la máscara de la asalariado.
Hoy estaba comiendo y pensaba: “que no me vengan a romper los huevos porque no les voy a dar pelota. Si alguno aparece por esa puerta y me pregunta que hago. ¡Como! ¿Qué usted no? Usted está contratada para limpiar, y atender necesidades de la gente. Que cagada, porque yo también soy gente; y, entre mis necesidades está media hora, por ley, para comer tranquila”. ¿Me estás escuchando Julio?
- eh. Sí seguí – dice él, tratando de no perder un segundo de lo que hay en la tele.
- Julio – le ceba otro mate, él estira el brazo atrás, sin dejar de mirar la pantalla – la otra vez. el medico me dijo que tenía que comer tranquila. Sin música, sin tele, sin lectura o pensamientos irritantes. Me dijo que se debe se debe masticar mucho y tragar de a poco, sintiendo como el alimento recorre las entrañas, como nos nutre y reconstituye.
Pero la vida diaria, antes que esos buenos hábitos, nos lleva a comprometernos con el exterior. Buscamos satisfacer a los otros, y, tragamos la comida a lo locos, casi sin sentir sabores, solo pa’tapar el agujero del estómago, y, callar las tripas. Que al fin de cuentas son las que pagan el pato.

V
De mañana, Yemanyá estuvo pescando, Oxún se miraba en un espejo, sentada a la orilla del río. A Oiá, la tenía amarrada a un árbol, era la más pequeña de las tres hermanas. Cuando las fuerzas de la naturaleza fueron descontroladas, los dioses se encolerizaron, invadieron el territorio donde vivían ellas. Robaron el bebé. El jefe de la tribu captora, enamorado perdidamente de Oxún, como rescate la exigía a ella. Oxún por amor a la niña se entregó. Fue liberada por sus hermanas, y, Oiá fue mayor, se casó por elección con Ogún, hasta que fue nuevamente raptada por Xangó. Llegaron así tiempos de guerra y desorden. Algunos orixas se hacían fósiles, otros reencarnaban, otros, sobraron hasta en los sacrificios. Yemanyá antes que Oiá estuvo con Ogún, pero lo abandonó por el señor de los océanos, olokún, que a su vez estaba casado con Olokunsú. El ejercito de Oxalá, contra el de Yemanyá. Se mataron entre parientes, recortaron la familia. Obatalá, salvó a la tierra, cuando Yemanyá iba ganando la última batalla, el mundo era casi sólo agua. Con su cetro, detuvo las olas inmensas que tapaban los pueblos. Así. En mitad del invierno las temperaturas ascendieron a treinta y pico de grados. Reverdecieron las plantas. Las mujeres destaparon los pechos, hasta la mitad. No más. Alguna osada mostró el ombligo y las piernas. Los perros a lengua afuera, goteando. Se dilataron todos los cuerpos. Los anillos en los dedos comenzaron a apretar. Los pantalones de los hombres se encarparon. Las vaginas se humedecieron hasta los pendejos. Laura. Siguió desorganizando el universo en su búsqueda. Y. el exú, tomó el sexto camino el camino del amor. Los espíritus del astral, hay en muchas cosas en las que se han quedado en la prehistoria. Exú, no puede dar en el clavo, ha andado, ya casi por todos los caminos de la creación, pero aún, sigue sin poder liberarse del ciclo de las reencarnaciones.
Tiene que elegir una hormona, no entiende nada de anatomía o fisiología; entonces, espera que alguien le ayude a decidir. Puede hacerse testosterona, brutal, impulsivo, macho, o, elegir serotonina, dopamina, y, dejar en paz y seguro a ese ser.
- tengan mucho cuidado – dice el comandante de Exús – aquel que entre en el sistema límbico, sólo servirá como amargado. Se lamentará por todo. Será infeliz. Recuerden que el ser humano, es un animal como cualquier otro, de los que acostumbramos encontrar, desde el principio de los tiempos. No fue diseñado para ser feliz, sino para luchar por la supervivencia.
Silvia camina por la feria vichando precios.
- ¿cuánto está la acelga? – preguntó a un feriante.
- Paústé doña, veinte pesitos.
Ella. Hace unas riquísimas pascualinas, tiene una receta única, que viene desde su bisabuela, inmigrante española del tiempo de la guerra civil. Laura se revienta todas las mañanas en la bicicleta ergo métrica, le costó un huevo comprarla, además el espejo, parece que se siguiera cagando de risa de ella.
Silvia fue con un médico.
- mire – dijo el doctor – échele unas gotitas al primer vaso de agua del día – le alcanzó un frasco, diminuto, de vidrio marrón.
- ¿Qué es esto doctor?
- Se lama dicloracetato. Estimula el flujo energético en el organismo, a nivel mitocondrial, en las células. Le va a ayudar a prevenir cualquier tipo de cáncer.
Silvia se fue, desconfiada y pensativa.
- que semana difícil que pasé – piensa – discutí con todo el mundo. Pasé frío, calor, sueño, hambre, dolor de cabeza y retorcijones estomacales; pero en definitiva: acá estoy. Tirando pa´no aflojar. A la mañana, con Alberto, le habían dado al bebé que probara yogurt. Puso cara fea, como con todo lo que había probado, en esos días que empezó a comer. Aunque, después de unos segundos con el alimento en la boca se prendía con toda la fuerza.
- Es increíble, como desde tan pequeños – le dice Silvia a su marido – los humanos vamos descubriendo el mundo.
- Así – dijo Alberto – cada sonido lo pone alerta, los colores, los sabores. No te olvides que los meses anteriores los pasó sólo a leche. Ahora empieza a estirar las manitos para agarrar lo que los adultos estamos comiendo. Todo lo desea.
Carlitos de bebé era bastante enfermizo. Una vuelta, estuvieron con él en el sanatorio, esperando que los atendieran durante toda la tarde. El bebé lloraba. Anochecía. Se reía, meaba. Llegaban ambulancias con los focos ya encendidos. Cagaba y se vomitaba de hipo. Tomó un par de mamaderas. Cuando al fin lo vieron; lo revisaron tres practicantes y dos doctoras, lo oscultaron, por detrás y delante. Le cincharon de la piel, se puso histérico, el estetoscopio estaba helado. El chiquilín se impresionó cuando se lo apoyaron en la piel. Mientras tanto, se atendía a otros niños. Una doctora tenía una especie de linterna, con la que revisó los oídos de una niña.
- ¿está lavada? – dijo la mamá de la niña, cuando la vio levantar el artefacto de una mesada, sin guantes estériles, después de haberse rascado la nariz, con la consecuente pegadita de mocos gelatinosos entre los dedos, que, luego sostuvieron la linterna. A Carlitos nadie fue capaz de diagnosticarle algo certero. Se contradijeron unos a otros. Pasaron varios días, con el niño pa´rriba y pa´bajo, tratando de saber que tenía. Vomitaba y cagaba. Cagaba y vomitaba. Al final sólo le recetaron un examen de orina para confirmar una supuesta infección urinaria. Alberto. Tiempo antes. Salía a bailar, con una campera guerrillera, lentes negros, y, una botella de whisky por dentro.
- ¡que sol hace! – le decían las chicas en el baile. Se divertía tanto con las luces psicodélicas, la música a todo trapo, las bailarinas en la tarima, las mozas en la barra, los sillones para descansar el pedo, las peleas con los novios celosos. Antes de salir se afeitaba. Empezaba por el cuello, no, por la patilla derecha, bajaba hasta la mandíbula, y, allí recién, después de haber hecho todo arrastrando la gillette de arriba a bajo cambiaba el sentido de la afeitada; de abajo arriba en el cuello, hasta llegar a la mandíbula izquierda cuando invertía de nuevo el movimiento, arrancaba contra la patilla, contra la oreja, mejilla, se rasuraba el mentón, alrededor del labio de abajo, y, siempre tenía la tentación de dejarse el bigote. El problema era el estilo, le atraía el voluminoso, desequilibrado y provocador de Nietzche, le gustaba el de moliere, le daba gracia el de cantinflas, el de Hitler, perfeccionista y tajante, le despegaba una sonrisa, porque perecía sacado de una película de chaplin. El de Dalí es mágico; pero al fin de cuentas no se decidió.
- ¿si demora en crecer? – pensó – ¿si nunca crece como para definir un buen estilo?
Agarró la gillette y se la pasó por la pelusa de tres días y chau
VI
El sacrificio se hizo. La víctima, un cordero. Fue colocado sobre un Pejí. El sacerdote mayor. Después de un baile con todos los presentes, entonando las canciones rituales. Le acometió la primer herida. El animal se retorció, y, lloró de forma ensordecedora. Sangró. Él, bebió con avidez. Todos se arrojaron, endemoniados, sobre el animal. Cada uno cortaba, con un pequeño cuchillo de plata, un pedazo de carne aun viva. Devoraron todo en el acto. Durante el transcurso de la noche, desapareciendo el animal completo. No dejaban ni los huesos.
En este ritual el Exú, entra en el cuarto camino de la creación: el camino de la abundancia.
- Continuamente, tengo ganas de vivir nuevas experiencias – pensó Exú, en el cuerpo de Roberto; sosteniendo una copa ancha, con una cerveza espumosa, de color exaltado por el cristal. La probó, tenía mucha espuma, y, estaba amarga. Volcó un poco pa´l Pae. Cortó la espuma con una daga. La bebió de un tirón. Perdió la conciencia, alcoholizado, y, envenenado con cianuro; presente en las almendras, que comidas en exceso pueden ser mortales. En la fiesta, abundó este fruto. La multitud continuaba comiendo enfurecida, él los observaba, con otros más, cerca de la mesa, como cuidando las copas.
La botella la destapó un asistente, rato antes, en la cocina, con los dientes. La chapita, le rompió un poco el esmalte, y, la superficie de una de las muelas anteriores, o, premolares, como se llamen. Le dio dentera. Volcó el primer trago pa´l pae. Tomó. La efervescencia le hizo cosquillas en la garganta.
- ¡Aaahhh! – y se limpió la boca con la manga, dejándola llena de espuma. Dejó la botella en la bandeja, se puso a mirar a una piba; seguro que tenía guíta, le salía por los poros. Estaba divina, un cuerpo y una cara tremendamente saludables. Simpática, morochita, labios carnosos, serquillito. Muy juvenil la vestimenta. Bien blanquita de piel. Buena charla.
- Como me gustaría – piensa el asistente del sacerdote – enamorar, una vez en la vida; un polvito de estos. Que bien caliente conmigo. Me lleve pa´l este, a vivir con ella. ¡que me lleva pa´rriba! Mi vida siempre va a ser así – caminó con la bandeja, seis copas, dos botellas en equilibrio – eso, porque no me gusta seducir. Siempre espero que caigan solas, pero, a los pelotudos: nunca nos cae ni la mierda de las palomas.
Momentos antes del desenfreno absoluto; el animal es llorado solemnemente por todos.
Silvia antes de la enfermedad de Carlitos, del estrés, del dolor y la desesperanza, se comía las salsas más fuertes, con cebolla, morrón, picante y demás. Para suavizar. Tomaba un helado de vainilla, con pasas y ron. Delicioso. De noche dormía poco, se ponía a ver películas, para matar el insomnio, a veces, miraba las que ya había visto, y, sabía que eran estúpidas. Se dedicaba a repasarlas porque así le venía el sueño más pesado.
Afura en la ciudad. Unos pasan y tiran cosas en las volquetas, otros, atrás las van juntando. Hace unos años no existía esto, o, por lo menos no era tan notorio, la ciudad se empobrece día a día, la gente pierde el olfato animal, el instinto, cada vez se conforman con menos.
Sentada en su sillón, comía papas y huevos fritos. Maní salado, chorizos con mostaza, pollo con piel y cuanta comida chatarra se le cruzase. Después que el médico le dijo: “al cabo del día, una persona sana, produce tres litros de jugos gástricos. Su situación es alarmante, señora. Usted está generando casi seis. Cuide la dieta y el descanso”. Se decidió a cuidarse aunque lo hacía con intermitencias.
- su ritmo cardíaco está totalmente alterado – dijo el médico – por favor, trate de regular los tiempos de vigilia y sueño.
- Eso hago doctor – contestó Silvia – pero me es imposible. Tengo demasiadas exigencias, en el trabajo, en mi ritmo de vida todo es muy rápido. Como lo que venga, que sea fácil, instantáneo.
- Hay que tener mucho cuidado de ahora en adelante. La mala alimentación aumenta la secreción de ácido clorhídrico, causando acidez, la digestión es más lenta, todo asciende al estómago; después vienen nauseas, ardor y ganas de vomitar.
- Yo, para matar la ansiedad, muchas veces, tomo pastillas, como chicles y caramelos. ¿Qué le parece, es buena técnica?
- Diría que estamos acrecentando el problema. Le recomendaría que cambiara los caramelos por pasas, usted está dificultando la metabolización de azucares simples, por abuso de los mismos. Las pasas, frutas secas, germen de trigo, y, cualquier cereal le aportarán vitamina B6, favorecerá enormemente su sistema nervioso. Coma fresco, natural y duerma mucho, durante la noche y a media tarde.
Silvia, siempre fue una persona vulnerable a la influencia propagandística. Vio en un cartel: “Alimentos Funcionales” (contienen “fotoquímicos”, que le brindan protección contra todo). Llamó al número que citaba el cartel, a la tarde se los enviaron. Tres tarros: en el primero. Uva deshidratada en polvo. Leyó. Disminuye el colesterol, protege de las enfermedades cardiovasculares y es antioxidante. Se mandó tres cucharadas. En el segundo leyó. Soja deshidratada en polvo. Para la menopausia, previene osteoporosis. Disminuye el riesgo de cáncer.
- este es más bien pa´viejas – pensó, se tomó una sola cucharada.
En el tercero leyó. Brócoli deshidratado en polvo contra el cáncer.
- me cagaron – piensa – son tremendos, me hicieron comprar la promoción de los tres tarros, y, hay uno solo que vale la pena, los otros no sirven pa´nada.
Se mandó una cucharada de todas maneras. Lo más lindo es que siguió con los hábitos de siempre, y el ejercicio brilló por la ausencia.
Fue al supermercado. A ver si conseguía algunos productos naturales. Apenas entró, le regalaron, unas promotoras que estaban al acecho; chocolate con cereales, de esos chiquitos, de treinta gramos que no valen más de diez pesos, dependiendo de la marca. Puro colorante y saborizantes. Con una uña, se sacó los restos de maní, pegados a las muelas, la lengua era un poco torpe para realizar esa tarea, mientras pensaba: – que me importa la Teobromina, esto está riquísimo. De noche me tomo algún yuyito pa´dormir y listo.
El médico, entre otras cosas, le había hablado de esa toxina, presente en el chocolate, como también de la Cafeína, la Teofilina y el alcohol; pero bueno… ¿Qué se le va hacer?

