Las Máscaras

8 de Abril, 2008

Era de madrugada, aquel día de febrero. Un ambiente brumoso dominaba El Cairo, y los edificios y las casas que se apretaban en la ciudad, se veían como esqueletos en espera de la resurrección.
Y se oía, de vez en cuando, el sonido rápido e intenso del viento hasta el punto de que quien viese esta escena, se imaginaría que El Cairo sufría un ataque histérico por la ausencia de su ruido y clamor eterno, y que aquel sonido interrumpido de viento era sus gritos que expresaban el temor de que se dejara de atraer todo lo ruidoso, desagradable y caótico.

Al mismo tiempo, un joven apareció a lo lejos, saliendo de su casa y llevando un abrigo gris, guantes de piel y un sombrero negro, así que, junto a la niebla oscura que se extendía en el horizonte, parecía como un cazador de vampiros en el mismo corazón de la ciudad de El Cairo.

Andaba mientras por dentro le recorría un sentimiento de intensa felicidad por la ilusión que sentía por no ver aquellos rostros enmascarados que pasaban por su camino con frecuencia; como si viviera en la sociedad de lo misterioso en la que nadie quería revelar su identidad y su rostro verdadero; ocultándoselos tras la máscara que se ponía.
Y lo desastroso era que a nadie le satisfacía tener una, sino que todos eran moldes de distintas máscaras: se ponían la de virtud para conseguir un objetivo y se la cambiaban por la del vicio para lograr otro.

´´ ¿Por qué la sociedad vive así, como un molde que se cambia según sus intenciones e intereses? ¿Lo que está dentro de cada uno es tan malo y feo para esconderlo tras esas máscaras? ´´, se preguntó el joven de golpe sin saber la respuesta.
´´¿Alguno de ellos se habrá preguntado alguna vez: (¿ Quién soy?) ¿O, por el oportunismo y la hipocresía que demuestran, han llegado al punto de olvidar su identidad y cuestionársela?´´, se preguntó también y quedó sin respuesta alguna.

La niebla empezó a desaparecer, se acabó el sonido del viento y la capital resucitó de nuevo, como los habitantes que empezaban a salir de su casa. Así, la ciudad volvió como siempre: ruidosa y clamorosa, con su hipocresía y suciedad. Y parecía como si se sacase la lengua a este joven, obsesionado por muchas preguntas irresolubles.

Pero, de repente, el joven se dio cuenta de algo importante: ¡Que él mismo estaba enmascarado sin llevar ninguna máscara¡, porque todos los oportunistas, que estaban a su alrededor, acostumbrados a ver la verdad como si fuera una máscara y la máscara como si fuera verdad, le veían del mismo modo que les había visto él: ¡enmascarado¡
´´¿Cuándo terminará esta pesadilla y nos pondremos la máscara adecuada para todos? … LA VERDAD´´, se preguntó otra vez siguiendo su camino.

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