LA RELIGIÓN Y LA CIENCIA

“En el principio Dios creó los cielos y la tierra”, estas palabras, entre otras, suscitan en los fieles creyentes en la existencia de un ser supremo, sentimientos tan marcados, tan profundos pero en la mayoría de los casos tan ciegos, superficiales y dogmáticos que los han llevado a cometer las peores atrocidades de la historia de la humanidad. Al fin y al cabo la religión, así como el patriotismo, los ideales, etc., son eso, sentimientos que en mayor o menor medida están tan arraigados en la mente del individuo que a menudo es lo que lo mueve a ciertos actos, buenos o malos. La diferencia en cuanto a si un sentimiento es bueno o malo la deben definir los actos y los resultados a pequeña y gran escala. Por ejemplo, un psicópata que se enamora perdidamente de una estrella de la canción también involucrará a fondo sus sentimientos, se dejará llevar por la convicción de que su amor es superior al que ha sentido cualquier otra persona en el mundo pero, los resultados de su proceder, a la luz del resto de la sociedad indicarán una clara psicopatía, eso y nada más. No quiero decir que cualquiera que tiene fe sea comparable a un desequilibrado mental, pero creo que quien se deja llevar ciegamente por sus sentimientos de superioridad, por la ignorancia flagrante, por la fe sin conocimiento exacto es un potencial peligro para la sociedad, pues sus actos lo pueden llevar a cometer cualquier acto falto de humanidad hacia quien no piense como él.
Definiendo de manera simple la religión como un sentimiento, tratemos de dar una explicación lógica a hechos como las cruzadas, la inquisición, las limpiezas étnicas y otras tantas aberraciones que el mundo no puede ni debe olvidar.
La mente humana exige respuestas (hablamos de mentes humanas normales, usadas habitualmente, no las del lumpemproletariado, definido por la RAE como la capa social más baja de la sociedad y sin conciencia de clase), esas respuestas son las que marcan la diferencia entre el creyente (en el sentido cristiano) y el nominal.