VII

Silvia Ramírez, fue en auto, muy despacio, hasta la costa oceánica, a unos trescientos kilómetros de su casa. Debía realizarse una profunda purificación; que, incluía entre ayuno, depilación total del cuerpo y la cabeza, un baño de mar. Pudo haberse ahorrado el viaje y tomar un baño de inmersión con un puñado de sal; pero ella prefirió la inmensidad, la expansión, la profundidad llena de vida del océano. Llevaba una mochila de campamento, con todo lo necesario para su ritual y su despacho. Bajó del auto, fue andando por la arena, con profundos calambres en las piernas. Se arrodilló, las pantorrillas le tiraban tanto, el dolor de cabeza era tan intenso, que quedó desmayada. La energía universal, comenzó a difundirse por su cuerpo, el vientre se le hinchó, las encías le sangraron, las fuerzas vitales y primitivas del mundo, el Exú, reconoció en ella a un médium, un intermediario entre el mundo de los espíritus y el de los hombres.
Cerca de un árbol frondoso.
– Pompa Yira – dijo llorando y escribiendo en un papel – quiero pedirte la salvación de mi hijo. Está muy enfermo. – Con un puñal, se cortó la yema del índice izquierdo. mojándolo en miel, escribió sobre una vasija de madera el nombre de la entidad. Puso la vasija en un canasto de mimbre; sobre ésta un papel con el pedido.
– Aquí tienes – susurró – una humilde ofrenda.
Sacó de la mochila una bandejita de plástico, cubierta con nylon, con un pejerrey bien asado y condimentado, el acompañamiento, alcaparras, almendras, aceitunas y algunas rodajas de limón. Rodeó con pimpollos frescos el plato. Prendió siete velas rosadas. Sirvió una copa de coñac, el resto lo volcó sobre el pescado. Se quitó el delicado reloj que llevaba en su muñeca y lo dejó a un lado de las velas; envuelto en una fina seda del color de estas. Algunas entidades se acercaron a curiosear, y, la vieron a Silvia en el último instante de su despacho.
- Si me cumples con este deseo – sollozó con las palmas juntas y elevadas adelante – te construiré un templo en este mismo mar en el que te invoco.
Recién ahí, entró desnuda en el agua. Los Orixas, se apoderaron de la ofrenda, en una fuerte estampida de viento. A las carcajadas. Tan macabros y excitados que se metían las velas prendidas por los culos; pero Silvia no podía verlos, pues los espíritus desencarnados son invisibles, y a ella la desvanecieron enseguida para que no le rompiera los huevos. La acostaron en la arena, cosa que no se fuese a ahogar, y se dedicaron a disfrutar de su orgía con total desenfreno. Algunos días después. Silvia Ramírez, volvió a la ciudad. Ansiosa, comiéndose las uñas hasta la cutícula. En una tienda de herboristería se compró una pastilla de alcanfor, y, como hacían las viejas de antes, la guardó en una pequeña bolsita, que colgó al cuello de su hijo enfermo; cuando él se quejaba de que el amuleto le traía picazón, ella le aseguraba que sólo así mantendría a los malos espíritus alejados de su debilitado cuerpo.
- Dormite, Carlitos – le dijo acariciando su frente transpirada por la fiebre – el descanso es la mejor medicina.
A mitad de la noche, el niño, comenzó a inquietarse. Se sacudía dormido, de un extremo a otro de la cama, los párpados se le movían muy rápido.
Soñaba con dos jovencitas, los cabellos trenzados, los ojos profundos, muy delineados con negro, el cutis perfecto, los labios delicados, colorados por sí mismos, a la manera de los que han besado durante un largo rato, las clavículas, los hombros, las manos todo lo enseñaban ambas chicas, con vibrante armonía.
Sólo llevaban puesta una camisola negra, que les llegaba hasta la mitad del muslo. A Carlitos, que en el sueño no estaba enfermo se le paró el pito, mirando las hermosas piernas de las muchachas, sintió el aroma de flores de sus respiraciones. Cuando ellas se movían un poco, mientras jugueteaban, las camisolas se levantaban y él podía ver que no llevaban ropa interior; pero en su inconsciente, todavía no estaba registrada la imagen de la vagína, así que éste le jugó una broma, aprovechándose que nunca había visto tal órgano, se lo inventó; con varias filas de dientes, como los tiburones.
- ¡Carlitos¡ Carlitos!, despertate – le sacudió su madre – estabas teniendo una pesadilla. ¿queres que traiga un poco de agua?
- Si mamá – le rechinaron los huesos cuando se incorporó un poco en la cama – tengo la garganta reseca – miró a la mesita de luz, donde tenía unas revistas de chismes, y pensó que era casi seguro que el sueño tenía relación con las fotos de mujeres hermosas que había visto allí.
Silvia se acostó en un catre cerca de la cama de Carlitos, para vigilarlo más de cerca, por si acaso. Al día siguiente, Silvia se fue a trabajar, más preocupada que antes.
- Mire Ramírez que no le tolero una sola llegada tarde más – dijo severo su patrón.
- Mi hijo pasó una de sus peores noches – agachando la cabeza, contestó Silvia – no pude dormir, le aseguro que en cuanto se recupere, adelanto todo el trabajo que tenemos atrasados.
- Sepa que hay mucha gente sin trabajo – regañó el patrón – todos tenemos problemas, y, si usted no me cumple con el horario y las tareas, no voy a tener más remedio que despedirla.
A la tarde. Cuando salió del trabajo, el estrés le estaba agujereando el estómago, no era de fumar, pero se compró un cigarro suelto y lo pitó histérica entre arcadas y mareos. Esperó a que se le fuera el mareo. Se tomó un ómnibus, el auto lo había dejado en la casa, estos días andaba muy nerviosa para manejar.
- el médico me dijo: “al cabo del día, una persona sana, produce tres litros de jugos gástricos. Su situación es alarmante, señora. Usted está generando casi seis. Cuide la dieta y el descanso. Venga a verme dentro de veinte días”. Me dio una lista de las cosas que no podía comer. Me recetaba dormir de ocho a diez horas, varias de las cuales debían de ser a media tarde; pero yo, no tenía tiempo de dormir tanto. Entre el trabajo y el niño enfermo, que iba a poder.
Ya en su casa, se preparó unos huevos fritos, pensó que estaban al principio de la lista de los alimentos prohibidos, pero igual. Se sirvió un vaso bien frío de coca y se fue a comer a la mesa, con su horóscopo del mes, bajo el brazo. “la impaciencia le jugará una mala pasada a los carneros, leyó, pudiendo afectar durante todo el año su sistema nervioso y digestivo. Sufrirá retención de líquidos, tendrá que cuidarse en las comidas. Beber mucha agua. Nada de gaseosas ni dulces. Desintoxíquese”. Cerró la revista, asustada. Empujó los huevos fritos y la coca a la mierda. Enchastró toda la mesa. Fue hasta la heladera, Sacó unos tomates, una lechuga, un par de zanahorias. Las picó y mezcló en un plato. De la canilla del fregadero se sirvió un vaso de agua. Comió impaciente por ver a Carlitos, no quiso verlo antes porque después no le pasaba el garguero.

VIII
Cortaba unas cuantas, del cañaveral, las hacía caseras, no las dejaba secar. La ansiedad lo consumía. En su caja de materiales de pesca, colocaba la tansa, las bollas, tenía de distintos tamaños y colores. Cuando el padre se distraía pescando, él, se divertía revisándola, jugaba con las piezas.
- Dejá los anzuelos Alberto – le rezongaba su padre – te vas a lastimar.
- No me hago nada papá – respondió el chico, chupándose a las apuradas, la gotita de sangre en el dedo pinchado.
Un rato antes de salir, escarbando en la tierra, seleccionaban las mejores lombrices. De carnada. Las metían en una botella de plástico cortada, con un poco de tierra; “para que se pensaran que todavía estaban en el jardín”. Le decía el padre. Una vez, Alberto sintió curiosidad, quiso probar que gusto tenían las lombrices, a los pescados le fascinaban. Comió una. Un asco. En la boca le quedó el sabor a tierra digerida cubierta de piel; o sea, una especie de embutido, fino y diminuto, de mierda.
Iban de pesca, todos los domingos, desde la mañana temprano. Con viandas de comida, botellas de jugo, café, agua, y, algunas otras cosas.
Sin importar si hacía frío o calor, de tarde, al llegar de la pesca, Alberto se tomaba una leche con cocoa, bien helada. Ponía cocoa y azúcar secas en un vaso, después agregaba la leche, y la cocoa subía, flotaba como un iceberg. Se la tomaba; rápido, hacía ruido cuando la tomaba. Le quedaba sobre el labio de arriba un fino bigote marrón y húmedo. Al terminar, con la cuchara, batía el azúcar con la cocoa y se la comía a cucharadas. Éste simpático hábito, lo cambió al entrar al Liceo, por otro que lo alejaría para siempre de la inocencia infantil. Iba a clases de mañana, no entraba. Se quedaba tomando vino. Por lo general rosado dulce.
Se gastaba lo que tenía para el boleto. Se compraba el vino en un almacén muy chico, que había frente al bar. De los semáforos.
- Allí me quiero tomar alguna copita – le decía Mario, con quien compartió ese año, y, no supo más de él.
Terminaban en el parque, tirados, con su botella de vino lija. Hasta la hora de la salida, a sus casas volvían tarde.
Ese verano. Con Mario, y otros amigos, fueron al muelle del río Santa Lucia. Llevaban guitarras, vino, y su picardía de adolescentes.
Iluminados por una pequeña fogata; cuando los cantos y guitarreadas estaban en su punto más alto, nadie notó, que Alberto, se escapó de la ronda. Fue hasta la punta del muelle, de madera antigua y destartalada. Se tiró al agua.
- ¿Qué haces pelotudo? – le gritó uno de sus amigos.
Sin darle pelota se fue nadando.
El lecho del río era un asco, de un barro pegajoso, tipo arena movediza. Se pegó terrible julepe, cuando le quedó un zapato enterrado. Pudo safar. Pocos metros más adelante, se tentó con un bote encallado entre los humedales. Se subió, sus compañeros habían dejado de prestarle atención, y retomaban los cantos.
La ropa pesada chorreando como una canilla, estirada, en el suelo del bote. Remó. Llegó a otro bote, lo desató, al rato les apareció a los amigos. Con dos embarcaciones. Los invitó a pasear por los humedales. Ninguno, aunque estaban asombrados y cagados hasta los pelos, dijo que no. Era una noche serena, de Luna llena, en la que prefectura no andaba vigilando. Si bien mantenía contacto con la actividad desde niño, despertó su pasión por el mar y la pesca.
- Mátalo – sentía un susurro constante en sus oídos – Mátalo Laura, que tengo hambre. Soy tu hijo amado, no me desampares. Se volvió esclava del espíritu que creó. Él, esclavo de su propia existencia, sin ser un Quiumba, se comportaba mucho más sádico y cruel.
La espiral de la vida, es el Okotó, el caracol, por la expansión y crecimiento del universo infinito. Exú es responsable. Necesitará, para liberarse, recorrer los siete caminos de la creación. Los siete reinos místicos.
El primer camino, el camino de lo material
– piensa Exú – me enseñaron que la vida está hecha de muerte. A la muerte va. Todo un dios. Fui. Que me arrebataron los otros dioses. Mentira que dios es luz, porque yo era dios, pero nunca brillé. Tanto quise jugar a ser humano, que acá estoy: respiro a treinta y seis y medio grados Celsius. Con los huevos colgando entre las patas, y, agarrándome de los pelos, con el resto de la vida, para ver quien come a quien, en este mundo material.
Se me murió el dios que tenía dentro, o, mejor dicho está preso, en esta condición mortal.
Ha llegado una importante industria extranjera al país. Provocó en un momento una veda a todos los pescadores fluviales, del río en que se instalaría la planta.
- mire señor ministro – dijo Alberto, entre furioso y suplicante – nosotros vivimos del pescado, si no nos dejan pescar por la fábrica de mierda esa, nos morimos de hambre.
- Muchachos – contestó, confiada y calmadamente, el ministro – yo les prometo un subsidio de siete u ocho palitos.
- ¡sos un cuento! – gritó uno entre la multitud.
- ¿pa´cuando? ¿pa´cuando lo vas a dar, hermano? – agregó otro.
Pasaron dos meses y nada. Se hicieron manifestaciones públicas en repudio a la situación, y, ayudados por la miseria, se les hizo más fácil la huelga de hambre.
- ¡Vamos a seguir así, hasta las últimas consecuencias! – protestó, levantando el puño. Alberto.
- Más de doscientos pescadores gritaron al unísono: ¡queremos pescar! ¡queremos pescar!
Cuando era chico. A Alberto, le encantaba nadar abajo del agua. Aguantaba la respiración, lo más que podía, sumergido. Muchas veces, sus padres, se preocupaban, al ver que no aparecía en la superficie de la playa. Se armaba un alboroto tremendo. Un bote de prefectura salía en su búsqueda. Todos los bañistas se empezaban a amontonar, sólo por chusmear; hasta que aparecía de repente, detrás de todos, con su mejor sonrisa.
- ¿Qué pasó que están todos acá? – decía con ingenuidad.
Unos años más tarde: – tomé demasiado, pero quiero descansar – pensó Alberto, mientras estaba en su cuarto. Todo le daba vueltas, se movía de un lado al otro de la cama. Tenía la constante y molesta sensación, de que en cualquier momento iba a vomitar.
- ¿si salgo y camino un poco? – Pensó – pero hoy. Cuando estaba caminando, me caí un par de veces, me embarré todo en la zanja. Casi me quedo durmiendo ahí, si no hubiese sido por Mario, que no me dejó tirado, estando un poco mejor que yo.

