Erótico, Humor

La Súcubo III

Por Redacción, en 13 de Julio de 2007

Como les iba diciendo Lina y yo nos fuimos a cenar a Casa Mouriño. Cachis, ya está aquí la súcubo del demonio, no hay manera….

– Oye, déjame tranquilo, caray…. ¡¡Vete a hacer gárgaras!!

Pues, como decía, entramos en el restaurante muy satisfechos y con respetable apetito. Juanjo no estaba entre los amigos sentados a la mesa…

– ¡¡Será posible, esta maldita súcubo!! Déjame tranquilo, leñe. ¿Me puedes dejar tranquilo de una vez? ¿No ves que estoy escribiendo?

– Esa jovencita no te conviene, vas derecho a un desastre.

– Eso a ti no te importa, será mi desastre no el tuyo, además, ¿quien te ha dado vela en este entierro? Y otra cosa ¿quién demonios eres tú?

– Piensa un poco, hombre, quizá lo averigües.

– Si por lo menos pudiera ver tu ectoplasma — no oí su risa, pero supe que se estaba riendo porque cuando habló de nuevo su voz era festiva.

– Te gustaría saberlo ¡Eh, Tenorio?

– No soy ningún tenorio.

– Si, lo eres y además un viejo verde.

– No tan viejo, y menos verde.

– Vaya que no, como para ser su padre.

– Estás celosa ¿verdad?


– Pero ¿quién te ha dicho a ti que soy mujer?

– ¿Te crees que soy tonto?, pues te equivocas.

– No eres tonto, te crees muy listo que es mucho peor.

– ¡¡Déjame en paz de una vez, estoy ocupado!!

– No te librarás de mi tan fácilmente como tu crees.

– ¡¡Ajá!! ya sé quien eres, maldita bruja, te has delatado con esa frase, la he oído un millón de veces antes de separarnos.

Esta vez sí oí su risa estridente y me giré hacia la izquierda; la ventana me miraba con sus ojos cuadriculados y amarillentos de farolas encendidas.

Al reflejo del cristal me pareció ver una sombra que se movía y me levanté del sofá escudriñando atentamente la difusa figura ahora parada frente a mí. Me acerqué despacio, en silencio y levemente encogido como los soldados que avanzan al ataque. Ella también se movió. Me detuve. El espectro hizo lo mismo. Mientras intentaba distinguir aquella especie de ectoplasma parada en la ventana, decidí rápidamente que no volvería a leer ninguna novela de Stefan King.

Moviendo los pies tan silencioso como un gato fui acercándome despacito, despacito. Creo que me costó media hora recorrer un metro. Empecé a sudar frío. Contenía la respiración desojándome por distinguirla más claramente. Incluso llegué a pensar en dar un salto y atraparla. Pero ¿ y si calculo mal y salgo por la ventana? Salir disparado de un quinto piso no es una broma. Me estrellaré contra el asfalto y, encima, están en obras y puedo estropear la apisonadora del Ayuntamiento.

Oí que se abría la puerta del piso, pasos por el pasillo, pero no me moví.

– ¿Qué hace ahí parado, señor?

– Silencio, María – susurré — no grites que aquí hay alguien.

– Sí, claro, acabo de llegar.

– No, no, María, en la ventana. No grites.

– ¿En la ventana, señor , quiere que avise al oculista del tercero?

– Cállate, mujer — susurré de nuevo — me la vas a espantar.

– ¡¡ Ay, Jesús, Dios mío,!! ¿De verdad se encuentra bien?

– Sí, María, pero cállate.

– ¿La señora no ha llegado aún?

– No, ¡¡pero cállate, de una vez, leñe!!

– Vale ¿qué hago para cenar?

– Lo que quieras.

– Señor, le va a dar un lumbago si está mucho rato encogido.

Desesperado me levanté bufando y… claro, el ectoplasma desapareció y María también.

