libre a pesar de todo
Cada día era igual al anterior, para Pedro y sus compañeros las estaciones del año no existían. La rutina diaria les había quitado la percepción del tiempo y las ilusiones, desayunar, trabajo, paseo, comida, trabajo, paseo… así hasta la hora de acostarse.
En cierto modo era una vida cómoda, sin preocupaciones, ni estrés. Al principio costaba un poco acostumbrarse, no porque en el exterior hiciera algo diferente, es más, quizá cambiaba el orden, pero al menos se iba a la cama cuando quería.
Al cabo de unos años Pedro terminó por acostumbrarse y de echo necesitaba esa rutina para no pensar. La rutina cambiaba los fines de semana con alguna sesión de cine e incluso con algún cambio en el menú. En realidad no era malo, pero como todo lo demás un poco repetitivo. Hoy en día los ejecutivos comen todos los días lo mismo por lo que tampoco podía quejarse. Lo malo es que las películas de cine eran antiguas y siempre había una cierta censura.
Poco a poco se olvidaba de lo que había fuera, quizá echaba de menos ciertos placeres pero en realidad todos son prescindibles. Con tal de tener un paquete de tabaco a mano, todo lo demás no importa. Antes tenía un trabajo, estaba muy bien remunerado pero no tenía estabilidad. Uno mes ingresaba una gran cantidad de dinero, pero al siguiente se podía quedar en blanco. Es lo malo de ser autónomo que no se tiene una nómina todos los meses. Los proyectos no siempre eran atractivos pero en algunas ocasiones no se podía elegir.
Hace cinco años se le presentó el proyecto más apasionante de su vida, estaba muy bien remunerado y tenía una parte variable muy jugosa. Sin embargo todo se torció. Ahora Pedro no ingresaba esas cantidades de dinero pero al menos tiene un techo, cama y comida.
La semana pasada llegó un nuevo compañero, es diferente a todos los demás. Tiene aires de superioridad pero pronto se dará cuenta de que dentro todos son iguales. Es una gran democracia, café para todos, bueno algunos toman cola-cao. Si no lo asume pronto, lo pasará mal, parece muy inteligente, a veces, en las comidas cuenta historias de su último trabajo. La verdad es que Pedro no llega a comprender cómo ha acabado allí dentro. Alega que no fue culpa suya sino producto de la envidia de sus compañeros de trabajo.
De todas formas no le gusta hablar demasiado del tema. Hay algo curioso en él, nadie le gasta las novatadas propias de los primerizos. Parece algo deprimido, con el tiempo se acostumbrará. Lo que más le molesta a Pedro es que él lleva varios años dentro y no tiene tantos privilegios como el nuevo. Seguramente debía de ser un tipo importante.
Hace unos días Pedro recibió una carta pero después de dos semanas no había sido capaz de abrirla. Los que están dentro siempre tienen miedo de leer las cartas, suelen traer malas noticias. En los últimos años solo había recibido dos cartas comunicándole el fallecimiento de sus padres y ni siquiera pudo ir a su entierro. Como no sabía leer tardó varios días en atreverse a pedir a algún compañero que se la leyera. No quería que se rieran de él.
Su mejor amigo, un colombiano de mediana edad, le insistía para que abriera la carta, pero Pedro era incapaz. El colombiano, al que apodaban polvo blanco, se ofreció a leérsela y guardar el secreto pero de momento tendría que esperar.
Polvo Blanco había venido a España hacía tres años, dos meses y diez días, al parecer se dedicaba a la importación y exportación de productos de su país. Sin embargo tuvo problemas con la mercancía y está retirado por un tiempo. Parece que ya tenía experiencia en lugares como éste y dice que no se está tan mal, en su país no están tan acondicionados.
Sin embargo aquella mañana era distinta, cuando Pedro bajó a desayunar con el resto de sus compañeros, se percibía algo diferente en el ambiente. El ánimo de su grupo de amigos había cambiado. En cierto modo era lógico, Francisco el más joven les abandonaba. Era su último desayuno. Solo había estado con ellos un año, tres meses y un día, pero le habían cogido cariño. Sobre todo Polvo Blanco, al parecer tenían pequeños negocios entre ellos. Paquito que era como le llamaban, estaba muy nervioso, no paraba de insultar y meterse con los cuidadores.
Los compañeros, incluido Pedro estaban contentos por Paquito. Sin embargo sentían cierta pena, al ser el más joven, les hacía reír con sus bromas y sus proyectos de futuro. Era el hombre de los mil proyectos, pero lo que tenía claro es que no pensaba volver a verles. Cuando llegó la hora todo eran abrazos y recados para el exterior.
Lo más curiosos de las despedidas en aquel lugar era que a los pocos minutos de la marcha del compañero, las cosas volvían a ser igual y nadie se quería acordar del ausente.
Pasaron los días y Pedro se olvidó de la carta. Un sábado, no importa cuál, Pedro y sus compañeros fueron a la sesión de cine como cada sábado de los últimos años. Echaban una de guerra, el título daba igual. Al menos salían mujeres guapas animando a los soldados que partían para el frente. A la mitad de la película se escuchó un grito estremecedor, se encendió la luz y todo el mundo hizo un círculo en torno a un hombre. Pedro se acercó y sin darle más importancia se fue en dirección a su cama, sabía que en breves minutos suspenderían la sesión de cine y se marcharían todos a sus habitaciones.