IX
Silvia se casó con Alberto por puro interés. Siempre cuenta a sus amigas, que el sueño de tantas, de conseguir un tipo con plata, aunque sea un pescado, ella lo cumplió.
- hay que tener el valor de fumarse a un tipo que no te gusta – les decía orgullosa – que se te suba encima te manosee y te lametee toda, durante más de veinte años. Como él siempre estuvo poco en casa, yo aprovechaba y salía con los hombres que me gustaban, tenía mis buenas pilchas, mi autito, una casa increíble y una chequera; no saben que rico es el olor de ese papel – bromeó.
Alberto era un pescador artesanal, en una pequeña playa al oeste de la ciudad, vicioso empedernido del juego, hasta que un día la suerte lo acompañó y sacó la grande. Se compró un barco pesquero, a medias con un socio que consiguió por ahí. Cada vez tenían que meterse más mar adentro para obtener buenos resultados. Pasaban dos o tres meses en alta mar, en cuanto llegaban a tierra; salían a bailar, a emborracharse. Se metían a las casas de masajes y armaban cualquier relajo, sanamente, sin perjudicar a nadie. Una noche, cuando la comadrona les presentó a las chicas, todas paradas en fila contra el mostrador semicircular, tapizado de moquet colorada, al igual que el suelo y las paredes. Alberto vio por primera vez a Silvia; de ahí en adelante se convirtió en el cliente más asiduo. Un par de años después tuvieron un hijo, Carlitos.
Laura, amiga de siempre, envidiaba ese coraje, ese estómago, como se dice tan seguido de aquellas personas, que se acuestan con otras que no les gustan. Ha venido haciéndole la guerra fría, o más bien silenciosa y escondida, desde el día que le contó su dedición de casarse con el cliente pescador. Laura era la típica puta barata, que no cobra y se encama con el que venga, que esté fuerte, obvio. Por ese motivo, no le daban los huevos para fumarse un tipo feo, gordo, mal oliente y barbudo, sacrificio que le remuneraba a Silvia miles y miles de pesos anuales; pero a Silvia un día se le terminó la gallina de los huevos de oro. Cuando entró en la religión… se lo tomó todo muy a la ligera. Pretendía pasar de fiesta en fiesta. Prometía a los espíritus cosas que nunca cumplía. Ofreció matar un cordero a Yemanyá, entidad bastante histérica y rencorosa; que cuando comenzó a impacientarse porque su ofrenda no llegaba, buscó a Silvia por cielo y tierra. Hasta que la encontró. La castigaba con pequeños dolores de vientre, que muchas veces la hacían salir corriendo a cagar, estuviese donde estuviese. Los días que la veía muy tranquila le desprendía la menstruación, llegó a soltársela justo cuando tenía una persona metida de cabeza allí abajo. Pero el castigo mas grande que le impartió, fue robarle a su marido. Lo arrancó del barco en una fuerte tormenta, como se lleva a todos los hombres de aquellas que no cumplen lo que le prometen.
A Silvia no le dieron ni una puta pensión por la muerte de su marido, jamás hallaron el cuerpo. Ella quedó con la sospecha de un asesinato, con un hijo a criar y con la duda de volver o no a la prostitución.
Tiempo después, ella se fue a consultar un médico, que le recetó tomar pastillas de Glimepirida, un componente que ejerce una acción sobre el páncreas, que aumenta la secreción de hormona insulina, disminuyendo el nivel de azúcar en sangre. Según éste doctor: “los diabéticos mal controlados tienen lesiones en la retina, enfermedad renal y problemas en los nervios de los miembros inferiores, y, en el aparato genital”. Él pensaba que podía ser el caso de Silvia.
- Un comprimido cada ocho horas – dijo el doctor, mientras firmaba la receta – esto nos permite evitar inyectar la insulina directamente.
Al día siguiente compró las pastillas. A la noche, se entre durmió mirando la tele. Se le apareció en sueños, su esposo, una mujer hermosa y extravagante, salió del mar, lo tomó de donde estaba contemplando las estrellas, en un rincón del barco, y lo llevó a las profundidades. Se entregó voluptuosamente al muchacho, luego ya saciada lo ahogó y entregó el cadáver a los tiburones.
- ¡ahh! – se despertó sobresaltada – que cosas tan horribles sueño. ¿Por qué no lo puedo olvidar de una maldita vez?
Caminó para el cuarto, a acostarse. Tenía taquicardia, se sentía borracha. Un pie tenía que pedir permiso al otro para avanzar un paso. De repente: le pareció que el piso se ablandaba, estaba hirviendo como lava y se hundía hasta las pantorrillas.
- debes prenderme una vela, a la orilla del mar. Cuando esté anocheciendo, en fecha de luna llena – sintió que susurraba una voz extraña en su cabeza – si la vela arde completamente y no se apaga, dejaré de atormentarte. Silvia empezó a temblar de frío, y le pareció que hacía terrible rato que estaba caminando hacía el cuarto. Todo el cuerpo le picaba. Trataba de no rascarse. De repente, la invadió un calor insoportable, los chorros de sudor le salaban los ojos, haciéndole ver nublado. Con el correr de los días, siguió teniendo éste tipo de alucinaciones.
Una tarde, caminando por el parque. Cruzando el puente del estanque, alucinó que el cuerpo de su marido estaba flotando en el agua. Se tiró. Sin pensar, quebrándose algunos huesos contra las rocas. Gente que estaba deambulando por ahí llamaron a la emergencia. Después de hacerle varios estudios, descubrieron que estaba intoxicada con dietilamida del ácido lisérgico, (LSD), al asegurar ella que no consumía drogas, tan sólo el medicamento de la diabetes, los médicos quedaron preocupados.
- ¿De qué manera pudo haber entrado la droga en su organismo? – se decían unos a otros quienes la atendían – probemos con todo: los medicamentos, la comida, el agua, los artículos de higiene – concluyó uno de los doctores.
En un segundo estudio de la diabetes, salió que ella no sufría la afección, debían eliminar el medicamento, antes que el envenenamiento fuera a causar problemas más severos. En seguida se realizó una investigación para saber de donde procedían los alucinógenos encontrados en la sangre de la paciente. El resultado de la misma fue: en una partida del medicamento gimepirida, habían sido entreverados en los mismos soportes, cientos de pastillas de LSD, para traficar de forma clandestina. No se pudo llegar a los culpables, pero el laboratorio fue clausurado, y, las investigaciones continuarán hasta dar con la solución del caso.

X
- ¡Que siga la fiesta! – levantando los brazos y agitándolos, gritó el sacerdote – por Olorum, nuestro dios supremo, por los Orixas y todos nuestros muertos, hasta la danza de Axexé.
La orgía desenfrenada comenzó.
- que hermosa pija que tenés – le dice un puto al otro – dejame que te la chupe.
- Si papo – contesta – vení. Prendete, es toda tuya.
Se desnudaron. Se besaron, sus lenguas se hicieron una. Tenían las vergas como para explotar. Las juntaban mientras estaban abrazados. Con una mano uno de ellos, pajeaba los dos penes a la vez, hasta que acabaron. Mojándose las panzas con la mezcla de sémenes. Suspiraron agitados. Con las bocas juntas, soltándose sólo para lamerse uno al otro, los cuellos sin afeitar.
Dos días transcurrieron, y, siguieron haciéndose chanchadas. Tirados en una cama, levantándose sólo para ir al baño y conseguir algo de comer.
- Me llamo Jorge Luís – había dicho uno de ellos, pocos días antes, cuando se conocieron. Retorciéndosele un poco la comisura derecha de los labios – como Borges. ¿Sacás? ¡ajá, ajá!
El pibe es un despliegue impresionante de tics nerviosos.
- Mirá que bien – le contestó el otro puto – ¿sos de religión? – le preguntó al ver el collar de cuentas celeste y blancas que llevaba al cuello.
- Sí, y tiro las cartas.
- ¿te va bien en eso?
- Me cuesta conseguir trabajo por mi enfermedad – le tiemblan las manos, le pestañean los ojos continuamente y se le sacude el cuello sólo – ¿te puedo confesar algo?
- Sí. Dale – se intriga el otro – te escucho.
- Soy gay.
- Está bien – se relame por dentro con la noticia.
- ¿Sos pasivo o activo? – le dice – ¿te gusta dar o recibir?
- Me gusta recibir.
- ¿y qué te dio por confesármelo?
- Te tuve confianza. Me gustaste.
- ¿desde cuando…? – hace un gesto de sentadilla.
- Desde que era chico.
- Que lindo. Te comés la vara, como yo.
- Sí, y me tomo el semen – gesticula mientras explica – pocas veces, son seres vivos, que cuando los tragás, mueren y se descomponen en tu interior. Pueden provocar estafilococos.
- Quiero cambiarme el nombre – dijo el otro brisco – no puede ser que te diga me llamo Flavio, y, en la cédula dice Roberto.
Esto fue mientras una manifestación, en la que quedaron hasta el anochecer, frente a las puertas del registro civil, con pancartas, bombos, platillos; y una legión completa de travestis, transexuales, lesbianas, y putos de toda clase.
- Vamos a estudiar el proyecto – contestó un político
- Me siento mujer, quiero cambiarme, hoy en día todos los viejos verdes, podridos en plata como vos. Se hacen los jiles, ante manifestaciones como la nuestra, pero de noche se tragan cada poronga, o le rompen el culo a los putos más caros.
- No me faltes el respeto – acometió el político.
- Pero es cierto – siguió el líder travesti; con lo que ustedes pagan por un polvo de mierda, en un año me hago las tetas, el culo y me cambio de sexo.

Exú. Debía continuar, ahora, por el camino de la fecundidad. Tercer camino de la creación.
- En todas mis encarnaciones – piensa – siempre encuentro plata.
Ahora quiero encontrar, siempre tuve culo. Monedas billetes, pero ahora nada. ¿Será que con este cuerpo voy mirando más hacia delante? Siento que ando con la pera un poco más levantada. Quizá soy un nabo; que se piensa que es el único que encuentra plata tirada, cuando todo el mundo lo hace. Creo que este tema es como el de la masturbación. Nadie anda preguntando: ¿vos te pajeas? Con la guita es igual: a un tipo se le cae un billete de alto valor, a los pocos minutos, paso por donde está tirado el dinero. Cuando lo voy a juntar, hay otro, pasando por allí al mismo tiempo que yo. Lo mejor, va a ser que diga que yo iba caminando en sentido contrario, que el billete es mío, y, sí lo levanta, que por favor me lo devuelva. O acaso, podría pegarle un empujón; más efectivo, supongo. Y. si demora en reaccionar al tomar la plata, podría salir corriendo. ¿Qué se yo que puedo hacer? Sólo quiero volver a encontrar plata, porque sería plata gratuita, ganada sin esfuerzo, sin creatividad ni todas esas pavadas. Sería para gastar en delirios, vicios y placeres; pero creo que al final, tan de arriba tampoco sería, porque ya implicaría, la caminata. El posible resfriado, si es una noche de heladas. O, una insolación, si es un medio día sofocante. Implicaría que camine frente a donde se juntas los borrachos, que siempre tienen la plata arrollada, como pañuelos moqueados, en el bolsillo, para gastar en la siguiente botella, sin tener que complicarse, buscando en una billetera con su vista doble; con la que si me veían a mi. Para reventarme, porque no les gustó mi cara.
Los animales tienen técnicas de fertilidad tan efectivas. La tienen re clara en ese sentido, es más, todos los sistemas de danza humana, son nacidos de los cortejos animales. Por eso siempre fue un perdedor el tipo en el que encarnó. Nunca aprendió a bailar, con lo importante que es. Embobecido en éstas reflexiones, caminaba queriendo tomar un ómnibus. La gente a la que preguntaba, no se ponía de acuerdo. Unos, lo mandaban pa´un lado, otros pa´l otro. Corrió hacia una esquina. Era en la otra, fue hasta allí, pero se había pasado unas cuadras. Paró un ómnibus al fin, venía lleno y no lo subieron; en el siguiente si. Se fue hasta el fondo, con la camisa empapada en sudor, pegada al cuerpo, el gorro chorreando, por el borde que lo apretaba al cráneo, abrió un poco la ventanilla, miró la hora.
- Que agitado quedé – piensa – todos los santísimos días me digo lo mismo: tengo que empezar a hacer un poco de ejercicio; pero, me pesan tanto las pelotas. De mañana no me quiero levantar, me arrollo en las sábanas, me acurruco y sigo de largo, hasta pasadas las once. De repente. Se libra un asiento, de esos que están al revés, de frente al resto de los pasajeros. Viajaban mujeres, más que nada. Tuvo eventuales cruces de miradas con muchas jovencitas. Se le caía la baba, se las imaginaba rabiosamente sexuales, desenfrenadas, putas tapadas, como se dice. Tuvo un clic en su mente. Descubrió que a medida que envejece, ellas también lo hacen, pero a él siguen gustándole las pendejas. Un par de veteranas lo miran.
- Tengo que ir acostumbrándome – piensa – a desearlas un poco más maduras. Cientos de veces me he dicho: “no se la come ni el ácido”, ahora me doy cuenta. Tener más edad, es tener una franja mayor de posibilidades – mira afuera, hubo una huelga de basureros. Las volquetas están desbordantes, las calles son una mugre. La gente está histérica, y, los pichis y recolectores: de fiesta.

XI
Quinto camino de la creación. El camino del placer.
El Babalawo, comienza a excitarse con su consultante, Laura. Trata de no ser obvio, pero marca toda la bobera igual.
- me encanta esa mina – piensa, mientras prepara el oráculo – me encanta, me encanta, me encanta. Me imagino abriéndole las patitas. ¡Qué vagina preciosa debe tener! Hace días que mi pasión está detenida. Acabo de tener la primera pulsación sexual en el miembro, sentí como crecía, mientras mi mente, quería seguir haciéndome más monje.

De chico, le encantaban las mujeres. Tendría ocho años, fue al cumpleaños de una chiquilina preciosa, rubia, con el pelo hasta la cintura. Era de una familia con plata. Mientras todos los gurises estaban enloquecidos porque se rompiera la piñata gigante, él, quería que pusieran lentas en la radio, para bailar con la cumpleañera, y poder sentirla bien pegada a él; sí se pudiera, quería bailar con la madre que estaba mucho mejor.

El Quiumba, está a sus anchas encarnado en Álvaro.
- Después se quejan si las violan – piensa, mirando afuera, mujeres, adolescentes y niñas que pasan frente a la puerta de vidrio – sí andan regaladas las pendejas. Una mujer es mucho más recatada. Las gurisas de diez a trece años, se maquillan más, usan sostenes más armados, polleritas más cortas y paran más el culo cuando caminan. Después se quejan – ya se le estaba lubricando la bergamota, dura en el calzoncillo.
- Me fascinan esas polleritas de colegiala – piensa – mi mujer ya me agarró, el otro día, que junandome una. “es una criatura de dios”, me dijo.
- Tenés razón – pensé – qué criatura, qué belleza. Por dios – se limpió la baba en la boca.

Álvaro cuando niño, tenía un perrito. Debía darle, como a los bebés, una mamadera. Cada cierta cantidad de horas. Una tarde estaba solo, no le preparó la mema. Le metió su pistola en la boca al cachorro, y, el animalito se entusiasmó. Chupaba y chupaba, yo diría que mejor que cualquier puta; sin el estorbo de los dientes. A partir de ese día, aprovechó, cuando se quedaba solo, se hacía chupar la pija por el pichicho.

- Si me preguntan porque violo – piensa, acomodado en su silla de la portería – lo hago por odio, odio de que se hagan tanto las finas, cuando andan por ahí, chupándose cualquier miembro. Tan delicaditas, bien vestidas. Me desprecian por mi aspecto, por la pobreza material; pero jamás me dan la oportunidad de mostrarles quien soy. Por eso les entro a la fuerza.
Su trabajo, le facilitaba las esperas. Eso hizo. La esperó. Un día después de haber estudiado hasta el hartazgo sus hábitos, la secuestró. La encerró en un sótano. Amordazada los primeros días, le puso música a todo volumen, para que no fuese escuchada desde el exterior. Aisló también las paredes, como hacen los estudios de grabación. La violaba, cuando y como quería. Terminó profundamente enamorado de su juguete, aquella pobre mujer. A la que alimentó, vistió e higienizó con toda ternura, sin consultarla jamás. Ella, no sufrió durante todo el tiempo de cautiverio. Muchas veces disfrutó, ya acostumbrada a la vida que le tocaba vivir; hasta también lo amó, por momentos. Tuvo algunos hijos, que él se encargó de que no fuesen descubiertos, ni por su esposa, ni por nadie. Su cuerpo, tuyido, agarrotado por los años de quietud, ya no servía para nada más que ser violado. El muy depravado le compraba ropa. Vestidos, zapatos, lencería. Le llevaba postres y helados. Lentes negros, sets de maquillaje, etc, etc.
Le dijo una vez como para justificarse:
- mi amor, estás acá, porque es la única forma en que yo pueda cumplir mis sueños, además, ¿a qué mujer no le exita que le hagan cualquier cosa? Viste esas historias de películas, en que un tipo común como yo, se encama con la más linda, esas cosas nunca me pasan a mí. Si no cojo con mi mujer, soy un loro con los ojos vendados.
Después que la tenía desnuda piensa:
- solo hablándole puedo hacer que se moje. Ya siento como se estremece en cosquilleos, me froto la punta de la lengua contra el labio de arriba, imaginando su clítoris. Ella. Emite unos mínimos suspiros.
Lo que no se dio cuenta Álvaro, es que ella suspiraba conmocionada de terror.
En otra oportunidad, estaba babeándole el ano con un dedo.
- hoy te chupo el culo – le dice – ¿queres? Yo sabía que me ibas a decir que sí.

