La última hora del día

Lola siempre anduvo de aquí para allá, rebotando en los bordes de las aceras y saltando sobre los autos. Lola se mareaba por las vueltas que daba, y a veces se quedaba fija en un punto de la geografía del parque. La sorprendí una mañana en las mismas andanzas, los niños de una escuela infestaron como langostas el espacio abierto de la plaza y danzaban en torno a ella, a su figura retorciéndose de maneras toscas, y algunas veces soberbias. Uno de ellos se rió luego al caer sobre su sombra, enroscado de la risa y atropellado por mil suelas mugrosas; rió tanto que se orinó encima y Lola dio un ligero salto para evitar mojar sus pies desnudos.
Más tarde, por la calle ya no corrían sombras, estaba el sol sentado en la mitad del cielo y los niños sudaban ríos que se vertían todos en un agujero, en la fosa cavada por Lola en su atornillado baile -más que un trompo, un taladro-, la insensata mujer también está riendo como loca pero sus carcajadas se escuchan densas, como si reventaran la tensión del viento y luego, tragadas por un remolino central se volvieran de agua. Los peces en ese mar aleteaban en oposición a la corriente –aleteaban como aves en un torbellino- y la risa ya tenía color y luego aroma. Un instante después -fueron indistintamente siglos o meros segundos- Lola paría a un niño. No se trataba seguramente de otra carcajada, porque aquél sonido escuchado luego era tan irritante, que la masa de escolares se marchó enfurecida, algunos lloraron en los regazos de sus madres que llevaban bajo el brazo la hogaza de pan, o una modesta cartera repleta, o un lápiz de labios envuelto en una empanada de cuero de vaca, o una rosa del hombre que no era su marido, o de su marido, o no una rosa sino su marido, bajo el brazo -¡bajo el brazo!- o no era una madre, sino un padre, o ninguno. Y Lola y su niño lloraban juntos en mitad de la plaza.


La risa se convirtió en un tierno hombrecito, que ya decía sus primeras palabras. Extrañada, Lola mecía su cuerpo como un péndulo y el niño le hablaba: “Ja ja ja ja ja” –y luego “¡mamá, mamá, mamá, mamá!…” –¡¿Qué quieres por Dios?¡
Lola es madre, pero de aquello no se entera. Los niños van y vienen unas cien veces, también por las tardes a danzar en torno a ella, a su figura tosca y al niño; fuera del círculo las madres, los padres, o nadie. Todavía Lola cuenta las huellas que ha dejado en la tierra húmeda, y el agujero de donde brotó esa ramita, el niño es verde como la hierba y por las noches, blanco, porque la luna refleja en él toda su envidia.
Elegí el nombre “Lola” porque no conocía el real, y Lola era la fuerza que dibujó en el viento cuando daba vueltas, Lola era el color de la risa, Lola era el niño, y yo fingía creer que el niño decía “Lola, Lola, Lola”. “Lola” me gusta, y le gusta a ella. Muchas veces me he plantado enfrente, y le he gritado “¡Lolaaaaa!”, y me sonríe. Los niños le gritan “¡aaaaaaaaaaaaaaah!” y también sonríe… pero a mí me gusta “Lola”. Y a ella le gusta. Y su niño le dice al oído el nombre real. Me hubiera gustado preguntárselo algún día, cuando dejaran de correr en torno a ella y su grotesca figura, mil bastardillos. Le he dicho grotesca, tosca, y se me ocurre vulgar ahora, y sin embargo es tierna mi Lola –he renunciado a las comillas, es Lola y punto- y es suave, y es dulce. Dulce la leche que mana de su pecho; una vez yo la probé, porque resulta que el muchacho descarado le había dado un mordisco brutal al pezón y la blancura nos llevó por delante a los niños, a su niño, y a mí. En vez de nadar abrí la boca y me atraganté de leche, como el hermano chino que tragó toda el agua del mar, sólo que yo la guardé en mi estómago. Luego salió como vapor blanquinoso por mis poros. Y así fue que probé la dulzura de Lola, y no me emborraché, ni me empalagué, ni me harté. Incluso tenía más sed, y me acerqué osado al pecho desnudo –el otro lo tenía siempre cubierto por alguna razón-, pero estaba seco. Dejé unas monedas, o un pedazo de pan –ya no recuerdo bien- pero el maldito niño se lo comió todo.
Después de tener a su niño, a veces Lola volvía a bailar; se calzaba sus zapatillas de ballet y le hacía cosquillas al suelo, el lodo también, del parque, porque sobre todo en diciembre los aguaceros eran constantes… Y qué gracia la de mi Lola, vapuleando sus piernas y sorteando las gotas, que juro haberla visto saltar como un grillo durante diez horas sin mojarse y yo con el agua hasta el cuello. De vez en cuando volteaba a mirarme y destrozaba el piso a lo largo del trayecto de su mirada, como Moisés abriendo las aguas del mar ella removía las entrañas de la tierra hasta donde estaban mis pies, con un par de rezos me salvé de caer en la lava la primera vez, las otras no temía tanto al fuego, ni al dolor; tardes como esas fueron miles en mis años pequeños, y no atinaba en darle todavía sentido a mi pérdida de tiempo frente a la plaza, o al pie del río, o sentado a la ventana durante la lluvia o los apagones. Era un tiempo en que vivía, simplemente.

