La luz de las rosas

Desde hace un tiempo el joven Juan veía sobre el jardín una luz blanca parecía estar llena de magia se veía deliciosa, dulce, inocente pero Juan sabía que aquella admirable luz podría ser tan linda como peligrosa, por eso siempre intentaba mantenerse al margen de ella aunque le resultaba bastante difícil no prestarle la atención que aquella luz le pedía a gritos, ansiosa de ser tocada por la calidez del ser vivo.

Juan no podía más él también ansiaba tocar y poder estar día y noche con su luz, pensó que si la luz lo quería tanto como él a ella, no podría pasar nada malo, al menos que lo que sintiera ella no fuera amor.

Aun así Juan no aguantó más y se decidió a estar con su luz, pasó por alto todos los contras, así que cogió de su jardín todas las rosas hermosas que tenía dejándolo desnudo por su nueva amada, que allí estaba esperándole como siempre lo había hecho está vez sabía que no sería en vano.

La luz le dedicó una amplia y bonita sonrisa que invitaba a acercarse, “ven a mí, mi dulce amor, es lo único que he pedido en este tiempo”.

Juan no dudó se sentía muy seguro, estaba radiante contemplando lo que antes se le había prohibido, le tendió su mano regalando le sus rosas, ella se sintió invadida de felicidad y estalló en alegría, cogió con sus manos de oro la mano que portaba las rosas, y ambos vieron como aquellas rosas se llenaron de hongos y se marchitaron, Juan se asustó mucho, ¿le ocurría a él?, pero ella lo tranquilizó tendría cuidado de controlar sus emociones que le hacían hacer aquellas cosas que no pertenecían a los seres humanos, pero le prometió a Juan que todo eso cambiaría, utilizaría aquella magia producto de sus sentimientos para hacer cosas bonitas, Juan se sintió satisfecho con sus palabras y no esperó más para fundirse en un placentero beso.

Ahora con Juan a su lado ,luz no volvería a tener sentimientos malos y tristes, todo cambiaría, lo supo desde el primer día.