El año 1095 marcaría la historia de la Iglesia en lo particular y de la humanidad en general: “Como habréis oído, los turcos y los árabes los han atacado (a los cristianos de oriente) y han conquistado vastos territorios de la tierra de Romania [el Imperio Bizantino]. Han ido ocupando cada vez más y más los territorios cristianos, y los han vencido en siete batallas… En vista de esto, yo, o más bien, el Señor os designa como heraldos de Cristo para anunciar esto en todas partes y para convencer a gentes de todo rango, infantes y caballeros, ricos y pobres, para asistir prontamente a aquellos cristianos y destruir a aquella raza vil que ocupa las tierras de nuestros hermanos. Digo esto para los que están presentes, pero también se aplica a aquéllos ausentes. Más aún, ¡Cristo mismo lo ordena! Hagamos que aquellos que han promovido la guerra entre fieles marchen ahora a combatir contra los infieles y concluyan en victoria una guerra que debió haberse iniciado hace mucho tiempo…
Todos los asistentes al discurso exclamaron Deus le vult!, Deus le vult! (Dios lo quiere!)
Las palabras de Urbano II, obispo de roma y, a la sazón líder de la única Iglesia cristiana, resonaron por más de 2 siglos mientras se llevaban a cabo las sangrientas cruzadas que cegaron la vida de miles de personas de la forma más cruel e inhumana imaginable.
¿Se preguntaría alguien si el papa tendría realmente la autoridad de Cristo? Quizás, y si alguien lo hacía sería mejor que guardara silencio. ¿Se cimentaba la fe de los hombres en verdadero conocimiento? No, y la iglesia ha pedido perdón por las atrocidades de esas acciones.
La historia confirma el atraso en el avance de la ciencia producto de la presión religiosa de la cristiandad, que volvió a evidenciarse años más tarde en la terrible inquisición.
Galileo Galilei, basándose en descubrimientos científicos afirmaba que la tierra no es el centro del universo y que Copérnico tenía razón al afirmar que esta gira alrededor del sol. La Iglesia Católica calificó aquellas enseñanzas como herejía y “blasfemias” y lo encarceló. De manera dogmática mantuvo su posición durante 350 años hasta que Galileo fue formalmente exonerado recién en 1992.
Como argumentos para sus acciones, tanto Urbano II como el tribunal del Santo Oficio usaron la Biblia como documento concluyente, infalible y supremo a la hora de dirimir a favor de la defensa de la fe.
Pero, como hemos visto el actuar de aquellos clérigos estaba muy lejos de ser infalible, noble e irreprensible ¿Estaba la Biblia equivocada?
Un estudio no necesariamente exhaustivo de la Biblia revela que en sus páginas se menciona que la tierra cuelga sobre la nada, y que esta es un círculo (Job 26:7 e Isa. 40:22), los que estaban equivocados eran los que decían defender la fe.
La ciencia, lejos de confirmar teorías que nos eximan de la necesidad de Dios, ha demostrado que las páginas de las Santas Escrituras están en lo cierto, o por lo menos no se puede demostrar lo contrario.
En el aula, en la clase de física discutimos alguna vez la teoría del BigBang, por supuesto hubo quienes la defendían prescindiendo de una mente superior que controlara dicha explosión, pero otros defendimos la opción de que hasta esa mega explosión se llevó a cabo bajo la dirección de un Dios todopoderoso ¿La Razón?, El origen de la energía necesaria para formar toda esa materia y los resultados de dicho cataclismo cósmico.
La bomba nuclear que se lanzó sobre Hiroshima estaba formada por 45 kg de uranio, y de esa cantidad aproximadamente 1 gramo se fisionó y transformó en energía. Si invertimos el suceso, necesitaríamos todo ese despliegue de energía para formar un gramo de materia, y lo más seguro es que no obtendríamos una pieza uniforme de algún elemento o compuesto. Esta experiencia nos da una idea del poder del Creador y la necesidad de una mente controladora en la formación de sistemas tan precisos como lo son las galaxias, las estrellas y los planetas.
La ciencia asegura que tras la Gran Explosión, el universo se inundó de una radiación tal que podría compararse a los rayos solares vistos desde muy cerca, luz en todas direcciones y llenándolo todo. La Biblia dice que lo que prosiguió a la creación del “cielo y la tierra”, en el primer día de creación fue la luz. Sin duda para el cristiano la explicación al origen de toda esa fuente de energía, inconmensurable e inagotable es solo una, la existencia y el propósito de un Dios Todopoderoso y la acción de su Espíritu Santo.
Las bacterias, sin que se mencionen en las escrituras son también prueba contundente en favor de la existencia de Dios. Hasta hace menos de dos siglos las bacterias eran un enemigo desconocido y letal (y todavía lo son en algunos países), que diezmaban la población mundial en pandemias inexplicables. Mientras lo único que las personas podían hacer era rezar a todos los santos, en Israel hace 3500 años se dieron leyes específicas sobre la disposición de las fecas humanas, el trato con portadores de lepra y con aquellos que estuvieran en contacto con cadáveres.
Aunque no es un documento científico, la Biblia es un libro científicamente exacto. Analizado a la luz de la arqueología y la historia, sus páginas toman mucho más valor y sentido. La religión, la verdadera fe, si bien no requiere un conocimiento detallado de ciencia, de historia o académico, debe dar respuestas que armonicen con la lógica y, por lo menos con algunas ramas básicas de la ciencia. Algunas doctrinas cristianas carecen por completo de dicha cualidad y cuando eso ocurre algunos intimidan a sus feligreses con las penas del infierno (creencia que tampoco pasa la prueba de la lógica), los pastores dicen que es pecado preguntar, cuestionar e incluso conversar con quienes pudieran “poner en peligro la fe”, volviendo con esta práctica a la edad del oscurantismo en que cualquier libro o tratado religioso era censurable y, de paso perpetuando la conveniente ignorancia de los fieles que seguirán pagando diezmos y ofrendando dinero a todos los santos imaginables.
El verdadero cristiano debe aceptar la ciencia (lo que no significa que debe aprobar todas las intromisiones de ella en cuestiones morales), debe ser un incansable investigador, lector, conversador, observador. Solo así fortalecerá su fe en lo que nunca podrá ver con los ojos pero que puede ser tan evidente y firme como el mejor de los cimientos.

Mauricio Muñoz Rivera.