La Súcubo IV
LA SÚCUBO IV.
WARNING.-
Este relato tiene tres rombos de modo que si no tienes dieciocho años ya le estás pidiendo permiso a tu papá para leerlo. La empresa se auto exime de toda responsabilidad con los infractores. Asimismo, la empresa hace constar que todo lector que litigue contra ella por el incumplimiento de la cláusula anterior deberá someterse a lo que dictaminen los juzgados competentes de la ciudad de Valencia. Allá ustedes y sus hijos, ahora ya están avisados. Y, dicho esto, vamos al grano.
La ergástula amatoria en que se ha convertido mi dormitorio de soltero, con cama de matrimonio para compensar la tristeza de dormir solo en una cama estrecha durante tantos años, ha adquirido ese aire rococó en que la presencia de toda hermosa mujer convierte su nido de amor. Así que ya lo saben.
Aquella tarde, Lina y yo, fuimos al cine. Dicho así parece un comentario insustancial, pues no. La película era de guerra, en v.o. inglesa, porque me interesaba conocer la verdadera voz de los actores y perfeccionar el idioma. A Lina no le gustan las películas de guerra, se pone muy nerviosa, muy excitada y me pellizca con una regularidad de cronómetro siempre en el mismo sitio y, claro, salgo del cine en posición de “presenten armas”.
En la película había un sargento negro malísimo que trataba a los marines reclutas sin piedad. Por la menor falta ya les estaba gritando al oído con voz atronadora:
– Give me, fifty — Lina me preguntó en un susurro:
– ¿Qué le dé cincuenta qué?
– Nena, se entiende que son “bend”, flexiones…
– ¡¡Ah!! – exclamó - Y no dijo nada más.
Pero aquella noche, poco después de acostarnos me susurra:
– “Give me, fifty”… y yo, claro, encantado de haberla llevado al cine.
Treinta minutos después:
– “Give me, fitty”. Sin problemas, cincuenta flexiones más.
Pero después de cien flexiones, y con muy poco transición, cuando volvió a repetirlo empecé a ciscarme en las películas de guerra. Acabadas las ciento cincuenta flexiones se fue al baño porque estaba inundada según dijo. Claro – pensé molido – no queda agua ni para pegar un sello.
Oí correr el agua del bidet y el chapoteo subsiguiente. En el duermevela que precede al sueño casi ni la oí regresar. Noté ligeramente como se clavaban sus duros pitones en mi espalda, su brazo pasaba por encima de mi tórax hasta descansar la mano sobre mi pecho y su tibio cuerpo de seda pegado al mío. Empezó con unos tironcitos de pelo suaves, un recorrido lento hacia el sur y casi de inmediato, con la bandera a media asta susurró:
– “Give me, fifty”
– Nena – murmuré somnoliento — mañana tienes que madrugar
– Es temprano, cariño.
– Son las doce pasadas, y te levantas a las siete.
– Yo no duermo tanto.
– No es necesario que me lo jures – y todo esto sin dejar de enredar con la mano hasta que el asta de la bandera llegó al tejado y volvió a repetir:
– “Give me, fifty”
No les extrañará, pues, que finalizada la puñetera guerra me durmiera como un tronco. Los números fluorescentes de mi radio-reloj-despertador-tocadiscos-mechero japonés fue lo último que recuerdo; marcaba la 1:16. Pero lo que sí les extrañará es que, después de los trabajos de Hércules, me despertara de improviso a las 4:21 sin motivo aparente.
Me pareció que no respiraba y le tomé el pulso; no pude encontrarlo y me preocupó. Tampoco noté los latidos de su corazón en su cúpula de Bizancio izquierda, y me preocupé más.