La acarició, bajando con ambas manos por la espalda. Le terminó de sacar la tanga con un dedo. Le pasó despacio la lengua por la raya, hasta encontrarse con el hoyo. No la cojió. Bajó un poco más hasta sobarle bien sobadita la concha. Subiendo y bajando, mientras ella se quejaba y le empapaba lacara de blanco. Cuando salió, se limpió la leche de la comisura con los dedos.
Al día siguiente.
- pasé una noche – piensa, al despertar, recostado en las nalgas desnudas de ella, que todavía continuaba durmiendo – de las buenas. Ahora me arrepiento de cuando le chupé ese culito, no le pasé más lubricante vaginal, para sacarle ese gustito a mal lavado que tenía. Tengo la verga destrozada, con lo lindo que es cojerla por el culo. Seguro que se me va a infectar, y me van a salir ampollas como la otra vez. No podía ni caminar. Yo nunca la lastimo, se que llora y patalea de vez en cuando, pero eso no me afecta. No soy un tipo violento, además, la amo con locura. No podría soportar dañarla. Para esta noche. Voy a probar chuparle la concha con dulce de leche, quizá, también, ¿por qué no? Con mermelada, manteca, paté, o butifarra. Algún día de estos veremos.
La cuido mucho. La visto. La peino. Hace tiempo que quiero conseguirle una boina, al estilo francés. Pero ahora me rompe los huevos, que en el ministerio, uniformaron a la policía, con ese tipo de gorra, capaz que le consigo una boina de vasco. La otra vuelta, le compré unos lentes negros, espejados. Le quedaron preciosos. No se los pongo mucho, me gusta mirarla a los ojos cuando le doy. Le convidé con caipiriña, y, a la noche estaba excitadísima. Fue una de las mejores, aunque después la borrachera, pienso yo, la hizo llorar hasta la madrugada.
A veces pienso: ¿qué? ¿Está tan mal lo que hago? ¿Ser humano, es, es sólo, para ser convencional?

XII
Al fin: séptimo y último camino. El camino de lo espiritual.
- después de todo – se dice el Exú – ser un Orixá es un juego espléndido; en el que uno es un niño eterno. Placer. La infancia que llevamos dentro liberada. Así se puede jugar como a uno le plazca con las personas. Vestirlas y desnudarlas. Mutilarlas. Reanimarlos cuando se estén muriendo.
Hacerlos vivir el tedio de lo cotidiano, o la excitación de lo más exótico. Eterno juego infantil, la creación – va por la calle cargándoselas a todas – ¡por dios! – Dice a una – que divina que estas – cerca de otra – preciosa – susurra. Se dice a sí mismo.
- de mil no: siempre hay un si, latente. Esperando que lo encontremos.
- Venga acá, Exú – le dicen desde el astral – deje de comportarse como un animal. Quizá un león, tiene la mirada fuerte y penetrante, como ningún ser humano puede tener; pero cualquier persona, hasta la que mira cabizbajo como un perrito mojado, es capaz de romper con el estereotipo de la especie, y, crear como lo hacemos nosotros: sus dioses.
- No me joda – contestó – ya llegué a mi último camino. Déjeme recorrerlo a mi manera.
- Haz como quieras. Ya estás advertido.
- Si las propias entidades reprimen y discriminan. ¿Cómo pretendemos después que, entre los hombres halla tolerancia? Todas las religiones se sacan los ojos por ser los dueños de la verdad única, no respetan su diversidad, la riqueza más exquisita del mundo.

Unidos como por una baba, seca, achiclada. Redonditos, juntos como un racimo de uvas chiquititas. Los huevos del sapo, se amontonan en las cunetas llenas de agua. De donde después, nacen los renacuajos. Los niños los juntan. Usando tarros, bolsas de nylon, y, con las propias manos. Después los acomodan en un bollón, con agua limpia, unas piedras y musgo en el fondo, para que se alimenten. Los renacuajos crecen. Pierden la cola. Le nacen patas, y verrugas. Si uno le corta al sapo una verruga, le sale por la herida un líquido blanco, repugnante, que se disipa chorreándose entre las demás verrugas más pequeñas de su piel verde. Si el sapo te mea. Te salen verrugas. Si te las arrancas, se multiplican. Pegarle con un palo en el lomo, es la peor cagada que te puedas mandar; ellos paran el culo, y, te lanzan un chorro de su orín verrugeante.
Los chiquilines por lo general, miran en el fondo del frasco, buscan las colitas, que, supuestamente tendrían que haber perdido los renacuajos. Sólo encuentran cagadas, una borra que se disuelve y expande cuando mueven el tarro.

Silvia y Alberto. Cada semana, para ellos dos y Carlitos, se hacían un surtido como para alimentar a treinta personas. Jamás tomaron agua de la canilla. Antes de comprarse la casa en el barrio residencial, eran la envidia del vecindario entero en el que vivían. Tenían tele plasma, computadora portátil, lava platos, seca ropas, celulares con video llamada, aire acondicionado, dos autos, chequeras y tarjetas de créditos, una moto de agua, dólares, un bote. Acciones en la bolsa, y piscina al fondo con una espectacular barbacoa.

Llueve. Álvaro tiene que irse del trabajo en bicicleta, el sueldo no le da para garpar boletos todo el mes; hace quince días que no para de llover. Va y viene, diez quilómetros, ya no tiene que ponerse. Llegará. Después de cambiarse la ropa mojada, se meterá en la cama, su mujer le llevará un té. Calentito, comerá algo con ella, jugará con el niño y mirará la televisión, hasta que los ojos no le den mas y se duerma.
En el laburo le habían regalado una porción de tarta de pescado. No se atrevió a decir que no le gustaba, para no ofender y decepcionar la generosidad, pero, lo envolvió en papel para llevárselo a su hijo. No tenía que darle, y, sus tripas se quedaron
Chillando, como estaban.

Mario. El púber, miraba las vidrieras, y, deseaba tener un walkman, de esos nuevos, con botones de goma, bien aplastados y una pantallita verde electrónica. Muchos ya lo tenían. A él no se lo podían comprar, entonces, andaba con uno de los viejos. Un armatoste, con los botones más grandes que las maquinas de escribir de principios del siglo pasado; con sonido a lata, desintegraba los tímpanos. Un tiempo después, apareció el discman, llegó a escuchar, por algunos minutos del de un amigo que se lo prestaba. El sonido era envolvente, parecía estar escuchando a los músicos en vivo. Ahora. Está el eme pe tres, el eme pe cuatro, y no sé cuantos chijetes más; pero Mario, no tiene interés en esclavizarse de cualquier cachivache, así que sigue juntando de las volquetas nomás; aunque no todo es de color de rosa. De un tiempo a ésta parte, los pobres pichis han tenido que lidiar contra los carritos de caballo, los famosos hurgadores que le llaman ahora. Mezclan, entreveran la basura, y siempre se terminan llevando la mejor parte. Pero volviendo a cuando era pendejo. Mario, tenía un buzo rojo, que no se lo sacaba ni a palo; de tela polar, quemado en el hombro derecho. Lo había estropeado en un campamento. Con amigos frente a una fogata, de noche. Tomaba de una damajuana de tinto. Cuando todos se fueron a dormir, vencidos por el alcohol, él se quedó. Pensando. Mirando el fuego y con la damajuana por la mitad. Se largó una llovizna suave. Se fue a levantar pa`meterse en su carpa. Se resbaló en el fogón. Se le prendió la ropa y la apagó con un poco de bebida.

En las volquetes, muchas veces se esconde alguno a dormir. Dicen que son calentitas. Pero ha habido varias tragedias, tipos, que por dormir en ellas fueron muertos, o, por objetos contundentes que la gente arroja, sin saber que hay alguien adentro, o porque cuando el camión colector levanta las volquetas, para vaciarlas, el durmiente es triturado por la máquina.

- para alcanzar el éxito espiritual, hay que obligarse a respetar los principios religiosos, pero, no de forma tortuosa, Exú – le dice el comandante Orixá, en el astral – no tiene porque doler y fastidiar, sino que debe ser motivo de alegría, y, con la conciencia de contar con semejante privilegio.
- Pero señor – dice Exú – no me gusta encarnar para superarme, con el sueño de liberarme del ciclo de reencarnaciones, sí todo el tiempo tengo que estar perseguido por lo que puedan pensar, sí hago esto o aquello.
- Sólo camina hijo. Reservándote energía por si acaso. Concéntrate en algo. Vete, respira aire nuevo. Empieza de cero en algún buen médium.
- Pero sí cada vez me imponen más reglas y estatutos. Me siento tan en ruina. Estoy muy desahuciado del mundo de hoy.

XIII
Toda conciencia, toda luz, han surgido de la oscuridad. Los Quiumbas, son espíritus que se han atrasado mucho. Son oscurecidos y mentirosos. Cada alma tiene un vinculo directo con dios, los Quiumbas, no son ajenos a ésta ley. En su deseo irrefrenable de encarnar, de disfrutar los placeres mundanos, muchas veces, cometen crímenes, que pagan encarnando en animales cada vez más inferiores en la escala zoológica. Un alma que en vida humana, se halla comportado como perro, reencarnará en el cuerpo de un canino; el que se arrastraba y se escondía de la gente, será víbora o gusano. El que se decía ser insignificante será protozoario.
Un Quiumba, llega a un templo y se hace pasar por Exú. Allí está Laura preparando su despacho, él la ve. Bonita, tímida y nerviosa. Manipulando las ofrendas con manos temblorosas. Él se acerca al oído y le susurra a ella que no lo puede ver:
- sí traes una foto de tu victima, ve afuera y consíguete un sapo. Pon la foto en su boca y cósesela. Esconde el animal en una caja de madera y lleva todo donde vive tu víctima. Morirá pronto, horrible y violentamente.
A Laura le sangró la nariz. Como no le paraba, levantó la cabeza mirando arriba. Cerró los ojos y se apretó las fosas nasales intentando parar la hemorragia. Se le apareció la figura de un ser hermafrodita. De piel broceada. Brazos musculosos. Pechos femeninos, redondos, delicados, apretados por abajo con un corcet negro. Las manos en la posición vishnú mudra (hindú), el pulgar, el anular y el meñique de ambas manos extendidos, el resto de los dedos cerrados sobre las palmas de las manos. El rostro flaco, con barba chiva, sonrisa demoníaca y ojos un poco tristones, cayendo a los lados de una prominente nariz. Sobre la frente, tenía una estrella de cinco puntas, y un poco más arriba, tres cuernos rojos como fuego.
Antes de caer desmayada por la espantosa visión, Laura sintió un cosquilleo en los genitales que la hizo apretar un poco las piernas; pero el demonio se acercó. Cambió la posición de los dedos erectos. Dobló el anular y el meñique, extendiendo el índice y el mayor. Con una mano le abrió un poco las piernas. Con la otra, le frotó de arriba abajo la vulva humedecida. Cuando despertó del desmayo, ya no le sangraba la nariz. Salió, para preparar el trabajo indicado por la entidad.
- vamos a ver, Silvita. Quien tiene más poder espiritual – se dijo entre dientes. Embarrándose las patas hasta los tobillos, cuando se metió en la cuneta buscando un sapo. No encontró ninguno. Durante varios días siguió intentándolo, en cada cuneta que vio en el barrio, sin éxito alguno. Se fue estresando cada vez más. Comía poco, dormía salteado y fumaba; ella decía: “como un sapo”, aunque nunca hubiese visto uno fumando. El Quiumba, la seguía constantemente, es un espíritu terco y mañoso, que se mete en las drogas, en las bebidas alcohólicas y en los cigarros. Mientras estos productos estén fuera del cuerpo de una persona, no hay problema ninguno. La entidad permanece latente; pero, en cuanto la primera, enciende un cigarrillo, el espíritu se mete en el cuerpo en la primera bocanada de humo, y después se hace muy difícil sacarlo. Es a esto a lo que la gente le llama vicio, a la convivencia en su propio cuerpo, con otra alma, que no es la propia, que tiene gustos e intereses diferentes, y, es capaz de dañar al anfitrión con tal de satisfacer sus propios deseos.
Cada paisaje, emite energías diferentes. Cada roca, movida por la mano del hombre, se activa de maneras inimaginables; Laura, el la búsqueda de su anfibio bufónido, ha descontrolado las fuerzas de la naturaleza que la rodea. Los espíritus no son ajenos a ese desorden, pelean entre ellos sin saber que les pasa.
Laura se sienta a descansar, después de una larga jornada en la búsqueda del verdugo animal. Prende un cigarro. El Quiumba, se zambulle, hecho humo, por la laringe de ella. La acaricia toda por dentro. Se pasea por el esófago, los bronquios, los pulmones, el miocardio, por los riñones, la vejiga, el hígado, se aferra a la sangre y llega al cerebro, relajándola y disminuyéndole la sensación de ansiedad; salvándose él mismo de la batalla campal que hay afuera de ese cuerpo.
Una comparación quizá ridícula: las entidades son como la electricidad, tienen dos polos. Positivo y negativo; a nivel neuronal, en el ser humano, ocurre algo similar. La membrana neural controla el flujo eléctrico. Los iones sodio y potasio, entran y salen por la membrana hasta lograr un equilibrio positivo-negativo. El Quiumba, tardó sólo siete segundos en desmoronar la estabilidad cerebral de Laura. Con la primera pitada. De los sesenta micro voltios que organizaban sus respuestas a los estímulos medio ambientales, pasó a tener trescientos, sus pulsaciones ascendieron a ciento noventa por minuto.
- ¿cómo puedo estar tan acelerada? – Pensó – tengo que tranquilizarme un poco – y encendió otro cigarrillo, apenas tiró el filtro del que estaba fumando – tengo que lastimarla. Que sufra, mucho más, de lo que yo estoy sufriendo por ella – pensó – con el cigarro temblándole entre los dedos. Después. Hizo un par de macumbas más y se fue.

