La sombra

31 de Agosto, 2007

SOMBRAS

Todas las tardes los más pequeños del pueblo salían a jugar a la calle.
Ya aburridos de los cotidianos paseos y juegos de verano, cada día inventaban nuevas cosas para distraerse y pasar la calurosa tarde.

Durante estos tiempos extensos de ocio, la imaginación puede ser muy creativa a tan corta edad, como también extraña y algo tenebrosa.
Maxi y Gustavo eran los dos típicos amigos inseparables, y cada uno usaba como pretexto la amistad con su igual para salir a la calle. Esta es la razón de por qué no hay más testigos de esta historia que, de ser verdad, digna de estudio debiera ser por parte de especialistas en cosas extrañas.
Una tarde, “Maxi” decidió ir donde Gustavo. Esto no sería extraño a no ser por el horario.
Que un pequeño niño, un vecino y amigo de tu hijo llegara a casa casi dos horas antes de lo habitual merece poner la máxima atención posible, más, si el escenario es tu propia casa.
Ya habituado a un sin fin de pretextos que mi pequeño vecino daba para estar en mi casa y jugar ahí, junto a mi hijo, me tenía ya preparado para cualquier cosa absurda, tonta y ridícula, pero cuando me explicó que tenía miedo de estar en su propia casa a esa hora del día, las cuatro de la tarde, lo encontré lo más extraordinario e inventivo para un niño de seis años.
Sin inquirir detalles de su miedo, le permití entrar como todos los días, y mi hijo al verlo lo recibió con mucho agrado, y muy gustoso lo invitó al patio a jugar con barro.

Han de saber ustedes que estos individuos pequeños son expertos para transgredir normas de aseo, higiene y de orden; la desobediencia suele ser la razón misma de su espíritu creativo, inventivo y explorador.
Mientras ambos se hallaban muy ocupados haciendo hoyos en mi patio trasero, yo me acomodé en mi sillón favorito ubicado al lado de la ventana para disponerme a leer unos cuentos. Fue en ese momento cuando comencé a escuchar la historia, la extraña aventura que el pequeño Maxi relatada a mi hijo en el patio de mi casa.
Su mamá no estaba en casa. Eso no era novedad para mí, como tampoco lo era la ausencia de su padre. En estos tiempos muchos padres trabajan y esta familia no era la excepción, ambos no pasaban en casa y el pequeño quedaba a cargo, gran parte del día, de una señora que hacía las veces de niñera y ama de llaves.
Ese día, después de ver sus programas favoritos de dibujos animados, apagó el televisor y subió a su pieza. Fue en ese lugar en donde el miedo se hizo presente a través de una extraña sombra que abultó el rincón de sus juguetes. El pobre pequeño, con una imaginación terrible, le dijo a Gustavo que ahí, en su propia pieza, en su rincón preferido de juegos, se hallaba el monstruo de los juguetes, un monstruo que se lleva los juguetes más bonitos y que cada niño cuidad con mayor recelo y dedicación.
Gustavo le respondió que eso no era verdad y además le confirmó por experiencia propia que los monstruos que se llevan los juguetes no existen, por el contrario, existen aquellos monstruos que se llevan a aquellos niños que maltratan a los juguetes y que destrozan y se llevan aquellos que no les pertenecen.
Un silencio prolongado se produjo en ese momento y eso me llevó a asomarme discretamente por la ventana. Ambos pequeños se veían muy concentrados al borde del muro en donde está la ventana haciendo hoyos. Un poco más allá, cerca de nuestro pequeño naranjo, pude ver un montón de pequeños soldaditos de color verde, seguramente ambos se preparaban para algún tipo de guerra o algo parecido.
Sin ver ninguna otra cosa más interesante me volví a sentar, me acomodé y abrí mi libro de cuentos. Ya dispuesto a reiniciar la lectura dejada un día antes, la conversación de ellos llegó nuevamente a mis oídos y no la pude evitar.
- Oye, Gustavo, ¡Mira! …en este hoyo va estar el monstruo de los juguetes, cuando salga tú te arrancas y yo me como todos tus juguetes, ¿Ya?
- ¡No!, ..respondió a secas Gustavo. – No me gusta jugar con los monstruos, son feos, hediondos y dan miedo.
- Pero este monstruo es bueno, Gustavo.
- ¡No!, ¡no!, ¡no!, yo tengo soldados y te mato ahora.
- ¡Gustavo!, ¡Mira!, este monstruo se moría y yo lo enterraba, ¿ya?.
- ¿Yo lo maté?, preguntó Gustavo.
- ¡Sí!, respondió el amigo.
- ¡Gané!, ¡Gané!, gritó entonces Gustavo, -Maté al monstruo de los juguetes, ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!,..

- Oye, Gustavo, el monstruo de los juguetes no muere, solamente estaba dormido y ahora despertó y se come todo.
- ¡No!, el monstruo de los juguetes no duerme de día, tú lo viste en tu casa. El monstruo de los juguetes está muerto, yo lo maté, - Sentenció Gustavo.