Al día siguiente el ambiente estaba tenso, a pesar de llevar una vida cómoda, había que intentar pasar desapercibido. En el patio siempre había dos grupos muy diferenciados. Ocurría igual que en el exterior, los extranjeros se unían, casi todos eran sudamericanos. Estaban muy unidos y como era lógico tenían un jefe. Era mejicano, a Pedro le hacía mucha gracia el acento pero era prudente, el mejicano siempre estaba enfadado. El otro grupo era de raza gitana, tenían unas costumbres muy raras pero casi siempre estaban cantando lo que animaba el paseo. Al parecer habían discutido con los sudamericanos y la consecuencia fue el fallecimiento del pobre chico en el cine. Sin embargo todo seguía igual, como solía ocurrir nadie había visto nada en la oscuridad de la sala y el cuchillo no tenía huellas.
Pedro sabía que allí dentro se podía conseguir cualquier cosa, el inconveniente es que siempre era más caro que en el exterior como si estuvieran en un hotel de lujo. Hace unos meses a Pedro se le rompió su radio. Era una radio pequeña que utilizaba cada noche para escuchar su programa favorito de deportes, era el mejor momento del día. Duraba hora y media y se evadía de todo. Su amigo Polvo Blanco le consiguió otra y encima con auriculares, le costó cien euros y diez paquetes de tabaco. Un poco caro pero era su único capricho y valía la pena.
Aquel día iba a ser el último en la estancia de Pedro en el centro. El no lo sabía pero así era. Bajó a desayunar y tuvo un pequeño percance en la cola del desayuno con el patriarca del grupo de los Gitanos. Pidió disculpas y pensó que la cosa no quedaría en nada. Desayuno con sus compañeros y a continuación se dirigió a la carpintería como cada día. Tenía mucho trabajo, había que terminar una partida de mesas para un colegio y todavía quedaba barnizarlas. Estaba tan concentrado en su trabajo que no se dio cuenta que todos el mundo había desaparecido. Necesitaba ir al servicio y paró, alzó la cabeza y el taller estaba vacío. Miró el reloj que estaba colgado en la pared y marcaba las once de la mañana. No podía ser, ¿dónde se había metido todo el mundo?. Ni siquiera estaban los cuidadores, Pedro muy extrañado se dirigió hacia la puerta del taller buscando a alguien que le diera una explicación. La puerta estaba cerrada, intentó abrirla pero no pudo. En lugar de ponerse nervioso volvió a su puesto y siguió trabajando. Comenzó a ponerse nervioso, no sabía por qué pero tenía una sensación extraña.
_ Hola Payo, pareces muy ocupado
Pedro se giró y vio al patriarca de los gitanos. Estaba acompañado de sus lugartenientes. Pedro comenzó a sudar, se acercaron y Pedro se apartó de la mesa que estaba barnizando. El patriarca le preguntó por su amigo Polvo Blanco. No sabía que responder, al parecer los sudamericanos se habían echo con el mercado de ciertos productos mal vistos en aquel lugar pero que daban mucho margen Sin embargo no entendía qué tenía que ver con él.
Pedro comenzó a recordad que hacía unas semanas su amigo le entregó un paquete ara que se lo guardara. Él lo metió en la caja de herramientas de la carpintería, allí nadie buscaría aquel paquete. No se preocupó del contenido.
_ Creo que tienes algo que no te pertenece
El pobre Pedro empezó a atar cabos con rapidez y se dio cuenta que seguramente Polvo Blanco le había robado el paquete al Patriarca y se lo dio a él para que se lo guardara. Pedro respondió que no sabía nada, no quería traicionar a su amigo. Sin embargo las cosas se estaban poniendo tensas. Sus lugartenientes empezaron a registrar el puesto de trabajo de Pedro y al cabo de cinco minutos de largo silencio no encontraron nada. Pedro no paraba de sudar, estaba pálido. El patriarca estaba perdiendo la paciencia, pero Pedro no cedía, no quería perder a sus amigos y convertirse en un chivato. La vida se convertiría en un infierno allí dentro.
Al cabo de unos minutos el Patriarca se despidió pero se fue solo, sus hombres se quedaron mirándole fijamente a los ojos y no se movieron hasta que su jefe salió del taller. Pedro se dio cuenta de que nunca saldría vivo de aquel lugar, comenzó a rezar la única oración que recordaba. No creía demasiado en Dios, su vida no había sido fácil, Dios se había olvida de él pero por si acaso siguió rezando.
Se encendieron las luces de las galerías a las 7 de la mañana, todos bajaron a desayunar como cada día, sin embargo en la tercera mesa de la segunda fila todos estaban callados. Sobre todo uno de ellos, Polvo Blanco no comió nada, estaba triste, ya no volvería a ver a su amigo Pedro y todo era por su culpa, por fidelidad a él.
Al final del día cuando Polvo Blanco volvía a su habitación cuando se percató que estaban vaciando la habitación de Pedro. Paso delante de la puerta y mientras estaban recogiendo sus cosas se cayó una carta al suelo. Sin que nadie se diera cuenta la cogió y se fue. Se metió en la cama y antes de que se apagaran las luces la abrió y comenzó a leerla. Se puso a llorar, la tiró al suelo y se puso a dar patadas a la pared.
Madrid 15 de Mayo de 2002
Muy Señor mío:
Le comunicamos que su solicitud de reducción de pena ha sido revisada por el Juzgado número 7 de lo penal siendo aceptada. Por lo tanto el próximo 3 de Julio será puesto en libertad provisional debiendo acudir al Juzgado número 7 entre los días 1 y 3 de cada mes.
Un saludo,
Francisco Jiménez Alarcón
Director de Instituciones Penitenciarias
Pedro fue incinerado en presencia de sus compañeros el día 2 de julio a las 11 de la mañana. Al final salió de la cárcel un día antes.