Sin embargo, estaba tibia, toda ella estaba tibia. Quizá se ha muerto hace poco – pensé aterrado ante la idea de estar durmiendo con un cadáver — pero en un sitio estaba más tibia que en el resto, la humedad aún no había desaparecido, por lo tanto deduje con acierto que hacia poco que se había muerto y, precisamente, cuando lo estaba comprobando se dio la vuelta hacia mí y me espanté ante la posibilidad de oír de nuevo el demoledor “Give me, fifty”. No fue así, su brazo pasó sobre mi pecho, suspiró profundamente y me admiré de lo imperceptible de su respiración. Estaba más sana que una manzana.
Me tranquilicé por completo cuando su muslo de suavidad de natilla pasó sobre los míos. Por si acaso, permanecí inmóvil como una estatua abriendo los ojos a la oscuridad. El susto que me llevé fue tan tremendo que me tapé hasta la coronilla. No puede ser – me dije – asomando al rato un ojo con precaución. No cabía duda, allí estaba el blanquecino ectoplasma flotando inmóvil entre la cama y el armario. ¿Desde cuando estará aquí? Si ha visto toda la función debería salirle humo por alguna parte del blanduzco esqueleto.
Recordé las instrucciones para alejar los malos espíritus, crucé dos dedos y los besé repitiendo tres veces “arrenégoche demo”. Ni caso, oigan. Con esta mala bruja no valían exorcismos. Me insulté por no haber comprado aún la pistola. No estaba muy seguro de que me sirviera de mucho, quizá echándole un cubo de vitriolo encima conseguiría quemarla o mejor ácido nítrico o clorhídrico que son más corrosivos.
Y con estos pensamientos tan edificantes, un sueño que no me lambía y mí preciosa Lina al lado, no sé cómo, pese a mí inquietante ectoplasma, me quedé dormido hasta que el despertador empezó a bramar a las siete de la mañana. Lina ya no estaba en la cama, el ectoplasma había desaparecido y respiré tranquilo.
Salió del baño mi guerrera princesita y comentó sonriendo:
– Eres un dormilón, cariño, vendrá María y aún estarás durmiendo
– ¿Sabes qué ha pasado esta noche?
– ¿No lo voy a saber, mi vida? estoy como nueva, cielo, eres un campeón.
– ¡¡Bah, no será tanto!! – exclamé con el tono del que es capaz de hacer el triple sin esfuerzo – No me refiero a eso, esta noche tuvimos un fantasma en la habitación, estaba ahí parado y flotando, entre el armario y la cama.
– ¿Un fantasma, mi vida? – y empezó a reírse a carcajadas mientras sujetaba las medias al liguero – Eres un encanto, cariño, mira que creer en fantasmas…
– Te aseguro que es verdad, nena.
– Era mi camisón blanco, tonto, lo colgué en la puerta del armario para que se secara.
Opté por callar diciéndome para mi coleto: no me vengas con socaliñas, lo que pasa es que tú no sabes de que va el asunto.
Me dio un beso, le acaricié donde se imaginan y comentó con una sonrisa.
– ¿Aún no tienes bastante?
– De ti nunca tengo bastante.
– Gracias, caballero, ¿Give me, fifty?
– No, que vas a llegar tarde.
Se marchó riendo y me dormí al instante. Cuando de nuevo abrí los ojos y miré la hora pasaban de las once. Al no oír ningún ruido imaginé que Maria estaba en la cocina preparando la comida. Abrí una boca como la de un cocodrilo apresando un bisonte y estiré los brazos como Cristo en la cruz; de un salto me puse en pie. No cabía duda, me había recuperado de las cuatro incruentas batallas nocturnas y me fui a la ducha. Lina estaría en el banco sonriendo a los clientes tras su caja de cristal. Había dejado de ser la contable de la empresa de transportes cuando se le presentó la oportunidad de ingresar en la entidad bancaria. Eso me tenía muy acomplejado porque ahora manejaba más dinero que yo.
Salía de la ducha cuando se abrió la puerta del baño y una muchacha rubia, de ojos azules preciosos, muy bien construida se me quedó mirando de arriba abajo con toda desfachatez.
– ¿Quién eres tú? – pregunté cogiendo apresurado una toalla — ¿Cómo has entrado?
