Lo que casi logra la sangría…

Ver la vida pasar y sentir que no hay quien comprenda, que el error inicial puede haber sido propio o que definitivamente no existe eso de “la persona justa en el momento justo”, remece el corazón y bombea la sangre de tal forma que hierven las venas pidiendo auxilio… que por favor las dejen respirar. Pero definitivamente, hay que ser valiente y yo no lo soy, por lo menos por ahora…
Muchos exigen atención y tiempo, pero la comprensión recíproca no existe, se ve superada por la utilización unilateral de quienes ¿están ahí?
El abandono, primeramente inesperado, se hace autoinfringido para poder contener dentro de este espíritu todo lo que quiere reventar en un grito que a veces podría fundirse en un abrazo, sin ser necesarias las palabras, sólo un abrazo que nunca llega y todo esto produce miedo, miedo a volver a caer en la profundidad de la nada, miedo a no sentir, miedo a tener tanta nada, miedo a volver a cegar la visión del propio existir… miedo al miedo.
La voz es muda, pero las acciones hablan por sí solas, sólo falta el entendimiento; sin embargo, se hace tan lejano que pensar en su llegada es imposible para la razón. Y el corazón sigue siendo creyente e ingenuo, aunque sea maltratado y hecho mierda una y mil veces. No sé cuánto es capaz de resistir, pero se cansa, haciendo de cada latir, un dolor que llega al alma.
La culpabilidad encierra un todo tan pisoteado que es imposible dar un paso, pero la risa es capaz de poner límites que aún nadie ha cruzado por completo y así, sustentar la ceguera generalizada. Y todo “sigue normal”, aunque cada día se transforma en uno menos y eso, definitivamente, es lo más doloroso…