Después de este interesante diálogo, otro silencio se produjo pero esta vez no me interesé por ver lo que hacían.
Ya muy cómodamente sentado en mi sillón viejo, algo de somnolencia me produjo ganas de dormir, mas, sin obedecer a esas extrañas ganas, reinicié mi lectura.

No sé si dormité o si realmente dormí profundamente. Cuando reaccioné sentí en el comedor un cuchicheo, eran los dos pequeños individuos que algo tramaban en medio de mi siesta involuntaria.
De manera muy sigilosa me puse de pie y me asomé por la puerta entre abierta. Como nadie estaba a la vista, me incliné lo suficiente para poder ver bajo la mesa y, entre las patas de las sillas y las sombras que ya comenzaban a dominar ciertos rincones, pude distinguir las siluetas de ambos. Luego, silenciosamente, regresé al sillón y me quedé más tranquilo de saber que ellos estaban ahí.
Debo reconocer que no tuve curiosidad por saber cuanto tiempo estuve desconectado del mundo y, en espacial, desconectado de estos dos super amigos. Lo cierto es, que después de este relato, mis hábitos de controlar el tiempo transcurrido de un momento a otro, me ha transformado en una persona obsesionada por estar pendiente de la hora a cada instante.
Mientras continuaba leyendo mi libro, escuché golpes en el patio. Extrañado por ese ruido me puse de pie enseguida y me asomé por la ventana. Imaginen ustedes cual fue mi sorpresa cuando vi a los dos niños, Gustavo y Maxi, haciendo hoyos muy cerca del pequeño naranjo. Mientras los observaba, escuché el cuchicheo de los dos pequeños que se encontraban bajo la mesa del comedor. ¿Quiénes estaban ahí? Tal vez algunos otros niños habían ingresado mientras yo dormía.
Con gran curiosidad me dirigí hacia el comedor; una vez ahí me agaché para mirar a quienes, bajo la mesa, se encontraban. Las dos siluetas o las dos sombras que yo había visto ya no estaban. Miré a mí alrededor algo confundido y busqué en cada rincón en donde ya las sombras comenzaban a a*****ularse. Nada extraño llamó mi atención, mientras que afuera, en el patio, el diálogo de los dos niños daba vida a toda la casa.
¿Imaginé esas siluetas? Para razonar bien toda esta confusión miré mi reloj, eran las seis de la tarde. Dos horas desde que el pequeño amigo de mi hijo había llegado. Mi lectura se reducía a penas a un párrafo de unas diez líneas, por lo tanto mi pequeña siesta se había prolongado más allá de una hora y media. ¿Habría ingresado alguien en ese lapso?
Decidí preguntarles y éstos me dijeron que habían jugado a las escondidas todo el rato mientras yo dormía. Sobre otras compañías nada me dijeron, por lo tanto deduzco que aquellas dos siluetas las imaginé y el cuchicheo habría sido el de los niños y que yo creí proveniente desde el comedor.

Estuve leyendo un buen rato. Cuando me percaté de la hora el sol ya no entraba por las ventanas y una brisa fresca movía las cortinas lentamente.
El amigo de mi hijo decidió retirarse y Gustavo me pidió una taza de leche y pan. Con mucho esmero y dedicación respondí a los requerimientos de mi pequeño niño. Mientras éste disfrutaba su leche y su pan viendo la tele, decidí revisar la casa completa. Después de revisar las dos habitaciones, el baño y la cocina, volví a mirar de bajo de la mesa.
Gustavo, al verme mirar debajo de la mesa, me preguntó si buscaba al monstruo de los juguetes, mientras ponía atención a su programa favorito. Yo, algo extrañado, le respondí negativamente.
-Está en el patio, papá, detrás del tarro de la basura, -dijo, sin apartar los ojos del aparato.
Frente a esa afirmación tan segura por parte de él, me fui al patio, y, al momento de salir, un gato salió por detrás del tarro de la basura hacia la pared divisoria y desde ahí hacia el patio de la casa vecina.
Los gatos no hacen otra cosa que huir cuando les interrumpimos lo que, de manera muy sigilosa hacen, por lo tanto censuré todo tipo de cosas extrañas que comenzaban a dominar mis pensamientos.
-¿Lo viste? – Preguntó Gustavo cuando volví al comedor.
- ¡Sí!, ¡sí!, lo ví, -Respondí, -Pero era un gato, no era el monstruo.
-¡Ah!, papá tonto, el monstruo se disfraza de gato para que no lo vean, - me dijo.
-Y tú, ¿lo haz visto?
- ¡Sí!, ¡po´!
- Y, ¿no te da miedo?
-¡No!, ¡Hace nada!
Entonces cuando esté acá me avisas para poder verlo, ¿ya?