Silvia iba camino a buscar a su hijo Carlitos al colegio.
- ¡Hola bebé! – Lo abrazó Silvia – ¿cómo te fue hoy?
- No se mamá – contestó el chico, un poco puchereando – todo el día me estuvo doliendo la cabeza.
Silvia no prestó mucha atención a éste detalle, Carlitos no dio muestras de molestia en el resto de la jornada, y ella pensó que sería una simple jaqueca. Días después la maestra la mandó a buscar.
- Su hijo ha bajado notablemente su rendimiento – dijo la maestra – se queja todo el tiempo de un dolor distinto.
- Mañana mismo lo llevo al médico – contestó con la voz quebrada – él ya me había dicho que andaba con dolor de cabeza, zumbido en los oídos y cosas así.
- Tráigame una nota del doctor que habilite a Carlitos a entrar a clases – le acarició la cabeza al niño.
- Sí, maestra – con los ojos brillantes, al ras del llanto. Mañana sin falta se la traigo.

De camino a casa, esa tarde, Carlitos, parecía estar mejor que la madre. Fue cagando a hondazos a los sapos que abundaban en las canaletas a los bordes de la calle, por donde iban en el auto. La llovizna era fina, pero empapaba el parabrisas de escobillas gastadas, que quedaba muy opaco.
- ¡le pegué! – gritó – ¡le pegué a un sapo, mamá!
- No te agites mucho Carlitos – lo regañó con dulzura.
El sapo. Quedó chato, contra el asfalto. Segregando un liquido blanco por el lomo lastimado, con un ojo hundido y una pata quebrada.
Cuando llegaron a la casa; lo acostó. El gurí se puso un poco pesado pero igual.
- Ahora mamá te va a preparar una infusión calentita – le dijo apretándole la mano – te aseguro que mañana, cuando te levantes vas a estar muy bien.
Calentó un poco de agua, en una taza, metió algunas hojas secas de valeriana, uña de gato y mburucuyá. Se lo dio a beber al niño, que se calmó, y al poco rato ya estaba durmiendo.
Curiosamente, Laura, caminaba por el mismo lugar en que habían pasado en el auto Silvia y su hijo; pero no vio ningún sapo. Ni siquiera el herido por Carlos. Se fue a su casa. Se aprontó un mate. Se sentó a mirar la tele. Después de un par de horas, cuando el agua del termo estaba enfriándose, cuando había dado vuelta como tres o cuatro veces el mate, y estaba cada vez más lavado, le empezó a cuajar el ojo del sueño y se fue a la cama.

XIV
A la hora del crepúsculo, comenzó la fiesta. Las mujeres llegaban con amplios vestidos de colores brillantes y escotes muy pronunciados. Los hombres y sombrero. Las bebidas más finas, los manjares más exquisitos sobre las mesas. Candelabros con velas de colores iluminaban el amplio salón. Los atabaques, tambores de origen africano, sonaron rítmicamente desde la llegada del primer invitado. Cada uno fue dejando en el Pejí, especie de altar, las ofrendas. El sacerdote principal, traía una gallina por las patas. Silvia con su amiga y vecina Laura, deseaban iniciarse en el africanismo. Ambas, comenzaron a bailar, al son de los cantos rituales de los presentes. Ello, con el fin de llegar al trance. Laura se mareó y calló al piso. Silvia ni se inmutó de lo que sucedía. El sacerdote principal, ató las patas con una cinta violeta al animal, con la misma le apretó las alas al cuerpo, y lo dejó sobre una bandeja de plata. Laura, ya se había recuperado, después de vomitar, (entre los bruscos movimientos y la impresionante ingesta de alcohol, no era raro que se hubiese mareado). El sacerdote rapó la cabeza a Silvia, se acercó a Laura y le hizo lo mismo. Un asistente del sacerdote, trajo la gallina hasta donde estaban. La entregó a aquel, que, de inmediato la degolló sobre la brillante bocha de Silvia. La sangre se escurrió por su cuerpo. Ella se entregó por completo al ritual. Una chica recogía en la bandeja que antes estaba el pollo, la sangre chorreada. Laura miraba todo con repugnancia, embarullada por la bebida y los atabaques.
- Tus canales espirituales están bloqueados – dijo el sacerdote a Laura – te vi. el gesto de asco, no tengas miedo – tomó el cuchillo con el que había degollado al pollo. Limpió la sangre, y le practicó a Laura, que no paraba de temblar, varias incisiones, en distintas partes del cuerpo. Después se dirigió a Silvia, que lo miró asustada.
- A ti, no es necesario realizarte ésta prueba – dijo tranquilizándola – manifiestas una gran preparación espiritual.
Cortó las patas del animal sacrificado, la cabeza y los órganos sexuales. Colocó todo en el altar del Pejí. A Silvia, la mandó a sentarse en el suelo, de piernas cruzadas. Le puso sobre la falda, los restos del sacrificio. Ella respiró profundamente, impregnando sus pulmones con el olor del cadáver. Laura sintió envidia y celos de la fortaleza de su amiga. Una sacerdotisa, traía un gato muy bonito y renegrido en brazos. El sacerdote principal, lo degolló sobre la cabeza de Laura, que serró los ojos y aguantó la respiración, para no sentir la sangre que le chorreaba encima. Se tuvo que sentar en la misma posición que su amiga, recibió en su regazo los despojos del gato, entre arcadas y mareos.
- los Orixas no te reconocen como su legítima hija – dijo el sacerdote a Laura – jamás podrás incorporar un espíritu del astral, se te niega la categoría de Iaó.
Silvia bebió la sangre de su sacrificio saboreándola como a un helado. Laura se acercó a ella y le lanzó la suya en la cara. Se fue con bronca y Silvia intentó seguirla.
- déjala – dijo el sacerdote mayor – no tiene caso, no es una iniciada y tú sí. Eso le revienta.
- ¡Qué siga la fiesta! – gritó el sacerdote, levantando y agitando los brazos – por Olorúm, nuestro dios supremo. Por los Orixas y todos nuestros muertos. Hasta la danza de Axexé.
Así, comenzó el banquete, en el que estaban incluidos los animales sacrificados. Pompa Yira se apoderó del cuerpo de una mujer, que comenzó a incitar a todos los presentes a participar de una fiesta sexual. Se arrancó el vestido. Se puso a bailar desnuda en el centro del salón. Un muchacho que se acercó le acarició las nalgas. Ella le agarró el pistolo por arriba del pantalón, que no le duró mucho tiempo más puesto. Otra joven, se desinhibió y se desnudó también; otra a su lado le besó los pechos, y, un hombre por detrás la penetró. Todo culminó en una orgía general, en donde las prácticas sexuales, fueron una manifestación puramente religiosa.
Al día siguiente, Silvia durmió hasta las cuatro de la tarde. Su hijo, carlitos, estaba en el colegio. Por ese motivo ella se despreocupó. Se dejó llevar por Morfeo al mundo de los sueños. Ibu Yumu, la domadora de serpientes, estaba allí. Aunque enjaulaba a la mayoría, uno de los ofidios, se le escapaba, yendo directo a picar a Silvia, que en ese momento se despertó sobresaltada por la pesadilla.

Laura, furiosa en lo más íntimo de su espíritu, va a consultar a un adivino Babalawo.
- Señor, padre de los secretos – dijo Laura, arrodillada frente al anciano, prolijamente afeitado, perfumado y cubierto con una túnica verde y amarilla – intercede por mí ante el gran Orunmila.
El adivino, sentado en el suelo, se inclinó, con los ojos cerrados y sacudiendo los brazos, varias veces, a donde estaba Laura. Después se calmó y dijo: “se humilde, hija mía. Respeta a los más débiles. No seas chismosa ni reveles secretos religiosos; y, nunca traiciones a un amigo”. Con una rama de naranjo, pasándosela a manera de escoba por toda la silueta, le hizo una limpieza. Invocando a Oxóssi, el Orixá que repele las malas energías y la envidia.
- Te tiraré las nueces – dijo el adivino. Dio un cuchillazo en uno de los frutos – dime hija mía. ¿qué deseas saber? – y partió otra.
- ¿Alguien está haciéndome daño? – preguntó, con la imagen de Silvia en su mente. Esa imagen, que en su interior ella se preguntaba si el adivino era capaz de ver.
El Babalawo juntó las cuatro medias nueces, las arrojó sobre un paño y dijo: han caído dos pedazos con la corteza hacia arriba y dos con la pulpa. Esa postura se llama Eyeife; el si más firme que te pueden dar las nueces.
- Dime padre de los secretos – le imploró Laura – ¿tienes otro oráculo que especifique un poco más?
- Hija mía – agregó – puedo darte la fruta pero no puedo masticarla por ti. Será mejor que vallas a consultar otro esotérico.
Así lo hizo ella. Al otro día, se fue con la mae Graciela de Exú. Una mujer negroide, con rasgos de indigente. Los labios un poco en punta, a lo pajarito. La nariz amplia, desparramada, con los pómulos sosteniendo dos gigantes bolsas de los parpados. En la cabeza un turbante bien ajustado. Vestida con una túnica en putrefacción. Las manos cuarteadas y mugrientas.
Cuando Laura le preguntó por alguna práctica oracular que ella pudiera realizar, le contestó:
- para ti: Acutomancia – de una prolija caja de madera, sacó un paño de terciopelo azul, enrollado. Lo desplegó. De él sacó siete agujas de coser, una de ellas sin cabeza.
- Aquí están. Lo más efectivo para anticiparse al destino.
La mae Graciela, tomó una cartulina. Trazó una línea vertical que dividía la hoja en dos partes iguales. Sobre el sector derecho, escribió agua. Sobre el izquierdo, fuego. Colocó las agujas por un rato en sal, para purificarlas. Rezó.
- Eshudemí modibará cosoayó moyubaím (Exú, desciende en mí. Yo seré uno contigo y te presentaré mis humildes respetos en ésta travesía). – gritaba con los brazos al cielo. Los ojos que se le daban vuelta, quedándole totalmente en blanco. – Oúngua demi sheshe mirére (que tu poder nos tome, y a mi me haga el bien. Ocúpame, para que todos puedan sentir tu voz).
Se sentó frente al tablero acutomántico. Agarró las agujas con la mano derecha. Colocó la mano a pocos centímetros por encima del tablero. Se concentró unos segundos, y dejó caer libremente las agujas de la mano. Retiró la aguja sin cabeza, el resto quedaron todas en agua.
- Ante todo – dijo la mae con cara preocupada – ésta posición indica que, el futuro, no se va a presentar tal como es imaginado. También es probable que se distancie de viejos amigos. Veo muchísimas sorpresas. Acontecimientos inesperados – concluyó.

XV
Mario, en la edad de la pubertad; estuvo viviendo en un segundo piso. De allí, miraba a las mujeres que pasaban por la calle. En verano era un deleite, porque se metía de cabeza dentro de los escotes, prendido de la baranda del balcón. Vio cada tetas más impresionantes. Quedaba alsadazo. Tenía una vecinita, de unos diez y siete años, más o menos.
- Anita – le decía, golpeándole la puerta – ¿puedo entrar?
- Si, dale Mario. Está abierto.
Cuando él entraba se topaba con la chica, en pollerita de Jean, bien corta. Depilándose las piernas con una bic amarilla. Semiacostada en la cama.
- como le brillan las piernas – pensaba – que piel.
- ¿qué? – preguntaba ella sin dejar la tarea.
- Quería – balbuceando – quería venir a charlar contigo.
- No puedo Marito – le dijo con ternura – me estoy aprontando para salir a bailar.

En el complejo habitacional en el que vivían, el baño era compartido. Muchas veces, Anita, apurada. como estaba ese día, se olvidaba los calzones colgados en la canilla de la ducha. Mario iba, y se encontraba con la hermosa sorpresa. Una tanga sucia, que olía y lamía. Algún pendejo, que había quedado en la prenda, pasaba a su lengua. Él lo sacaba. Lo olía. Se lo guardaba en el bolsillo. Atesorándolo. Quedaba amasándose el pedazo, recontra parado y apretado dentro del pantalón. Treinta años después. Ese momento, que parece tan insignificante, cuando la nena se depilaba, sigue presente en su memoria.

Mónica. Está como llorando. Con las piernas tremendamente parecidas a las de Anita. Con el mismo brillo. La misma delicadeza. Se pone y se saca el zapato, para excitar a Mario, que cae como un pelotudo. Se acerca a hablar con ella, poseída por el Exú. Más tarde. Se fueron juntos. Después de comer en abundancia, emborracharse y apretar como dos adolescentes recién avivados.
- ésta es mi casa – dijo ella, señalándola. Se inclinó haciendo reverencia al abrir la puerta – bienvenido.
- Oh, gracias. Que excitante y sensual que es.
- Decilo. Parece un telo.
- Yo no lo dije, lo dijiste vos.

Mario está recaliente y piensa:
- La concha. Que delicia. Hoy. Al fin voy a chupar una. Sólo de imaginarla se me para la pija. Parece que se me van a reventar las glándulas salivales, segregan su líquido por litros. Mis fosas nasales se agrandan. Ya puedo sentir el olor. Sí… abrirla despacio, con los pulgares, y, pasarle la lengua suavemente; llevándose cada acabada, a lo más profundo del alma.
Sí… la concha. Que me importa sí es peluda o la tiene bien depiladita. Sí morena o rosada. Estrecha o amplia. Un conchón, como dicen muchos. Siempre tuve la idea, de que la concha; se asemejaba a los labios de la boca. Del color y espesor de estos últimos, creía que serían los de abajo; pero el tiempo, me enseñó que los labios vaginales son únicos. En definitiva, no hay nada más exquisito que la concha.
Me inquieta la idea de que dios pueda estar escuchando mis pensamientos, seguro que sí es así, me manda ya, al más terrible infierno por mi iniquidad.
Mario y su familia. Antes de que vivieran en aquel segundo piso, vivían en un balneario. Él, concurría asiduamente a la iglesia. Estudió catequesis. La iglesia era sobria por fuera, como la de los jesuitas, y, por dentro era majestuosa, conmovedora. El cura vivía ahí. Mario pensaba que un sacerdote, debía andar todo el día con la sotana puesta. No entendía porque éste, la usaba sólo los domingos, para la misa. Su abuela, era muy creyente. No faltaba un solo domingo. Él la acompañaba, pero con el tiempo, abandonó la misa y el catequismo; no porque no le gustara o lo tuviera cansado, sino, porque no podía hacerse a la idea de los milagros, ni mucho menos de la resurrección.
- y, sí Jesús realmente había resucitado – se preguntaba – ¿por qué mierda se había ido al cielo? ¿Por qué no siguió enseñando? Como hacía antes. ¿Dónde dejaba su cuerpo, cuando se le aparecía a todos aquellos que testifican haberle visto, como espíritu radiante? Esto es la causa de que a Mario le aterroricen sus propios pensamientos; aunque no tendría que preocuparse demasiado por esas cosas. Ya sólo tiene tres dientes, en la encía de abajo. Tan medio apurados por desprenderse. Los de arriba, son como el ajedrez: un blanco, uno negro.