– Soy Carla, la hija de Maria, ella me ha dado la llave.
– ¿Y tú madre?
– Mi madre ha tenido que irse a Utrera; mi abuelita está muy grave.
– ¿Y porque no me ha dicho nada?
– Porque nos avisaron esta noche y cogió el primer tren.
– ¿Y cuando volverá?
– Depende, según, ya sabe lo que pasa, pero si quiere que me vaya…
– No, no, por lo que veo has venido ha sustituirla.
– ¿Le parece mal?
– No, que va – pensé, con esos muslos mejor no te vayas, y que Dios te los conserve — ¿Y qué quieres ahora?
– Limpiar el baño, si usted ha acabado…
– Sí, claro que he acabado, pero…
– Por mi no se preocupe, hace dos años que soy mayor de edad, ya puede soltar la tolla y no se ponga colorado, hombre, que no me voy a asustar.
– Me parece que eres un poco descarada.
– No, descarada, no, sincera, sí ¿o es que usted se asusta de una mujer desnuda?
– ¿No intentarás desnudarte?
– Eso quisiera usted, pero ahora no me apetece.
– Bueno, Carla, voy a vestirme, ya puedes limpiar – comenté, bien tapado con la toalla. Cuando pasaba a su lado me suelta:
– No esta usted nada mal, tiene buena pinta y está bien armado, lo imaginaba más viejo.
– Gracias, tú también estás muy bien.
En cuanto Lina vio a Carla quería despedirla. Si no llega a ser porque cocinó un fricandó que ni el chef de Maxim’s y unos lenguados Menieure de pecado mortal, no sé si hubiera conseguido que desistiera de su empeño. ¡¡Qué manía le entró con la pobre chica!! Pero como tengo ideas muy felices, avisé a Carla de que todos los días cuando llegara “la señora” le echaría una bronca por una u otra causa.
– Así que, ya sabes Carlita, guapa – le dije muy serio — rompe algo que no valga mucho.
– Pero ¿por qué? yo no quiero romper nada.
– Tu haz lo que yo te diga, preciosa, por ejemplo, mañana, minutos antes de las dos rompes la sopera portuguesa, esa que tiene el pie torcido de nacimiento y más colores que el Arco Iris, a ella no le gusta nada.
– ¿Entonces es que la señora no me quiere?
– ¿No te va a querer? – cuanto más lejos mejor – claro que te quiere, nena. Tu haz lo que yo te diga y no te preocupes de nada más.
Al cabo de una semana, un granadero napoleónico hecho cisco, tres figuritas cochambrosas de cristal de Murano a trizas y cuatro broncas, Lina, quizá por corporativismo femenino, se había puesto de parte de Carla y ya no podía llamarle la atención sin que me echara una bronca ella a mí. Mejor, así no tengo que romper nada más - pensé ilusionado - a pesar de que tenía preparada una lista como la de Shllindher pero al revés. Oigan, fue mano de santo.
– No sé por qué le has reñido tanto, al fin y al cabo no lo habrá hecho a propósito la pobre.
– Si, lo imagino, pero debería tener más cuidado, es una manazas.
– Vamos, cariño, que tampoco la sopera era nada del otro mundo, a mí me parecía horrorosa, sólo a un portugués se le ocurre hacer una sopera verde y amarilla, ni que fuera la selección del Brasil.
– En parte tienes razón pero…
– Venga, cariño, no pongas esa cara que parece que se te ha muerto tu madre, anda, dame un beso.
Le di un beso y le hice una caricia.
– Quita la mano de ahí que ya viene por el pasillo.
– Vale, lo que tu digas, amorcito, es que estás tan bien hecha.
– Sabes tú poco, bandido.
No sé, tendré que ir con mucho cuidado, Lina es muy lista y difícil de engañar. Pero encuentro a Carla tan apetitosa que… en fin, ustedes ya me comprenden ¿verdad?. Ya veremos más adelante lo que sucede.