Paso todo el santo día discutiendo con el maldito espíritu que me atosigaba nada más entrar en casa. Es terrible. No puedo concentrarme, no puedo escribir, no puedo hacer nada, ni siquiera puedo freír un huevo si me apetece sin que la tenga pegada a mi oído recriminándome de continuo. Sólo cuando Lina llega a casa deja de hablar pero no de molestar. Siempre anda cambiándonos las cosas de sitio, haciéndolas desaparecer para encontrarlas luego en los sitios más inverosímiles. Me ha dejado como un cochero delante de mi secretaria. Claro que la culpa fue mía por abrir el maletín. Vi el trapo blanco y debí sospechar, pero ni se me ocurrió, tuve que sacarlo y extenderlo y sólo entonces comprendí que era un camisón de Lina…¡¡como iba yo a imaginar que lo ocultaría allí.!! La secretaria disimuló, pero por la expresión de su cara supe que hacía esfuerzos para contener la risa.

Sé que es el espíritu maligno de mi ex mujer, pero no estoy seguro porque aún está viva y creo que los espíritus malignos, los súcubos y todas esas magnitudes del espíritu sólo se aparecen después de muerta la interesada. A lo mejor estoy equivocado. Tendré que consultar a un nigromante. Pero mientras me decido a buscarlo en las páginas amarillas y Lina se ducha y se arregla, intentaré explicarles lo sucedido hasta ahora si es que María sigue entretenida con el lavavajillas y no viene a explicarme algún capítulo de la telenovela. Hoy en día para tener fámula hay que rodearlas de toda clase de artilugios automáticos que hagan el trabajo mientras ellas ven la tele. Lo malo es que María no se queda tranquila si no me explica luego de que va el rollo lacrimógeno, lo que añadido a la tabarra de mi súcubo es fácil comprender que ya no soy capaz de seguir una línea narrativa coherente. Mi escritura acabará siendo tan indescifrable como la de Nostradamus. Háganse cargo… ustedes son comprensivos y amables, espero que me disculpen.

Bien. Como iba diciendo entramos en el restaurante con buen apetito. Creí que no estaba Juanjo, pero sí estaba, porque nada más sentarnos salió del lavabo. Se detuvo y me pareció que se quedaba un poco cortado. Miré a Lina y me sorprendió oírla decir:

– Hola, muchachito, ¿cómo estás? — lo dijo con el mismo tono indiferente con que había saludado a todos los demás.

– Bien ¿y tú?

– Muy bien, gracias. ¿Tu mujer también bien?

– Aún no me he casado, Lina.

– Pues no lo demores, chico, igual se te va con otro.

– Todas no son iguales, Lina.

– ¿No? ¿Tú qué crees, cariño? – preguntó acariciándome la mejilla y guiñándome un ojo. Me quedé cortado, respirando profundamente para no ponerme colorado.

No lo dijo muy alto pero lo suficiente para que cesaran las conversaciones. Quien más quien menos me miraba sonriendo y esperando mi contestación. Supuse que le estaba dando celos a Juanjo y me lo tomé con filosofía. Al fin respondí:

– Bueno, en realidad, nena, no soy experto en mujeres, pero creo que las morenas son todas morenas y diferentes de las rubias que son todas rubias.

– Vaya, mira tú el gallego este — rió Valera – ni sube ni baja la escalera, pero sigue en el guindo.

– ¿Qué quieres decir, Vicente, con eso de que sigo en guindo?

– Venga, Toni, que ya era hora – comentó Beltrán – Además, me alegro mucho.

– Pero ¿de qué te alegras, Ramón, quieres explicármelo?

– Cariño – comentó Lina riendo — eres un despistado, todos lo sabían menos tú ¿verdad, Juanjo?

Y Juanjo, doce años más joven que yo, me palmeó la espalda sonriendo para comentar:

– Enhorabuena, ¿cuándo es la boda?

– Pero ¿Qué boda, la tuya o la mía?