Volviendo al sacerdote. Parece que no era muy devoto que digamos.
- antes de despedirnos – dijo una vez, mientras le dictaba una clase a Mario – haremos una breve oración.
- Está bien – contestó aquel con ingenuidad.
Cerró los ojos. El aspirante lo miraba atentamente. Inclinó la cabeza. Rezó casi en un murmullo; no confió en que su discípulo le estuviera prestando atención, y, entre abrió los ojos para comprobarlo. En ese momento, todo su ritual y parafernalia, perdió total credibilidad. Mario lo miraba con amor y devoción, incorporando cuanto podía de aquel que ahora empezaba a dudar.
- Quiero vivir sin tener que guardar tantas apariencias – pensó el sacerdote, al ver que el niño, se había dado cuenta de la falsedad de sus actos – hace rato que me estoy aguantando los gases. Tengo los intestinos retorcidos. Me cagaría a pedos. Pero no, que va a pensar el pibe… “que ordinario el cura” además, aunque sea uno de esos que no hieden. ¿cómo saberlo?, porque incluso, cuento con el inconveniente del ruido. Sí me llego a largar uno ahora, con todo lo que hace que estoy aguantando, seguro que suena como una ametralladora.

Cuando él mismo, (el sacerdote), era estudiante. Los dos que le predicaban, se le sentaban enfrente. Siempre impecables, y, mientras uno hablaba incansablemente, buscando convencer a su oyente, el otro, poco a poco, empezaba a cabecear y empinar los parpados. Con la boca abierta, y un chorrito de baba brillando en el labio de abajo. Finalmente se dormía. Quizás hechos como este, lo fueron volviendo irreverente.
- Una vez – recuerda – caminando por la playa. Me topé con una pequeña estatua, era la imagen de la muerte, supongo. Sentada en un trono con su capucha y su guadaña. Medía medio metro de ancho por uno de altura. Estaba escondida entre las rocas, o, también pudo ser arrastrada por las olas, valla a saber. El espíritu santo me revolvió el alma. Me llevó a romper la imagen. Desde ese día ando cagado, creyendo que los malos espíritus me persiguen. Y… no debo estar tan errado. Soy un desastre, tengo la mente podrida. Me las quiero coger a todas. Grandes y chicas. Una piba. El otro día subió al altar, comenzó a hablar, segura de sí misma. Después que la entre a devorar con la mirada y se dio cuenta; la voz se le quebró. Su traquea subía y bajaba. Las manos le temblaban. Estaba seguro de que se estaría mojando y dilatando toda. Su discurso, como es natural, se cayó por un barranco. Empezó a repetir las mismas palabras y frases. Ya no fue tan sugestiva. Su mente se quedó rendida entre mis piernas.

XVI

- pensaba que morir, era la desaparición absoluta de la faz de la tierra, o, mejor dicho, la transformación, después de separados los átomos y moléculas que me forman, en otras cosas del mundo – se dijo el espíritu desencarnado de Mónica – vapor en las nubes, de mi sangre esfumada por el sol. Comida en la panza de los gusanos e insectos que profanaran mi tumba. Nunca imaginé que seguiría consciente, además, con ésta textura de viento. Sólo mente, desplazándome en el espacio.

La muerte, tiene un horario. Como cualquier laburante. Si todavía no es la hora, por más que la persona se auto castigue sin descanso, hasta desfallecer, ella no le viene a buscar. Cualquier intento de suicidio es al pedo. Primero sufrirá incontables y desesperantes dolores físicos, por unos veinte o treinta años mas. Hasta que la muerte, cagada de risa, complete su trabajo.
Mónica, saboreó dos veces la sangre ese mismo día. La primera: entre los genitales de Silvia. La segunda: entre el asfalto y la rueda del coche que la atropelló. Murió con ese gustito en la boca.
- Que embole – se dijo – quiero irme a casa. Estoy muerta. No tengo hambre, frío, sueño, ganas de coger o bañarme. Quiero aunque mal no sea mirar al mundo; para aniquilar el tiempo. Acá, no siento placer ni dolor alguno.

Esa mañana, antes de salir a encontrarse con Silvia, se miró en el espejo. Los dientes llenos de borra del café. Amarillentos, todos apuntando a distintos puntos cardinales; bien lejos del estándar de belleza actual. Había mirado el fondo de la taza, intrigada por la práctica oracular, basada en la lectura de las posiciones en que quedaban los restos de la infusión, pegados a la porcelana. Tema, del que Silvia estuvo hablándole días antes. En la garganta, tenía una picazón, que la hacía toser, a la manera de los motores que no arrancan, congelados por la helada de la madrugada.

Hay personas que cuando tienen un pasado como el de Mónica, se contagian con la actitud de sus padres. Se vuelven hoscas, indescifrables y agresivas; pero ella, supero todo eso. Desarrolló su personalidad, fuerte interiormente. Así, se pudo oponer muchas veces a su huésped. Como lo hizo en el instante que la llevó a la muerte. Al Exú, no le importó demasiado desencarnar de un anfitrión tan revele. Era preferible vagar en el astral, a tener que vancar tantas impertinencias. Como cuando le pedía una copa a Mario para tomar la caña, para decir algo.
- Desde el Astral – piensa el Exú – pude darme cuenta; mirando las mujeres desde lejos, que algunas, pueden estar en pleno periodo menstrual. Qué delicia. Sí pudiera encarnar en alguien que aguantara la toma. Que se la vanque, y, poder cincharle la ropa. Así, mientras caminan, se toman un café en un boliche, conversan con el quiosquero o se miran, y arreglan el pelo en el retrovisor de algún coche estacionado; para chuparles la concha y saborear esa sangre.

La noche anterior a su muerte, Mónica se levantó dormida. Fue a la cocina. Puso una chapa sobre el fuego, cortó pan, y, mientras hacía tostadas; escuchó unas canciones muy suaves en la radio. Preparó un té de yuyo. Lo dejó reposar, unos cinco minutos, más o menos. El vapor del té, se mezcló con el humo de las tostadas. Para que se limpiara el aire viciado, sin despertarse, fue a abrir la ventana. Soñó. Mejor que estando acostada:
- sí no tenés hijos que mantener. Si te importa un huevo, tener o no ese trabajo – le decía otra persona – yo te recomendaría que te la cargues.
- Pero sí no le gusto se va a armar lío.
- Yo, vivía de esos líos. Son el dulce de la vida. Si no tuviera la responsabilidad que hoy tengo. Te juro que seguiría igual.
- Pero… ¿sí me escupe?
- Una mujer nunca escupe a alguien que es bien atrevido. Son la gente que falta – la observó un momento, y agregó – al menos mandale un manazo al culo. No te quemés. Perdés el laburo, agarrás otro.
Mónica abrió la puerta, después de comer sus bocados. Frente a ella pasó un perro, simplemente buscando. Salió. Caminó por el centro de la ciudad. En las esquinas, habían agregado más volquetas. Los basureros estaban de paro, no levantaban hacía días. Dándole además de mal aspecto a la ciudad, un caldo de cultivo para enfermedades. Los hospitales, desbordaban de adultos intoxicados; además de niños con diarrea y vómitos. Los requecheros, acrecentaban el problema; desparramando aun más el bolserío.
Ella, seguía durmiendo, sin pestañar siquiera. No con las manos adelante, como dicen que hacen todos los sonámbulos, sino que actuaba con naturalidad, como en plena vigilia. El Exú tenía hambre, y, la paseo por todos lados. Buscaba alguna ofrenda, aunque mal no fuera, un poco de maíz con sangre, como la vez que se incorporó en ella.
- Qué desastre – se dijo Mónica – me morí y nunca pude tener un auto. No digo uno como el que me atropelló. Un auto bueno. Me hubiese conformado con un autito pichi nomás. ¿Qué será de mis cosas? Quiero ir a buscarlas ya. Posiblemente mas adelante, viva de nuevo, en otro cuerpo, o algo de eso. Así que, voy a tratar de no aferrarme tanto a los objetos y útiles del pasado. En que crisis estoy metida. Mi abuela decía que las crisis son la semilla del progreso. Mejor no me preocupo al pedo. Sí tuviera una radio, aunque sea podría matar el aburrimiento. Por lo general, cada canción, dura alrededor de tres minutos. Las horas no las sentiría tan estancadas. Lo positivo, si me pongo a pensar; es que ya no tengo la nariz tapada, ni la irritación en la garganta, y tampoco, el insoportable dolor de espaldas, que tenía últimamente. No me tengo que preocupar por el olor a pata, ni tampoco de fingir los orgasmos, para dejar contento al banana con quien coja. Ahora el gas sí que va a rendir un poco más. Durante toda mi vida, pedí deseos a las estrellas fugaces. Nunca se cumplieron. Me cuidaba mucho el pelo. Tenía una melena bien larga. Continuamente me agarraba piojos. A los hombres les encantaba pasar horas peinándome. Yo. Siempre asustada, rompía con esos momentos de placer, pensando que en cualquier momento, se toparían con uno de mis amiguitos. Algo que tampoco nunca llegué a hacer, fue viajar en tren. Así que en mi próxima vida, me subiré a uno, para al menos ver el paisaje desde uno de los vagones. Atravesaré los campos, los pueblos; aunque esté cansada intentaré no dormirme para no perder nada de esa experiencia. Extraño tanto la vida. ¿Cuánto hace que estoy muerta? Extraño cuando me sentaba frente al río, a comer mis buenas milanesas al pan. Calentitas. Acompañadas con un refresco y un postre.
Generalmente el río estaba calmo, sino ni me acercaba. Contemplaba a los pescadores, con sus cañas, sus riles y aparejos; que desde el puente, desde abajo y desde la orilla arenosa, parecían competir por el que sacaba más y más grande. Extraño la vida. No es joda.

XVII
Ya habían pasado unas cuantas lunas llenas. La vela siempre se apagó. Resultado: Iemanjá le siguió hinchando los huevos. Le sangró la nariz, se gastó todos los pañuelos descartables, y medio rollo de papel higiénico. Inclinó la cabeza hacia atrás, y, allá a las cansadas, empezó a coagular un poco, En las fosas. Sólo podía respirar por la boca.
Se había acostumbrado a comer sano. Se preparó un queso crema con ajo y tomates deshidratados. Colocó en la licuadora el queso, ajo, orégano, pimienta negra. Cuando la mezcla estaba homogénea; la dividió en varias partes. Las envolvió en nylon. Las guardó en la heladera.
- “Éxito para resolución de conflictos de trabajo. Transmitirá optimismo. Recibirá recompensa por disgustos pasados”. – leyó en su horóscopo – “en cuanto a salud, una pobre circulación sanguínea puede generar problemas hepáticos”.
- Que mierda – pensó Silvia – me cuido pero igual. No se termina más esta tortura de la comida. Carlitos… – continuó pensando – cuando era bebé, todas las noches. Él se despertaba al sentir mi voz. Sonreía. Movía desordenadamente sus diminutas manos. Todavía no le había nacido ningún diente. A cada movimiento mío, él seguía con la mirada. Que hermosa era. Mi hijito querido. Lloro todo el día, me haces tanta falta. – se secó una lágrima – éste horóscopo es una truchada – pensó. Arrolló la hoja, la tiró como para encestar en la papelera. Falló.
Fue hasta la heladera y sacó el queso, ya estaba bien frío. Comió la mitad de uno. Lo demás, se lo dio a un perro del vecino, que siempre se acercaba a su portón, sabiendo que ella le daba algo.
- a veces pienso si no tendré más años de los que me han dicho. ¿Cómo saberlo? No puedo recordar muy atrás en la infancia. Todos aquellos, psicoanalistas, esotéricos y religiosos, que dicen poder recordar a las personas sus primeros años de vida, su vida intrauterina, e inclusive, vidas pasadas; me parecen unas chantadas. ¿Seré hija de desaparecidos? ¿Habré sido dejada en un canasto, frente alguna puerta? La fecha de mi cumpleaños, puede que sea inventada. Es numerológicamente positiva, y, tan cercana al nacimiento de dios. Puede que no eligieran el día, sino que me encontraron en esa fecha. Capas que ellos no podían tener hijos. Las leyes de entonces no les permitía adoptar. En una ocasión, me vieron. Sonriendo divertido con mis padres verdaderos que me hacían cosquillas en una plaza. Ellos. Aprovecharon un descuido de mis padres. Me raptaron. Me pusieron su apellido, y, me trajeron aquí, a este país en el fin del mundo.

Me quedo tranquila que al perro le gustaron. ¿Qué sentido tiene la vida sí no podemos disfrutar de las cosas que nos satisfacen? Ahora, al mirarlo, moviendo la cola. Separando con la nariz las hojas verdes que no le gustan; me acuerdo de mi perro. Que lindo era. Mis familiares no querían decirme en aquel entonces. Había entristecido desde mi mudanza con Alberto. Adelgazando, viniéndose abajo, sin ganas de comer ni beber. Pasaba el día en la calle, es más, me dijeron que no aparecía por varios días. Cuando lo hacía, venía todo roto, con una oreja colgando y rengueando de una pata. Murió.

El día había empezado claro. Desde que a ella, se le ocurrió asomar un ojo afuera. Vio niebla y se volvió a meter en la cama. Tenía que hacer un viajecito en el coche, que, le hinchaba bastante las pelotas. Salió de la cama. Después de desayunar el medio queso, y, de amargarse con los recuerdos. Fue en un trote suave, hasta el taller, donde había dejado el auto el día anterior. Tenía que cambiar una rueda. Estaba hecha moco, no tenía un sope.
- ésta vida es una mierda – pensó – ¿si arreglo con el hombre? – y le dijo al encontrarse con él – ¿usted no me puede fiar el trabajo por unos días?
El mecánico era flaco, viejo. Con más pellejo colgando que cuerpo. Usaba unos lentes culo de botella, y, un bigotito gris, a lo galán del treinta.
- Si, señora – contestó – no se haga problema. Pero le va a costar un poco más.

Más tarde mientras andaba en el coche, se imaginó: no me fallarán lo frenos. En una esquina bien peligrosa, mientras me sostenga, cagada hasta los pelos del volante; iré cayendo. Las ruedas de atrás se levantaran en el aire. Caeré de boca. Contra el parabrisas, saliéndoseme algunos dientes. Se me quebrará la mandíbula y me rasparé una mejilla. En milésimas de segundo, varios centímetros de pellejo, quedarán colgando en el suelo.

La casa de Silvia, es un antiguo departamento, totalmente renovado en la época que se casó con Alberto. Los pisos, de porcelanato brasileño, rosáceo. En las paredes se utilizó Tarquiri, pintura de exteriores que resultó ideal para dar fuerza a los muros y disimular imperfecciones. Muchos colores brillantes y metalizados dominan el ambiente. Un sofá de cuero color bordó oscuro, de tres cuerpos en el living. Dos sillones capitoneados. Una mesa en madera de altísima calidad. Una alfombra que era una piel de holando. En una de las paredes, una chimenea de líneas curvas. Para ganar luz, hay varias paredes hechas con ladrillos de vidrio. Pocos adornos. Toda la casa mantiene el mismo estilo. Al llegar y ver su hermosa casa pensó:
- Por eso me hice puta. Porque no quería pasar más hambre, y quería tener una casa como la que tengo.
En la escuela. Casi nunca tenía merienda. En la mochila, mis compañeros siempre se llevaban o medias lunas de jamón y queso, o, refuerzos de dulce, biscochuelo. De todo. Eso, empezaba a jeder con el solcito que entraba por la ventana. Ellos ya venían con la panza llena; por eso se sacaban buenas notas. Yo quería ser abanderada, el honor más grande de la escuela. Pero venía con un agujero en el estómago, y, en lo único que pensaba, además de apretarme la panza contra el banco para que no sonara, era, en adivinar olfateando las cosas ricas que traían en las mochilas.