Gustavo en respuesta a mi petición apartó su mirada de la pantalla de TV y mirándome me dijo;
-Está en la pieza, está cuidando mis cosas para que nadie me las quite.
Entonces para asegurarme que lo que me decía era invención de él, le pregunté:
-¿Y cómo sabes que está arriba, en tu pieza?
Esbozando una breve sonrisa me respondió;
-Siempre cierra la puerta y tú y la mamá creen que es el viento que la cierra, pero no es así.
Con esta explicación de mi pequeño niño no tuve más remedio que pensar más en serio muchas cosas.

El viento cierra la puerta, más ahora que hace calor, sopla una brisa fuerte y la ventana está abierta todo el día, es normal que se cierre la puerta sola, expliqué mientras me sentaba en una silla y apoyaba mis brazos sobre la mesa.

-Sí, es normal, …me respondió.
-¿Ves?, tú lo dices, es normal, le aseguré. El monstruo de los juguetes no existe, son cosas que los niños inventan. Y diciendo esto un enorme portazo se hizo sentir en la planta superior.
-¿viste? Agregué, el viento cerró la puerta.

No acababa de terminar la frase cuando, sorprendido, una segunda puerta se cerró violentamente.
Gustavo siguió viendo la tele sin decir nada por el fuerte golpe, mientras yo decidí subir a abrir las puertas y poner algún objeto pesado para que éstas no volvieran a cerrarse, pero la sorpresa que me llevé fue enorme. De las tres puertas que hay en la planta alta, solamente una estaba cerrada y yo había escuchado dos violentos portazos.
La luz del sol ya se había retirado y las sombras de ese atardecer comenzaban a inquietarme.
Cerré las ventanas de las dos piezas y del baño, así me aseguré de no tener más corrientes de aire que cerraran puertas y acrecentaran la imaginación de un niño y también las inquietudes, por no decir, algunos miedos o temores, de un adulto que también tiene mucho de niño.

Pasadas las diez de la noche, Gustavo me pidió que le diera un baño. Por lo general, después de toda una jornada de juegos con su amigo queda bastante sucio, pues le encanta jugar con tierra y hacer barro.
Mientras él se desvestía en el dormitorio, yo salí al patio para encender el calefón, pues éste se encuentra fuera de la casa. Una vez fuera, encendí un fósforo y de pronto, de reojo, pude ver una sombra que pasó cerca de mis pies.
De manera refleja agité el fósforo para apagarlo y di un pequeño brinco hacia atrás. No siempre una sombra se te cruza por entre los pies abruptamente y sabiendo que no se trata de tu gato, pues no tienes mascota alguna.
Lo que haya sido pasó muy veloz y giró hacia el costado de la casa. Puedo decir con bastante convicción que aquello no era un gato.
Acostumbrado a ser sorprendido por estos cada vez que salgo a mi patio sin encender la luz, ya estoy acostumbrado a estos animales, pero este que pasó por entre mis pies, no respondía a mi intuición de experto en gatos de la vecindad.
En eso sentí a Gustavo que me llamaba, recordé entonces que debía encender el calefón.

Rato después, cuando mi hijo ya estaba bañado y se hallaba en cama viendo la tele, decidí prepararme un té y a él su acostumbrada leche. Mientras me encontraba en la cocina sentí las pisadas de Gustavo que, como siempre, me indicaba que se acercaba a la cocina para no estar solo. Mientras ordenaba las tazas en la bandeja, me volví hacia la puerta para verlo entrar, pero nada de eso sucedió. Entonces pensé que habría ido al baño. Cuando tuve todo preparado, me fui a la pieza y ahí lo encontré dormido, profundamente dormido. Para mi esto resultó extraño, pues hacía un rato que había bajado, pero, ¿En qué momento volvió al dormitorio? Las pisadas a pie descalzo no las volví a escuchar.
Acabé mi taza de té lentamente y la leche tibia la dejé tapada con el plato para, al momento de volver a la cocina, dejarla en el refrigerador hasta el otro día.
Mientras veía la TV mi pensamiento estaba puesto en las pisadas que había escuchado hacía una hora atrás. Vinieron a mi memoria las siluetas de aquellos dos niños conversando bajo la mesa y que, hasta el día de hoy, no supe quienes eran. Luego la sombra aquella que pasó entre mis pies, el gato que apareció por detrás del basurero y el dialogo que tuve con mi hijo sobre el “Monstruo de los Juguetes”. A eso de las once de la noche, el sueño, el calor y el cansancio a*****ulado después de estar todo un día con un pequeño de cinco años y medio, son ingredientes más que suficientes para dormir y dormir bien profundamente.
Dormir bien es muy bueno para recuperar fuerzas y despejar la mente, pero en mi caso, nada de eso sucedió. Sombras extrañas siguieron manifestándose el resto de los días que estuve con mi hijo y para cada una de ellas hubo una explicación lógica por parte de Gustavo.
¿Qué sucedió de verdad durante esos días? Las explicaciones dadas me dejaron tranquilo y no por que las encontrara válidas con mi mentalidad de adulto, más bien por que a él le satisfacía esas razones inventadas, o ¿Realmente ciertas?
Creo que nunca lo sabré.

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