Las carcajadas atronaron el local. Al final vine en saber que todos se habían confabulado desde hacía tres meses porque, aunque Lina me gustaba mucho y la encontraba apetecible, lejos estaba de imaginar que yo le gustaría a ella. Como yo no arrancaba porque según ellos siempre estoy en La Luna, Juanjo había ideado lo de darme celos con Lina para ver si lanzaba de una vez. Ni Juanjo se iba a casar ni pensaba hacerlo porque no tenía novia siquiera. Es el colmo, me decía, el hambre que he pasado teniendo la fruta tan cerca. Toda la culpa la tiene la maldita súcubo que tengo en casa… ¡¡como la atrape la estrangulo!! .

Al final nos quedamos solos con Mouriño. En un momento en que Lina fue al lavabo me preguntó:

– ¿Quién piensas hacer, amigo?

– ¿Qué pienso hacer de qué?

– De casarte, creo que va siendo hora.

– No lo creo, puedo ser su padre.

– Que importa eso, ella está enamorada de ti hace tiempo, no me explico como no te has dado cuenta.

– ¿Y tú por qué no me dijiste nada?

– Oye, que todos sois clientes y tengo que ser amigo de todos ¿comprendes?

– Vale, pero no creo estar preparado para otro matrimonio.

– Lo entiendo ¿pero no todas son igual y ahora no hay millones por el medio?.

– Ya veremos, no sé que decirte, tendré que explicarle….

– Yo de ti no le explicaría nada, mejor déjala a su aire, lo que sea sonará, ya no eres ningún niño.

– Quizá tengas razón, ahora lo que me preocupa es el fantasma que tengo en casa, eso si que es un problema.

– ¿De qué hablas?

– Viene Lina, ya te contaré.

– Cariño, ¿nos vamos? – preguntó ella.

Nos despedimos de Mouriño. Nos besamos en la calle al despedirnos. Subió a su coche y me dijo:

– Hasta mañana, cariño.

– Hasta mañana, nena.

– No la volverás a ver, te han tomado bien el pelo, gaznápiro – me dijo la bruja nada más entrar en el piso.

– Pues lo de esta tarde no fue una tomadura de pelo, creo yo.

– Siempre serás un cretino, tenía ganas de follar y tú estabas a mano, eso fue todo.

– Para ti siempre he sido un cretino.

– Es que lo eres, necio, lo de esta tarde entraba dentro del juego, cabezón.

– Estoy de tus insultos hasta el gorro, mala zorra, ¿sabes que te digo? que me voy a escribir un cuento sobre las brujas como tú.

– Cuento si tienes, pero no escribirás nada porque sólo tienes serrín en la cabeza, mejor sería que te tiraras por la ventana, el mundo te lo agradecería.

No le contesté esperando que me dejara tranquilo y poder escribir aunque sólo fuera media hora, pero ni hablar, ella tenía otra idea, la única que tiene siempre, vamos, hacerme la vida imposible. Acababa de encender el ordenador cuando sonó el timbre de la portería.

– ¿Quién es?

– Soy yo, cariño, abre.

– No la dejes entrar, imbécil – bramo la súcubo — o acabarás suicidándote.

– Anda y que te den, mala pécora.

Abrí la puerta del piso y allí estaba Lina con dos maletas, una en cada mano.

– ¿Qué pasa, nena?

– ¿Puedo pasar?

– Claro, entra, por favor, dame las maletas. ¿Qué es lo que ha pasado, Lina?

– Pues que me he peleado con las amigas y me vengo a vivir contigo – y tras una vacilación – si quieres.

– Por supuesto que quiero, preciosa – respondí dejando las maletas en el suelo para besarla y pensando mientras lo hacía que con ella en casa la bruja quizá me dejaría tranquilo.

– ¿Nos duchamos? – preguntó sonriendo.

– Luego, nena, tengo que escribir un poco.

– ¿Puedo acompañarte?

– Por supuesto, pero primero pondremos las maletas en el dormitorio.

Y sí, las dejamos, pero no pude escribir nada hasta el día siguiente y, aunque la mala bruja no me habló ni una palabra, nos hizo caer de la cama uno encima del otro cuando más encariñados estábamos. Es una arpía con muy malas artes. Por si acaso, he colocado colchones de playa a los lados del lecho. No quiero que le haga daño a mi preciosa muñeca. Les tendré informados de lo que ocurra.

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