Que cansada que estoy. Me escondería en el baño y me pajearía con el frasquito del desodorante; hasta quedar agotada, satisfecha. Después me tiraría en la cama y dormiría, con toda mi ansiedad deshecha en esa compulsión.

Con su primer novio, tenían costumbres aventureras. Una vez. Con bombones y galletitas, una botella de coca y cigarrillos. Se metieron en el monte. Allí. Perdió la virginidad. El olor a pino y eucaliptos era encantador. Fueron allí, con la excusa de buscar hongos. Primero, cojieron contra una palmera. Ella temblaba del cagazo. Él, le enseñaba a moverse. Los helechos les rozaban la piel. Ella se agachó. Antes de mear, salieron de entre los labios, su acabada y la de él. Se sentaron en un tronco caído durante el último temporal. Comieron y bebieron lo que habían llevado. Se miraron con ganas de vuelta. Se dieron. Ella. Ésta vez, con la seguridad de la experiencia, un poco incómoda sobre el tronco. Los devoraron los mosquitos. El sol ya estaba ocultándose. Para que no se les hiciera difícil salir en la oscuridad, se vistieron y se fueron. Unos perros los siguieron. Entre los mosquitos, y alguna garrapata que andaba por allí, los dejaron llenos de ronchas.

Silvia Ramírez, llenó la bañera. Vertió medio kilo de sal fina. Desarmó siete rosas amarillas, esparció los pétalos sobre el agua. A los cuatro costados prendió una vela. Rezó, de rodillas, con los codos apoyados en el borde de la bañera.
- Espero – pensó. Al rato de repetir como un mantra las mismas oraciones – no aparece. Ayer pensé que venía. Nunca lo hizo. Lo llamo. Le pido. – se metió en la bañera. Agarró el cuchillo bien afilado que tenía sobre la jabonera. Se cortó las venas. Recostó la cabeza. Pensó en el ruido que hizo la piel al cortarla y se dejó desvanecer. – es lo más que te puedo ofrendar. Mi propia vida.

XVIII
Mónica. Nació, y, durante las milésimas de segundos, que permaneció su cabeza en los labios vaginales, carnosos y empapados de su madre; fue presa de excitaciones provocadas por complejos hormonales que estaban activos, en los genitales de aquella. De por vida adoró chupar conchas. Inconscientemente revivía esa experiencia tan satisfactoria.

Con Silvia siempre se tuvieron cierta pica.
- Tas fuerte, mamita. – le decía Silvia, apretándole una nalga a la pasada.

Una vuelta. Mientras Mónica daba el oral, a Silvia le empezó a sangrar. Aquella salió haciendo arcadas hasta vomitar. Mónica afectada por el Exú, que la poseía en cuerpo y alma pero no lo suficiente, como para seguir encarnado en ella; y, Silvia, mortificada por Iemanjá, terminaron trágicamente sus vidas. A la primera, un auto la atropelló, esa misma tarde, del horripilante sangrado de su amiga. Al salir de la casa de ella, no podía borrar el recuerdo y el asco que sintió. Distraída en eso, cruzó sin mirar y la envistieron con todo. A Silvia, no hubo quien la consolara cuando su hijo falleció. Atormentada por los trabajos hechos por Laura en su contra; se suicida al poco tiempo. Así, su espíritu, oscurecido como un Quiumba, entró a perseguir a los vivos. Con propósitos homicidas.
- ahora – se dijo con malicia – estoy el la dimensión de lo sobrenatural, en donde las cosas nunca se pudren.

Una tarde. Silvia bajó del astral a la tierra. Entró en un shopping. No precisó montar las escaleras mecánicas, porque flotaba a pocos centímetros del piso. La gente iba y venía. Ella mantenía las manos en los bolsillos. No se si para que no temblaran, o porque quería contener las ganas de pegarle a alguien. Al rato, le hundió los nudillos a un anciano. Aunque parezca extraño, la piña de un oscurecido puede ser la causante de un ataque cardíaco, o un infarto cerebral, entre otros problemas. El viejo cae como podrido. Los ojos fijos, bien abiertos. La boca entre cerrada, con los postizos pa`fuera. Un hombre cuarentón y su hija adolescente, pasan cerca. Cuando lo cruzan: el tose un poco. Ella se arregla el pelo.
- viejo borracho – comenta él.
- ¡ay! Sí, papá. Ya ni se puede venir al shopping.

Silvia entra en el baño público. Hay un flaco meando. Con la punta de los dedos se saca los quesos pegados al prepucio. Ella lo golpea. Él siente la primera puntada, como si le fuera a estallar la cabeza. Se saca el gorro que traía puesto. Se mete hasta el cuello bajo la canilla de la pileta.
- ¿qué te pasa? – pregunta el guardia del baño – ¿querés que te llame a un médico?
Pero el flaco, ya murió. Con la cabeza en la pileta y la pija, colgando fuera del pantalón. Pero Silvia, no se divierte tanto con éstas jadeadas. Algo extraña de su vida de mortal. Habla con uno y con otro. No encuentra un oído que la escuche.
- óxido en la voz – se dice angustiada – eso se siente. Cuando querés decir cosas y te quedan trancadas, como cuando estás soñando.

Escucha un grillo. El soplido del viento. Pasos. Incertidumbre, crujir de ramas.
- que pudrición – se dice, refregándose las piernas de las rodillas a la ingle. En eso pasan dos muchachas. Muy parecidas. Una dobla en edad a la otra. Madre e hija, seguramente. – sí pudiera estar en el cuerpo de un hombre – se lamenta – podría romperle el culo a la pendeja de quince; o a la mamita de treinta. Allá viene uno – se entusiasma.

Un flaco asqueroso. Lentes culo de botella. Barbita candado. Dientes de conejo. Pelo negro y muy corto. Pregunta una dirección a las chicas. Silvia se muere de vuelta con el asco que le da su voz un tanto gangosa, aunque de buenos modales al hablar. Se le adivina cierta cultura. Es probable que eso lo defienda del aislamiento que su fealdad reclama.
- suerte que no tengo cuerpo – piensa Silvia – sino vomitaría contigo flaco.
Mónica. Que tiene fascinación por las conchas; de chica se toqueteaba sola. Comenzó abriéndosela muy suave, con los dedos empapados en saliva. A los cinco años, la tenía como una pelotita de tenis rosada, cortada al medio por una trincheta. Pasaba el tiempo. Aprendía a ir descubriendo los labios. A frotar el clítoris, y controlar la respiración para los orgasmos reprimidos y silenciosos. Pero también de niña, jugó mucho, como cualquier criatura.

- Voy a poseerla a la madre – se decide. Éste flaco es un asco, la tarea será difícil.

Tuvo que trabajar mucho con su padre. En la casa eran gente muy pobre. Comían seis días por uno de descanso. Una comida diaria insuficiente.
- andá a buscar el querosén para el primus – le decía la madre. Desde adentro de la piecita de costaneros en la que vivían. Mónica seguía jugando, concentrada en su mundo imaginario, como todo infante. – ah! Y una aguja, para destapar el oído – agregaba.
Mónica se desconectaba de aquella Internet natural y gratuita, que teníamos para navegar y navegar. Durante horas.
El padre llegaba de trabajar, todo enchastrado. Con sus hermanos se le tiraban encima.
- ¿Me trajiste algo? ¿me trajiste algo? – repetían a coro. Después Mónica salía a buscar el queroseno. Muchas veces ya estaba anocheciendo.
- ¿qué es eso? – se preguntó cuando vio aquel gordito, rechoncho. Inflado de sangre, como una garrapata. Algunos vecinos estaban crucificándolo a puñaladas. El muy hijo de puta, había violado y chupado la sangre a todas las mujeres, a niños, hasta a una bebé de diez meses. Mónica salió corriendo. Jamás se liberó de tan horrendo recuerdo; sobre todo, le impresionó el homosexual que se lo punteaba mientras los demás lo acuchillaban.

- ¿no tenés un pañuelo? – decía Mónica a su niñera – para ponerlo entre los dos. Tu baba me hace hacer arcadas.
Fue en una época en que la madre también salió a trabajar, y la dejaban al cuidado de una piba de dieciséis o diecisiete años. Tremenda pervertida.
- Te voy a enseñar un juego – decía – vamos a ser papá y mamá. ¿nunca los viste? De noche se empiezan a sacar toda la ropa, bien despacio. Papá empieza a chuparle la punta de las tetas a mami, la parte marrón, esa que vos tenes rosada. Después le mete un dedo en la boca. Ella suspira.
- ¿qué más pasa? Contame – agrega Mónica ansiosa.
- Yo nunca los vi como vos me decís.
- Él le mete la lengua en la boca – poco a poco se va acercando, Mónica se inquieta – vení. Vamos a jugar.
Mónica ingenua se arrima. La pendeja le manda un lengüetazo hasta la coronilla. Empieza a hacer arcadas, ahí se le ocurre lo del pañuelo entre las bocas. Es raro; porque al rato empezó a sorberle la vagina a la niñera como si nada., mientras ésta le dilataba con la punta de la lengua, el ano. Le giraba lentamente el índice izquierdo hasta el fondo. No se le ensuciaba. Salía empapado, por una especie de mucosa, un poco más espesa que la saliva.

XIX

Laura trabaja en un local de comidas como lavaplatos. Todos los fines de semana se re calienta, cuando la clientela la sobrecarga de trabajo. Los mismos platos, cubiertos, ollas y sartenes lava cuatrocientas mil veces. Pero no le importa, el lunes vuelve con la ilusión de que entre tanto judío adinerado, un día uno la descubra y la lleve a trabajar como su secretaria, o, quizá, alguno se pueda enamorar de ella y proponerle casamiento.
Putea y re contra putea. Tiene las manos todas cuarteadas de tenerlas todo el tiempo dentro del agua enjabonada. Una tarde de esas de más asistencia, se conmemoraba el día del perdón al holocausto Nazi. Ella se alegra porque todos quienes profesan la religión judía, permanecen en sus casas, sin hacer ninguna clase de actividades recreativas. Hecho que le afloja un tanto la soga en su actividad.
- Es curioso – piensa – que para que una persona se sienta aliviada en su trabajo, le vengan bien hasta las atrocidades más aberrantes.

- los dioses – dijo el Exú, a las otras divinidades que lo acompañaban – somos como los escritores. Manejamos almas.
- “escribir es una forma genial de divertirse”, dijo el escritor Vargas Llosa – agregó una de las entidades.
- no me vengas con escritores. Quiero depravar mentes. – regañó el Exú.
- A los dioses no nos parece bien lo que estás haciendo.
El Exú se fue de la reunión. Se tomó los vientos.

Un Babalawo practica invocaciones. Reza. Se pasea por el templo. Canta. Se agita y cae de rodillas frente al Pejí. Comienza a temblar, con los brazos extendidos, sosteniéndose con la punta de los dedos. Después descansa, mira atrás al fuego: sopla intenta. Intenta reanimarlo con su aliento sagrado. El fuego absorbe su fuerza, comunica la fuerza a la vasija colocada sobre él; la vasija, a los alimentos que contiene, cocinando. Los alimentos los consumen lo Iaó. Los más débiles mueren al poco tiempo.
El Babalawo solicita ayuda a los Orixas, para salvar al grupo de la catástrofe. Dio mil vueltas por el terreiro; juntando cosas, levantando de una esquina una cosa, que no se sabe bien que era. Más adelante tomó una vela encendida. De una mesa sacó el mantel colorado. Sirvió una copa de cabernet sauvignon, y no pudo resistir probarlo: miró primero, su color rojo intenso, con matices violáceos. Era un vino de cuerpo. Alcohólico, aromático y provisto de un leve y característico sabor herbáceo. Que no pudo distinguir cual era. Ese día se había purificado para realizar despachos. No había ayunado. No era tampoco el momento para realizarlo. Arriba de unas tablas viejas, colocó el mantel. La vela, que todavía estaba prendida, pero, quedaba la mitad. Escribió con los dedos, empapados en miel, los nombres de los Orixás: Iansá, entidad femenina. Preciosa. Usa un vestido de seda blanca, con escote exquisito. Las piernas delicadas, excitantes y brillosas. Zapatos taco aguja blancos. Se sienta con las piernas cruzadas en una sillita en el astral, y, siempre está en pose. Con el pelo suelto, negro brillante y rizado. Los labios rojos y carnosos. Los ojos amplios y traviesos. En las orejas lleva perlas colgando. Transmite el don de la valentía absoluta. Se la invoca para frenar el accionar maléfico de los enemigos, y para librar todo tipo de batallas. Ella lo miró de donde estaba.
- Que valla a cagar – dijo – si no me va a sacrificar nada, que no me haga perder el tiempo – se fue a ordenar las respuestas que tenía para otros pedidos. Ibejí, es el otro. Posee el poder de aliviar enfermedades, especialmente a los niños. Es una entidad que atrae la alegría y acompaña al crecimiento: es una mezcla de Sócrates con el payaso pelusita. Es un negro azul, de tan negro que es. Usa la cabellera, como un nido gigante, voluminosa. Diez o quince collares. Con piedras de varios colores, joyas, metales preciosos. Al evocarlo, el Babalawo, recuerda su infancia.
- De chico – se deja ganar por los recuerdos – siempre andaba metido entre los montes. Trepando árboles. Corriendo apereaces. Haciendo rayas en los troncos, con algún pedazo de vidrio o chapa. Mis amigos pasaban y les decía: “son las huellas del Lobisón”, mientras las examinaban – se ríe – más de uno se la creyó. Andaban atrás mío. Disfrazados de ninjas. vichando sigilosos tras cualquier enramada. El monte era inmenso. En su parte más espesa nos metíamos a buscar frambuesas; después mamá las hervía, hacía dulce – se refriega las manos. “esto es un abismo”, decía Andrés, uno de mis amigos. “y éstas… son las plantas abismales”, contestaba. Metiéndome en un túnel de arbustos entre cruzados. Era muy largo y oscuro. Nos daba mucho miedo. ¡Valla a saber! Podría andar el lobisón ahí. Al final de la cueva, encontramos un nido de murciélagos. Nos llevamos algunos vivos.
- Cuando muerden a los animales o a las personas, los dejan rabiosos – dijo Andrés.
- No digas pavadas – le contesté – vamos a darles de comer éstos coquitos.
- Jil. Los murciélagos chupan sangre – dijo guille, escondiéndose tres o cuatro animales en la camiseta. Nos corretearon unos perros. Tuvimos que salir de apuro y dejamos algunos donde estaban. Ya fuera, en otro lugar del monte, cerca de las plantas de frambuesas; había una anacahuita. Una vaca comía las hojas del árbol. Me arrimé para arrancar una rama.
- Sí la vaca come eso, los murciélagos también – dije. La vaca me pateó en la espalda y volé como a dos metros. Mis amigos me acomodaron en otro árbol. Lejos de la vaca. Se fueron a buscar las frambuesas, volvieron después de un rato, con las bolsas de arpillera repletas. Me pusieron un poco cada uno en bolsa, y, se las llevaron a mamá.

