LA MOSCA

La mosca zumbó nuevamente cerca de su rostro por espacio de unos segundos que le parecieron una eternidad, aturdiéndole el sueño, más allá de ese insoportable calor que se le derretía en la piel como un líquido glutinoso; pegándosele y evitando con suma habilidad los lentos manotazos que iban a caer pesadamente sobre la amodorrada humanidad del hombre que yacía plácidamente en la cama.

Parecía que el insecto jugara a propósito con su letárgica pesadez. Se acomodó y quedó por centésima vez de espaldas al viejo colchón de resortes(estaba acostado de lado y esa posición la cambiaba permanentemente pues se le dormían las articulaciones del brazo y antebrazo), intentando abrir los ojos pero los párpados se resistían. Aún en su profunda inconsciencia parecía percibir que ese repugnante bicho lo observaba, suspendido en el aire, esperando el momento oportuno para fastidiarlo y enloquecerlo; siguió intentando abrir los ojos pero los párpados se resistían a obedecerlo, el sueño era invencible y se fue hundiendo nuevamente en el vacío, desalertando sus sentidos poco a poco, totalmente.


Todo era negro, confuso, aletargado. Los resortes chirriaban en cada movimiento por mínimo que fuera pero nada era tan profundo y agradable que la siesta del almuerzo que se acostumbró a tomar gracias a la lectura de un artículo sobre salud –así se empeñaba en demostrar él habitual soñador de medio día- en una revista española. El calor sofocante desprendía pequeñas gotas de sudor de su piel que empapaban la gruesa sábana que cubría al viejo colchón, pero nada, nada parecía que interrumpiría el descanso de aquél plácido durmiente.

De pronto, el bicho pasó zumbando y rozando sus patas por la oreja derecha, provocando un estremeciento total en el cuerpo desde el epicentro afectado. La mosca se elevó velozmente hasta el cielo raso de la habitación, dejando al agotado durmiente en un convulsionado movimiento de manos. Todo era tan extraño, parecía que el bicho se había propuesto declarar la guerra y utilizaría todos los medios disponibles a su alcance para impedir que el hombre logre finalizar su cuestionada siesta de mediodía.

La conciencia empezó a rehacer la alerta de los sentidos, el hombre aguardó pacientemente sin despegar los párpados; intentó pensar para no dejarse vencer por el sueño, pero nuevamente cedió ante la poderosa manifestación de esa inevitable modorra que lo sustraía, inevitablemente, en el inmenso espacio de tinieblas que lo cobijaban con vicioso encanto.

El insecto repitió su ataque, voló repetidamente, asentándose una y otra vez en los dedos, en la frente; una y otra vez en la superficie de sus gruesos labios. El hombre sintió cada “ataque”, apretó los labios en una mueca de repulsión y resopló con rabia, sin esforzarse por despertar definitivamente.

El constante zumbido dejó de escucharse por unos largos minutos; sin embargo, el durmiente hundido en una total inconsciencia seguía percibiendo sueño adentro que aquél furibundo bicho lo vigilaba desde algún punto de la habitación.

No tardó el nuevo ataque, la mosca se asentó nuevamente y dio una larga caminata por la piel hipersensible de los labios; el maldito bicho persistía endemoniadamente en su extraño cometido.

Haciendo un terrible esfuerzo para vencer la pesada modorra que lo dominaba, levantó (mecánicamente) su mano con la intención de asestar un golpe fulminante capaz de terminar con la existencia de ese bicho impertinente. El golpe fue certero pero no encontró el objetivo deseado en su impacto, sólo una mueca de dolor se convulsionó en el rostro descompuesto por la impotencia, hasta creyó escuchar la sonora carcajada del insecto que zumbaba de un lado a otro en frenético vuelo.

La mosca ya había echado el vuelo en dirección hacia él para posarse ahora sobre su brazo izquierdo, sintió un pinchazo terrible que parecía abrirle la piel, como si fuera provocado por unas infernales mandíbulas que intentaban destrozarlo en diminutas partes. Deslizó esta vez, con toda precaución, suavemente, la mano derecha por encima del pecho, lentamente, aguantando insufriblemente el dolor que le provocaba la picadura del bicho, y cuando estuvo seguro de que había calculado correctamente la distancia y la velocidad del impacto ¡!!!Plasssssssssssss!!!!, cayó el golpe mortal sobre la mosca; y con esa certera maza de dedos llenos de carne y grasa, empezó a refregarla sobre la piel sudorosa, inmisericordemente, sintiendo un placer morboso, exquisito y desagradable a la vez……… hasta dejar sólo una mancha oscura, tenuemente oscura mientras se perdía en los brazos paternales de morfeo.

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