La cuidad oscureció una vez hasta tragarse el brillo de millones de ojos que revoloteaban por las calles; recuerdo la gracia que me hacía escuchar hablar de las manos traviesas que habían empezado a apoderarse de cuerpos a diestra y siniestra, y yo mismo fui atacado por un par de ellas, me arrancaron la ropa y revelaron mi intimidad a un mundo ciego; lástima, no pude ni siquiera allí liberarme. El dolor más grande era la pérdida de Lola, porque no hablaba, no oía, no tocaba con las manos. Había muerto una vez más hasta el amanecer, y yo no soportaba el duelo constante. Sólo su mirada daba señas de vida, y las tinieblas le habían negado un sentido; tampoco los niños volvieron a correr cerca de ella, a su alrededor, no reían tampoco; me deprimía tanto que corría desnudo hasta chocar con otro ser humano, no sólo manos que aprovechan el poder oculto de la noche. Volteaba y me daba cuenta de que mi cansancio era en vano, no avanzaba ni un metro. Mi casa estaría fuera de mi alcance por el resto de la noche y yo, moribundo del frío, solo podía maldecir a una persona, a Lola. Esa maniática danzarina había provocado mi desvelo, mi desnudez y mi congelación, pagaría por mis huesos rotos y la ropa que tendría que comprar. Resulta que el apagón fue mucho más largo que una noche, era tan frecuente que incluso la gente empezó a olvidar a la luz nocturna, y se dedicó a beber el sol. Lola lo hacía siempre.
A sus acostumbradas muertes se suma en mi historia la más insoportable, la que no trae consigo promesas de una nueva mañana. Una tarde como pocas Lola estaba sola, completamente, miserablemente, irremediablemente sola. Vaticiné que no volvería a estar con nadie porque si es cierto que sus pupilas fueron siempre opacas al menos algo de la luz citadina se imprimía en ellas y yo podía leer un mapa y ubicarme, pero en su soledad descubrí que Lola simplemente no estaba allí, detrás de la mirada. Entonces supe que ella estaba sola en un mundo lejano, sin el niño que se atraganta de su pecho y sin mi devoción por su indescifrable pensamiento.
El duelo fue misericordioso al principio, su cadáver estaba tan lleno de gusanos y tierra mojada que en seguida me consoló y abrazó a mi corazón repentinamente huérfano: estaba lejos de las manos de todos, y el diablillo voraz no volvería a apoderarse de su cuerpo. Pero el abrazo se convirtió en bofetada fría segundos después, porque vi sus ojos petrificados volverse blancos y responder a la inquietud de la gente. La dama saludaba al público y se marchaba sonriente, con una bolsa de pan bajo el brazo. El cuerpo putrefacto que paralizó si corazón era un artificio de mi mente adolorida, Lola murió dejando un cuerpo caliente que se confunde con la muchedumbre y no una estatúa eterna que me mirará caminar hasta crecer y envejecer y entregar mi alma abrazado a sus pies, porque no había sido una bailarina callejera capaz de tocar las nubes y enterrarse hasta el calor del manto, una madre de parque, el asta de un juego de mayo, un animal indómito que me había permitido morder su seno. Me acerqué al santuario de tantos años y renuncié a la esperanza de abonar junto a ella los campos con mi sangre, descubrí a un solo humano entre los dos, y a ningún armiño escapando finalmente a los bosques, enseñándome los dientes en señal de conquista. Me desarmé por un par de piedras brillantes, y poco después se movían sus párpados humedeciendo una gelatina blanca: ojos humanos que me miraban como se mira a un don nadie.
Terminé despedazado en la misma calle, con mis manos llenas de pétalos que eran los restos mortales de la antigua tierra de mi destino romántico. Caminaba minutos más tarde hacia el final de la ciudad evitando las luces, arrastrando las piezas de mi corazón y un ápice de estupidez primordial para intentar recomponer a la fuerza el delirio que me mantenía vivo. Cuando se acabaron la gente y el asfalto me senté para dedicarme a resucitarla. El esfuerzo fue inútil, mientras me imaginaba sus ropas envueltas en mi aliento, llena de hojas verdes y con los pies embarrados de brea, Lola orbitaba el planeta y se comía la luz de la Luna. Así había sido siempre, pero necesitaba saber que la muerte existe en más de una forma para entenderlo. Yo esperaba su rostro cada vez más fresco y verde para poder estar en paz con el mundo, quería ver a sus hijos nacer uno tras otro y caer desde su vientre sobre el muladar del parque, envueltos en un moco sanguinolento, pero ella no tenía por qué tocar el suelo. Ahora, finalmente, podía ver cómo se reproducían las estrellas en un par de ojos indescriptibles, y cada niño de este y todos los planetas brillaba en ellas. Ya era una madre etérea, que me había abandonado mezquinamente junto con mi nostalgia y un montón de gente sumergida hasta el cuello en la mierda gris. Ni siquiera un canto podía ser sublime en sus labios, dejaba su voz en mi propia garganta y subía a componer sinfonías que no podía entender yo, que estaba demasiado cerca del centro de la Tierra.