- Creo – pensó el Babalawo – que en aquel entonces, ya me protegía el buen Ibejí. Ibejí se rió y dijo: – que pedazo de pelotudo.

Cuando terminó con el despacho, dio media vuelta, y un pibe que venía caminando hacia él, cayó muerto, seco en el piso. El sacerdote revisa desesperado, apuntes ancestrales, en los que encuentra un compendio de melodías curativas. En esas notas, sus ancestros, aseguran que la música emite vibraciones. Que pueden curar la mayoría de las enfermedades del cuerpo, y mejor aun, las de origen mental. “los sonidos, (lee en un párrafo), poseen la particularidad de sintonizar con las vibraciones cósmicas. Ofreciendo a quien las escuche, un estado de armonía, capaz de curar todos los males”. Cerró el libro. Salió en busca de algún instrumentista, como para intentar salvar por éste medio, a alguno de los Iaó, que estaban muriendo como moscas.

XX

- hay gente que es bien mierda. Cuando tiran la comida, hacen siempre la misma judeada – y limpió la yerba de la media milanesa al pan que encontró, en un canasto de la basura de una casa residencial. Mario mastica la milanesa sin apuros, cuidando de no terminar de aflojarse esos cuatro dientes locos que le quedan bailando en la boca. Los piojos empiezan a romperle los huevos, y, tiene que luchar contra el pedazo de carne, con una mano sola. Con la otra se rasca y arranca los anopluros que le chupetean y perforan la cabeza. Cerca de donde está, tiene amontonados, pedazos de fierro. Palos, algunos a medio quemar. Bolsas de arpillera y nylon. Todo, formando una leve cantera, recostada a la cortina metálica, de un viejo negocio clausurado. Allí, es donde duerme en las frías noches de invierno. Se le congela hasta el orto, pero de todas formas se niega a ir a los refugios para indigentes. En verano se le hace más fácil. Anda de un lado a otro. Duerme en cualquier plaza, en cualquier parque o esquina que caiga. No es de esos pichis que andan mangueando todo el día. Prefiere requechar de la basura. Camina durante horas, hasta los barrios más pudientes. Se mete dentro de las bolquetas y siempre rescata algo. Durante la juventud, aspiraba a tener su propio negocio. “andar disfrazado de ejecutivo, como tanto pelotudo que anda en la vuelta”. Decía él, pero no tenía conducta con la plata. Ni visión empresarial o afán de lucro. Todo era un juego en la vida, sólo había que disfrutar y divertirse. El Cabeza, su amigo con mayúscula. Lo acompañaba en las incontables noches de delirio. – Mario – decía – somos los herederos del mítico dios del vino.
Cualquier barman hubiese envidiado la infinidad de tragos exóticos que nacían de su imaginación. Lo cierto es que, con el transcurrir del tiempo, Mario se fue volviendo alcohólico. Era un tipo divertido, inteligente y con una profunda humildad, que derretía a las mujeres, a pesar de no ser muy bonito que digamos. Era de esos tipos carismáticos, incansablemente envidiados. Adorados en secreto hasta por sus enemigos.
Una vuelta. Mario entró en una Pizzería. En el mostrador, una joven, con el culito bien parado. Esperaba que le entregaran su pedido. Él la vio y quedó embobecido.
- Quisiera que fuésemos como los animales – pensó – o como los cavernícolas, que con su brutalidad, la hubiesen chapado de atrás para darle de bomba. ¡Que perfume tiene ésta hija de puta! – y se le acercó un tanto para inspirar cerca de su oreja – pensar estas cosas me recuerda a los documentales esos, en que los animales compiten por la misma hembra, comiéndose los garrones entre ellos. ¡Que las parió a las hormonas! – la chica se fue, él, la siguió con la mirada hasta que dio vuelta en la esquina; después fue al baño, y, mientras meaba, un viejo entró a cagar. Hacía fuerza. Se quejaba como si se lo estuviesen clavando. Mario lo escuchaba y por dentro se doblaba de la risa. – debe tener hemorroides – pensó – éste es de esos viejos hijos de mil puta, podridos en guiíta, que se hacen los preciosos. El desgraciado salió duro. Derechito, seguro que con un ardor en el orto que no lo dejaba respirar. Por esto y no por los tragos que tomó, me parece que tiene la cara tan colorada.
- ¡Pizzero! – le dijo al que estaba amasando detrás del mostrador – ¿no tenés nada pa`dar?
- Yo no soy pizzero – contestó – es aquel que está allá en el horno.
- Ah, disculpá – dijo inquieto – ¿no le decís si me da algunos retazos, que tenga pa`tirar?
- Aguantá un cachito – dijo en tono despótico.
Por eso es que le gusta comer de la basura, para que no lo anden basureando, valga la redundancia. Hubo un tiempo en que el estado, vancó a gran parte de la población más cadenciada del país. La gente, despilfarró ese dinero en drogas, alcohol, celulares y no se cuantas pelotudeces más. Cada principio de mes las colas en los bancos estatales, daban vuelta manzana. Mario, esperaba al último día para cobrar su parte. Sabía que la gente se desesperaba por agarrar un peso, y, permanecían desde la madrugada hasta la tardecita, amontonados a las puertas del banco para conseguirlo. Algunos pudieron mejorar su situación gracias a éste ingreso; otros se pusieron orgullosos la camiseta que el estado les dio, para que toda la población los identificara, cuando los encontraran limpiando zanjas, cosa que no cumplían todos. Mientras trabajaban tres, de diez, los otros siete se rascaban las bolas.
Mario nunca se anotó para participar en las jornadas de trabajo. Eran la contrapartida a la ayuda económica que el gobierno les daba, y que, curiosamente nunca llegaron a ser tantos los que se veían en las cunetas, como los que se amontonaban a cobrar en los bancos. Después de un año, a Mario le quitaron ése beneficio. Por no querer trabajar, y no tener una familia constituida. Puteó y relajó por varias horas. Durmió en una seccional. Atomizado con el olor a millo y humedad del calabozo en que lo encerraron. A la mañana siguiente lo soltaron. Caminó algunas cuadras. Cuando vio una bolqueta se tiró de cabeza, haber si encontraba algo de comer. Un par de meses antes, cuando todavía cobraba la plata, estaba de fiesta.
- ¿Qué andás Mario? – preguntó otro pichi.
- Estoy esperando, haber si pasa esa brisca que para todas las tardes acá – contestó, mirando por arriba del otro con ansiedad – me voy a terminar de gastar lo del plan. Tengo que pagarle el polvo que me fió hace unos días, y si se puede… vamo a ver que pasa.
- ¡tas pasado Mario! – entre risas acotó el otro.
- Y… vos ves – le dio la mano y se fue por un callejón estrecho – ella vive por allá, me voy. No aguanto más.

Le ofrecieron para ir a cargar y descargar camiones en el puerto, pero le resbaló el ofrecimiento. Le regalaron un saco sport, no último modelo, pero por lo menos, estaba más prolijo que los colgajos con que andaba. Lo vendió. Se compró un litro de vino suelto, que acompañó con un refuerzo de pan y mortadela. Atorado. Todo chorreado de vino y lleno de migas en el pecho y el vientre. Tocó timbre en la casa de la prostituta. Salió la madre.
- ella no está señor – dijo la vieja – ¿quiere que le deje algo dicho?
- No. No pasa nada señora. Vengo más tarde.
Cuando le dejaron de pagar el ingreso por indigencia. Pasó a paja. Se recostaba contra algún rincón medio oscuro, con algún material pornográfico que hubiera encontrado y se cusqueaba. Metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, que ya tenía agujereado con ese fin. Cierto día caminando por la ciudad. Una muchacha lo llamó con señas, desde el balcón de su casa destartalada. Él se acercó a la puerta. Ella lo recibió.
- ¿querés una mema? – dijo. Con una mano le chapó el miembro por arriba del pantalón, y con la otra, le acariciaba la mano a él – dale no seas tímido.
- Pero vos me vas a cobrar – contestó ingenuo.
- Por supuesto – con mucha delicadeza lo fue empujando afuera – estoy trabajando.
Para no quedar como un pelotudo. Mario, contestó:
- yo también estoy trabajando. No me puedo quedar. Chau.

XXI

- Déle `mi à sú mi aabáya nilé wo Yé wá o! Abé o! Ekún amáráiye sún, yé wa o! A bébé o! (llega a mi casa ven a encontrarte conmigo en mi casa. Por favor, ven, te rogamos, tu que haces llorar de emoción a los seres humanos, por favor ven te rogamos). – fueron mis palabras al comenzar la invocación. Después, igual que los mamados, no recuerdo más nada. Todo lo que acabo de narrar, me lo contaron los presentes. Tienen la obligación de decir al caboclo, todo aquello que haya hecho o dicho, durante la ceremonia. Las personas a las que dicen que me referí, jamás había oído hablar de ellas. Me sorprende el hecho de que sin hacer ruido, sin ser visto, un Orixá, puede tomar a un ser. Dominarlo, y, no solo conocer sus pensamientos y emociones, sino también, creárselos a su antojo.
La religión me ha ayudado a conseguir favores, logros, que antes ni soñaba conquistar en la vida. Ahora, para mí, la vida tiene otro perfume.
Me duele mucho la cabeza. Tengo la garganta con una especie de palpitaciones. Chucho de frío, en una palabra estoy agotado. Bailé, canté, bebí, fumé, cojí, y lo sorprendente, es que en verdad no me acuerdo de nada. Pensar que todo esto empezó, por un simple ataque de asma; aunque no tan simple. Es una enfermedad muy jodida, que tuvo mi vida en jaque, durante todos estos años. Había probado de todo. Nada me dio resultado; hasta que probé hacer ésta simpatía: primero, hay que tener la precaución de que sea Viernes Santo. Después se debe ir a pescar. A los tres primeros pescados, escupirles en la boca, y tirarlos atrás sin mirarlos. Fui a la playa. No me tenía fe con caña, así que llevé medio mundo. En la primera pasada, levanté como veinte. Elegí los tres más grandes. Tiré el primero por arriba del hombro. Cuando fui a agarrar el segundo, pisé los dos que me quedaban en el suelo, separados del montón, que no había sacado del medio mundo. Me hice mierda contra el piso. Parecía que los pescados, todavía boqueando y saltando en la arena, se burlasen de mí, pretendiendo además nadar en el aire. Lo interesante es que funcionó, a pesar de los percances. Hasta el día de hoy no me he atacado ni una vez más. Fue así que decidí unirme a la religión. Pensaba que las mae y los pai de santos, eran seres extraños, míticos, como los babalawos y demás de la historia que conté ésta noche, pero nada que ver. Hayan pai, que tiene como noventa años. Está bastante bien mantenido. Es un ex militar de la segunda guerra mundial. Peleó en el ejército ruso. Conoce seis idiomas. Tiene el pelo blanco, el bigote y la elegante campera. Usa un bastón en la mano derecha. Lentes, inimaginables para su edad. Cuando ingresé a su templo lo primero que me contó, fue que estuvo en la toma de Berlín. Millones de personas chocaron en batalla en aquel momento. Él era experto en comunicaciones, ahora, tartamudea al hablar.
Después está la mae Norma de Xangó, a la que a mi entender, le falta buen sexo. Se cree superior por cuatro pesos que tiene en el banco. Plata que ganó cagando gente. Se le nota la leche. Debe desear al novio de la hija. Se debe cusquear hasta con los huesos de juguete de los perros, tiene dos. Cuando a ellos se les para, como le pasa comúnmente a cualquier perro, cuando se la chupan solos autosatisfaciéndose, como si se la estuviesen lavando; estoy seguro que ella se los mira, con ganas de prenderse. Eso que la pobre, está todavía en la edad de merecer. Es escribana. Está deseando jubilarse. Le falta un largo trecho todavía. Uno, jamás diría que estas personas son macumberas, pero lo son.

Hoy ya es sábado. Ayer de mañana bien temprano, en la orilla de la playa, hice mi Ebó de unión, buen viaje espiritual y conocimiento. Todo ello, para asistir a la ceremonia de anoche. Llevaba en la mochila, una bandeja de cartón, ocho claveles blancos, miel, ocho velas de diferentes colores, sandía ocho merengues y mazamorra. A la sandía, le di forma de barco. Coloqué dentro la mazamorra, cocida con azúcar. Los ocho merengues, los ocho claveles; me los pasé por el cuerpo. Encendí las velas. Dejé todo en el barco. Caminé treinta y dos pasos en el mar, y solté todo, haciendo mi pedido para la fiesta de anoche. Todo resultó de maravilla. Fui incorporado por un Orixá. Aunque me parece un poco disparatada la historia que me hicieron vivir los espíritus desencarnados. Me siento satisfecho. Con dudas. Hay un bicho podrido, que quien sabe, quizá sea un espíritu de esos, que por sus pecados han bajado de categoría. Revolotea con sus alitas entre transparente y verde. Parecidas a hojas de árbol. Siempre hay un bicho que te rompe las pelotas. Ayer fue un grillo. Jodió y jodió a la hora de dormir.
- podes cantar tranquilo – pensé – grillo hijo de puta – sin imaginar lo que ahora se de los espíritus. Ahora éste otro, parecido a una libélula, tiene la panza alargadita, corrugada y verde. Podría intentar matarlo con una revista, un diario, o algo por el estilo. Soy alérgico. No puedo usar insecticida, pero ya se demasiado. Tengo miedo al castigo del astral. Terminar como éste bicho podrido. Algunos dicen que soy feo, racuchento, desnutrido, maricon y mal oliente; pero mis ojos dicen la verdad. Soy feliz. La religión me ha cambiado. Doy testimonio de ello. Ahora no tengo un peso, pero tengo paz interior. Todavía faltan quince días para cobrar mi sueldo, que, no sólo es una miseria, sino, que además me están cagando, me pagan lo que se les antoja. Yo rezo y me siento bien.
En casa, tengo polenta en sobre, unas cuantas sobras de arroz, y algún restito de fideos. Nada pa`ponerles. Pienso en dios y sonrío. Confío en que esto es lo mejor. Tengo dos panes viejos de una y dos semanas cada uno. Dentro de la heladera, junto a los cubitos de hielo, una botella de agua fría, pero mi alma desborda en calor.
De la higiene ni hablamos.
La vestimenta, se ven a los requecheros mejor empilchados de lo que ando. Si llueve me empapo los pies porque tengo un solo par de zapatos agujereados. Para concluir, yo sugiero que desarrollen su fe. La fe es el motor psicológico del ser humano. Si un hombre tiene fe en dios, cualquier acontecimiento bueno, es una bendición de dios que le premia. Si un combinado de hierbas es tonificante y fortalecedor de la memoria, tomándolo en infusión; la gente se baja los termos enteros con el yuyerío hirviente. Si en una publicidad dicen que comer soretes, fortalece las arterias y disminuye el riesgo de ataques cardíacos. Allá salen todos los arterioscleróticos a empacharse con mierda.

Fin.

This post was submitted by fernando daniel cabrera.

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1 Comentario en “Lo que sea con tal de vivir.”

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muy largoooooooo:¡
necesito uno cortooo:)

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